En la otra puerta

Capítulo XIII

Ricardo Cardone

La luz es el vuelo de un ave, un sendero que el aire borra. La luz no deja rastro luego de su paso. Todo vuelve a su esencia, a lo que siempre fue, a lo que siempre será. Solamente en el breve instante en el que el haz de luz golpea el cuerpo, la campana toma forma de campana y el ave toma forma de ave. Es en ese instante cuando la realidad se percibe como un soplo. Luego todo es incerteza, silencio, desvarío. La luz es un rayo en medio de un diluvio, un grito contra la pared, una idea feliz entre todas las dudas, un accidente necesario. Golpea la campana sobre un valle de ciegos, golpea al oído y éste le da forma de luz. No importa cuánto golpea, importa su forma porque esa campana ahora es luz como lo es el ave que espantada huye del campanario. Ave luz campana, la misma luz, el mismo rayo que dará forma a cada uno de los cuerpos. Toda luz es forma y toda luz deforma. El cuerpo es una voz que tiene sombra, un continuo exhalar que calla ante el haz de luz, un ciervo dócil que se entrega. Todos los cuerpos tienen forma de celda. Para escapar necesitan romper esa forma, necesitan ocultarse de la luz. Una vez libres, acecharán con todos sus demonios. La libertad yace en el deslinde, fuera de los bordes, fuera de las formas. Pero cuál es la forma de la forma, aquella que ven los que no tienen luz, aquella en la que el rayo no cae, aquella en la que reina el golpe y no el metal. Un ave cruzó el cielo. Nadie la vio, estaba oscuro y huía.

La luz es una herida que no sangra. En su paso desgarra un oscuro tejido que no tardará en cicatrizar. Es ese instante, cuando la luz viaja entre las sombras, el que nos da vida. Un punto efímero que desaparecerá pronto, junto con la luz, junto con nosotros. Pero mientras haya luz habrá límites, habrá bordes. La luz comprime los cuerpos y oprime las almas. Fuera de la luz nada parece existir, dentro de ella todo es sesgo de la realidad. La luz es un reflejo que miente. Vivimos pensando en espejos, creemos que lo que sucede en el afuera sucede en el adentro. Lo que se percibe con la luz queda en la memoria como símbolo de lo que creemos que es. Ese símbolo será el cofre en el que guardaremos lo que no tiene materia, lo que no tiene forma, algún temor. Nos comportamos como si fuéramos lo que creemos que somos, aquello que percibimos en la luz. No hay maldad si no hay hechos despreciables, ruines, mezquinos. No hay bondad si no hay maldad. La piedad, la misericordia, la compasión no existirían si no hubiera alguien a quien ofrecerlas, alguien oprimido por la maldad. Esa dualidad es la que nos gobierna. Reaccionamos a un estímulo que nos hace vivir. Buscamos ser lo opuesto a lo que creemos que somos. Esa búsqueda es la que nos impulsa a abandonar el lugar en el que nos encontramos. El hombre está condicionado por los opuestos y toma partido por uno de ellos para justificar su existencia. El hombre no es más que su propio espejo, no es más que la mentira que quiere creer. Busca en esa realidad sesgada por la luz un reflejo de sí mismo para convencerse de que él existe porque allí encuentra su forma. Unos tendrán la posibilidad de ver su imagen reflejada y de guardarla como si fuera un tesoro, a otros les bastará con lo que su imaginación les hable de ella. Percibimos lo que la luz nos da, ya sea a través de nuestros ojos o a través de nuestra mente. A todos nuestros pensamientos los llevamos hacia la luz. Nada es oscuro en el hombre. La oscuridad no tiene bordes, no tiene forma. Y lo que no tiene forma, aterra. La oscuridad lleva al hombre a la muerte. Necesitamos luz para poder vivir, aunque sea en una mentira. Necesitamos conocer a nuestros demonios, saber de su forma, conocer sus límites para huir de ellos. Aquello que no conocemos nos debería liberar, sin embargo nos oprime más que lo conocido. En esa dualidad el hombre se debate. El que elige la luz se queda con todos los temores, con todas las mentiras, con el sesgo de la realidad, con la opresión del alma. El que elige la oscuridad se queda con una herida que él mismo abrió y que no tardará en cerrar. Lancaster cargó nuevamente el rifle y disparó una vez más sobre el cuerpo muerto de Laudrec. Lo arrastró sobre las rocas hasta llegar al acantilado, se sentó en una de ellas y con los pies lo empujó hacia el despeñadero. Laudrec cayó al vacío.

