En la otra puerta

Capítulo XVI

Ricardo Cardone

Los pocos perros que quedaban con vida eran aquellos que habían logrado huir de la matanza. Esos perros habían tenido la fortuna de anticiparse a la devastación que vendría luego de que la pantera acabara con los demás de un solo mordisco. Los perros sobrevivientes, éstos que en vez de luchar contra lo imposible prefirieron alejarse, eran los únicos animales que permanecían sanos. Eso fue lo que les permitió pensar. Los demás, aquellos poseídos por la rabia, atacaban gobernados por sus cerebros desgastados de dolor. Actuaban como máquinas de matar sin poder detenerse a razonar sobre lo que estaban haciendo. El tormento al que se enfrentarían con la muerte seguramente no sería tan grande como el que sus cuerpos padecían. Ese ataque insensato en el que sin lugar a dudas iban a morir los liberaría de todo sufrimiento. Y hacia allá iban, hacia una muerte segura, hacia una remota posibilidad de que hubiera otra vida que fuera más indulgente con ellos sin ni siquiera estar seguros de que pudiera existir esa utopía. Lo único que ellos sabían era que la vida que les había tocado por el azar de la naturaleza era injusta. No merecían aquellos suplicios que los hacían deambular noche y día por calles vacías con sus cuerpos torturados. Ellos habían venido a esta tierra con el mismo fin que tenían los demás seres vivos, el de contribuir al progreso natural de la vida. Sin embargo, algo habrían hecho para sufrir semejante castigo. Tal vez habrían sido demasiado indulgentes con sus pares. Tal vez habrían permitido que el hombre los domesticara y por eso dejaron de ser libres para pasar a tener dueños. Pero no era justo que sus destinos estuvieran marcados por el castigo, no habían hecho nada malo para merecerlo. Uno de ellos se animó a hablar de justicia. La jauría escuchó con atención lo que el perro dijo:

