La ciudad está apestada. Infinidad de perros hambrientos deambulan por las calles. Los animales parecen irritarse por cualquier cosa. Tienen hambre de carne humana. Atacan por la espalda y de frente con ferocidad. Con sus bocas cubiertas de espuma muerden hasta desgarrar la piel. Nadie queda en las calles. Sólo pueden verse algunos cadáveres que el personal de la comuna aún no ha logrado levantar. Sus rostros muestran la imagen del terror. Los perros los olfatean y los vuelven a morder. Se unen tres o cuatro más y tironean del cuerpo hasta desmembrarlo. Luego huyen con su presa en la boca: una mano, un pie, una parte de la cara. La jauría se agrupa nuevamente y busca consenso para su próximo atraco. Uno de ellos cree haber visto a un hombre volver tarde del trabajo con su bicicleta. Hacia allá van. Echados en medio de la calle esperan que el hombre aparezca al doblar la esquina. Se hacen los distraídos y parecen dejarle paso. Cuando el hombre los ve dóciles se anima a cruzar entre ellos. El primero le muerde los pies y no lo suelta hasta hacerlo caer. Otro le salta al hombro y le hinca los dientes. Desde atrás dos más se le suben a la espalda y comienzan a morderle la cabeza, a arrancarle el cabello. El hombre grita inútilmente. Sabía que no debía pasar por ahí pero pasó, al igual que los ciervos que saben de los leones y sin embargo van a tomar agua a su territorio. El hombre intenta defenderse pero un perro le muerde el brazo y pretende llevárselo como botín de guerra. Los demás tironean de otras partes de su cuerpo. El más sádico le muerde la cara, hundiéndole en los ojos los dientes colmados de saliva. El hombre pierde el conocimiento pero su corazón aún late a fuerza de espasmos. Su cuerpo se sacude involuntariamente enfureciendo aún más a los perros. Otra jauría se acerca a ellos y ve el botín. Comienzan a ladrar desde la esquina pero éstos no los escuchan. Corren hacia los perros que están desmembrando al hombre y tironean también de cada una de sus extremidades. Los perros muerden la presa y también se muerden entre ellos en una matanza sin razón. Completamente enloquecidos arrastran el cadáver hacia un lado y hacia el otro dejando manchas de sangre por toda la calle. Algunos comienzan a vomitar sobre el cuerpo muerto pero no dejan de morder. No piensan soltar la presa, desgarrarán el cuerpo pero nunca soltarán la carne que llevan entre sus dientes, la retendrán un tiempo más y cuando se hayan cansado se echarán a un costado y masticarán hasta quedarse dormidos con los restos del hombre dentro de sus bocas.
La primera vez, el mal atacó al perro de un niño. El animal comenzó a despreciar las caricias que el pequeño le hacía con su mano. Su mirada hacia el niño había cambiado. Ahora sentía que su cuerpo se volvía irritable. Durante unos días el animal prefirió alejarse de la criatura. Eligió un rincón oscuro de la casa donde sabía que nadie lo molestaría y echó su cuerpo sobre una diminuta alfombra. Con el hocico apoyado sobre sus patas contemplaba el movimiento del hogar. Se mantenía en alerta pero no se ponía de pie. Sentía un extraño calor en su cuerpo y eso lo mantenía quieto. De vez en cuando el niño se acercaba para sacarlo de allí pero el perro respondía con un largo gruñido y el niño se alejaba asustado. Al rato el pequeño volvía y le acariciaba la cabeza. El animal sentía que su sangre estaba a punto de hervir y no podía retener la saliva que le brotaba de la boca. Una voz en su interior le decía que debía advertirle al niño del peligro. Algo no estaba bien dentro de su cuerpo, por la tensión contenida parecía que sus músculos iban a estallar. Ahora todos los movimientos lo alteraban, hasta aquellos que el pequeño siempre hacía cuando jugaba con él. Durante el día intentaba dormir pero cuando oscurecía se dotaba de un vigor exacerbado, tenía la espantosa sensación de que iba a explotar si no lograba calmarse. Se ponía de pie y caminaba en círculos sobre la alfombra que le servía de lecho. Luego volvía a recostarse apoyando el hocico sobre sus patas pero no toleraba estar mucho tiempo en esa posición, empezaba a temblar y su boca comenzaba otra vez a mojar sus patas con saliva. Necesitaba levantarse nuevamente. Sentía que algo se estaba apoderando de su cuerpo, que no era él quien lo gobernaba. Algo oscuro y superior lo dominaba. Sentía que sus músculos se quebraban como si fueran huesos. Nuevamente el animal se ponía de pie y daba unas vueltas en el mismo lugar cada vez