En la otra puerta

Capítulo XX

Ricardo Cardone

La antigua capilla anglicana que Lancaster había hecho restaurar una vez tomada la decisión de que frente a su puerta descansaran los restos de su hija, había sido construida a mediados del siglo XVIII. A las tejas deterioradas y en su mayoría ausentes, las había reemplazado por chapas de zinc que Lancaster no dudó en instalar pese al elevado costo que representaba la adquisición de esos modernos materiales de construcción. Pero ahora el techo era más resistente a las inclemencias del tiempo. En su interior, la capilla tenía largos bancos de madera formando dos hileras; entre ellos había lugar para un delgado pasillo central que llegaba hasta un pequeño altar donde una gran cruz, de madera también pero mucho más oscura, colgaba sobre la pared del fondo. Dos ventanales altos y angostos emplazados sobre cada una de las paredes laterales permitían que la luz del exterior ingresara a través de unos vitrales que Lancaster había mandado a construir durante su estadía en Francia.

Años atrás, gracias a una visita de negocios por la posible apertura de una sucursal de las tiendas Spencer en París, su anfitrión lo invitó a un paseo de fin de semana por la ciudad de Chartres y Lancaster quedó conmovido al visitar su catedral. Al ingresar al templo se sintió atraído por la iluminación. La luz que se descomponía en infinitos colores al atravesar los enormes vitrales le trajo reminiscencias de las catedrales más importantes de Londres, pero eso que allí veía parecía deslumbrarlo por su magnitud. O perturbarlo. Recordó los momentos en que acostumbraba a salir de caza para alejar de su mente su recurrente malestar. Incontables dolores en el cuerpo le quedaban después de sortear los conflictos que a diario debía enfrentar para que los negocios de Oliver Spencer continuaran creciendo. No tenía dudas de que su jefe siempre se lo retribuiría de la mejor manera que sabía hacerlo, con una importante suma de dinero adicional al final del mes, pero eso no le bastaba para aliviar las tensiones que aquella actividad le ocasionaba. Lo que Lancaster necesitaba era liberarse de esa furia contenida tomando su rifle y disparando contra todo lo que se le cruzara en el camino. Sabía que quitando de su paso a cualquier ser vivo podía volver a serenarse y así descansar durante la noche sin que el sueño recurrente del bosque con los ciervos y con la voz de la niña lo llevaran nuevamente a la vigilia. Nada era mejor que levantar su rifle y disparar contra unos animales para que dejaran de atormentarlo, para que de una vez por todas le permitieran llegar hasta donde estaba la niña que lo llamaba desesperadamente, para que Oliver Spencer se diera cuenta de que él vivía con los nervios destrozados y que no dudaría ni un segundo en tomar el arma y apuntar también contra el padre de Anne-Marie si se interpusiera en su camino. Pero Lancaster sabía que no podía hacer esto último, entonces cargaba el rifle, apuntaba por debajo de las astas y apretaba el gatillo una sola vez. Luego llegaba al lugar donde había caído el ciervo y disparaba hasta el hartazgo sobre el cuerpo sin vida del animal. Después se sentaba sobre un tronco de árbol caído y se quedaba mirando la sangre que comenzaba a brotar debajo del pelaje hasta volverse espesa y negra. Más tranquilo pero cansado por la tensión de apretar los dientes, acto que comprimía su cerebro a la altura de la sien, Lancaster encendía un cigarro y respiraba profundamente. Ahora podía montar su caballo nuevamente y regresar a su casa. Esa noche tal vez lograría descansar un poco más.