—Si este mundo no es justo, ¿por qué nosotros debemos actuar con justicia? Miren en qué hemos terminado. Ahora somos enfermos a los que hay que sacrificar. Ni siquiera conocemos el mal que gobierna nuestro cuerpo. Por momentos creemos que la enfermedad nos ofrece una tregua y, abatidos, nos arrojamos al suelo para calmar nuestro dolor. Pero ni siquiera logramos dormir en paz, en un instante la enfermedad nos vuelve a dar batalla y despertamos con los nervios destrozados. Si este mundo fuera justo, no tendríamos que soportar este padecimiento. Vivir así es morir de a poco. Todos sabemos que nos vamos a morir, eso fue lo que nos dijeron en cuanto pusimos los pies sobre esta tierra, pero no estamos dispuestos a vivir en el abandono. ¿Cuál fue el acto de injusticia que cometimos para tener esta condena? ¿Ser obedientes? ¿Proteger a nuestros dueños de aquellos que querían hacerles daño? Cuando los vemos atormentados por algún mal que hicieron, nos acercamos a ellos sin juzgarlos, simplemente nos quedamos a sus pies para que sepan que no están solos, que estamos con ellos y así la culpa no los derrumba. Y algunas veces recibimos una patada como respuesta. Pero nosotros sabemos que ellos son nuestros dueños y por eso los amamos. El hombre no sabe qué es el amor porque éste es más grande que lo que su razonamiento puede abarcar. Entonces lleva al amor a un terreno que él pueda entender, al de la conveniencia. Para el hombre el amor es la luz de una vela que permanentemente combate contra la brisa para no extinguirse. El amor del hombre se sofoca con un soplo. Un día el hombre ama y al otro día no ama más. Todo lo que al hombre lo rodea es perenne, puede formar parte de él durante un tiempo pero un día, sin ninguna razón, aquello que él llevaba en su interior como alimento para su vida lo expulsa como si fuera la causa de su mal. La enfermedad del hombre es el mismo hombre. Nació enfermo y morirá enfermo. ¿Cuál fue el acto de injusticia que cometimos? ¿Cuidar a sus crías? A cada uno de esos pequeños lo tratamos siempre como si fuera un hijo nuestro. Y cuando sus padres los maltrataban debido a que sus conciencias no estaban en paz y a causa de eso hacían recaer sobre esos niños todas sus frustraciones, nosotros los acompañábamos en sus penas para que no se sintieran solos. Los niños llegan a ser adultos porque olvidan. Sería imposible continuar la vida con tanta injusticia sobre sus almas. No lo digo yo, es lo que en ellos vemos cada uno de nosotros cuando reciben un castigo. Se puede seguir viviendo únicamente si uno olvida. Aquel que no olvida muere atormentado. Ese amor acotado, mutilado, escaso con el que creen que se salvan no les alcanza ni siquiera para distinguir el bien del mal. La maldad y la bondad en el hombre están definidas por la justificación. El pensamiento humano está compuesto de parámetros que gobiernan las ideas. Cada idea nueva, cada sentimiento ajeno a la voluntad, cada acción irracional necesita de parámetros que la ubiquen en el plano de la conducta. Nada que esté fuera de ella puede crecer en el pensamiento del hombre. Todo tiene su ubicación en esa matriz que el hombre define como razón. El ser humano presume de ser racional. Su razón lo gobierna y aquello que ella no puede abarcar merece el castigo de la negación. Todo tiene que dar fruto para que el hombre pueda sacar provecho. El hombre deshecha lo estéril, aquello que no le sirve. Nada pasa por el hombre sin que éste tome algo de eso aunque no le pertenezca. Al principio el hombre necesita pertenecer para ser y luego necesita que los demás le pertenezcan para someter. El hombre domina a los que necesitan ser alguien, a aquellos que ni siquiera confían en sí mismos. No todos los hombres oprimen a su manada de la misma manera. Ellos se rigen por sus temores. A la acción del hombre la gobierna la razón, a la razón la gobierna la conciencia y a la conciencia la gobierna el temor. Algunos hombres combaten al hombre con la fuerza. Doblegan a sus súbditos con una promesa de muerte: los que se revelan, mueren. Otros ejercen su autoridad apelando a la razón, a la conveniencia. Les hacen ver a los sometidos que les conviene estar bajo su dominio para satisfacer sus deseos insatisfechos. Hacen un trato razonable. El poderoso les da algo de lo que ellos necesitan y ellos le dan más poder. Ésa es la base de la sociedad. Pero otros, los más sabios, descartan la fuerza por ser débil, por formar parte de las acciones humanas, aquellas que la razón gobierna fácilmente. También descartan el sometimiento por conveniencia, aquél donde impera la razón, la lógica, por entender que a la razón la doblega la conciencia. Van más allá de ella, saben que el hombre es temeroso y que por encima de todas las opresiones están los miedos. Y hacia allí van con sus tropas, con armas que el hombre sabe que no puede combatir y es por eso que les teme. Una de ellas es el amor, aquello que el hombre no comprende por ser inconmensurable, infinito. El principal deseo del hombre es ser amado, pero ningún otro hombre puede satisfacer ese deseo porque no está en su limitada naturaleza poder ofrecerlo. Apenas puede mostrar un leve brillo de lo que es el amor pero con el tiempo termina opacándose. El hombre no puede sostener el amor en el tiempo. Necesita dotarlo de atributos que él pueda comprender, como la condición. Entonces el hombre ama condicionalmente, racionalmente. Cuando el amor comienza a desvanecerse, el hombre se apoya en la razón y con gran esfuerzo logra reanimar a ese amor que agoniza. No sabe amar el hombre si no puede sacar del amor algo que lo alimente. Ese amor le debe dar a él algo a cambio como la paz, como el placer, como el sosiego. Si el amor nada le da, el hombre deja de amar. Para el hombre no hay ser que pueda dar amor sin pedir nada a cambio. Ni siquiera Dios. El hombre sabe que para recibir el amor infinito de Dios tiene que darle a él algo de su humanidad, un sufrimiento, un dolor. Y si el hombre no ofreciera ese padecimiento, no tendría el amor que necesita por ser hombre. Es ahí cuando el hombre teme perder el amor. Y es ahí cuando el sabio gobierna al hombre hiriéndolo con sus temores. A ese hombre poderoso que gobierna le basta un hombre temeroso.

—Debemos atacar a ese hombre —dijo uno de los perros que escuchaba atentamente.

