En la otra puerta

Capítulo XIX

Ricardo Cardone

Laudrec llegó a Londres muy temprano en la mañana. El viaje desde Madrid había sido agotador pero el arribo a la ciudad que lo había visto nacer le levantó el ánimo. Llevaba en su equipaje algunas copias de los documentos que debía firmar con Lancaster por el acuerdo sucesorio de la compañía. Durante el viaje había aprovechado para releerlos y así estar seguro de lo que estaba por firmar. Pero nada de eso era importante. Había adelantado su llegada porque quería ir a visitar la residencia de Oliver Spencer antes de la reunión con Lancaster. Laudrec tenía la conciencia nublada y la razón deshecha por todos los tormentos que el amor por Anne-Marie le había hecho pasar. Su cuerpo no soportaría un día más esa condena. Necesitaba encontrar a Anne-Marie, decirle cuánto la había amado y liberarse de ella para siempre. Estaba convencido de que todo el asunto del telegrama no era más que una distracción para que él regresara a Londres y una vez allí lo despojaran de lo poco que le quedaba en la compañía. Laudrec podía soportar eso y mucho más, ni siquiera tenía interés en continuar dentro de la sociedad, todo lo que en ella había lo llevaba irremediablemente a Anne-Marie. No pensaba abandonarla, nunca se le había cruzado por la cabeza olvidarla, pero ahora no era él quien razonaba sino su cuerpo y sus nervios destrozados. Caminó sin pensar en otra cosa que no fuera la residencia Spencer. Imaginó que cuando llamara a la puerta, Anne-Marie se presentaría con su mejor vestido escotado y lloraría desconsoladamente al verlo nuevamente en su casa. Luego le pediría perdón y lo besaría tantas veces que le quitaría el aire. Pero la mente de Laudrec había tomado otro camino. Él habría querido decirle que no abriera esa puerta, que sería mejor que se escondiera en su habitación y que enviara a uno de los tantos sirvientes que trabajaban en la residencia para que le dijera que Lady Spencer había muerto, que unos perros salvajes y enfermos de rabia la habían atacado frente a la mansión del mejor amigo de su padre y que nada había podido hacer la ciencia para recuperarla de esa enfermedad mortal. Entonces él habría llorado sin consuelo sobre el hombro de uno de los mayordomos hasta que la angustia lo consumiera, hasta que la muerte lo llevara de una vez también a él. Pero el cerebro de Laudrec hacía tiempo que desobedecía al deseo, nada de lo que había en él era producto de algún sentimiento noble. Laudrec insistía con regresar, quería evitar pasar por ese calvario, no deseaba encontrarse con Anne-Marie abriéndole la puerta.

También sabía que no podría soportar permanecer sentado frente a ella y a Sir Lancaster como si fuera nada más que un empleado de la compañía, un desconocido sin pasado ni futuro.

Las piernas de Laudrec parecían haber rejuvenecido y lo arrastraban hasta la puerta de la residencia Spencer a pesar de que él insistía en que no podía estar ahí, en que algo podría salir mal. Con la enfermedad en la boca y escapándose la saliva de sus labios, golpeó la puerta con furia y un mayordomo se presentó. Laudrec preguntó por Anne-Marie y metió su mano en el bolsillo del traje de lana para sentir el frío metal del arma de fuego. El mayordomo bajó la vista, hizo un corto silencio y dijo que Lady Spencer había fallecido por las heridas que le habían producido unos perros infectados con rabia.

—¿Cuándo ocurrió eso? —preguntó Laudrec desconcertado.

—Hace muy poco tiempo —contestó el mayordomo.

—¿En dónde ocurrió, por qué no me avisaron? —increpó Laudrec al hombre que hablaba con algo de reserva.

—Fue en la puerta de la casa del mejor amigo de Sir Oliver Spencer, su padre —contestó el mayordomo—. ¿Con quién tengo el honor de estar hablando?

—Laudrec es mi nombre, soy el esposo de Anne-Marie y socio de la firma en Madrid —contestó algo turbado.

—Tengo entendido que le han enviado un telegrama —dijo el mayordomo y, disculpándose, cerró la puerta con determinación.

Laudrec bajó los pocos escalones que separaban la puerta del sendero de ingreso a la mansión pensando en lo enfermo que él debería estar para haber creído que en realidad Anne-Marie no había muerto y que todo era una confabulación para terminar de una vez con la relación que él tenía con la hija de Oliver Spencer y con la tienda de armas. Sin embargo su cerebro seguía sin conmoverse y continuamente buscaba razones para creer que el engaño era mayor del que él se había imaginado.