más largas, cada vez más rápido, cada vez más ciego. Luego, cansado, volvía a recostarse sobre sus patas. Escuchó la voz en su interior una vez más. Escuchó que le decía que no lo hiciera, pero su cuerpo ya estaba incontrolable. No quería que el niño se le acercara. Vio su pequeña mano decidida a acariciarlo. Intentó desesperadamente ahuyentarlo. Le rogó que mirara sus ojos, que se diera cuenta de que él ya no era él, de que si lo observaba con detenimiento comprendería que su amigo de siempre ya no estaba en ese cuerpo. No pudo mover un solo músculo. La voz golpeaba en su cabeza aturdiéndolo pero nada podía hacer para detener al niño que inocentemente se le acercaba. Su mente se debatía entre su conciencia atormentada y la urgencia de su cuerpo por encontrar una paz que nunca volvería a tener. Intentó cerrar los párpados para que el niño se diera cuenta de que algo andaba mal y retrocediera. Nada pudo hacer. Cuando la mano del niño rozó su cabeza, el perro se la devoró. Inmediatamente huyó por una ventana que daba a la calle tragando sangre y saliva al mismo tiempo. Mientras corría sentía el sabor de la carne en su boca. No muy lejos de la casa el perro se detuvo, se echó en el suelo y apoyó la cabeza entre sus patas. Sin dejar de mirar hacia la casa que lo había criado, masticaba la carne con placer. El olor de la sangre atrajo a otros perros que, al igual que él, arrojaban sangre y saliva por la boca. Cuando el perro no pudo sacarle más carne a la mano del niño, se levantó. Los animales que allí se habían reunido no dejaban de olfatearse y de teñir sus cuerpos con manchas oscuras y rojas. Enseguida advirtieron el peligro inminente; el padre del niño había salido armado con una escopeta en busca del perro, aturdido por ver a su hijo ahogado entre el dolor y el espanto. Los gritos del pequeño atormentaron al padre al igual que la voz había atormentado antes al perro.
La jauría se organizó bajo unos árboles pero los perros nunca lograron calmarse. Se levantaban y caminaban en círculos, alterados por la sangre que les hacía estallar los músculos. Un perro de gran porte no dejaba de morder a los que querían huir de la jauría para volver a atacar y varias veces se trepaban unos sobre otros para morder sus cuellos y decapitarse. Esta vez el perro mayor evitó esa masacre. Con los músculos cansados y sin aire, los perros se tranquilizaron durante un momento. Uno de ellos reclutó a varios otros para conformar una jauría que pudiera hacer frente a las detonaciones de pólvora y municiones de los hombres que venían en su búsqueda. Los perros se organizaron en el terreno y el grupo se abrió. Algunos se quedaron en el mismo lugar, otros se alejaron hacia ambas esquinas de la calle y allí se echaron a esperar que los hombres armados aparecieran. Cuando vieron a los cazadores llegar en manada, uno de ellos les salió al cruce, comenzó a ladrar y mordió el pie de uno de los hombres. Otro hombre disparó con tan mala puntería que el animal logró escapar hacia un baldío cercano. Los cazadores lo persiguieron y entraron al terreno baldío dispuestos a masacrarlo. Varios perros entraron detrás de los hombres. Cuando uno de ellos reconoció al perro camuflado entre la hierba, apuntó con su arma y disparó, esta vez sin errarle al blanco. El perro cayó fulminado. Sus compañeros fueron a buscar al animal sin saber que detrás de ellos otros perros los estaban acechando. Uno de los animales clavó sus dientes en la pierna del padre del niño, lo arrojó al suelo y se le trepó al cuerpo para morderle el cuello. El hombre se defendía sosteniendo con sus manos la boca abierta del animal, tratando de que éste no le hincara los dientes. Con ambas manos lo tomó del cuello y comenzaron a revolcarse entre la hierba alta y seca. Poco se alcanzaba a ver de lo que pasaba en el interior del pastizal. Los demás hombres intentaron abrir fuego pero temieron que, por los rápidos movimientos que hacían el hombre y el perro, las municiones dieran en el padre del niño. Con sus armas comenzaron a golpear al animal pero ya estaban rodeados por toda la jauría. Antes de que el primer hombre diera el primer disparo, los perros ya habían saltado sobre ellos y ahora les desgarraban la piel. Los ladridos y los gritos se escucharon desde lejos. Más perros se acercaron al baldío donde los animales estaban sometiendo a los hombres y se sumaron a la masacre. En pocos minutos los hombres ya estaban muertos y los perros aún seguían masticando la carne.
