Lo primero que hizo Lady Spencer cuando Lancaster entró al salón principal fue preguntar por Laudrec y la misma pregunta hizo Sir Lancaster apenas vio a Lady Spencer. Los dos querían saber cómo había muerto y cada uno tenía la respuesta que el otro necesitaba. Para Lady Spencer, Laudrec había muerto de un disparo por la espalda y para Sir Lancaster, Laudrec había muerto varios años atrás, cuando Lady Spencer había decidido regresar a la casa de su padre, humillada por la miseria y sin dignidad.
Todos esos años que habían transcurrido desde el reencuentro de Oliver Spencer con su hija hasta la emboscada de Lancaster a Laudrec, AnneMarie había vivido bajo la sombra fantasmal de su esposo y de sus cartas. Cada día que pasaba sola en su habitación no hacía otra cosa que horadar más y más en su conciencia y en su remordimiento por haber abandonado a su único amor de juventud. Y cuando al fin creía haberlo olvidado, una nueva correspondencia fechada en Madrid llegaba a la residencia Spencer y otra vez Anne-Marie comenzaba una larga travesía que la llevaba de Londres a Gibraltar, de Gibraltar a Málaga y de Málaga a Londres.
Uno de esos días, después de recibir una carta de Laudrec en la que le expresaba el amor que sentía por ella, un amor desnudo, abandonado en el tiempo, un amor que hacía muchos años había entrado en su cuerpo como un virus paralizando sus músculos al verla por primera vez y que le había dejado el cuerpo como una bolsa de desperdicios, un hilo de vida entre tanta inmundicia, una soledad que se podía comparar con un río seco, con una pluma que cae en un lago azul tan grande como el océano, un destierro que borró su pasado de todas las cartas que él le había escrito, una sombra de su sombra, uno de esos días, más precisamente ese día en que Anne-Marie abrió la última carta y leyó que Laudrec estaba muriendo por la más cruel de todas las enfermedades, que su corazón no iba a poder resistir un solo día más intentando en vano reanimar a ese cuerpo inmóvil, con los huesos quebrados por el desamparo, con los músculos atrofiados de tanto esperar recostado sobre una alfombra en una casa vacía, con la sed colgándole de la lengua, con el fermento del amor dentro de las venas hasta llegar a pudrirlas, ese día Anne-Marie tuvo piedad de Laudrec y quiso que dejara de sufrir. Primero pensó en quitarse la vida. Ella también había perdido todo lo que Laudrec ya no tenía. No volvería a recuperar el amor que había abandonado y que ahora estaba agonizando por culpa de esos restos que conservaban lo que alguna vez había sido el sentido de su existencia. Pensó en abrir el cajón del escritorio de su padre, tomar el arma que celosamente él descargaba y cargaba todas las noches y vaciarla en su sien. Pensó también en esperar la bruma de la mañana y caminar hasta uno de los tantos puentes construidos en la ciudad, llenar sus bolsillos de piedras junto con todas sus penas y arrojarse al río hasta que sus pies se hundieran en el lecho rogando que la arena los retuviera hasta que los ojos se le vaciaran de recuerdos y los pulmones se le llenaran de agua. También pensó en llegar a las vías del ferrocarril y detener el avance de la locomotora como si quisiera detener el tiempo, colocar las dos manos frente a esa máquina insensible que mueve sus ruedas siempre hacia adelante sin importar lo que lleva consigo ni lo que deja a su paso. Nada de eso. Prefirió que Laudrec tuviera una muerte sin rastros de dolor, como si del sacrificio de un perro se tratara, para que de una vez por todas él dejara de sufrir y ella consiguiera olvidar.
Lancaster le contó los pormenores del hecho, la manera en que se había encontrado con Laudrec, cómo lo había convencido para llevarlo al bosque, le habló sobre los buenos reflejos que había tenido Laudrec para apuntar y gatillar el rifle cuando la pantera se le había abalanzado y el modo en que él había matado a Laudrec por la espalda. Nada de eso escuchó Lady Spencer. Su mirada estaba perdida en España, recorriendo Málaga como si fuera la primera vez que lo hacía. Ella caminaba con Laudrec tomada de la mano y se detenía a cada instante para observar cualquier insignificancia, el vuelo de un pájaro o la luz que se filtraba detrás de la cortina de una ventana. Todo lo que los rodeaba era para ellos una metáfora de sus vidas. Cada situación que presenciaban, cada ser vivo que se les cruzaba, cada objeto inútil que alguien había arrojado a la calle estaba dentro de ellos y de su juventud. Algunas veces Anne-Marie veía a Laudrec en los ojos de un niño jugando. Algunas veces Laudrec veía a Anne-Marie en los pétalos de una flor que en la noche se abrían como si fueran labios de una boca urgente. Luego se miraban a los ojos y uno le contestaba al otro antes de que el otro hiciera una pregunta. Cada uno sabía lo que el otro estaba pensando y no se necesitaba más que eso para darse cuenta de que el amor entre ellos era una lluvia insistente que mojaba la tierra que pisaban con sus pies descalzos. Luego todo sería tallo y raíz y nada más importaría.
