En la otra puerta

Capítulo XVII

Ricardo Cardone

Las primeras horas del día fueron abriéndole los párpados a cada uno de los perros que, cansados, dormían en la tierra. El último en levantarse fue aquel perro que había deambulado por el bosque durante toda la noche. Aún sentía el agotamiento por haber corrido durante tanto tiempo en ese territorio virgen para él. Sus ojos vacíos daban fe del terror que le había producido haber estado tan cerca de los hombres cuando exploró aquel paraje. No esperaba encontrarse con tal sorpresa, podría haber perdido la vida si alguien lo hubiera visto caminar por esa vasta propiedad. Pero quién sabe por qué causa del azar no se había encontrado con nadie en esa noche. Recordó el arroyo que corría debajo de las piedras, nunca había visitado aquel sitio. Recordó el pez que había triturado con su mandíbula y que le había hecho sentir después de tanto tiempo un gusto añejo. El hambre le había arrebatado el sabor de la carne pero ahora su boca se llenaba nuevamente de saliva al recordar a ese pez. Con la mirada ciega en la memoria, permaneció recostado en la tierra apoyando la mandíbula sobre las patas delanteras. No tenía prisa por levantarse. Quería saber qué más habría en aquel lugar. Probablemente él y toda la jauría encontrarían comida abundante para unos cuantos días. O para unos cuantos meses, ¿quién podría negarlo? Pero muy cerca de allí estaba el bosque. Un bosque oscuro y terrorífico, con innumerables árboles que se molestaban entre sí y que vigilaban cada uno de sus pasos. Un bosque que tenía vida como cada uno de los perros. Un bosque ingobernable, rebelde, impredecible. Si el bosque lo deseara, podría atacarlo por la espalda cuando él se detuviera a tomar agua en el arroyo. Lo aturdiría con una densa bocanada y el animal no podría escapar tan fácilmente, perdería la orientación y de a poco el bosque lo arrastraría hacia sus fauces. Una vez allí, moriría de hambre o sería alimento de alguna bestia innombrable que pudiera habitar en aquella oscuridad. Y si por obra del azar lograra escapar de ese manto siniestro que quita el aire y ahoga la luz, lo estarían esperando los hombres con sus escopetas cargadas de furia y de venganza.

El perro de vez en cuando pestañeaba como si quisiera quitarse esa imagen de los ojos, pero éstos otra vez se ahogaban en aquellas visiones que atormentaban su conciencia. No muy lejos de él se encontraba el perro que parecía ser sabio. A su lado y recostados en la tierra, los perros de la jauría se aprestaban a escuchar lo que éste estaba por decir. Algunos pasaban sus lenguas por las patas y por el costado de sus lomos lacerados por el hambre para comenzar el día algo más presentables. El perro sabio se puso de pie y caminó alrededor de ellos husmeando con su hocico entre los cuerpos famélicos de sus compañeros. Cuando todos los perros terminaron de asearse y lanzaron su último bostezo, el perro sabio se ubicó en el centro del grupo y pidió que le prestaran atención. Los demás perros se dispusieron a escuchar atentamente lo que el sabio estaba por decir.