Una tardía detonación se escuchó a la entrada del terreno. Una veintena de hombres comenzó a disparar a los perros, que huían rápidamente. Solamente lograron rescatar a una persona con vida. El hombre estaba mal herido. Lo llevaron al hospital y lo aislaron de los demás enfermos. Los médicos temían que la rabia fuera contagiosa. La facultad de medicina envió a algunos especialistas para que estudiaran al hombre infectado. El hombre murió a los pocos días evitando que los científicos pudieran profundizar sus estudios. Las enfermeras que lo atendieron en su agonía dijeron que no dejaba de balbucear frases incomprensibles, algo intentaba decir. El virus había logrado entrar en el sistema nervioso y una fuerte parálisis terminó con la capacidad de comunicación del enfermo. A las pocas horas murió a causa de un paro cardiorrespiratorio.
Cuando las enfermeras sacaron de la habitación el cuerpo sin vida del hombre, el hospital estaba repleto de gente que padecía todo tipo de afecciones. Algunos dejaban caer saliva de sus bocas, otros padecían un feroz dolor de cabeza que terminaba por enloquecerlos. Apoyados sobre las paredes de los pasillos o sentados en el piso estaban aquellos que no podían dejar de vomitar mientras esperaban que algún médico los fuera a atender. Cansados y sin fuerzas, terminaban desmayados sobre su propio vómito. Un médico abrió la puerta de un consultorio y salió corriendo hacia una de las galerías. Un niño pequeño había entrado en convulsión y no podían estabilizarlo. Acostado en el piso, intentaban hacerlo respirar. Una enfermera le dio una inyección y el niño recuperó el aire por un momento. Horas después se le paralizó el corazón. No había un lugar en el hospital donde no hubiera gente infectada. Los enfermos llegaban a ese centro de salud en muletas, expulsando saliva, algunos con un brazo inmóvil o con signos de parálisis en la cara. Los más graves debían ser los primeros en ser atendidos, pero todos estaban graves. Los que no alcanzaban a llegar al hospital eran devorados por los perros.
