Las calles estaban custodiadas por los perros. Algunos hacían rondas por la noche cerca de la casa de Sir Lancaster. Otros esperaban el amanecer recostados sobre la tierra, intentando conciliar el sueño. Caminaban con los nervios destrozados, ninguno tenía paz. Se detenían por un instante y luego se movían en círculos. De sus bocas colgaba una saliva espesa. Cuando el sueño los doblegaba, caían desmayados sobre la tierra con la boca abierta y de costado, como si estuvieran muertos. Los que aún se mantenían en pie, se acercaban a los perros dormidos y olfateaban sus cuerpos. Se cercioraban de que estuvieran con vida y continuaban con la ronda nocturna caminando con las patas cansadas, apoyándolas con fuerza sobre la tierra como si el cuerpo les pesara el doble, jadeando por la fatiga de una vigilia interminable. Los perros agotados dormían por poco tiempo, bruscamente despertaban ahogados con su propia saliva y no lograban volver al sueño. Primero se estiraban hasta que los huesos parecían separarse de sus cuerpos, luego lanzaban un profundo bostezo y por fin se levantaban apoyándose en sus patas delanteras. Después de comprobar que todo estuviera en orden, se terminaban de poner de pie y comenzaban a deambular arrojando ladridos al aire. Los demás repetían esos ladridos y en toda la ciudad se escuchaba un interminable eco de perros ladrándole a la noche. Las casas mantenían cerradas puertas y ventanas. Nadie podía dormir si los perros no callaban. Cuando por fin se cansaban de ladrar, comenzaban a acechar al otro lado de las puertas. Golpeaban la madera con sus colas, esos golpes eran golpes de martillo sobre clavos que cerraban el ataúd en el que la gente había quedado atrapada. Nada podía imaginarse allí más que una muerte lenta. Tendrían que esperar que los perros se cansaran de vigilar esa madriguera repleta de humanos y, una vez que se dejara de escuchar a los animales arrastrando las pezuñas al otro lado de la puerta, el más valiente debía salir de la casa para buscar comida.
Poco tiempo después, los perros que custodiaban la ciudad sufrieron un ataque que los dejó diezmados. Muchos de ellos perecieron ante un animal desconocido que se atrevió a hacerles frente. Los más incautos pensaron en cerrarle el paso y devorarlo, pero el desafiante animal, en lugar de acobardarse ante esa amenaza, aniquiló a los que se interpusieron en su camino. Cuando la jauría escuchó los ladridos ahogados de los que debían cuidar la calle, salió al encuentro del invasor. Muy pocos perros sobrevivieron a la riña, la mayoría pereció en el acto. Los que habían quedado con vida lograron huir pero murieron al poco tiempo por las graves heridas que habían sufrido. Durante esos días la gente sólo escuchó aullidos de dolor y ladridos agónicos. Los perros se recluyeron en las afueras de la ciudad y las calles quedaron liberadas. Los hombres más hambrientos fueron los primeros en salir de sus casas mientras los demás hombres vigilaban a través de las ventanas. Caminaban armados con sus escopetas y sus miedos. Uno de ellos avanzó más de lo permitido. Si algún perro lo veía, no tendría tiempo de ponerse a salvo; en la huida, el animal lo atraparía a los pocos metros. Los demás hombres se aseguraron de que sus escopetas estuvieran cargadas y apuntaron en dirección al valiente que se había alejado de ellos, desde allí vendrían corriendo los perros para atacarlos luego de devorar al pobre incauto. El hombre se detuvo a un centenar de metros de sus compañeros, miró hacia ambos lados y levantó su escopeta. La calle estaba despejada. Los otros hombres se acercaron con cautela. No se veía a ningún perro en las cercanías.
Se formaron varios grupos de patrulla y se repartieron las zonas que debían rastrillar. Todos los hombres adultos salieron en distintos grupos para comprobar que la ciudad estuviera libre de perros. Una de las patrullas llegó hasta las afueras, algunos perros jadeaban agotados sobre el pasto. Los hombres apuntaron hacia los animales pero éstos ni siquiera se pusieron de pie para enfrentarlos. Los perros estaban heridos y de vez en cuando lamían la sangre que brotaba de sus cuerpos. Habían perdido sus fuerzas, apenas podían mantener sus cabezas erguidas durante algunos segundos y luego volvían a desmoronarse. Sus cuerpos habían quedado abandonados en el suelo, con las patas estiradas y recostados sobre uno de sus lados, como si fueran prendas que el viento arroja sobre la tierra. Uno de ellos miró el arma de uno de los hombres. Le costaba respirar y no tenía fuerzas para levantar su cabeza. Pestañeaba, quería que el hombre se diera cuenta de lo que el animal trataba de decirle, pero se escuchó una detonación y luego otras más que cubrieron el aire de humo y de pólvora. Cuando el viento despejó el campo, casi todos los perros estaban muertos. Solo uno había quedado con vida, frente a los ojos del hombre que aún no había disparado. El perro gimió, quiso ponerse de pie y el hombre le vació la carga de su escopeta en el lomo.
Luego de aquel día, las calles volvieron a estar transitadas por personas preocupadas únicamente por salir y regresar de sus trabajos como lo hacían antes. De vez en cuando algún perro se extraviaba y comenzaba a merodear pero en cuanto lo atrapaban, lo sacrificaban. La ciudad vivía permanentemente en alerta y nunca se supo qué fue lo que había atacado a los perros. Un hombre dijo que le pareció ver a un animal similar a un felino entablar batalla contra ellos y que los perros habían huido espantados. Otro dijo que no había sido un animal, sino un milagro. Una mujer dijo que no fue más que una advertencia, que los hombres lo tenían merecido por haberse alejado de Dios. Un último hombre dijo que fuera lo que fuere, lo que deberían saber es que así como el mal llega, el mal se va por la fuerza de la fe, que aquellos que no tienen fe no tendrán vida, como había quedado demostrado. Luego miró al hombre que había dicho haber visto al felino y le preguntó si estaba seguro de lo que decía. El hombre dudó y nadie creyó su historia.
