En la otra puerta

Capítulo XXI

Ricardo Cardone

Desde que Anne-Marie Spencer había sido mordida por los perros frente a la puerta de la mansión de Lancaster, el médico trabajaba en su laboratorio instalado en la antigua capilla anglicana y ocupaba una de las salas de huéspedes en la residencia. Lancaster guardaba celosamente el secreto que compartía con el médico y quería que la atención que éste debía poner en su investigación no fuera alterada por ningún inconveniente que pudiera surgir fuera de su casa. Lancaster le había propuesto al médico que se hospedara en su residencia con la promesa de compensar con creces el salario que dejaría de percibir al abandonar su trabajo en el hospital. Era frecuente encontrarse con el médico bajo una lámpara de escritorio en un pequeño despacho que Lancaster no ocupaba cerca del salón principal, al final de un pasillo en el que un reloj de péndulo daba las horas con un golpe de campana. Allí el médico revisaba sus anotaciones después de la cena aprovechando la tranquilidad que a esa hora había en la casa. Antes de ir a dormir, Margaret le llevaba un té al despacho y algunas veces se quedaba conversando con aquel hombre que le había salvado la vida a su madre. El médico dejaba de escribir, se quitaba los lentes y se recostaba en el respaldo del sillón para aprovechar ese momento de descanso y conversar con Margaret de asuntos triviales que lo ayudaban a despejar su mente, al menos por ese breve tiempo.

Por curiosidad, Margaret le preguntó sobre qué tema estaba escribiendo. El médico tenía varios volúmenes apoyados unos sobre otros con anotaciones que había recopilado durante largos años de investigación. Pero no estaba escribiendo sobre eso en ese momento. Él, además de las notas referentes al tratamiento de la sangre animal, acostumbraba a llevar un diario en el que escribía al final del día los aspectos más relevantes de la jornada como así también algunos pensamientos existenciales, sensaciones que le habían llamado la atención, breves apuntes referidos a la espiritualidad y otras impresiones que muchas veces no eran tan importantes para él pero que debía dejar anotadas en el papel para, al fin, liberarse de ellas. Aquella noche había escrito en su diario algo más que eso, algo que tal vez podría ser el origen del sentido que tenía su vida. Margaret le preguntó si podía leer lo que estaba escribiendo, al menos unas líneas, pero el médico se negó. Le dijo que en poco tiempo ella podría acceder al volumen completo de su diario pero que no era conveniente que lo leyera en ese momento, aún no estaba terminado y algunas apreciaciones que éste contenía podrían llevarla a una mala interpretación sobre la clase de persona que ella consideraba que él era.

—Pero no deja de ser un diario —dijo Margaret—. Un diario nunca se termina.

—Esto es más que un simple diario, aquí está documentada toda mi existencia —contestó el médico.

Margaret no le dio importancia a esos dichos. Pensó que él era bastante reservado y por esa causa no quería que nadie leyera aspectos personales que no tenía pensado divulgar. Le pareció razonable, nadie escribe un diario para que sea leído fuera de la intimidad. La joven se levantó, saludó al médico y se dirigió a su habitación. El médico continuó escribiendo.