La ciudad comenzó a ser gobernada por los animales y su locura. Las jaurías patrullaban las calles. Recorrían casa por casa buscando una puerta o una ventana abierta por donde pudieran ingresar para abastecerse de cualquier tipo de carne. Nadie salía de sus viviendas mientras los perros merodeaban. Los hombres necesitaban comer, por lo que decidieron agruparse para buscar la manera de evitar el acecho de la jauría. En la cuidad ya no quedaban alimentos. Los perros habían devorado a los animales que la gente tenía para su subsistencia. Gallinas, cerdos, gansos, pavos y cualquier ser vivo que les sirviera para saciar el hambre, los perros lo obtenían primero. El único lugar donde aún quedaba comida era la cocina del hospital. Allí se recibían alimentos diariamente. El primer hombre que había tenido la idea no la había querido comentar pero su conciencia estaba unida al hambre. En una de las reuniones que mantenían en secreto los hombres sin que los perros se dieran cuenta, se animó a develar su plan. Los demás lo pensaron por un momento y les pareció atroz, inhumano. Algunos sugirieron que sería mejor comer perros, pero todos los animales estaban enfermos. Pasaban los días y el hambre acechaba más que la jauría. Uno de ellos les recordó que al día siguiente llegarían las reservas de alimento al hospital; tomarían por asalto el carro que transportaba la comida y se quedarían con todo. El cargamento arribó temprano. El cochero se bajó del carro y entró al hospital. Una manada de hombres salió de sus casas y corrió hacia la comida recién llegada. Cuando los perros vieron avanzar a los hombres, corrieron detrás de ellos. En pocos metros atraparon a los más rezagados y se los devoraron apenas cayeron a la tierra. El hambre de los animales era el mismo que el que los hombres tenían. Los que pudieron escapar continuaron corriendo pero otros perros se sumaron a la cacería hasta que obtuvieron sus presas. De todos los hombres que habían salido de sus casas, muy pocos llegaron a tomar la comida del carro; los perros diseminados por toda la calle los habían estado esperando y ahora se ocupaban de comer los cadáveres. Los primeros hombres que arribaron al hospital abrieron los cajones y comenzaron a comer al pie del carro. Los que fueron llegando después, al ver que éstos estaban comiéndose toda la reserva de alimentos, empezaron a quitarles la comida de la boca. Un hombre gritó que las provisiones también eran para su familia. Nadie lo oyó y continuaron alimentándose como si fuera el último día de sus vidas. En verdad lo era. Ninguno de ellos logró regresar a su casa.
Cuando salí del hospital me encontré inmerso en esa selva. Cuerpos decapitados que servían de alimento para otros animales. Calles teñidas de rojo por la sangre derramada. Toda una ciudad gobernada por el instinto.
Perros comiendo a hombres comiendo. No puedo decir que me haya dado náuseas pero algo dentro de mí me puso en alerta. Caminé por el medio de la calle pensando en lo que debía hacer. No había llegado aquí para encargarme de estos asuntos. Poco me importan las miserias humanas. Pero algo estaba alterando un orden establecido. Las especies habían cambiado sus hábitos. Esos animales estaban gobernando a una ciudad entera y realmente lo estaban haciendo bastante bien. Tenían comida, habían acabado con sus depredadores, tenían libertad y tenían territorio. Me atrapó la idea. Si unos pobres perros lo habían podido lograr, ¿por qué no lo podrían hacer otras especies? A fin de cuentas le había encontrado una diversión al asunto. Caminé entre los perros. Los fui apartando para abrirme paso. Uno de ellos me quiso morder. Cuando me acercó su boca apestosa repleta de sangre y de saliva me hice a un lado y le hundí los colmillos en el vientre hasta llegar al corazón. Pobres estúpidos, qué saben de matar. Los demás perros intentaron atacarme. Cuatro de ellos perecieron. Los restantes huyeron dando aullidos y no los he vuelto a ver hasta el día de hoy. Debía encontrar al médico que una vez me había sometido con algún poderoso maleficio. Comencé por ahuyentar a los perros para que me resultara más fácil ubicarlo, las jaurías ya no gobernarían las calles y la gente podría salir otra vez de sus casas. Había encontrado un refugio en la margen de un río seco. Me había quedado en ese lugar para observar desde allí los movimientos de la zona. Comida había, unos pobres ciervos creían estar seguros en un bosque artificial. Una noche, caminando por el río, sentí en mi cuerpo un fuerte arponazo que me dejó inconsciente. Cuando me recuperé, me di cuenta de que el médico al que ahora busco me había inyectado sangre humana. Lo supe enseguida, yo lo sé todo. Quise atacarlo pero aún no tenía las fuerzas suficientes. El médico me disparó nuevamente y caí desmayado. Desperté río abajo, abandonado entre unas piedras. Vi que unos cazadores andaban por el lugar y trepé al acantilado. A lo lejos un hombre parecía llorar sobre un montículo de tierra que tenía una cruz clavada como si fuera una estaca. Volví a los acantilados algo aturdido por aquel rito. Nada me había importado saber de los hombres hasta ahora que creo comprender algo de sus sentimientos. Este cuerpo no ayuda, pensé.