—Vamos a morir —comenzó diciendo el perro sabio—. Todos vamos a morir. Será de hambre, será de sed, será de venganza o será de hartazgo. Pero no cabe duda de que de aquí ninguno de nosotros saldrá con vida. Fuimos relegados a estos confines de la tierra por nuestro depredador y ahora no tenemos el alimento que nos daría la fuerza necesaria para combatirlo. El hombre es poderoso y agresivo, sabe cómo imponerse y además siente placer al hacerlo. Su ambición no tiene límites y no se detendrá hasta que vea muerto al último perro vagabundo. Mientras esperamos que eso suceda, es decir, mientras esperamos nuestra muerte, vamos a pasar por varios tormentos. Sufriremos el hambre. Es probable que más de uno de nosotros muera antes del día de su muerte. Pero esa muerte no vendrá a rescatarnos, no será el consuelo del moribundo hostigado por su cuerpo consumido, con la piel acabada, con el aire agotado. No tendremos ni siquiera esa dicha, la de esperar que al fin la muerte nos unte con su bálsamo último y nos despoje de esta condena. No podremos hacerlo porque el hambre nos aturdirá, nos crujirá en los huesos, nos quebrará la piel, nos secará tanto la garganta que pasará por ella un aire espeso como barro, un barro que nos obligará a devolverlo a la tierra y que luego volveremos a comer. No tendremos lugar para la esperanza porque para esperar hay que tener un instante de paz, una paz que al menos nos deje pensar con claridad en nuestra fe. Pero ni eso tenemos, ya perdimos todas las batallas y ahora somos plantas que se secan en la arena resquebrajándose de a poco, primero perdiendo las hojas, luego quebrando su tallo. Debemos abandonar esta tierra que pudre nuestras raíces. Ya no tenemos nada que hacer aquí.

—¿Y adónde debemos ir? —preguntó uno de los perros.

—Al bosque —contestó el perro sabio.

Los perros hicieron silencio. La decisión de ir al bosque era arriesgada. Todos ellos eran animales que habían nacido y se habían criado en la ciudad. Habían estado en contacto con el hombre durante toda su vida, se habían alimentado de lo que el hombre les ofrecía y nunca se habían preocupado por la amenaza de otras especies. Para vivir en el bosque se necesitaba estar siempre en alerta, tener los sentidos sensibles y alimentarse de otros animales, es decir, saber cazar. Todos ellos habían perdido el instinto de la supervivencia. Ninguno sabía si realmente podía cazar. Tampoco sabían elegir el lugar para dormir. Era muy probable que la primera noche cualquier animal los sorprendiera durmiendo y acabara con ellos. El hombre los había convertido en animales dóciles, agradecidos por la comida, por el cuidado de su salud y por la protección que éste les daba. Esos perros convivían con el hombre como si fueran uno más de su especie y eso les había quitado un gran peso de encima. Al no tener que esforzarse para conseguir comida y al disponer de un lugar seguro para dormir, sin el acecho de sus depredadores sobre sus conciencias, los perros habían logrado un estado de bienestar comparable al del ser humano. Pero ahora el hombre había cambiado, ya no era aquel que los esperaba con un plato de comida y con una manta al lado del fuego en invierno. Ahora ese hombre salía a buscarlos llevando una escopeta colgada al hombro y una caja de municiones.

El perro que había salido durante la noche a buscar comida y que había llegado hasta el bosque, tomó conciencia de lo que estaba ocurriendo con la jauría recién cuando dejó de pensar en todo lo que le había sucedido hacía apenas unas horas. Levantó la cabeza y se dio cuenta de que una reunión se estaba llevando a cabo no muy lejos de donde él se encontraba. Observó al perro sabio hablar como si estuviera buscando fieles. Poco le interesó aquel posible discurso. Pero luego se dio cuenta de que él era el único que no estaba escuchando lo que el perro sabio decía. Por un momento quiso salir espantado. Detestaba que alguien hiciera uso de la palabra como si fuera un enviado de la naturaleza y que otros incautos lo oyeran sin cuestionar las barbaridades que seguramente estaría diciendo. Bostezó con desidia, abriendo la boca hasta que la mandíbula pareció partirse en dos. Mostró sus colmillos afilados, no gracias a los huesos que hacía tiempo no trituraba sino gracias a las piedras que de vez en cuando mordía para no olvidar que aún podía masticar. Después pasó la lengua por su hocico hasta que le llegó a los ojos y por último cerró la boca súbitamente. Se quedó un instante mirando el horizonte, apuntó los ojos al cielo y se levantó pesadamente. Dio una vuelta sobre sí mismo, como si se buscara la cola, miró detrás de él para comprobar que nadie lo acechaba y dio unos pasos en dirección a un claro donde el sol comenzaba a filtrarse entre las copas de los árboles.