—Los vitrales cuentan historias —dijo su anfitrión mientras Lancaster miraba los diferentes colores que le extraían a la luz esos ventanales ancestrales—. En la antigüedad cumplían una función similar a la que hoy tiene el lenguaje literario, contaban una historia con belleza. Deben interpretarse mediante una secuencia preestablecida, como si se estuviera leyendo un libro, con la diferencia de que se deberá comenzar por las imágenes inferiores y terminar por las que están en la parte más alta del vitral. Originalmente estaban destinados a las personas que no sabían leer, pero mire lo que logró esta gente en su afán por contar una historia. Parece ser la obra de algún iluminado que en su época tal vez no hubiera sido más que un simple artista y que nunca habría pensado que su creación pudiera trascender los límites de su propia generación. Con el paso del tiempo, lo bueno termina siendo mejor. ¿No le resulta extraño? La belleza no pierde su valor con los años, qué ironía para el hombre y su interminable lucha contra la vejez y la decrepitud.

Lancaster escuchaba lo que decía su compañero pero permanecía de pie y en silencio, caminando lentamente hacia la luz que ingresaba al templo y que caía sobre los innumerables bancos de madera como si fuera un baldazo de agua helada que inundaba el piso hasta mojar la suela de sus zapatos. Esa fue la sensación que tuvo Lancaster e inconscientemente dio un paso hacia atrás creyendo que el agua le estaba llegando a los pies. Cuando miró hacia el piso se dio cuenta de lo ridículo de su actitud y se avergonzó de su imaginación, pero lo que observó allí, bajo las suelas de sus zapatos, lo confundió. Estaba de pie en el centro de un laberinto formado por un sendero curvo de piedras que algún arquitecto, o tal vez algún geómetra, había diagramado en el piso de la catedral. El laberinto era circular. Las piedras con las que había sido emplazado a ras del piso, como si fuera un dibujo, eran de un color más claro que el color de las baldosas de toda la catedral. Esas piedras ocres formaban un tramo sinuoso y circular que llegaba hasta el centro del laberinto. Desde allí salía otro sendero también curvo y sinuoso, de similares características que el anterior y que se intercalaba con él, el cual llevaba al caminante hasta el exterior de su circunferencia. Lancaster recorrió con la vista el sendero que partía del centro y vio que terminaba en los pies de su compañero.

—Sin saberlo llegó al centro del laberinto —dijo sonriendo el hombre que acompañaba a Lancaster.  

—¿Qué es todo esto? —preguntó Lancaster asombrado.

El hombre le habló de una antigua tradición que poco tenía que ver con la religión católica, culto que Lancaster no profesaba.

—Se cree que esta catedral fue edificada sobre un viejo laberinto celta —comenzó diciendo el hombre—. Los antepasados de la región acostumbraban a construir laberintos con distintos propósitos, algunos por diversión, otros por devoción. Resulta extraño que esta catedral esté emplazada sobre un terreno que algunas culturas ancestrales habrían considerado sagrado, pero tal vez las ideas revolucionarias de la época hayan llevado a pensar que el único culto posible para el hombre debería ser la devoción al dios que algunos caballeros poderosos y armados hasta los dientes ostentaban. Nadie lo puede asegurar y todo lo que se escriba o se deje de escribir estará bajo el manto de la duda. Un hecho histórico siempre estará sometido a un pensamiento revisionista que ignora que en un futuro esa nueva verdad histórica será echada por tierra por un nuevo pensamiento revisionista. Así es la Historia, Lancaster.

—¿Es decir que debajo de mis pies hay otro laberinto más antiguo? — preguntó Lancaster.

—Nadie lo puede asegurar. Se hicieron algunos estudios pero nada pudo comprobarse. Son sólo teorías de poca importancia. Lo cierto es que los fieles que llegan a esta catedral se preocupan más por recorrer este laberinto y por deslumbrarse con los vitrales y con la arquitectura gótica que por escuchar la misa que celebra el sacerdote.

Lancaster quiso salir del centro del laberinto caminando por el sendero de piedra que lo llevaba hasta el exterior de su circunferencia, pero dio unos pasos y equivocó el camino. Prefirió continuar en línea recta hasta donde estaba su anfitrión, cruzando a través de todos los senderos.