La oscuridad es infinita, como lo es la idea de Dios. Dios gobierna en la sombra, en el vacío aparente del hombre, en aquella oscuridad que para el hombre es la nada. Dentro de esa oscuridad que el hombre define como sombra por estar del otro lado de la luz, se encuentra la verdad. La luz no hace otra cosa que distorsionar esa verdad, muestra solamente la parte que quiere reflejar, otra vez ese sesgo que nubla la conciencia. Pero la sabiduría del hombre necesita de contrastes, aprende por comparación y no por esencia. En el mundo del hombre, en ese reino en el que la luz gobierna, nada es absoluto. Todo debe mantener una relación con algo para ser lo que es. Nada es porque es, sino que algo es porque otra cosa no es. Por eso el pensamiento del hombre es dual, necesita saber qué no es para saber qué es. Se necesita saber qué no es Dios para saber de Dios. Se necesita que exista la bondad para que exista Dios. Sin bondad no hay Dios. Y es ahí cuando el hombre sesga a Dios, cuando se queda con una parte de su realidad, cuando un débil haz de luz atraviesa la oscuridad de Dios. Todo lo que el hombre ve es lo que para él es. El hombre ve a Dios en su imaginación, al menos una parte de él, y esa parte es lo que Dios es para el hombre. Aquello que no ve de Dios es el opuesto, esa continua dualidad, esa oscuridad que Dios no gobierna y que también es Dios pero que el hombre se niega a aceptar porque forma parte del opuesto necesario, la maldad. La luz es un punto en la oscuridad, un error en el conjunto. El hombre es un punto en la inmensidad, un error en la materia. Dios es un instante de Dios, un error en el hombre.

Cuando el sol comenzó a bajar, Lancaster tomó conciencia del tiempo. Había pasado todo el día sentado en la margen del río, tal vez por remordimiento, tal vez por el último recuerdo que tenía de su hija en ese lugar. Un viento fuerte comenzó a soplar desde las montañas en dirección al barranco. Lancaster pensó que podría avecinarse una tormenta y fue en busca de los caballos. En el camino se encontró con el cuerpo de la pantera. Con la culata del rifle le dio un golpe al animal para asegurarse de que estuviera muerto. Luego de montar, Lancaster tomó las riendas del caballo de Laudrec y regresó al establo.

Una noche sin estrellas había cubierto el campo. El viento soplaba cada vez más fuerte. La tormenta parecía estar cerca. Lancaster desensilló los caballos y entró a la casa. Uno de los sirvientes le dijo que Margaret había salido y que no había dejado dicho cuándo regresaría. Unas semanas atrás, Sarah había abandonado la casa misteriosamente. Lancaster había estado demasiado ocupado tramando la muerte de Laudrec por lo que no tuvo la fuerza necesaria para convencerla de que se quedara un tiempo más junto a él. Algunas veces le preguntaba a Margaret por su madre pero rápidamente volvía a perderse en sus pensamientos hasta bien entrada la madrugada. Lancaster estaba cansado y en vez de protestarle a su sirviente por haber permitido que Margaret se fuera, salió al jardín, pidió que le llevaran un té y se sentó a contemplar el campo, ese oscuro vacío. Pensaba en lo que había hecho ese día y los días anteriores. No sentía arrepentimiento, lo volvería hacer y eso le llamaba la atención. Era una orden que debía cumplir y se sentía satisfecho por haberla cumplido. En la obligación no hay lugar para la duda y sí para la obediencia, se decía, el deber está fuera del raciocinio. Lancaster sentía orgullo por cumplir con su deber y gracias a su obediencia había conseguido todo lo que tenía. El hombre necesita acatar órdenes para no pensar, es incapaz de resolver algo por sí mismo y para eso se vale de la confianza en el otro. Una vez que el hombre cree ya no cuestiona, obedece. Aquel que cuestiona obstruye el devenir del destino. Necesita confiar en él mismo o en alguien más para poder construir en su vida estructuras más complejas. Necesita someterse al deseo de los demás. El hombre sumiso es fiel. El hombre fiel acepta a Dios, el hombre infiel se acepta a sí mismo.