A lo lejos alcanzó a ver a un perro errante que se acercaba caminando con dificultad. El animal parecía cansado, la lengua le colgaba de la boca, pero eso no lo hacía disminuir su marcha. Tenía el pelaje seco y sucio. En algunas partes de su cuerpo se veían manchas de barro que el sol había secado, unos puñados de tierra que alguna vez habrían estado húmedos se le habían adherido al lomo y ahora formaban unas masas informes unidas a su pelo imposibles de desprender. El maltrecho animal llegó hasta donde estaba el perro solitario y no quiso avanzar más.

—Traigo una noticia que puede ser importante —dijo el recién llegado—. ¿Quién es el líder aquí?

—Aquí no hay líderes —contestó de mala manera el perro solitario—. Dígame a mí lo que tiene para decir o dígaselo a cualquiera de nosotros.

Todos somos iguales.

—No lo creo —dijo y se dirigió hacia donde la jauría estaba reunida.

El perro se acercó al grupo y con un ladrido interrumpió el discurso del perro sabio. Los demás perros comenzaron a rodearlo y a ladrar. Algunos lo hacían a media voz pidiéndole un poco de respeto por los demás pero otros eran más avasallantes y ladraban con mayor ferocidad. Los primeros, al ver que los otros tapaban sus ladridos, levantaban la voz y no dejaban de ladrar para que los perros más agresivos se callaran pero, lejos de ceder en la disputa, los más feroces volvían a ladrar más alto y más cerca del desconocido visitante. Los perros más pequeños tomaron valor ante sus compañeros y mientras los demás ladraban, ellos aprovechaban y mordían las patas del recién llegado. Éste intentaba apartarlos con leves mordiscos pero los pequeños se volvían cada vez más violentos. Enfurecido, el visitante mordió la cola de uno de los pequeños y con un rápido movimiento de su cabeza lo arrojó a la multitud, golpeando a más de uno. Los otros huyeron de él y se refugiaron entre las patas de los perros mayores. Desde allí lo miraban recostados en la tierra. Los ladridos cesaron por un momento pero un profundo gruñido salió de uno de los perros y el breve silencio se rompió.

—¿Quién de ustedes es el líder? —preguntó el recién llegado.

—Nadie es el líder. Aquí no tenemos líderes —gritó el perro solitario desde lejos.

El perro sabio hizo silencio y se acercó pausadamente al extenuado visitante. Lo olfateó con detenimiento.

—¿Qué es lo que quiere saber? —preguntó.

