En la otra puerta

Capítulo XI

Ricardo Cardone

Lady Spencer había enfermado de gravedad. El médico no la había podido trasladar a su laboratorio. Decidió que lo más seguro sería que se quedara en la residencia de Lancaster pero sin que ninguno de los integrantes de la mansión supiera que ella estaba allí. Lancaster acondicionó la antigua capilla anglicana para que funcionara como laboratorio y sala de internación de Anne-Marie. El médico hizo llevar a la capilla todo su instrumental, incluyendo una camilla similar a la que había usado Sarah cuando había estado en el quirófano del hospital. Una vez que la capilla quedó transformada en laboratorio, en secreto y en medio de la noche trasladaron hasta allí a Lady Spencer. Al día siguiente, un carro tirado por dos caballos llegó a la capilla ingresando por los fondos de la comarca. No se podía saber lo que el carro llevaba, el cargamento estaba cubierto por extensas mantas de cuero atadas a los tirantes laterales. Dos hombres golpearon la puerta de la capilla; Lancaster y el médico salieron a recibirlos. Los hombres descorrieron las mantas. Una pantera negra, con los ojos verdes e intensos, no dejaba de caminar dentro de una jaula de hierro. El animal parecía enfurecido, iba de un extremo a otro, ofuscado rugía con tal fuerza que el abdomen parecía quebrarse de tanto que lo contraía. Luego lo volvía a llenar de aire haciéndolo crecer hasta duplicar su tamaño. Cuando el animal vio a Lancaster y al médico, abrió la boca y mostró cuatro colmillos de marfil del tamaño de un dedo índice cada uno. Los hombres bajaron la jaula sosteniendo las dos vigas de madera sobre las que estaba apoyada y la ingresaron a la capilla. Allí, los rugidos del animal parecían quebrar las viejas paredes de ladrillo. El aterrador gruñido golpeaba contra el techo de chapa oxidada y la capilla parecía rendir culto al más oscuro de los ángeles.

No había tiempo que perder. Lady Spencer estaba en sus últimos minutos de vida, la enfermedad le había tomado todo el cuerpo.

Con una pistola de aire el médico le inyectó al animal un líquido viscoso en el lomo. La pantera dio un fuerte rugido y en menos tiempo de lo que tardó el médico en guardar el arma, el animal cayó dormido en el piso de la jaula. El médico abrió los dos candados que sellaban la puerta, con la ayuda de Lancaster sacó a la pantera de la jaula y la recostó sobre una mesa de metal. El animal dormía con una respiración profunda. La boca le había quedado medio abierta y los colmillos asomaban amenazantes. El médico hundió bajo el pelo del animal una larga aguja, Lancaster creyó que le iba a atravesar el cuerpo. Luego la conectó a uno de los extremos de una bomba de vacío y en el otro extremo de la bomba conectó una manguera que, unida a una pequeña aguja, se insertaba en una vena del brazo de Lady Spencer. El otro brazo tenía conectado el mismo sistema de mangueras que se unían a otra bomba que llegaba a otra aguja que ingresaba en el cuerpo de la pantera.

—Esto es lo que vamos a hacer —le dijo el médico a Lancaster—. Las bombas crearán un circuito de vacío entre la mujer y el animal. La primera le extraerá la sangre a la pantera. Dentro de esta bomba se procesará la sangre y lograremos, luego de unos pocos minutos, extraer el patrón base que le inyectaremos a Anne-Marie. Para mantener a ambos con vida nunca se deberá dejar de bombear sangre en sus sistemas circulatorios. Una bomba llenará las venas de Anne-Marie únicamente con la sangre patrón que obtendremos del proceso. Por otra parte, la segunda bomba extraerá la sangre enferma de Anne-Marie y, luego de descomponerla en sus elementos básicos y purificarla, se le inyectará al animal.

Anne-Marie descansaba inconsciente sobre la camilla y la pantera dormía sobre la mesa de metal. El médico encendió las bombas y Lancaster se apartó, temía que el ruido y la vibración de los motores despertasen al animal.

—El proceso llevará tiempo —dijo el médico—. Salgamos a tomar un poco de aire.

Los hombres abrieron la puerta de la capilla y dejaron que el complejo mecanismo se encargara de la salud de Lady Spencer. El aire fresco de la noche logró revivir el ánimo de Lancaster. Dentro de la capilla se podía percibir, cada vez con mayor intensidad, un olor a sangre que daba náuseas. Lancaster miró hacia la tumba de su hija y se acordó del sueño de los ciervos. Recordaba que oía gruñidos y cuando tomó conciencia de que en el sueño había una pantera, se paralizó. Sin hablar con el médico repasaba en su mente las instancias de aquel sueño atroz en el que unos ciervos lo rodeaban con sus astas y no lo dejaban avanzar por el bosque, aquel sueño que lo llevaba hacia un claro en el río que le traía trágicos recuerdos. Podía escuchar el correr del agua debajo de las piedras como si fuera una brisa que huye. Podía escuchar el ruido de las hojas del bosque cerrado, los dientes de los ciervos masticando el pasto, los pasos que lo seguían. Detrás de él oyó un rugido que no era el del sueño. El médico entró corriendo a la capilla y le aplicó una poderosa inyección a la pantera. El animal se estaba despertando y todavía no habían llegado ni siquiera a la mitad del proceso. Cuando todo el líquido de la jeringa entró en el cuerpo del animal, éste quedó inconsciente. Por un momento el médico tuvo la sensación de que la pantera estaba muerta. Le controló el pulso y comprobó que su corazón aún latía. Luego reparó en Lady Spencer. La mujer dormía bajo una profunda paz. Cuando terminó de purificarse la sangre de Anne-Marie, el médico detuvo las bombas, quitó las agujas del cuerpo de la pantera y de los brazos de Lady Spencer y con la ayuda de Lancaster metieron al animal nuevamente en la jaula.