Sentado en su sillón, Lancaster contemplaba el campo en medio de la noche tormentosa. A lo lejos, en dirección al río, le pareció ver algunas siluetas que se movían en la oscuridad, siluetas que luego desaparecieron. Lancaster bebió otro sorbo de té y no apartó los ojos de ese punto ciego en el que su vista se perdía. Nada ocurrió, todo estuvo calmo como siempre. Se acordó de Anne-Marie, seguramente al otro día ella iría a su casa para cerciorarse de que Lancaster hubiera cumplido con su promesa. La hija de Oliver Spencer le había dejado en claro que no permitiría que ningún rival se apoderara de la compañía. Lo que ella había vivido con Laudrec pertenecía al pasado, un pasado inocente e inconsciente, una época de exilio en la que ella no había sido ella, sino una ilusión de lo que nunca sería. Su padre tenía razón, fuera del seno familiar Anne-Marie estaría perdida, navegando a la deriva en un vapor hacia Gibraltar con un desconocido que la embaucaría con promesas que únicamente su hija podría creer por su arrebatada juventud. Pero afortunadamente todo había vuelto a andar por los carriles de la razón y nadie se interpondría en su camino. Para eso contaba con Sir Lancaster, su fiel vasallo, a quien ella se encargaba de someter.

Un trueno se oyó al otro lado de la montaña y la lluvia comenzó a caer precipitadamente. Primero se iluminó el bosque con un relámpago y luego diluvió en toda la zona. Lancaster entró a la casa, se estaba mojando pero no había reparado en ello hasta que el agua le cubrió el calzado. Su mente seguía recorriendo los caminos de Laudrec y de Anne-Marie y por más que intentaba separarlos no lograba hacerlo, en algún punto éstos se cruzaban y ese mismo punto echaba por tierra lo que la dueña de las tiendas Spencer le había contado sobre Laudrec. El enamorado nunca había hablado mal de Anne-Marie, ni siquiera se percibía un aire de rencor durante la prolongada ausencia de su amada. Por otra parte, Oliver Spencer hablaba del esposo de su hija como de un ser despreciable y egoísta. Estaba convencido de que Laudrec había raptado a su hija por desenfreno sexual en un principio y luego por ambición de poder. El joven amante se había salido con la suya. Primero se había apoderado de su hija y después de una parte de su empresa al haber quedado al mando de una sucursal de la compañía, aquella sucursal que Oliver Spencer no podía controlar tan bien como lo hacía con la de Londres debido a la distancia, al idioma y a la repulsión que le provocaba la cultura española. Pero negocios son negocios, decía, y gracias a su intuición había podido recuperar a su hija y obtener mejores dividendos de una sucursal olvidada, lejos del Canal de la Mancha, al otro lado de Francia.

