En la otra puerta

Capítulo XIV

Ricardo Cardone

Día 745. Dos años después de nuestra primera carta. Anne-Marie, aquí todo es silencio que atormenta. El día me arrebata las pocas imágenes de nosotros que aún guardo. El tiempo es vil, me despoja del recuerdo y debo volver a encontrarte. Un día apareciste debajo de una hoja de papel, en un cajón del escritorio. Otro día te busqué entre los trenes que arribaban a Madrid. No estabas allí. Camino a casa, detrás de una sombra involuntaria, te hiciste ver. La semana pasada, una niña se cruzó delante de mí. Me leyó un poema que su madre había escrito para alguien que ya no estaba. Te encontré en él, angustiada, buscabas un color que no recuerdo. Hoy un empleado me dijo que te habló y que le dijiste que alrededor de mi cuello tenía un grueso lazo que me comprimía el aire. Meses atrás —no quise hablar de esto en nuestras cartas anteriores porque me hace mal, muy mal—, eras una casa deshabitada con una gran alfombra sobre la que descansaba de mis temores. Todos los días, después de mi trabajo, llegaba y me recostaba sobre ese piso mullido de lana esperando que abrieras la puerta para hacerme compañía. Pero no entrabas, nunca entrabas. Tardé en darme cuenta del porqué. No entrabas porque ya estabas adentro, eras la casa donde me recostaba a esperar que entraras. Eras aquello que no supe ver mientras estuvimos juntos. Tardé en darme cuenta mientras te esperaba sobre esa alfombra. Tardé porque deseaba que vinieras, esperaba en vano que vinieras a buscarme, y no me daba cuenta de que ya estaba en tu interior, de que ya habías venido y ahora me estabas protegiendo como lo hace la palma de la mano sobre la cabeza del niño. Me sentía incómodo, no entendía por qué no estabas conmigo, por qué me habías abandonado. Y todos los días me quedaba inmóvil sobre la alfombra, esperando que esa puerta se abriera para al fin volver a verte. Pero nada de eso ocurría, no llegabas y no dormía. Una de esas noches en la que la vigilia podía más que el sueño, escuché un golpe en la puerta. Me levanté y corrí para ver quién estaba del otro lado. No encontré a nadie. Devastado volví a la alfombra pero no pude dormir, continué mirando la puerta sin que nada pudiera distraerme. Tuve frío, la soledad nunca es abrigo, y comencé a temblar. Quise levantarme para buscar algo de ropa pero no quería quitar mi vista de la puerta. Tenía hambre y comenzaba a dolerme el cuerpo. Los músculos se endurecían de tanto permanecer en la misma posición pero no quería moverme de allí, tenía la esperanza de que ésa fuera la noche en la que abrieras la puerta y me abrazaras como lo habías hecho cuando zarpamos para Gibraltar. ¿Recuerdas cómo fue? Teníamos miedo. No sabíamos qué estábamos haciendo pero no teníamos duda de que si permanecíamos juntos, nada malo podría pasarnos. Confiábamos en nosotros y eso bastaba. No necesitábamos más que una palabra de amor, una caricia en la mejilla. Nada nos podría destruir si no nos separábamos. Pero algo cambió y dejamos de caminar a la par. Comenzaste a vivir en mi interior pero no me encontraba en el tuyo. Y ese tormento no me dejaba dormir. Esperaba encontrarte para volver a estar en tu interior y así poder huir de esa casa deshabitada que me protegía. Pero no logré hacerlo. Yo me encontraba solo dentro de esa casa y me sentía como un niño a quien el padre abandona para ir a trabajar a las minas de carbón, y entonces ese niño se queda con su madre y aprende que es lo mismo su madre que su padre pero bien sabe que no es lo mismo uno que el otro, no porque uno sea mejor que el otro, no es por eso, es porque todos somos distintos y te necesito tanto. Entonces me acostaba esperando que abrieras la puerta y cada noche me irritaba más porque no venías. No quería comer, no tenía sed, solamente esperaba que abrieras esa puerta pero nunca entrabas. Mis huesos no soportaban tanta ausencia y podía sentir cómo se quebraban. Trataba de contenerlos comprimiendo con fuerza mis músculos para que no se partieran en mil pedazos, pero ahora ellos se iban rompiendo uno a uno entre tus manos. Te pedía por favor que dejaras de quebrarlos, ya no tenías por dónde tomarlos pero nuevamente los volvías a partir por la mitad y luego en otra mitad hasta que no quedaba más que polvo, un polvo que quería salir de mi cuerpo y me secaba la garganta hasta cerrarla completamente. El aire era un manojo de flores que el viento arrastraba hasta mi boca y yo, al querer respirar, tragaba a bocanadas pétalos filosos como cuchillos que entraban en mi cuerpo abriéndome heridas que nunca se cerrarán. Quería gritar de dolor, quería decirte que este amor me ardía en la garganta pero no estabas y yo me encontraba solo en el interior de una casa vacía, detrás de una puerta cerrada.