El ferrocarril llegaba a la ciudad con cargas de alimentos provenientes de los barcos y de lugares remotos. En la estación descargaban gran cantidad de carne, suficiente para alimentar a su gente y a muchas familias más. Luego acomodaban la carne en algunos carros que esperaban puntualmente la llegada del tren. La mayoría de ellos la distribuían en mercados cercanos a los barrios más poblados. El resto se cargaba en otros carros y se trasladaba a las ciudades del interior. Esa carne fresca y salada en algún momento debía salir de la ciudad por algunos de los accesos donde el alambrado se interrumpía. Una vez fuera del extenso vallado, el carro y el chofer no tendrían más protección que la de su escopeta. La idea se le había ocurrido a un compañero del perro recién llegado pero ellos dos solos no podían tomar el carro por sorpresa, por lo que se lo contaron a un grupo de perros conocidos. Decidieron no incluir más perros que los necesarios para asaltar el carro apenas saliera de la ciudad. El hambre los estaba consumiendo y sus cerebros no podían pensar con claridad. Uno de esos días escucharon al tren aproximarse a la estación y se acercaron al vallado para hacer guardia cerca de las entradas de la ciudad. Cada uno de los perros cubrió cada uno de los accesos a una distancia prudencial para evitar ser vistos. Permanecieron allí todo el día pero nadie salió de aquel hermetismo en el que la ciudad se había sumergido. Los perros pasaron la noche con la mirada puesta en los senderos que se internaban en la urbe. Cuando el sueño los doblegaba, mordían sus patas y ese dolor los devolvía a la vigilia. Al amanecer se oyó un galope urgente cerca de uno de los caminos de entrada a la ciudad. El perro que custodiaba ese acceso aulló alertando a sus compañeros y en pocos minutos todos los perros se reunieron con él con la intención de esperar que algo apareciera por ese camino de tierra. La falta de sueño parecía vencerlos, pero el hambre los mantendría despiertos hasta la noche si hiciera falta. Sus lenguas colgaban de sed pero no estaban dispuestos a perder a su presa por distraerse en busca de agua. El galope se sintió más fuerte y más firme y al golpe de los cascos contra la tierra le siguió la figura mustia de un carro que salía de la ciudad rumbo al campo. Los perros dejaron que el carro se alejara lo suficiente para que no pudiera regresar en caso de ser atacado y lo siguieron a la distancia. Un tiempo después lo alcanzaron y permanecieron detrás de él trotando al ritmo apesadumbrado del galope de los caballos. Uno de los perros hizo una seña con la cabeza, otro se adelantó y saltó sobre el cochero. Antes de que éste pudiera gatillar su escopeta, el que había hecho la seña se abalanzó sobre el hombre saltando desde el lado opuesto y lo arrojó a la tierra mordiéndole las manos y los pies. El cochero alcanzó a afirmar sus manos en el gatillo y disparó primero a uno y luego a otro. Los perros cayeron muertos sobre la tierra y los caballos se espantaron. Los demás perros, movidos por el hambre irracional, al ver a sus compañeros sin vida y al carro alejarse con la carne, decidieron correr tras el botín sin reparar en el cochero que aún estaba armado. Éste volvió a cargar la escopeta y terminó de vaciar los cargadores en cada uno de los cuerpos de los atacantes. Un solo perro se salvó de aquella masacre. El perro recién llegado había alcanzado a treparse al carro y los caballos se alejaron llevándolo a él y a la mercadería. Ese día comió hasta el hartazgo y aun así no dejaba de morder la carne una y otra vez a pesar de que ya no entraba nada más en su estómago. Poco tiempo le duró el banquete, antes de caer el sol varios hombres se encontraban muy cerca del carro, montando a caballo y con los fusiles cargados. El perro se perdió entre los pastizales y cuando llegó a su territorio para reunirse con la jauría, que nada sabía del asalto al carro de carne, encontró a sus compañeros muertos con los cuerpos repletos de municiones.

—¡Ustedes están enfermos! —gritó el perro sabio enfurecido.

—¿A quiénes se refiere con ustedes? —preguntó irónicamente el visitante.

—A ustedes, los que cometieron esa torpeza —contestó el sabio.

—De nosotros no queda con vida nadie más que yo, así que por respeto a los ausentes le pido que de aquí en adelante, si me quiere dirigir la palabra, se refiera a mí y no a los que están muertos y no se pueden defender —dijo el visitante.

—¿Cómo van a morder a un hombre? Eso solamente lo hacen los enfermos, aquellos perros que dieron origen a esta devastación —dijo el sabio.

—Si el hombre hubiera curado el mal que sufrían esos perros, hoy no estaríamos muriendo de hambre —respondió el visitante.

—Ahora los que no mueran de hambre van a morir asesinados —replicó el perro sabio.

—Los perros que no mueren asesinados, mueren de hambre. Es completamente al revés de lo que dice. Pero no vine aquí para hacer una discusión semántica del asunto. Le hablaré con franqueza. Todos nos estamos muriendo. Los perros enfermos tienen la gracia de la muerte inmediata. Su sufrimiento es corto, en cambio nosotros nos vamos consumiendo día tras días y nunca terminamos de morir. Estamos sanos pero eso no nos alcanza para seguir viviendo. Necesitamos comida. En la ciudad hay carne suficiente para alimentar a una docena de jaurías por día. A los hombres les sobra comida y antes de que se les pudra la venden a otros hombres. Y nosotros nos quedamos a un lado del camino, viendo cómo pasan frente a nuestros hocicos carros llenos de alimentos. Fíjese cómo se ven sus perros, puedo contarle las costillas a cada uno. Fíjese cómo se ve usted, apenas puede mantenerse de pie mientras hace esfuerzos por escucharme. Y lo más grave es que ninguno de nosotros morimos. Ni siquiera tenemos esa suerte. La naturaleza nos hizo fuertes pero nos devastó la voluntad. No me voy a quedar recostado en la tierra esperando ser comida de otro animal. ¡Aquí hay comida y nosotros queremos comer!