Esa noche Lancaster no quiso cenar y ordenó que los sirvientes se retiraran a descansar. Estaba exhausto, todos esos días había estado tejiendo su plan para que no tuviera fisuras y por fin lo había ejecutado con éxito. A partir del día siguiente ya podría comenzar a pensar en el nuevo plan, ocupar el puesto que había quedado vacante con la muerte de Laudrec gracias a las precisas instrucciones de Anne-Marie Spencer. Solo, en su cama, se recostó de lado, mirando hacia la ventana. La lluvia formaba una densa cortina que no dejaba ver más allá de unos pasos. Luego todo era negro y ruidoso, el agua golpeaba los charcos y ese sonido monótono lo fue llevando al sueño. Creyó ver otra vez las siluetas que se movían entre la lluvia pero ya se había dormido. El paso de la vigilia al sueño no tiene bordes definidos, algunas veces suceden hechos de un lado que en realidad ocurren en el otro. Esta vez las sombras de aquellas siluetas formaron parte del sueño de Lancaster.

En el sueño la lluvia había cesado, el cielo se había despejado y las estrellas habían comenzado a brillar nuevamente. El campo estaba iluminado y Lancaster, a través de la ventana, podía ver el cielo estrellado y el reflejo de éste en el césped mojado. Sobre el pasto quedaban grandes extensiones de agua que la tierra aún no había terminado de absorber. En esos charcos que el viento agitaba, unas siluetas se revolcaban. Por un momento el agua se alborotaba con la presencia de esos cuerpos informes, luego volvía a calmarse, el cielo se reflejaba en ella y otra vez el viento comenzaba a hostigarla. Lancaster se levantó de su cama, tomó su rifle, encendió las luces y abrió el ventanal que daba al jardín. Comprobó que el arma estaba cargada y caminó sigilosamente hacia los charcos que había visto desde su dormitorio. Sus pisadas crepitaban sobre el césped húmedo. Temió que lo que estuviera rondando la casa oyera sus pasos. Se detuvo. Miró hacia adelante sin perder de vista el lugar en el que las siluetas cortaban la escasa luz de la noche. Escuchó un golpe en el agua a pocos metros de él. Un rugido lo sobresaltó y dio varios disparos al aire sin poder ver más que césped mojado. Unas sombras salieron espantadas desde atrás de los árboles. El rugido continuó. El agua de uno de los charcos se agitó y dejó de reflejar el cielo. Ahora sobre el agua todo era oscuridad. En medio de esa oscuridad, dos ojos de felino lo acechaban dispuestos a saltar sobre él. Lancaster dio unos pasos hacia atrás, quiso dar un último disparo pero el arma ya estaba descargada. Una leona se abalanzó sobre él para devorarlo pero se detuvo.

Un grito la paralizó. Detrás de ella, un león miraba la escena. La leona dejó libre a su presa y volvió hasta donde estaba su pareja. Luego los dos animales se perdieron en la noche. Lancaster sangraba por las heridas que le habían producido las garras del animal, pero se encontraba con fuerzas para correr hasta su casa. Entró a su dormitorio por la ventana del jardín y despertó agitado. La lluvia había cesado. El cielo se había despejado y las estrellas habían comenzado a brillar nuevamente. Lancaster se levantó de su cama y miró hacia ese punto ciego en el que su vista se perdía. Aún quedaban algunos charcos que la tierra no había terminado de absorber. Vio que unas siluetas se movían sobre el agua. Tomó su rifle y volvió al sueño.

Anne-Marie llamó por teléfono muy temprano en la mañana. Lancaster aún dormía. Uno de los sirvientes la atendió. Dejó dicho que se reuniría con Lancaster al mediodía en casa de él. Cuando Lancaster despertó, Anne-Marie lo estaba esperando en el salón principal. Ella le preguntó por Laudrec. Lancaster le sirvió té.

—Hábleme de Laudrec —dijo Lancaster.

—No vine a su casa con esa intención —replicó Anne-Marie—. Quiero saber si usted ya se encargó de él.

—Nunca dude de mí, Anne-Marie, me ofende. Su padre llegó a ser lo que fue por confiar en mí. No soy hombre de traiciones, únicamente me encargo de cumplir las órdenes que me dan mis superiores. Hábleme de Laudrec, por favor.

—¿Cómo lo mató? —preguntó Anne-Marie.

—De un tiro por la espalda después de que me hubo salvado la vida.