—Deberíamos tener un lugar seguro y amplio donde estos animales pudieran estar más cómodos —dijo el médico—, esta jaula es muy pequeña y es probable que se vuelvan demasiado agresivos. Lancaster compartió la idea pero a la vez dudó.

—¿Usted piensa que este animal deberá permanecer aquí por mucho tiempo? —preguntó.

—No lo sé, esto recién comienza —respondió pensativo el médico.

Al día siguiente Lady Spencer despertó. Se sintió con fuerzas y el médico la ayudó a levantarse. Comenzó a balbucear algunas palabras pero al fin pudo hablar claramente. Preguntó qué le había sucedido y qué era lo que ella estaba haciendo en la capilla. No recordaba nada de lo que le había pasado, ni siquiera sabía del ataque de los perros. Lo último que tenía en mente era la conversación que había mantenido con Lancaster en el jardín. Cuando se recuperó completamente continuó con aquel diálogo. Salieron a caminar por el campo y Sir Lancaster le preguntó si no sentía nada extraño, si se sentía bien. Contestó que sí, que se sentía como siempre.

—¿O tiene algo en mente que debería saber? —preguntó Anne-Marie.

Sir Lancaster se dio cuenta de que Lady Spencer estaba completamente curada y pensó que nunca se enteraría de lo que habían hecho en su cuerpo. Quedó deslumbrado por la labor del médico, admitió que realmente estaba ante un sabio. Cuando pudo volver a hablar con él, una vez que Lady Spencer dejó de acosarlo con la orden de matar a Laudrec, le preguntó si era probable que hubiera algún rebrote de la enfermedad o algún rechazo del cuerpo de Anne-Marie a la nueva sangre.

—Aún no lo sé —le contestó—, hay muchas cosas que estoy viendo por primera vez. Necesitamos resolver el tema de la pantera que tenemos en la capilla.

Sir Lancaster le habló del cañón del río que corría al final de la llanura y los dos hombres fueron a verlo. El médico quedó fascinado por la inmensidad de ese vacío.

—Éste es el lugar perfecto —le dijo a Lancaster—. Debería construir una gruta a media altura del barranco para que el animal no tenga forma de escaparse. Además allí nadie lo verá.

Lancaster llamó a un antiguo cliente suyo, un empresario minero que por esos tiempos estaba en Londres, y le contó lo que tenía en mente. El empresario le prometió que a fin del mes siguiente podrían empezar la tarea. Lancaster necesitaba comenzar con los trabajos ese mismo día. Le ofreció pagar el doble del presupuesto que le había pasado si comenzaban con la excavación al día siguiente. Argumentó que necesitaba las grutas con urgencia y que por eso deberían trabajar las veinticuatro horas en turnos rotativos. Al hombre le molestó bastante que Lancaster le impusiera sus condiciones pero, por el negocio fácil y rentable que se le presentaba, no dijo una palabra y a primera hora del día siguiente envió a su casa a unos mineros para que comenzaran con las detonaciones sobre las paredes del barranco. El estruendo parecía venir desde las mismas entrañas de la tierra. Cuando los mineros finalizaron su trabajo, Lancaster llevó al médico hasta el cañón para que viera su obra terminada.

—¿Para qué construyó tantas grutas? —preguntó el médico—. Bastaba con una.

Lancaster tenía todo resuelto en su cabeza. El plan era disponer de la mayor cantidad posible de animales sanos. En Londres no había muchos animales con buena salud, la mayoría de ellos estaban infectados de rabia y los restantes tenían dueño. Pensó que debería traerlos de alguna región que estuviera libre de ese mal y se le ocurrió África. Por un lado tendría animales sin enfermedades contagiadas en la ciudad y por el otro tendría especies de gran porte, con bastante sangre para entregar antes de que se secaran como una planta. Le contó su plan al médico y le dijo que podrían hacer mucho dinero si comenzaban a vender la sangre patrón que él procesaría.

—Su descubrimiento vale oro —le dijo al médico— pero necesita capital para sostenerlo y alguien que lo pueda vender al mundo. Le propongo que seamos socios.

El médico estaba dispuesto a no aceptar la propuesta pero Lancaster lo convenció de que si no lo hacían ahora, algún otro científico se les podría adelantar. Años de investigación quedarían desperdiciados por demorarse en comercializar su descubrimiento.

—El que golpea primero, golpea dos veces —sentenció Lancaster.

La rabia (2022)

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