Una noche abriste la puerta. Yo estaba dormido sobre mi alfombra. Desperté y vi que venías hacia mí. Quise decirte que el tiempo es un espejo que miente. Quise hablarte de todos esos días en los que no habías abierto esa puerta. Los recordaba uno por uno, desde el primero hasta el último. Quise decirte que por esa habitación corría un susurro como un río que, en vez de traer agua, arrastraba al tiempo hasta una gran cascada y al caer se partía en mil pedazos. Ese susurro que corría bajo la alfombra en la que dormía, me iba quitando tus últimos recuerdos. Cada vez que entraba a la casa con tus restos, me los arrebataba el agua y nuevamente tenía que buscarte lejos, muy lejos de esa casa hueca. Pero a veces, por fortuna, te encontraba y te traía con una correa porque vos no querías hacer caso. Siempre fuimos libres, no necesitábamos permanecer atados para no perdernos, sabíamos encontrarnos aunque estuviéramos ciegos. Pero temí no poder hallarte, por eso compré la correa y la puse en tu cuello. Caminamos juntos durante toda la tarde, te mostré la calle donde trabajo, fuimos a dar una vuelta por la estación de trenes. En un descuido te escapaste pero un vigilante alcanzó a tomarte de la correa y me reprendió, me dijo que tuviera más cuidado. Y yo que pensaba que nunca tendríamos que cuidarnos de nosotros porque nos bastaba con estar juntos. Tuve miedo de que volvieras a huir y sufrieras algún accidente, decidí entonces regresar a casa. Estaba oscureciendo. Allí estaría seguro de que no escaparías y entonces podría quitarte esa correa. Aquella noche, no la noche de la correa sino la noche en la que entraste a la casa y me encontraste durmiendo, me di cuenta de que debajo de la alfombra el río corría con mucha fuerza y me llevaba nuevamente todo lo que había logrado rescatar de tu ausencia. Aquella noche te quería decir que el tiempo es una gran fábula y que nosotros habíamos formado parte de la trama. Una trama que nunca existió pero de la que fuimos los personajes más importantes. Te quería decir también que todo había sido una mentira, que el tiempo nunca regresaría y que nunca volveríamos a estar juntos. Yo lo sabía. Ese susurro que pasaba debajo de mi alfombra me lo había contado. Me di cuenta de que estaba esperándote en vano. Supe que ni siquiera me había quedado el recuerdo, que el tiempo había barrido con todo mi pasado y que ahora yo no era más que un montón de huesos triturados y esparcidos sobre la alfombra. Quería decirte también que no era verdad que habías cruzado la puerta, que estaba seguro de que lo que había visto era un engaño, de que mi imaginación le ponía tu forma a todo lo que se cruzaba delante de mí. Quería avisarte que ya no quedaba tiempo, que yo no era yo, que era otro, que por favor no te acercaras tanto, que dieras media vuelta y huyeras tan lejos como fuera posible, que habías hecho bien en regresar con tu padre y quedarte con él, y que tu padre tenía razón acerca de lo que pensaba de mí, que ni se te ocurriera venir a buscarme, que yo no era nadie, que yo ya había sido todo lo que alguna vez fui y que ahora nada quedaba de aquel que supiste conocer, que el río que corría debajo de la alfombra estaba desmoronando el piso y que nos íbamos a caer al abismo si continuabas acercándote. Quería decirte que el tiempo es un lazo del que cuelga nuestro cuello y que no debemos tirar de él, el tiempo es sabio y sabe cuándo tirar. No me escuchabas. Yo estaba inmóvil, no quería asustarte pero debí haberlo hecho. Siempre te vi tan indefensa, siempre creí que necesitabas a alguien fuerte a tu lado. Nunca tuve el valor de mostrarte lo frágil que soy. Siempre te mentí. Pretendí ser como tu padre, fuerte y seguro, y lo intenté, juro que lo intenté pero no lo logré. En vez de protegerte tuviste que protegerme dentro de esta casa y ahora todo se desmorona por culpa de este río que arrasa con todos los recuerdos. Te veo cruzar la puerta. No te acerques, por favor, no hagas esa mueca de felicidad, no rías como una madre agradecida, no entornes los ojos por compasión, no te alegres, por favor no te alegres, no acerques tu mano a mi boca.

La rabia (2022)

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