—¿Y me dice que no es un hombre de traiciones? ¡Por favor! —dijo Anne-Marie con malicia—. Usted puede traicionar a cualquiera por dinero. Mató por la espalda a su salvador —agregó con sarcasmo—. ¿Y qué había hecho Laudrec para salvarle la vida?

—Una pantera estaba a punto de atacarme y él le disparó.

—¿Una pantera? —preguntó asombrada Anne-Marie—. Acá no hay panteras. No mienta, por el amor de Dios, sea honesto conmigo, no me tenga más miedo del que me tiene que tener. Dígame qué hizo Laudrec para salvarle la vida.

—Fue de la manera en que se lo conté. El animal se abalanzó sobre mí y Laudrec le disparó. Luego le disparé a él. Era mi deber, le había dado a usted mi palabra de que así sucedería y así lo hice. Hábleme de Laudrec —volvió a insistir Lancaster.

—¿Usted cría panteras? —preguntó Anne-Marie.

—Ya no —respondió Lancaster —. ¿Usted alguna vez lo amó?

—¿Debo entender por sus palabras que en un momento crió a estos espantosos animales y que uno de ellos intentó atacarlo? —preguntó asombrada Anne-Marie.

—Fue por una causa justa que usted no entendería. Si me hubiera dado cuenta antes de todo esto, su padre estaría con vida y tal vez yo no hubiera sido el encargado de matar a su esposo. De todas maneras las culpas no me pesan. Laudrec la amaba profundamente, Anne-Marie, ¿por qué lo traicionó?

—¿Cuál es la causa justa de la que habla? —preguntó Anne-Marie—. ¿Y qué tiene que ver mi padre en todo esto?

—Su padre murió de rabia, al igual que mucha gente en esta ciudad. Hasta el momento el único medio que teníamos para combatirla era matar al animal enfermo. Sabíamos que si ese animal mordía a un ser humano, éste no tendría chances de seguir viviendo. Así pasó varias veces pero el exterminio de perros no bastó para erradicar esta condena. Una persona cercana a mí enfermó de algo similar, la llevaron al hospital y un médico que practicaba un tratamiento poco convencional la salvó de la muerte. Él nunca supo si fue su medicina o el azar. Lo cierto es que esta persona quedó curada, con algunas secuelas menores. De haberlo sabido antes, podríamos haber usado ese tratamiento con su padre, aunque en ese momento el método estaba en el campo de lo teórico. Faltaba una prueba fehaciente, algo que nos hiciera ver que realmente con él se podía curar la rabia. Se necesitaba un enfermo terminal que se sometiera a las manos del médico. Fue en ese momento cuando la encontramos a usted inconsciente y mordida por unos perros en la puerta de mi residencia.

—Nunca fui mordida por perro alguno —contestó de mala manera Lady Spencer—. ¿Qué es lo que está insinuando?

—Usted no lo recuerda porque había perdido el conocimiento —continuó Lancaster—. Uno de los sirvientes me avisó que usted estaba malherida y fuimos en su ayuda. Abrimos la puerta y la encontramos desvanecida en el umbral, con graves mordeduras producidas por algunos perros callejeros. Afortunadamente el médico del que le hablé se encontraba conmigo y él se ofreció a auxiliarla. Su estado de salud era delicado, Anne-Marie, y yo tomé la decisión de permitir que el médico pusiera en práctica el nuevo tratamiento con usted. Asumí un riesgo al tomar una decisión de la cual no estoy arrepentido. De otra manera usted no estaría hoy aquí.

—¡A mí no me mordió ningún perro! —interrumpió Anne-Marie con un fuerte golpe en el sillón—. ¿Qué es lo que ahora pretende, Lancaster? ¿Usted quiere hacerme creer que tengo las facultades mentales alteradas? ¿Qué es lo que está buscando con esto? ¿Acaso se ha cansado de cumplir órdenes y ahora tiene otras intenciones con la empresa? Le quiero recordar que me basta con levantar un dedo para deshacerme de usted cuando yo lo desee. Estoy aquí por la confianza que mi padre le tenía. No me defraude ni me sorprenda, no espero de usted respuestas creativas ni viles, sólo órdenes cumplidas.