“Algo no anda bien a pesar de que los estudios devuelven valores que se encuadran dentro de lo esperado. La nueva sangre vuelve a generarse en el plazo establecido y algunas veces hasta lo hace antes de ese tiempo. Las personas enfermas se recuperan rápidamente pero no recuerdan la enfermedad, alguien les tiene que hablar del mal que padecían porque según ellas siempre estuvieron sanas. Esto último no sería un problema, puede deberse a un trastorno cognitivo producto del golpe emocional que experimentaron cuando se acercaron a la muerte. En un primer momento pensé que sería conveniente que esa pérdida de la memoria fuera tratada por un médico especializado en trastornos mentales, algún psiquiatra, pero luego me pareció excesivo. No creo que esa falta de memoria sea el umbral de una demencia incipiente. Esto será algo para tener en cuenta en un futuro cercano cuando este experimento primario finalice con pruebas irrefutables. Sin embargo, lo que ocupa permanentemente mi atención son las visiones que experimentan los pacientes luego de ser tratados con sangre animal. No encuentro relación entre el plano clínico y el plano espiritual. No dudo de que exista una conexión entre ambos y será eso a lo que deberé abocarme. Pero basta de ciencia, estoy agotado y ya casi es medianoche. En pocos minutos el reloj golpeará su campana una vez más y el día para mí estará terminado, aunque sé que no podré dormir, nuevamente tendré que levantarme a oscuras y otra vez regresaré a este escritorio. No se debe a algunos de los misterios de la ciencia la razón que me desvela. Hace tiempo que la medicina ha dejado de sorprenderme, solamente soy un esclavo de ella, un hombre que no cuestiona el destino que lo gobierna. Es esta joven la que me devuelve a la vigilia. Creo que es por ella que no logro concentrarme y de esta manera se va dilatando el resultado de mis investigaciones. He visto en ella a una de las mujeres más hermosas que pudieran habitar en esta tierra. Debo bajar la vista ante su mirada y eso me avergüenza terriblemente. Temo que si Lancaster descubre mis sentimientos hacia su hija, todo habrá terminado. El futuro de mi investigación depende de él y de su aporte económico. No hay posibilidad alguna de avanzar si no cuento con el respaldo que este proyecto necesita. En estos días rescatamos a una nueva paciente. Unos perros la habían atacado y si no fuera por el personal que trabaja en la casa, ella habría muerto. Volví a probar el método de la sangre animal. Otra vez experimenté con la sangre de la pantera y, como era de esperar, la mujer se recuperó y no recordó nada de lo que le había sucedido. Tampoco hallé en su nueva sangre elementos compatibles con la rabia y al despertar, ella no evidenció ningún síntoma de la enfermedad. Tengo la convicción de que el tratamiento está funcionando de acuerdo a lo esperado y de que mi teoría está en lo cierto. Pero la joven Margaret parece estar sobre mí todo el tiempo. A veces imagino que sigue mis pasos pero me doy vuelta y ella no está. Salgo a caminar por el parque para despejar mi mente y escucho su voz. Le contesto en voz alta y me doy cuenta de que estoy hablando solo. Otras veces, conversando con su padre, siento que su mano toma la mía y el terror a que Lancaster se entere de mi sensación comienza a inquietarme, mis sienes transpiran y debo aflojar el cuello de la camisa para no quedarme sin aire. Luego miro mis manos y están vacías, como lo estuvieron siempre. Creo que me estoy enamorando de la hija de Lancaster. Esta enfermedad no tiene cura”.

Como todas las noches, luego de terminar de escribir su diario, el médico tomaba la hoja en la que había escrito sobre Margaret, la estrujaba con la mano y la arrojaba al fuego para que no quedara evidencia de sus sentimientos hacia la hija de Lancaster. Una de esas noches, mientras la hoja era consumida por las llamas, Margaret entró al despacho visiblemente alterada. El médico la hizo sentar, la tranquilizó y quiso saber qué era lo que la angustiaba.

—Mi madre no está bien, quiere escaparse de aquí porque dice haber visto que algo malo puede sucedernos a todos nosotros—dijo Margaret—. Quiero que le dé alguna medicación que pueda curar su locura. Ella no era así.

—¿Qué es lo que dice Sarah? —preguntó el médico.

—Dice que en poco tiempo estaremos muertos. Todos nosotros muertos ¿se imagina? No está bien de la cabeza y me asusta mucho lo que dice.

—¿Dónde está ella ahora? —preguntó el médico.

—En mi habitación —contestó Margaret—. Está juntando sus cosas para irse de aquí. Tiene que ayudarme, ella está muy mal.

Margaret y el médico fueron hasta la habitación de la joven para hablar con Sarah, pero ella ya se había ido.