Esa noche Lancaster tampoco pudo dormir. El sueño del bosque con los ciervos y la niña que clamaba por su ayuda lo mantuvieron despierto hasta la madrugada. La luz de la luna se filtraba por una pequeña ventana de la habitación del hotel en el que se hospedaba. A medida que la noche avanzaba, el haz de luz recorría la pared de la habitación hasta llegar a iluminar el piso y luego su cama. Lo que la luna alumbraba se marcaba con la sombra de los marcos de las hojas de las ventanas. Ese reflejo en el que Lancaster se detenía para no volver al sueño parecía tener la forma de una celda. Todo era oscuridad en esa habitación y la luz débil de la luna le develaba a Lancaster una pared distinta, apenas iluminada en una parte y oscura en las demás. Pensó que si todos los días fueran noches, él tendría una imagen de aquella pared bastante distinta a lo que en verdad era. Y lo único que podría ver en aquella pared, esa que iluminaba la luna cuando pasaba a través de la ventana, sería la sombra de los barrotes de una cárcel.  Pero esa imagen no lo perturbó, sabía que estaba en la habitación de un hotel en Francia, en una ciudad cuyo nombre nunca había escuchado, y que pronto regresaría a Londres con los acuerdos firmados para la instalación de una sucursal de las tiendas Spencer en París. Se quedó un rato más recostado en su cama con las manos sobre la nuca pensando en la catedral que había visitado y en sus vitrales. Se preguntaba por qué la luz siempre es distinta si proviene del mismo lugar. Aquella luz que se derramaba sobre el interior de la catedral era la misma luz que el sol arrojaba sobre los transeúntes varios metros detrás de él, al otro lado de las puertas del templo. Pero esa luz que le hacía estallar la vista en infinitas notas musicales, como si estuviera acompañada por un concierto de violines, era distinta. Si no fuera por su pensamiento fáctico, bien podría asegurar que esa luz no provenía del sol, sino del mismísimo demonio.

A su vuelta a París y antes de despedirse de su anfitrión, Lancaster le dejó un recado. Necesitaba que le construyeran cuatro vitrales de estilo similar a los que había en la catedral de Chartres y que se los enviaran a su casa. A su llegada a Londres se comunicaría con él para pasarle las medidas y acordar el pago por el trabajo. Su anfitrión dijo que los que construyeron la catedral ya estaban muertos pero que aún había buenos imitadores en la ciudad y que su ambición tenía la mesura de su buen gusto. Lancaster no entendió muy bien lo que el hombre había querido decirle pero lo tomó como un elogio.

—Buscaré los mejores artesanos para que construyan los vitrales y se los enviaré sin demora —agregó el hombre, luego lo saludó y Lancaster subió al vagón del tren que lo llevaría hasta el puerto.

La vieja capilla anglicana había quedado en el olvido. Lancaster no era un hombre que acostumbraba a poner en práctica los preceptos que su religión le imponía. Ni siquiera estaba convencido de la existencia de algún ser superior, pero cuando le preguntaban sobre sus creencias religiosas él contestaba con decisión que era cristiano y anglicano, como lo era su nación. Por esa razón él no había demolido la antigua capilla que nunca visitaba. Pensaba que tal vez en algún momento podría hacer negocios importantes con el clero y sería bueno que percibieran su devoción religiosa. Pero la muerte de su hija lo había devastado. Ése había sido un golpe muy duro del que nunca más había logrado recuperarse. Si antes dudaba de la existencia de un dios que protegía a los hombres, ahora estaba convencido de que ese dios no sólo no era su refugio sino que era nada más que un consuelo que los hombres habían creado para huir del desamparo. Ante el abandono en el que se encontraba y luego de reconocer que no tenía el valor necesario para quitarse la vida, pensó en incendiar la capilla para que el fuego quemara todo lo que dentro de ella había. Y todo lo que allí había no era más que la imagen de Dios. Pero tampoco tuvo el valor para hacerlo y creyó que el fatal momento que estaba atravesando en su vida se debía al desinterés que él siempre había tenido por su parte espiritual. Dios le estaba cobrando el desprecio que Lancaster permanentemente había tenido con él. Pero ahora se le presentaba una nueva oportunidad para reconciliarse. Nada le quedaba y tenía dos caminos para seguir viviendo, el del desprecio o el del perdón. Lancaster, golpeado y abatido por el destino injusto que lo sometía constantemente con el recuerdo, se decidió por el camino de la compasión y perdonó a Dios. Lo que él no sabía era que a Dios no se lo perdona, pero Lancaster no conocía los límites de la soberbia. Pensó que sería importante para él y para el alma de su pequeña hija restaurar la vieja capilla, tal vez de esa manera podría comprender mejor el misterio de la fe y su hija estaría agradecida con él por haber puesto fin a su enemistad con Dios.