—Todos saben la verdad y han sido instruidos para decir la misma mentira —pensaba mientras se dirigía a buscar una habitación disponible para pasar la noche—. Era lógico que el mayordomo estuviera al corriente de lo que debía decir. Él sabía que yo debía estar en Londres para tratar los temas de la compañía y que había llegado hasta aquí producto de un engaño.

Aún tenía tiempo para una recorrida por la ciudad antes de encontrar un lugar para dormir. Recién el día estaba comenzando y no tenía prisa por que llegara la noche. Caminaba con un dejo de distracción, como si fuera un turista. Se cruzó con algunos carros de venta ambulante cargados de frutas y verduras y continuó su camino hasta llegar al río. Ese paisaje no había cambiado mucho desde que él había dejado la ciudad junto a AnneMarie. El río es ingobernable, prepotente, marca un surco imborrable y la modernidad siempre pasará por fuera de sus márgenes. La ciudad podrá crecer mucho, pero el agua que corre en medio de ella siempre será la misma, nadie podrá cerrar la herida que alguna vez abrió en la tierra.

Pensando en esto y mirando su silueta en el reflejo del agua, escuchó unas campanadas no muy lejos de él. Primero no le dio importancia, los devotos diariamente asistían a los templos luego de que las campanas llamaran a la oración, así lo habían hecho desde que él tenía uso de razón, pero algo distinto ocurría esa mañana. La gente se detenía a escuchar aquel golpe del martillo contra el metal y comenzaban a reunirse en grupos. Laudrec no lograba entender qué sucedía y preguntó a un transeúnte a qué se debía ese barullo que aturdía los sentidos.

—¿No lo sabe? —preguntó el hombre—. Los perros han atacado otra vez a un carro de alimentos. Fue en las afueras de la ciudad. La policía junto a unos hombres armados y un médico acaban de salir en su auxilio.

No creo que el cochero haya quedado con vida.

Lejos de donde Laudrec se encontraba, lejos del alambrado que separaba la ciudad de la barbarie, lejos de los policías y de los hombres armados, un chofer que conducía un carro que llevaba carne fresca hacia las ciudades del interior había sido atacado por una jauría. Cuando los hombres que habían acudido en su auxilio regresaron a la ciudad, traían dos caballos que tiraban de un carro de carne repleto de perros muertos junto al cuerpo sin vida de un hombre.

Uno de los policías detuvo la caravana frente a la plaza pública. Los médicos cargaron el cuerpo del cochero, lo cubrieron con una manta y lo llevaron al hospital. Dos hombres subieron al carro y comenzaron a arrojar en la calle uno por uno los cuerpos de los perros rellenos de municiones. Los animales estaban famélicos, casi sin pelos en la piel, tenían los dientes amarillos y a todos se les podía contar las costillas si se quisiera. Arrojaban a los animales a la tierra, unos sobre otros, como si fueran costales de harina. Luego de sacar del carro a los perros más grandes, comenzaron a lanzar sobre ellos los cuerpos sin vida de las crías, las habían hallado corriendo detrás de los perros adultos.

Un oficial de policía se acercó a uno de los hombres y le preguntó si algún perro se les había escapado.

—Están todos muertos —respondió el hombre.

Los dos hombres bajaron del carro, rociaron a los cadáveres con combustible y una gran fogata apestó el aire de la ciudad hasta que la noche se abalanzó sobre ella.

Laudrec pasó la tarde caminando sin rumbo entre esas calles que formaban parte de los mejores recuerdos de su juventud. De vez en cuando se cruzaba con algún perro pero rápidamente el dueño lo alejaba de su vista, temía que alguien creyera que el animal era un vagabundo y si así fuera, corría el riesgo de ser sacrificado.

El sol se desplomó al final del río y Laudrec se dio cuenta de que aún no había pensado en un lugar para pasar la noche. Decidió buscar alguna de las tabernas que él recordaba de su juventud pero la ciudad había cambiado. Donde antes había terrenos baldíos ahora un número imposible de casas se apelotonaban dentro del predio. Los senderos de tierra que lo llevaban a algunas de las tabernas alejadas en los barrios más bajos ahora estaban empedrados y repletos de carros que circulaban por allí huyendo de la noche dominante. Le vino a la memoria un lugar donde podrían ayudarlo en su búsqueda y entró a una taberna maltrecha que, a juzgar por los cuadros que allí estaban colgados, alguna vez habría tenido un cierto renombre. Preguntó al dueño si quedaba algún lugar disponible para pasar la noche pero éste le contestó que todas las habitaciones estaban ocupadas. Laudrec echó un vistazo al salón y sintió alivio al saber que no iba a pasar la noche en ese lugar. Lo más probable era que mientras él estuviera durmiendo alguien entrara a punta de pistola y le robara el dinero que traía consigo. Sobre las paredes colgaban unas pinturas deterioradas de la Corona y el retrato del Rey, este último alejado de los demás cuadros, en un lugar visible y limpio.