A la mañana siguiente, Lancaster se reunió con el médico para que le diera detalles de la evolución de su trabajo. El médico le habló de la rápida recuperación de Anne-Marie y le dijo que, de seguir así, en poco tiempo podrían comenzar a comercializar el método como una cura contra la rabia. Lancaster se alegró al oír esas palabras, le dio una palmada en el hombro y se dirigió al establo para acondicionar los caballos. Esa tarde quería visitar el bosque. No le dio oportunidad al médico para que le hablara sobre los mareos y la pérdida de memoria que habían experimentado los pacientes. Tampoco alcanzó a decirle que Sarah ya no estaba en la casa.

El médico fue hasta la capilla anglicana. No creía en Dios pero tampoco dejaba de creer, según lo que él mismo afirmaba cuando le preguntaban sobre su fe. Pero ese pequeño templo que Lancaster tenía en su estancia, bastante alejado del edificio de su casa y cerca de un bosque más oscuro que el destino, lo inquietaba. El médico se preocupaba de tener en claro los límites de la ciencia y los de la religión. Ninguna debía invadir el territorio de la otra. Y esa idea irreverente de montar un laboratorio en un lugar sagrado lo fastidiaba, sentía que de alguna manera estaba desafiando a un ser supremo y que, aunque dudaba bastante de su existencia, no era conveniente ponerse en su contra. Pensaba que Lancaster debió haber elegido otro lugar para que hiciera esos experimentos que muchas veces atentaban contra las normas que la religión establecía. Pero Lancaster había abandonado su fe hacía tiempo y ahora la capilla no era más que un lugar alejado y confortable para huir de los curiosos que habitaban su casa.

Cuando el médico destrabó el candado de la puerta de la capilla y movió la hoja de madera que permitía la entrada al templo, sintió el mismo escalofrío que había experimentado el día que habían llevado hasta allí a Anne-Marie y a la pantera. Llegó a la conclusión de que si uno se deja llevar por la sugestión, termina enloqueciendo. Como buen científico que era, se acercó a la lógica de la razón y como nada parecía impedirle el ingreso a ese solitario salón, entró al laboratorio y cerró la puerta del templo. El interior de la capilla había cambiado bastante desde que Lancaster la había inaugurado junto a Oliver Spencer con una ceremonia religiosa celebrada por el arzobispo. Los vitrales seguían descomponiendo la luz en infinitos colores que se derramaban sobre el blanco de las paredes y sobre el piso de madera pulido. Pero el angosto pasillo central había desaparecido y los bancos que antes lo formaban mirando hacia el altar ahora reposaban sobre las paredes laterales para no ocupar espacio. En el centro del templo estaba la enorme camilla de quirófano. El aire se sentía denso, la falta de ventilación sumada a los rayos del sol que daban de lleno sobre el techo de chapas volvían al ambiente asfixiante. Todavía se podía percibir el olor a sangre que había quedado impregnado en las paredes y en el piso. Concentrado en su trabajo, el día se desvaneció y la noche asomó pesada y dominante. La madrugada lo alcanzó en el interior de la capilla. Ahogado por ese aire repulsivo, el médico fue hasta la puerta de entrada y abrió de par en par las dos hojas de madera. Margaret entró espantada a la capilla y cerró las puertas de un golpe. Se aferró al médico y comenzó a llorar desconsoladamente. El médico la contuvo sobre su pecho e intentó calmarla pero la joven seguía abrazada a él y no dejaba de temblar. Cuando por fin logró tranquilizarse, habló con la respiración entrecortada.