Lo primero que hizo Lancaster fue cambiar el techo. Las tormentas de lluvia y viento habían desclavado la mayoría de las tejas y cada vez que llovía, el agua caía a baldes sobre los bancos de madera. Cuando Lancaster entró a la capilla, luego de haber pasado años sin visitarla, el intenso olor del moho le revolvió el estómago. Aún después de varios días sin lluvias quedaban sobre el piso grandes charcos que no terminaban de secarse. Las manchas de humedad trepaban por los muros hasta cubrirlos de hongos que parecían cobrar vida y que crecían con el tiempo. El calor del sol no llegaba a secarlas durante el día y nuevas lluvias volvían a azotar al pequeño templo.

Se decidió por quitar las pocas tejas que habían resistido los azotes del clima y colocó chapas sobre el techo. Aún faltaba reconstruir el revoque de las paredes y reparar los castigados bancos de madera pero, a decir verdad, la capilla se parecía más a un depósito abandonado repleto de deshechos que a un lugar sagrado al que la gente acude para reconciliarse con ellos mismos. Mientras el techo de tejas se mantuvo en pie y con grandes agujeros en su estructura, la capilla había permanecido iluminada por la luz del día que ingresaba a través de él, pero cuando el nuevo techo de zinc la cubrió por completo, dentro de ella reinó una profunda oscuridad. Unas pequeñas ventanas laterales dejaban pasar apenas un hilo de luz que el piso sucio y los bancos con las maderas podridas y negras se encargaban de apagar. Todo era sombra y silencio. Lancaster no reparaba en que nada se podía ver, de vez en cuando se sentaba en algún banco que no estuviera roto y se quedaba largo rato mirando el piso de madera cubierto de musgo y manchado por el aceite espeso que había caído de las ramas de los árboles cercanos durante los años de abandono. Buscaba la paz que no tenía, pero allí no estaba. De todas maneras no se desanimó y decidió continuar con la restauración de la capilla. Por fin se dio cuenta de que la luz que había en el interior era muy poca y no haría muy placentera la estadía en ese lugar de oración. Pensó en agrandar las ventanas laterales para que dejaran entrar más luz pero debía viajar a París y postergó aquella mejora para cuando volviera de Francia. Fue en ese viaje cuando conoció Chartres y la idea de la nueva capilla tomó forma definitivamente.

En poco tiempo la capilla tuvo los enormes vitrales franceses empotrados en las paredes laterales. Ahora se podía ver mucho más lo que había en su interior y lo que Lancaster vio allí no le gustó. Llamó a unos maestros carpinteros para que restauraran los bancos de madera y el altar. Los sirvientes se encargaron de desengrasar el piso y de pulirlo. Quiso que las paredes fueran blancas, intensamente blancas, y se preocupó por hacer lustrar la cruz de ébano que lastimosamente colgaba de un extremo sobre la pared, detrás del altar. Cuando la capilla estuvo terminada, Lancaster llamó al arzobispo para que bendijera el templo y allí celebró la comunión junto a Oliver Spencer en memoria de su pequeña hija. Meses después, cuando aceptó que la muerte de la niña era un hecho irreparable, nuevamente Lancaster se olvidó de Dios y de la capilla.