No sé qué me está pasando. El médico me encontró y antes de que pudiera atacarlo me durmió otra vez con un disparo. Desperté dentro de una celda inmunda y oscura. Unos hombres destaparon la jaula y el lugar me produjo náuseas. Era el mismo lugar donde había visto la cruz hundida en la tierra pero ahora el médico y esos hombres querían obligarme a entrar en un sitio sagrado.
Inútiles, no saben que no debo entrar allí. Estúpidos, en cuanto me libere volverán a caer sobre ustedes todas las pestes de este mundo, unas tras otras las sembraré sobre esta tierra y las cosecharé frente a sus cadáveres.
Estaba diciendo esto cuando el médico me durmió con otro maleficio que me clavó en el cuerpo. Desperté sobre una fría mesa de metal. Tenía perforaciones en la piel y tuberías que extraían mi sangre. Me puse furioso y quise acabar con todos los que allí estaban. El médico entró y volvió a dormirme. Mi cuerpo parecía cansado. No pude recobrar mis fuerzas hasta varias horas después. Cuando finalmente recuperé el conocimiento, me encontraba dentro de una gruta enrejada. Ese descanso me dio un nuevo impulso. Una mañana salí de mi celda y trepé por el acantilado hasta llegar a una llanura que me llevaba a una casa. Días atrás había visto al médico merodear en el lugar y pensé en matarlo, sus experimentos estaban atormentándome. Escuché voces y me arrastré por el césped hasta ocultarme detrás de unos árboles. Una mujer hablaba con el dueño de la casa, aquel hombre que parecía llorar cuando lo vi frente a la cruz. Trepé a una gruesa rama y me quedé en silencio cerca de ellos para escuchar la conversación. Me sorprendí al ver que la mujer que estaba con él era la misma mujer que creí muerta al despertarme en ese lugar inmundo donde me habían extraído la sangre. Ella esperaba a alguien más. Parecía que aguardaba el momento oportuno para caer sobre él. El dueño de la casa le decía que no se preocupara, que ya había enviado un telegrama. Los seres humanos se comunican entre ellos de una manera ambigua. Será porque ellos son ambiguos. Lo fueron desde el nacimiento de la especie. Y es tan fácil cazarlos. Para cazar solamente hace falta mirar a la presa. Todo está en lo que se ve. Ellos nunca supieron mirar. Inventaron un lenguaje que solamente les sirvió para caer en sus propias estafas. La mujer estaba nerviosa. Luego le dijo al dueño de la casa que confiaba en él.
Una tarde escuché pasos junto al rugir de los leones que habitan una celda cercana a la mía. Pensé que alguien nos traía comida. Teníamos hambre. El dueño de la casa se presentó en las grutas junto a otro hombre. El nuevo visitante parecía aterrado. Su presencia no les había caído bien a los leones. Tampoco a estos gatos inútiles que están en la cueva contigua a la mía. Esperábamos comida y no visitantes. Pensé en atacar pero me contuve. Vi que el hombre llevaba una pesada condena. No quise saber más. Creo que me arrepentiré de decir esta palabra, pero sentí algo parecido a la pena. La sangre humana me está atormentando. Pensé que si en ese momento yo hubiera abierto la jaula, el hombre se habría entregado sin defenderse. Es tan fácil derrumbar a un ser humano. Solamente hay que atacar su cerebro y se entrega sin pelear.