El perro sabio hizo silencio. Bajó la cabeza y miró sus pezuñas quebradas por las piedras de tanto deambular por esos campos estériles. Miró su pelaje, era apenas una sucesión de manchas que salían del cuero reseco. Aún tenía heridas producidas por algunas municiones perdidas de algunas de las redadas que los hombres hacían de vez en cuando fuera de la ciudad. Alcanzó a sentir su lengua seca y resquebrajada por la sal de su propia saliva. Quiso pestañear y se dio cuenta de que los lagrimales estaban rígidos y obstruidos por una gruesa capa gelatinosa que lastimaba sus ojos. Ladeó la cabeza y buscó su cola, sus patas traseras la cubrían y no la podía quitar de allí. Miró el costado de su lomo y reparó en que él también podía contar sus costillas. Su cuerpo era un conjunto de huesos mal formados que se mantenían unidos dentro de una bolsa de papel que el tiempo en cualquier momento desgarraría. Miró a sus compañeros, ninguno de ellos se encontraba mejor que él. Algunos se lamían las heridas acostados en la tierra. Otros se olfateaban entre sí para cerciorarse de que no estuvieran enfermos. Los perros más pequeños respiraban agitados, recostados en la tierra, no entendían mucho lo que pasaba en esa conversación pero estaban convencidos de que a los mayores siempre se los veía con esa postura famélica. Para ellos la adultez era tener un cuerpo desgarbado y hambriento.

Uno de los perros que había escuchado atentamente al visitante se acercó a él.

—Cuente conmigo —dijo.

Otro perro que se encontraba a su lado hizo lo mismo. Un tercero, que había estado escuchando al final del grupo, cruzó entre los demás perros y se unió al visitante. Los otros perros lo siguieron. En poco tiempo el recién llegado había logrado convencer a toda la jauría. El perro sabio quedó solo frente a la multitud.

—¿A qué sabe la carne humana? —preguntó el perro sabio—. ¿Alguno de ustedes me puede decir a qué sabe? ¿Alguien la ha probado? ¿Quién de todos nosotros ha mordido a un hombre alguna vez? ¿Qué gusto tiene su piel? ¿Qué tan duros son sus huesos? Puedo dar fe de que de todos los que aquí nos encontramos ninguno se ha atrevido a hincarle los dientes a un hombre. No porque no haya querido hacerlo alguna vez, sino porque no forma parte de nuestra condición. Nuestra especie evolucionó lo suficiente como para entender que necesitamos tener al hombre de nuestro lado. Él nos provee alimento y nosotros le ofrecemos compañía y seguridad. El hombre nos supera en inteligencia, nada podremos hacer si nos ponemos en su contra. Nuestros antepasados fueron sabios, nos enseñaron que la mejor manera de sobrevivir en esta selva es aliarse con el ser humano.