Cuando volvió a abrir la puerta del pequeño templo, varios años después, se dio cuenta de que dentro de ella aún estaban con vida todos sus recuerdos. Bastó con que empujara una hoja de la puerta para que la imagen de su hija lo recibiera con las mismas prendas que vestía la última vez que la había visto con vida. Ella parecía feliz de verlo y Lancaster volvía a todos sus tormentos. Aún era de día y a través de los vitrales la luz se descomponía en colores tan nítidos que la niña, al verlos, habría quedado maravillada. El propio Lancaster quedó perplejo al observar cómo esa luz blanca que lo había acompañado hasta la puerta de la capilla ahora crecía y se multiplicaba por todo el salón dándole una serena bienvenida y llevándolo, sin que él se diera cuenta, nuevamente al sosiego. Lancaster sacó su pañuelo, lo pasó sobre uno de los bancos lustrados para quitarle el polvo y se sentó sin saber cuál era la causa por la cual él estaba ahí. En los vitrales se veían imágenes, algunas religiosas y otras no, que resaltaban por encima de las paredes blancas. La luz que le llovía a Lancaster, cayendo sobre su cabeza y pasando por sus brazos primero y por sus manos después hasta llegar a sus pantalones y terminar golpeándose contra el piso de madera pulido, lo había detenido en el tiempo. Sus recuerdos viajaban de Londres a París y de París a Chartres. Recordó aquellos vitrales que le habían quitado el aliento y volvió a sentir con sus ojos enceguecidos por el color aquel concierto de violines. Sentado solo en el banco y en medio de esa luz que lo llevaba al silencio, quiso rezar pero no supo cómo hacerlo. Solamente alcanzó a repasar algunos hechos de su vida de los que no se sentía orgulloso. Pensó en su niñez y en que nunca había imaginado estar en el lugar en el que ahora se hallaba, no en una antigua capilla anglicana, sino en medio de un bosque al que no le encontraba una salida posible. Su mente se quedó un rato más en Chartres y recordó el laberinto que había tenido bajo sus pies. Aquella vez Lancaster había llegado hasta su centro cautivado por la luz de los vitrales. Ahora la historia se repetía, había llegado hasta el interior de una capilla atraído por la luz y no sabía cómo salir de ella. Su vida había transitado caminos complejos, áridos senderos que había sorteado con éxito gracias a su habilidad para los negocios y a su falta de sensibilidad. Si lo pensaba bien, él no podría asegurar de qué manera había terminado allí, pero necesitaba salir cuanto antes de esa situación. Ya no podía vivir con el peso de la angustia. Había crecido rápido y ahora se sentía como un anciano al que le pesa el cuerpo. Si la muerte de su hija le había quitado la fe, la muerte de Oliver Spencer había arrasado con su futuro. Al viejo Spencer sabía cómo convencerlo para que obrara en su favor, pero ahora tenía que lidiar con su hija, que nada sabía pero que todo ordenaba. Mientras Lancaster repasaba su pasado y su futuro, las imágenes de los vitrales comenzaban a desvanecerse. La luz del sol estaba cayendo y dentro de la capilla quedaba apenas un recuerdo del día. Las paredes blancas comenzaban a borrar sus bordes y los vitrales en poco tiempo fueron solamente una mancha negra. Luego la noche descargó sobre la capilla una pesada helada que atravesó las chapas del techo como si fueran de papel y se derrumbó sobre la piel de Lancaster. Aún sentado en el banco de madera, cerca del altar y temblando de frío, no dejaba de pensar en las razones que lo habían llevado a estar en el centro de un laberinto mucho más grande que el de Chartres y que para escapar de él tendría que volver a recorrer los inescrupulosos caminos que lo habían arrastrado hasta allí. Una llovizna filosa como el hielo comenzó a caer sobre las chapas heladas formando una espesa escarcha que en poco tiempo cubrió toda la capilla. Lancaster dio una última mirada hacia la pared de la que colgaba la cruz de ébano, detrás del altar, pero no logró distinguirla entre tanta oscuridad. Salió del templo, cerró la puerta con candado y montó su caballo rumbo a su casa, pensando primero en encontrar alguna manera para escapar de aquel laberinto y luego en que había sido una mala decisión cambiar el techo de tejas por uno de chapas.

 

La rabia (2022)

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