Hacía días que no comíamos. Esa tarde, cuando se fueron el dueño de las cuevas y su visitante, abrí la jaula de los leones y la de los gatos. Necesitábamos comer. Por un momento pensé en devorar a los gatos, pero la idea me pareció repulsiva. Trepé por el acantilado hasta la llanura en busca de comida. Los leones se fueron caminando hasta el final del cañón, donde el río cae al vacío. Tuvieron suerte, se encontraron con los ciervos y comieron hasta el hartazgo. Pero los leones son como niños, nunca terminarán de crecer. Por la noche dejaron de comer y se pusieron a correr por el campo, como si estuvieran jugando. Qué idiotas. Se acercaron demasiado a la casa y si no fuera porque los hombres no saben cazar en la oscuridad —mejor dicho, no saben cazar, ni en la oscuridad ni bajo el sol, lo único que saben hacer es matar pero para eso necesitan ver—, los leones estarían bien muertos por una descarga de rifle. La detonación los espantó. Hice que corrieran hasta las grutas y los volví a encerrar.
Al día siguiente abrí nuevamente la jaula de los leones para que pudieran salir a caminar. No tenían mucho espacio en su celda. Yo fui a recorrer el jardín y vi al hombre temeroso caminando hacia el este. Seguí sus pasos, quise saber si tramaba algo. Se detuvo frente a la cruz hundida en la tierra. Sentí que el hambre se adueñaba de mi cuerpo. Necesitaba carne fresca. Necesitaba cazar mi comida, no quería carne vieja matada por seres humanos. Me agazapé en el césped y caminé con sigilo. Estaba lo suficientemente cerca de él. El hombre se dio vuelta y me miró. Los dos nos quedamos inmóviles. Vi que estaba llorando como si fuera un niño. Lloraba como había llorado el otro hombre en ese mismo lugar. Por un momento pensé en atacarlo sin miramientos, estaba seguro de que no se me escaparía. Ese hombre temeroso y abatido se me iba a entregar sin defenderse. Cuando me dispuse a saltar sobre él escuché a los leones correr detrás de mí. Imaginé que querían hacerse de mi presa. Me di vuelta y sorprendí a la leona. Son tan inocentes. El león también quiso atacarme pero escapé buscando un árbol al que ellos no pudieran trepar. Llegué a uno bastante alto que no soportaría el peso de ninguno de ellos. Me trepé a él y aguardé a que los leones se durmieran. Desde ahí vi que el hombre corría espantado hacia la casa.
Esperé la oscuridad para bajar. Los leones dormían profundamente. Salté sobre uno de ellos para despertarlo y aguardé a que me persiguieran. Son tan lentos. Bajamos por las rocas hasta llegar a las grutas. Me metí en su jaula, allí los esperé y cuando entraron, furiosos pero tan ciegos como siempre, me escabullí entre ellos y cerré la reja. Esa noche descansé profundamente.
Pocos días después escuché a unos caballos que galopaban en el parque. Salí de la jaula y subí por las rocas hasta llegar a la llanura. Desde allí pude ver a dos hombres cabalgar hacia donde estaban los ciervos. Corrí hasta el bosque, me trepé a un árbol y esperé que los hombres llegaran. Ellos cruzaron bajo los árboles y se acercaron a pie al claro donde los ciervos se entregan a los leones. Bajé del árbol y me puse a sus espaldas. Jamás podrían haberse enterado de mi presencia con los sentidos atrofiados que la naturaleza les dio como castigo. Pensé en atacar al hombre más débil pero me avergoncé. Decidí atacar por la espalda al dueño de la casa. Salté para devorarlo pero una detonación hizo que mi cuerpo cayera repleto de plomo. Me fui desangrando frente a los ojos espantados de los dos.
Sir Laudrec vio que una pantera iba a saltar sobre ellos, le arrebató el fusil a Sir Lancaster y disparó todas las veces que pudo. El animal cayó desangrado sobre la tierra. Sir Lancaster tomó el arma y volvió a disparar sobre el cuerpo negro y sin vida.
Los hombres, conmovidos por el suceso, se sentaron sobre unas rocas en silencio y atentos a que no hubiera ningún otro peligro. Lancaster le dio las gracias a Laudrec. Caminaron hacia el claro, donde el río corre debajo de las piedras, para alejarse de ese bosque amenazante. Los ciervos ya no estaban. Laudrec se detuvo en la margen del río para ver cómo el agua caía al abismo. Lancaster cargó nuevamente el rifle y lo vació en la espalda de Laudrec.