Pero algo cambió. Algo se salió de los carriles habituales en los que ellos habían aprendido a caminar. Cuando debieron separarse, Laudrec prefirió detener el tiempo y Anne-Marie prefirió vivir con el olvido. Ni Laudrec ni Anne-Marie pudieron llevar a cabo sus decisiones. Cada vez que él volvía a su casa luego del trabajo, no hacía otra cosa que tomar su pluma y escribir todo lo que no había podido decirle a Anne-Marie durante ese día por tener que dedicarse de lleno a las tareas que Oliver Spencer y Sir Lancaster le encomendaban. Al fin de cuentas su vida estaba encerrada en una celda que ya no podía soportar. Laudrec tenía miedo de olvidar y por eso cada noche escribía largas cartas que nunca enviaba a Anne-Marie. Sin embargo no dejaba de decirle a su esposa cuánto la amaba y que, a pesar de que los años pasaban velozmente y de que aún no podían estar juntos, él seguía esperando el momento en el que volvieran a encontrarse. Pero llegó el día en que Laudrec tomó conciencia de que el tiempo que él había querido detener seguía marchando cada vez más raudamente. Y esas horas fugaces que día tras día le iban consumiendo las fuerzas también habían dejado en él un vacío que, en lugar de ser frío y filoso, hervía en su sangre hasta llegar a reventarle las venas. Ese vacío crecía en su interior como una infección en todo el cuerpo. Cada día que pasaba él se mostraba más retraído, hablaba menos con los empleados de la tienda y se recluía en su despacho durante horas para revisar los libros contables sin siquiera abrir alguno de ellos. Todo era ausencia en su cerebro. Ausencia de amor, ausencia de paz, ausencia de tiempo. Nada tenía Laudrec que no fueran faltas. Día tras día se levantaba con las últimas horas de la noche, tomaba un té y salía para su trabajo con los músculos tensos y con la mente turbada por la extenuante vigilia. Todas las noches terminaba de escribir las cartas y se iba a dormir sin cenar. Los recuerdos le quitaban el hambre. No por mucho tiempo lograba permanecer en la cama, a las pocas horas sus músculos no toleraban más el descanso y lo obligaban a levantarse súbitamente. Un dolor en todo el cuerpo lo perseguía durante el día y no se libraría de él hasta esas horas en que intentaba con poco éxito llamar al sueño. Los músculos le presionaban los huesos y sus nervios parecían estallar. Temprano en la mañana caminaba lentamente rumbo a su trabajo para que el aire frío del invierno le hiciera olvidar el destino que le había tocado, pero enseguida sus huesos volvían a advertirle que algo andaba mal, que no podían soportar la presión que su cuerpo ejercía sobre ellos, que en cualquier momento algunos de los de sus manos, algunos de los de sus piernas o algunas costillas iban a quebrarse. Le suplicaban que hiciera algo por ellos, que dejara de pensar en lo que estuviera pensando, que se olvidara de lo que le había sucedido tiempo atrás, le decían que estaba enfermo. Cuando Laudrec escuchó esa voz, era demasiado tarde. Su cuerpo ya se había consumido por el dolor. Su cerebro no podía pensar con claridad y el alma se le había esfumado sin que él se diera cuenta. Estaba convencido de que la causa de su mal era AnneMarie y el amor que sentía por ella, pero nada podía hacer para remediar esas faltas. Todas las formas posibles de reparar ese daño estaban fuera de sus posibilidades. La enfermedad le había tomado todo el cuerpo y terminó por convencerse de que no volvería a tener paz hasta el día de su muerte. Creyendo que le quedaba poco tiempo de vida, atormentado por los dolores que le mordían la piel y que se quedaban con algún trozo de carne, aturdido por no saber en qué parte de la vida de Anne-Marie él había estado presente, si en la de las ilusiones o en la de la vergüenza, si en la de los sueños o en la de los errores, si en la de la felicidad o en la del tormento, creyendo que la ausencia lo había consumido como la rabia consume a un perro, abrió la puerta de su despacho e hizo pasar a Sir Lancaster. En un principio, las palabras de Lancaster alimentaron en él alguna ilusión remota que lo mantuvo con vida durante algunos días. Pero luego, al darse cuenta de que todo volvía a retomar el cauce del abandono, al sentir que su corazón hacía demasiado esfuerzo por calmar la sangre que ingresaba hirviendo desde sus venas, por enviarla a sus pulmones para que la ventilaran y así aplacar su ira, por traer a esa sangre nuevamente a su lado para acariciarla como si fuera una mascota dócil y una vez serena volcarla en las arterias, por no poder soportar ese pesado vacío que deja la soledad, Laudrec se derrumbó.