—Ese hombre es todos los hombres —dijo el perro sabio y continuó—. Nos hemos dado cuenta de que, por más que quisiéramos ser justos, solamente recibimos injusticias como pago. De nada sirve querer cambiar el mundo en el que vivimos, los hombres lo volverán a llevar al mismo lugar en el que antes se encontraba. No hace mucho tiempo la rabia nos doblegó y la mayoría de nosotros murió. A algunos los mató la enfermedad y a otros los mataron las municiones. Esperábamos que después de aquella masacre algo cambiara pero nada de eso ocurrió. El hombre volvió a su vida de defectos y virtudes y nosotros pasamos al olvido. Nadie más que nosotros recordamos a nuestros muertos. Cada vez que cruzamos por aquellos sitios donde masacraron a nuestros enfermos no podemos dejar de olfatear la tierra en busca de algún rastro de nuestros compañeros para que el olvido no nos someta. Ellos están ahí, sobre una hoja de una planta que nadie cortó, en el tronco de un árbol que olvidaron talar, en la tierra imborrable. Nuestra enfermedad es el hombre.

Uno a uno los perros se fueron apartando del grupo y no muy lejos de allí dieron unas vueltas en el mismo sitio para buscar un lugar cómodo en el que pudieran recostarse y descansar. Delante de ellos y a lo lejos, estaba la ciudad. En ella la mayoría de sus habitantes dormían, debían levantarse temprano para ir a sus trabajos. El aire espeso formaba una gran burbuja de luz que parecía proteger a la ciudad de toda maldad. Los perros descansaban en la impenetrable noche, una oscuridad los abrigaba como madre y les decía que todo era infinito, inconmensurable, que nada tenía bordes. Aquella esfera de luz que los animales veían a lo lejos, en medio de la oscuridad, no era más que una pompa de jabón que en cualquier momento se desvanecería, un error en el conjunto.

El hambre los estaba consumiendo. Poco podían encontrar para comer en esos terrenos estériles a los que habían sido confinados. De vez en cuando, algún pájaro caía del cielo y hacia allí iban los perros a comer carne fresca aunque no fuera más que un pájaro muerto que no alcanzaría a saciar el hambre de una jauría. La mayoría de las veces tenían que conformarse con algunas hierbas que en lugar de alimentarlos les acrecentaba su instinto carnívoro. Aprovechando la oscuridad, uno de los perros se acercó a la ciudad sin que los hombres que la custodiaban lograran verlo. Buscaba comida. Sabía que entre la basura podía encontrar algo de carne. Pero antes debía evitar las municiones de los vigilantes. El perro buscaba un lugar para ingresar a la ciudad sin ser visto, pero ésta estaba rodeada por un alambrado que le impedía el paso. De tanto en tanto esa valla se discontinuaba para que los caminos de acceso estuvieran liberados. En esos sitios donde el alambrado se interrumpía para dejar paso a los vehículos que entraban y salían de la ciudad, hombres armados con escopetas permanecían en alerta con el fin de evitar que algún perro se aproximara. Para disparar a los animales no necesitaban que éstos cruzaran los límites del alambre, bastaba con que alguien los distinguiera en la oscuridad para que abriera fuego con fina puntería. Ningún perro sobrevivía luego de ser descubierto por los guardias.

El animal aprovechó la noche cerrada para acercarse a la ciudad sin que los hombres lo vieran, pero el alambrado le impidió el paso. Caminando con cuidado de no hacer ruido, como si estuviera cazando, siguió la línea del alambrado con la intención de llegar al lugar donde éste terminaba. Hacia un lado estaban los puestos de vigilancia pero hacia el lado opuesto el alambrado se perdía en la oscuridad, alejándose cada vez más de la ciudad. El perro caminó hacia ese punto ciego donde la cerca se sumergía en la noche. A medida que se iba alejando, el peligro de ser visto y atacado por los guardias disminuía. Pocos metros más adelante la noche devoró al alambrado y al perro. Caminando a ciegas, lejos del resplandor de la ciudad y sin la ayuda de la luna que en esas noches no alumbraba, con la cerca de alambre como única guía, el perro llegó a una gran llanura despoblada. El campo se abrió delante de él y un poste de madera hundido en la tierra puso fin a la cerca que protegía la ciudad. De ahí en más nada separaba el territorio de los perros del territorio de los hombres. Nada se veía, la ciudad había quedado lejos. El perro caminó por ese vacío hasta llegar a un bosque frondoso que hacía más negra a esa noche negra. Los árboles parecían molestarse cuando el viento soplaba con fuerza, no había lugar para que se pudieran mecer libremente. Tampoco había aire para respirar. Todo era denso y opresor. El perro se detuvo. No quería avanzar hasta no estar seguro de que más adelante nada pudiera atacarlo. El indefenso animal sabía que se encontraba en desventaja. Su naturaleza es caminar en grupo, nunca deambular solo. Si ahora lo hacía, sería presa fácil de sus depredadores. No había lógica posible para que él estuviera tan lejos de la jauría pero el hambre doblegaba su conciencia. El perro caminó con mucho cuidado de no pisar hojas secas ni ramas caídas que pudieran hacer ruido. Apoyaba sus patas con precaución mientras avanzaba lentamente a través del bosque. El viento agitaba las hojas de los árboles sobre su cabeza pero el perro no dejaba de olfatear la tierra. Estaba convencido de que ese camino tenía una salida, de que no era más que una puerta intimidatoria para que ningún animal se acercara. En poco tiempo llegó a un claro y la tierra se cubrió de enormes piedras. Debajo de ellas corría un débil hilo de agua. El perro se paró sobre una de las piedras y bebió durante largo tiempo. Estaba cansado y sediento. Luego de saciar la sed buscó comida pero nada halló en la margen de ese río. Si hay agua, seguramente habrá peces, pensó.