Buscó una mesa para sentarse a descansar y pidió al tabernero un vaso de ginebra. El hombre se acercó y le sugirió amablemente que se cambiara de lugar. La mesa donde él se había sentado no estaba habilitada para el público, era una reliquia que la taberna guardaba con orgullo. Laudrec se cambió de mesa y preguntó cuál era la razón de no utilizar aquella otra.

—Esa mesa que usted ve ahí junto con las cuatro sillas que la acompañan es la misma que usó Oliver Spencer durante cincuenta años —contestó el hombre—. Todos los días, a la salida de su trabajo, el dueño de las tiendas Spencer pasaba por aquí, se sentaba en esa mesa junto a sus fieles amigos y tomaban ginebra hasta que su pena se volvía una excusa. Nunca pudo olvidarse de su hija. Un delincuente se la había llevado engañada a España y esa angustia terminó por destruirle la vida. Supe que hace unos años ella regresó, pero Sir Oliver Spencer ya no era el mismo y luchaba solo contra el mundo. Toda la ciudad tiene una deuda con él. A algunos les dio empleo en sus tiendas, con otros se comportó como el mejor de los clientes. No hace mucho murió de rabia, mordido por su perro. Aquí respetamos su nombre.

Laudrec asintió con la cabeza, tomó la ginebra de un sorbo y salió de ese lugar que para él terminó siendo maldito. Maldito por traerle los peores recuerdos de su juventud. Maldito por resistir el olvido. Maldito por todos los que alguna vez estuvieron con Oliver Spencer lamiéndoles las botas para que les diera una limosna. Maldito por su hija que terminó siendo como él, depreciando a todos los demás. Maldito por él mismo, por haber despertado en su interior la peor de las miserias del ser humano.

Caminó sin rumbo cierto. Necesitaba encontrar un lugar para pasar la noche y no le quedaba mucho tiempo. A medida que recorría las calles, los recuerdos lo abrumaban cada vez más. La memoria comenzaba otra vez a macerarse con las imágenes imborrables de su juventud, aquellas que llevamos con nosotros hasta la tumba sin entender por qué nunca podemos olvidarlas. A lo lejos de una calle divisó un farol amarillento y un cartel con una inscripción ilegible. Caminó hasta allí y se detuvo frente a la puerta. La taberna estaba abierta y vacía. Laudrec entró y habló con el dueño del local. Preguntó si tenía alguna habitación disponible, le dijo que esa mañana había llegado proveniente de Madrid y que necesitaba al menos un catre para poder descansar.

—Aunque sea un lugar en el establo —terminó por suplicar.

—No se preocupe —dijo el hombre—, tengo una habitación vacía.

Laudrec respiró y se sentó en una de las mesas. Recordando el extraño caso de la mesa reservada en la taberna que había visitado anteriormente, le preguntó al hombre si se podía sentar en cualquiera de las mesas. El tabernero soltó una carcajada y le dijo que eligiera la que más le gustara. Laudrec se avergonzó por haber hecho esa estúpida pregunta.

Sarah lo recibió con una sonrisa y le preguntó si iba a cenar. Laudrec se dio cuenta de que no había comido nada en todo el día y de pronto tomó conciencia de que el hambre le había secado el estómago y le había humedecido la boca. Antes de que Sarah continuara hablando le contestó que sí, que iba a cenar y ordenó una botella de vino.

—Del bueno —remarcó a espaldas de Sarah que ya estaba entrando a la cocina.

—El vino que tenemos es de nuestra producción y es el único que le podemos ofrecer —dijo el tabernero.

—Entonces traiga de ése —dijo Laudrec con desesperación.

Comió como hacía mucho no comía. No había sido por falta de dinero. Laudrec estaba en muy buena posición económica desde que había comenzado a trabajar en Madrid, pero hacía bastante tiempo que los dolores en el cuerpo y la angustia contenida no lo dejaban probar bocado. Cada vez que intentaba comer algo de la manera en que su cuerpo lo necesitaba, el estómago se le cerraba y terminaba lanzando la comida que le quedaba en el esófago en cualquier letrina. La enfermedad lo estaba consumiendo, pero no había dado con ningún médico que le pudiera decir con exactitud cuál era su mal. Un reconocido especialista de Madrid había llegado a la conclusión de que su problema no era orgánico, sino que el origen del mal que él padecía estaba en su mente y que iba a ser imposible curarlo definitivamente. De todas maneras le dio la dirección de un médico neurólogo que había comenzado a realizar algunos tratamientos algo revolucionarios orientados a la mente de las personas, sus pacientes padecían trastornos bastante parecidos al suyo. Laudrec desestimó la idea y nunca se puso en contacto con él.