Nosotros conocemos al hombre. Sabemos más cosas de él que las que él sabe de nosotros. Sabemos que es inestable y que es vengativo. Sabemos que a lo que no puede dominar lo desprecia. Sus acciones no son coherentes con sus pensamientos. Cree ser lógico por razonamiento y no deja de cometer estupideces propias de alguien irracional. Pero a pesar de todo eso, agobiado por esa dualidad en la que convive permanentemente, en la que cualquier forma de relación que entabla se parece más a una alianza, a un compromiso que alguien establece a favor de él o en contra de él, sin términos medios, a pesar de todo eso, sin importarle si tiene o no el cerebro atormentado por los problemas en que su vida desde siempre transita, sin detenerse en saber si se le agotó o no la voluntad, cuando se encuentra con algunos de nosotros no hace más que acercarse confiado y pasarnos la mano por el lomo como muestra de buena voluntad. Bien sabe él que podríamos hundirle los dientes ahí mismo, pero ni él deja de acercarse ni nosotros intentamos siquiera abrir la boca. Esa confianza que a través de los siglos fortalecimos mutuamente hizo que nunca tuviéramos hambre y que muriéramos únicamente por viejos y no por ser carne fresca de algún salvaje. Sé que el hambre nos está agobiando, que la razón claudica ante la necesidad de continuar con vida, que sus intenciones son sanas y que están por demás justificadas, que el propósito es apoderarnos de la carne que llevan los hombres en sus carros. Pero seamos honestos, el hombre no nos va a dar esa carne porque somos perros, vamos a tener que pelear por ella y no tengo dudas de que alguno de nosotros va a morir, como así también va a morir el hombre que conduce el carro. ¿Y qué pasará después? Habremos roto una alianza que a nuestros antepasados les llevó siglos consolidar. A partir de ese momento pasaremos a ser enemigos del hombre. Y cuando el hombre tiene un enemigo no deja de combatirlo hasta hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. Lo considera plaga y no se detiene hasta exterminarlo, esté haciendo o no esté haciendo daño en ese momento. Llevaremos un rótulo en nuestras frentes y estaremos condenados por él desde el primer día de nuestro nacimiento, si es que alguna vez logramos nacer.

—¿Y no es así como estamos viviendo ahora? —preguntó uno de los perros.

—Hasta ahora el hombre parece considerar que estamos pasando por algún tipo de desequilibrio mental que nos vuelve agresivos, pero debe estar esperando que en poco tiempo más este mal que nos agobia tanto a él como a nosotros esté completamente superado. El hombre necesita de nosotros como nosotros necesitamos de él. Si alguno de los que estamos aquí tiene pensado morder la mano de su dueño, deberá saber que para ese hombre y para todos los hombres cada uno de nosotros habremos mordido sus manos. Será ése el comienzo de una cacería sangrienta en la que nos encontraremos en profunda desventaja. Basta con ver el destino que tuvieron las otras especies que se atrevieron a desafiarlo. El aislamiento y la reclusión en parajes inhóspitos será nuestro ocaso. Por eso propuse la idea de ir al bosque, lejos del hombre, para lograr sobrevivir. No vamos a poder cambiar su pensamiento. Estas son épocas donde él es nuestro principal enemigo pero nunca podremos vencerlo. La naturaleza no se equivoca y algunas especies siempre van a estar por encima de otras. No nos queda otro recurso que escapar de él y de su violencia. Hay algo que aún no despertamos en el hombre, su obsesión ciega. Huyamos de aquí cuanto antes sin dejar rastro. Esta tierra ya no nos pertenece.

—¡Queremos comer! —gritó uno de los perros.

—¡Todos queremos comer! ¡Vamos a buscar el carro de carne! —gritaron los demás.

El perro sabio se recostó en la tierra. También a él el hambre le había coartado la voluntad. No quiso herir la ilusión de los demás perros. Los había visto desnutridos, desfallecientes, los había escuchado ladrar con las últimas fuerzas que le quedaban y ahora, cuando el perro recién llegado les mostró una posibilidad para que pudieran volver a tener una esperanza, tuvo la sensación de que habían vuelto a nacer. Incluso habían cambiado la postura de su cuerpo y la actitud. Ya no tenían la cabeza inclinada con el hocico casi tocando la tierra. Hablaban erguidos, de pie y con las colas levantadas, ansiosos por comer cuanto antes. Algunas veces la voluntad puede llevarnos a dar un paso más allá del borde del precipicio.

 

La rabia (2022)

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