Siguió el curso del río en busca de algún pez que aliviara su hambre. Necesitaba cazar, no pescar, pero se encontraba en condiciones desfavorables. No podía cazar en solitario, la presa fácilmente se le escaparía o sería doblegado hasta poner en riesgo su vida. Hundiendo el hocico en el agua intentó pescar como si fuera un lobo. De esa manera algo podría tener en su estómago que no fueran hierbas secas. Un pez golpeó contra su mandíbula y el perro lo atrapó. Corrió hasta la orilla del río y se recostó en la tierra para devorarlo. Lo mantuvo inmóvil con sus patas delanteras para que no se le escapara y una vez que logró triturarlo con los colmillos recobró el ánimo. Había encontrado un sitio donde al fin podía alimentarse. Cuando ya no quedaba en su boca ningún resto de la presa oyó un rugido. Se levantó de inmediato, paró las orejas pero no alcanzó a ver nada a su alrededor. Sintió el peligro y antes que quedarse quieto para averiguar de dónde provenía la amenaza, el perro huyó de la costa del río. Para asegurarse de desorientar a su atacante, corrió hacia el bosque y se perdió en él. No dejaba de dar vueltas dentro de ese laberinto que lo iba devorando como antes él lo había hecho con su presa. Una espesa oscuridad lo invadió. Ya no supo en qué dirección había estado corriendo. Todo era igual bajo ese bosque pesado. Al menos el rugido había dejado de oírse pero nada le aseguraba que el peligro hubiera pasado. Decidió continuar corriendo hasta escapar de las garras de esos árboles que lo acechaban junto con la noche. Más de una vez cruzó por el mismo lugar pero nunca se detuvo. Las hojas se agitaban con el viento y ese crepitar lo aturdía. Cansado y con la lengua colgándole de la boca llegó a un enorme campo cubierto por un pasto seco. A lo lejos vio una edificación que tenía una cruz en la entrada y se dio cuenta de que estaba cerca de los hombres. Si alguien notaba su presencia, no dudaría en abrir fuego y llenarlo de municiones.

Espantado, el perro regresó al bosque pero se mantuvo cerca de los límites huyendo de esa vivienda que sin lugar a dudas sería su tumba. Corriendo en medio de la noche se liberó del bosque y llegó al campo abierto. Allí había un poste hundido en la tierra que marcaba el final de un alambrado. El perro reconoció esa cerca y corriendo a la par de ella llegó a las luces de la ciudad. Cuando el animal estuvo bajo esa aureola que abría el terreno como si fuera una herida, respiró aliviado. Se alejó de esos bordes peligrosos con los que la luz lo amenazaba y se sumergió en la penumbra, fuera de cualquier límite. Agotado llegó hasta donde estaba la jauría. Ésta dormía bajo un manto de hambre y de sombra. El perro buscó un sitio apacible donde su cuerpo pudiera deshacerse del cansancio y se acostó a dormir con la respiración entrecortada. En poco tiempo, todo sería luz. Una luz con los bordes filosos del hambre. 

 

La rabia (2022)

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