Cuando terminó de cenar, Sarah se acercó a la mesa y se quedó mirándolo por un instante, angustiada. No dijo nada, levantó el plato y los cubiertos, dejó la botella de vino sobre la mesa, aún estaba a medio terminar, y fue hasta la cocina. La mente de Laudrec se detuvo en ese segundo en el que la mesera y el empleado de las tiendas Spencer habían cruzado sus miradas. Bebió de un sorbo lo que quedaba de vino en su vaso y lo volvió a llenar para tomar valor. Se dio vuelta para llamar a la mesera pero Sarah ya estaba regresando para hablar con él.

—Si aún puede hacerlo, váyase de la ciudad cuanto antes —le dijo Sarah.

Laudrec quedó perplejo y a la vez esas palabras lo enfurecieron.

—Yo nací en esta ciudad, sé más de esta gente que me rodea que lo que usted pueda imaginar —replicó ofuscado—. A mí nadie me tiene que decir lo que tengo que hacer. Ya probé el exilio cuando fui joven e inexperto. A esta altura de mi vida nadie me va a echar de aquí. ¿Usted también es una de las tantas siervas que tuvo Oliver Spencer y a pesar de que está bien muerto todavía le debe fidelidad?

Sarah comprendió que había enfurecido a Laudrec con sus palabras, se tomó su tiempo para ser amable con él y se sentó a su lado.

—Yo sé quién es usted —comenzó diciendo—. Lancaster lo está esperando en su residencia para una reunión importante. No sé cuáles son los detalles de ese encuentro, pero sé muy bien de las intenciones que él tiene para con usted. Esta ciudad es su condena de muerte. Mañana Lancaster lo va a recibir cordialmente, le va a mostrar la residencia, va a establecer una efímera amistad con usted y en cuanto pueda lo matará. No me pregunte cómo ni dónde lo hará. Eso no lo sé. Solamente le hablo de lo que he visto.

—¿Y dónde vio ese disparate? —preguntó Laudrec con ironía.

—Desde hace algún tiempo tengo visiones espantosas. En todas ellas está Lancaster. Algunas veces lo veo en soledad, otras veces con personas que no conozco. En una de ellas los vi a ustedes dos cabalgando cerca del bosque. Escuché unos disparos y luego vi que él regresaba solo a la casa. Fue una imagen repentina que se esfumó de la misma manera en que apareció. En otras ocasiones lo veo con el cuerpo desmembrado. Nada de eso ocurrió, pero tengo miedo de que ocurra. No confío en lo que él hará. Algo trama en su conciencia y dudo de su honestidad.

—¿Usted conoce a Lancaster? —preguntó Laudrec.

—Claro que sí, es el padre de mi hija. He vivido junto a él un tiempo luego de nuestro reencuentro. Pero me alejé sin que él lo supiera para que le fuera imposible detenerme. Sabía que una vez fuera de su casa no me buscaría, tenía algunos asuntos más importantes que sus propios sentimientos. Pudo haber sido una buena persona pero se dejó tentar por la ambición. Ahora trama algo innombrable. No quiero estar allí. Si no se va hoy mismo de aquí, será muy tarde para estar a salvo.

—¿Y por qué está tan segura de que si Lancaster fuera una persona tan abominable no la vendría a buscar a esta taberna? Es un hombre poderoso y no le costará demasiado dar con el lugar donde usted trabaja —razonó Laudrec.

—No va a venir hasta aquí porque poco le importo. Ni siquiera sabe en qué lugar estoy viviendo. Además nuestra hija se quedó con él. Creo que ya tiene todo lo que desea.

—¿Cómo se llama su hija?

—Margaret —respondió Sarah—. Si en algún momento ella me hablara de usted, comprenderé que todo está perdido, que usted no se fue de la ciudad y que yo no podré hacer nada más por protegerlo. Hágame caso, no pase la noche aquí, vaya a la estación y tome el primer tren que lo lleve lo más lejos posible.

—No voy a ir a ningún lado, me quedaré en esta taberna y mañana me reuniré con Lancaster. Veo que en esta ciudad nadie tiene secretos, todos se enteran de lo que hacen los demás.

—A mí nadie me dijo lo que va a pasar, son sólo visiones, escenas trágicas —dijo Sarah—. Pero haga como usted quiera, yo solamente cumplo en advertirle. Lancaster es una persona a la que le debe tener respeto. Nunca le de espalda.

Sarah dijo esas últimas palabras y retiró de la mesa la botella de vino vacía y el vaso de Laudrec. Luego se quitó el delantal, tomó unas monedas que el tabernero le dio como pago por el día y desapareció del local. El hombre le mostró a Laudrec el cuarto que había acondicionado para él y cuando el dueño cerró la puerta, Laudrec dormía profundamente.

 

La rabia (2022)

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