—Le ofrezco mis más sinceras disculpas, Anne-Marie, si dije algo  inapropiado. Pero mi relato es fiel. Todo sucedió tal como se lo hice saber.

—¿Y qué tiene que ver la pantera con esta farsa? —preguntó AnneMarie aturdida y violenta.

—Verá, cuando la encontramos inconsciente en la puerta y el médico se ofreció a probar el nuevo tratamiento con usted, la llevamos hasta la capilla que está hacia el este, no muy lejos de aquí. Allí el hombre estableció su lugar de trabajo, un quirófano muy bien equipado, y se dispuso a realizarle una transfusión. La sangre que debía ingresar a su cuerpo, de acuerdo con ese tratamiento desconocido por mí en aquel momento, debía ser la de un animal. El médico hizo traer a una pantera, durmió al felino y pasó la sangre de éste a su cuerpo a través de unos dispositivos encargados de procesarla. A la vez extrajo de su cuerpo la sangre enferma que usted tenía y se la pasó al animal mediante el mecanismo inverso. No comprendo bien los pormenores del proceso pero lo cierto es que después de un breve tiempo usted despertó sana, sin vestigios de la enfermedad. Usted no recordaba nada del momento en el que los perros la habían mordido ni tampoco, lógicamente, del desmayo que había sufrido. Cuando recobró la razón, continuó con una conversación que habíamos interrumpido la última vez que nos habíamos encontrado.

—Eso es mentira. A mí no me mordió ningún perro —insistió AnneMarie—. Y si así hubiera ocurrido, ¿usted se quedó con la pantera del médico y permitió que el animal anduviera caminando libremente por el parque como si se tratara de un perro? ¿En qué estaba pensando, Lancaster? Recuerdo que usted y yo caminamos por ese mismo parque y entonces… ¿Usted dejó en libertad a la pantera para que me atacara? ¿Eso es lo que planificó durante todo este tiempo? ¡Quería que el animal me matara así usted se quedaba como único dueño de la compañía! 

Lady Spencer se puso furiosa y se levantó del sillón. Tomó su cartera y sacó un arma pequeña. Apuntó a Lancaster y disparó con mala puntería. Lancaster se arrojó sobre ella de la misma manera que antes lo había hecho con Sarah, con la misma furia, con el mismo deseo. Esta vez Lancaster logró dominar a su presa, rugía sobre su cara, abría su boca y le mostraba los colmillos cubiertos de una saliva espesa, mordía sus labios hasta hacerlos sangrar, apretaba el cuerpo débil contra el suyo para que fueran uno solo. Anne-Marie le hundía las garras en la espalda pero Lancaster no obedecía a otra cosa más que a su instinto. Ella tiró del pelo de Lancaster y se quedó con algunos mechones. Mucho más no pudo hacer, se dejó dominar por la fuerza de Lancaster esperando que al final su furia se consumiera y quedara exhausto, tendido en el piso de madera. Pero Lancaster le levantó el vestido, se bajó el pantalón y mientras le inmovilizaba los brazos con sus garras le jadeaba al oído. Cuando Anne-Marie oyó la voz de Laudrec, Lancaster entró en su cuerpo y ella lo abrazó con sus piernas para que él no la dejara huir de Málaga. Laudrec le besó el cuello, luego los labios y continuó hablándole al oído con la respiración entrecortada. Anne-Marie liberó sus brazos, atrapó a Lancaster con ellos para no dejarlo escapar y la noche los encontró desnudos y dormidos en el salón principal. Un disparo se escuchó en medio de la oscuridad. Las fieras salieron espantadas y Lancaster despertó. Era el mediodía. Anne-Marie Spencer lo esperaba en el salón principal.

 

La rabia (2022)

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