—El hombre se debate entre el bien y el mal —comenzó diciendo el último hombre—. El hombre puede elegir, Dios le dio el libre albedrío. Pero también Dios le prometió una retribución por sus acciones y no hay hombre que pueda eludirla. Aquel que elija el mal será castigado con el mal y aquel que elija el bien será enaltecido con el bien. El hombre debe saber que ambos caminos los transitará con angustia y con dolor. Sufrirá en este y en el otro mundo por haber elegido el mal. También sufrirá por haber elegido el bien pero solamente será en este mundo. Hay otra vida fuera de este mundo en la que los que eligieron el bien no tendrán dolor, sólo habrá dicha. En cambio, los que hayan elegido el mal sufrirán los peores tormentos. No se puede pasar de un mundo a otro, el destino no es reversible. Para elegir el mundo del tormento o el de la dicha se deberá elegir en este mundo entre el camino de la maldad y el de la bondad. Los que eligieron el camino de la bondad deberán convencer a los que se equivocaron de rumbo de que vuelvan al sendero que ustedes hoy transitan. Nada encontrarán en el otro camino más que dolor y pesadumbre. En cambio, si ellos permanecen a la par de ustedes, al fin estarán libres de todo padecimiento.
—¿Y quiénes son los que caminan por el sendero del mal? —preguntó el hombre que había creído ver al felino atacar a los perros.
—Aquellos que niegan a Dios —contestó el hombre que parecía hablar como si fuera un profeta.
—¿Y quién es Dios? —preguntó algo confundido el hombre que hablaba del felino.
La gente que escuchaba con atención al hombre que hablaba del bien y del mal comenzó a murmurar. No entendían cómo alguien podía desconocer a Dios, su creador. Una de las personas se le acercó al hombre que decía haber visto al felino y lo empujó hasta apartarlo del grupo. Otro también se acercó y amenazó con golpearlo si continuaba preguntando con tanta soberbia. El hombre que hablaba como un profeta reprendió a los agresores y llamó al hombre que habían expulsado. Lo invitó a que se acercara a su lado y dijo a la multitud:
—Este hombre se expresa así no por maldad sino por ignorancia. Nadie le ha hablado a él de la bondad ni de la maldad y por lo tanto razona de acuerdo a su limitado conocimiento. Todos tenemos un pensamiento cercenado por nuestra naturaleza. No caigamos sobre aquel que no ha tenido la oportunidad de acceder a una sabiduría suprema. Es nuestro deber transmitir el sabio mensaje de Dios a los que lo ignoran. No debe quedar en la tierra nadie que desconozca su palabra. Todos somos siervos de Dios. Todos nos sometemos a él.
La gente quedó en silencio, escuchando estas palabras con culpa y con pesadumbre. Sus conciencias estaban golpeadas. Ellos habían entendido que eran criaturas de un ser de extrema bondad que había decidido regalarles la vida y tenían la obligación de estar agradecidos con él. Sabían que eran privilegiados por haber sido elegidos por ese padre y que todo lo que les sucediera o les dejara de suceder estaría en estrecha relación con sus acciones. Lo que el hombre que hablaba de Dios había hecho con aquel ignorante había sido un acto de perdón. Ese hombre había dado el ejemplo de que se debía perdonar al que realizara una ofensa. Y aquel hombre había ofendido a Dios al desconocerlo. Y también los había ofendido a ellos. Pero aquel hombre debía ser perdonado. Un pobre hombre ignorante que no sabía lo que decía.
El hombre ignorante pensó que podía aprovechar la oportunidad, ahora que todos le estaban prestando atención, para decir algo acerca del felino que había creído ver pero el hombre que parecía ser un profeta lo interrumpió:
—Bienvenidos a la luz —dijo a la multitud mientras pasaba su brazo por el hombro del ignorante—. Ahora vuelvan a sus casas. Cuando vean que alguien se desvía hacia la senda de la oscuridad, oren por él para que retome el buen rumbo. Nada nos puede pasar si no nos alejamos de nuestro camino. Esta condena que sufrimos durante tanto tiempo se acabó. Hasta los animales reconocieron que se habían apartado del sendero de Dios.
Oren por ellos también.
La gente se fue dispersando no sin antes acercarse al hombre que hablaba de Dios para despedirse. El último en retirarse fue el hombre que había creído ver al felino. Pensó en decirle que él creía haber visto a un animal doblegar a toda la jauría pero ahora dudaba, estaba casi convencido de que lo que él había visto no había sido otra cosa que el camino del mal, esa oscuridad de la que debería escapar cuanto antes si quería permanecer en la luz.
El sol caía y la noche se disponía a acechar a la ciudad con el tormento de las sombras. Comenzaron a encenderse los faroles de las calles y el fuego de los braseros alumbraba el interior de los hogares. De a poco cada una de las viviendas comenzaba a iluminarse con luces amarillentas que con mucho esfuerzo lograban expulsar la oscuridad hacia afuera de las paredes, relegándola a la calle donde deambulan aquellos que pertenecen al mundo de las sombras, ese mundo que Dios no gobierna pero que también es Dios.