Fue en ese momento cuando comenzó a desconocer a Anne-Marie. No él sino su cuerpo ingobernable. Nada de lo que él planeaba, su cuerpo hacía. Laudrec hablaba de amor y esperanza y su cuerpo le contestaba comprimiéndole los músculos hasta hacerle sentir que sus huesos comenzaban a triturarse. Él hablaba de olvido y de resignación pero sus pulmones se quedaban sin aire, su garganta se cerraba hasta hacerlo caer desvanecido y una vez en el suelo volvía a respirar. Él sabía que nunca iba a dejar de amar a Anne-Marie y lo decía gritando entre las cuatro paredes de su cuarto, pero ni sus piernas ni sus manos lo dejaban ponerse de pie. Ya su boca había olvidado el sabor del beso, ya no hallaba ningún olor que lo llevara a los brazos de ella como tantas veces le había sucedido y así ganaba un día más de vida y de esperanza, ya la voz de Anne-Marie no retumbaba en sus oídos. La piel de Laudrec ahora era impenetrable y no había quedado nada en su cuerpo de la mujer que una vez él había amado. Solamente el recuerdo del amor permanecía imborrable, atormentándolo.
Le costó mucho levantarse para atender la llamada telefónica de Sir Lancaster. La noticia la había recibido tarde, Laudrec ya estaba devastado y abandonado a su muerte. Su cuerpo lo dominaba y él ya no podía decidir qué hacer con su vida. Los dolores no cesaban y cuando oyó del otro lado del auricular que Oliver Spencer había muerto, se lamentó de que eso no hubiera sucedido antes, cuando él aún podía intentar recuperar a AnneMarie. Ahora no era él quien decidía qué hacer, sino esa enfermedad que había contaminado su cuerpo como si fuera una pócima. Creyó que estaba todo perdido y, como nunca en su vida lo había hecho, deseó la muerte de Anne-Marie. Ella no tendrá que soportar más mis vanos intentos por retenerla, ni mis cartas repletas de lamentos, ni mi orgullo destrozado, pensó, y yo dejaré de sufrir por ella.
Laudrec ya no era Laudrec. Ahora era un hombre herido que podía morder hasta matar a su presa. No lo hacía por placer, lo hacía porque el cuerpo se lo pedía y creía que dejándose llevar por esa irracionalidad lograría algo de calma. Pero su cuerpo estaba muy lejos de serenarse, ya había enfermado de gravedad.
Pensó en regresar a Londres. Muchos años habían pasado desde que se habían escapado con Anne-Marie hacia Gibraltar. Fueron tantos años que ese regreso lo imaginó como si fuera la primera vez que iba a pisar la tierra que lo había visto nacer. Su cuerpo comprendió lo que estaba pasando por su mente y no le ofreció resistencia, se dejó llevar por esa oscura idea que ahora le quitaba el sueño. Tenía pensado arribar a Londres en la mañana, caminar hasta la casa de Oliver Spencer, donde se encontraría Anne-Marie para recibirlo. Entonces la miraría con desprecio por haberle quitado todos los años de su vida y le dispararía dos tiros en el pecho. Con eso bastaría para satisfacer su sed de venganza.
Abrió su armario y buscó una camisa sin estrenar que había comprado en Madrid y que había reservado para el día en que Anne-Marie fuera a buscarlo para reencontrarse con él. Sacó el traje de lana que usaba solamente en ocasiones especiales, cuando las reuniones de la tienda Spencer lo requerían, y lo puso sobre la cama. Lustró sus zapatos, se vistió y alguien golpeó la puerta. Un telegrama lo esperaba en la oficina de correo. AnneMarie había muerto. Laudrec no lo creyó.