—Había salido a caminar por el parque —comenzó diciendo—, me sentía abrumada por la ausencia de mi madre. Ella siempre permaneció a mi lado y no comprendo por qué ahora decidió abandonarme. ¿Qué le habré hecho? ¿Fui yo la causa de su malestar? Ella nunca fue así. A nada temía. Pensando en esto y no soportando estar dentro de la casa salí a caminar. No sé durante cuánto tiempo lo estuve haciendo y de tanto caminar me perdí. Llegué al final del campo y me encontré al borde de un precipicio. Abajo, muy abajo, vi correr un río que se perdía entre las paredes de ese terreno abrumador. Comencé a sentir mareos al mirar ese hilo de agua que arrastraba mi vista hacia el fondo del abismo y creí que iba a caerme. Cuando quise regresar a la casa tomé el camino equivocado y llegué hasta un descampado donde solamente había árboles sin hojas y pasto reseco. A lo lejos se veía un bosque que parecía ser frondoso. Comprendí que me había extraviado en medio del campo, quise regresar pero no supe cómo hacerlo. Caminando sin rumbo en medio de esa tierra estéril llegué a ver el techo de la capilla y tomé ese camino. La noche se me adelantó. Antes de llegar hasta aquí tuve la sensación de que a lo lejos alguien me seguía. Me di vuelta pero no alcancé a ver más que pastos secos y árboles descuidados. Caminé durante un tiempo más, no recuerdo cuánto, y escuché pasos detrás de mí. Nuevamente me di vuelta y vi que la sombra de un animal me seguía, al menos eso fue lo que alcancé a percibir entre tanta oscuridad. Desesperada corrí hasta esta capilla. El animal también comenzó a correr y cuando llegué aquí me encontré con que la puerta estaba cerrada. Era una pantera negra y estaba por atraparme, me mostraba los colmillos y llegué a sentir en mi espalda el aire que expulsó cuando rugió. Me aferré a la puerta y ésta se abrió de par en par. La cerré lo más rápido que pude. Creo que aún debe estar afuera esperando que salgamos. Tengo mucho miedo.

El médico escuchó asombrado el relato de Margaret. La pantera no debía estar suelta vagando por el campo. Para eso habían construido la gruta con los barrotes. El animal no podría haber escapado de su encierro a menos que alguien hubiera abierto su jaula. Y si alguien hubiera tenido el valor de liberar a la pantera, seguramente el animal habría acabado con él en pocos minutos. Pensó en Lancaster. Él era el único que tenía la llave de la celda pero de ninguna manera arriesgaría su vida. Para abrir la jaula era necesario sedar a la pantera pero esa medicación, por cuestiones de seguridad, la tenía únicamente el médico. Luego pensó en Margaret. Tampoco entendía cómo había logrado llegar ilesa a la capilla si una pantera la había estado persiguiendo. El felino necesitaría tan solo unos pocos metros para hacerse de su presa. Si era verdad que Margaret había logrado ver al animal que corría hacia ella, la pantera la habría alcanzado antes de llegar a la capilla. Al médico le resultaba extraño el suceso. Margaret no dejaba de temblar y otra vez volvía al llanto. No tenía dudas de que la joven estaba diciendo la verdad, su relato y el terror que se reflejaba en su rostro daban fe del espanto por el que había pasado. Margaret se dejó caer sobre uno de los bancos ubicados contra la pared y el médico se sentó a su lado para tranquilizarla. No sabía cómo hacerlo, él también estaba asombrado y aterrado al tomar conciencia de que la pantera a la que él sometía para hacer sus experimentos los aguardaba en los alrededores de la capilla. Dudó de que la puerta estuviera bien cerrada y fue hacia ella para asegurarse de que no se pudiera abrir desde afuera. Cuando colocó la última traba escuchó un rugido del otro lado de la puerta que lo paralizó. Margaret corrió para protegerse detrás del altar, estremecida por ese sonido gutural que parecía provenir del centro de la tierra.

—¡Va a entrar, seguro que va a entrar! —dijo Margaret.

—No puede entrar aquí, no hay manera de que derribe la puerta —dijo el médico.

Margaret tomó conciencia de que se había refugiado debajo de la cruz de ébano y no pudo evitar pensar que estaba profanando un lugar sagrado, pero no tenía forma de salir de él. Se puso de pie y con temor fue a sentarse nuevamente al banco. El médico buscó entre su instrumental la pistola con tranquilizante que había usado la última vez con la pantera y se sentó al lado de Margaret.

—¿Qué es lo que hace en este lugar? —preguntó Margaret.

—Este es el laboratorio que instalamos con su padre para curarle las heridas a Anne-Marie.

—¿Y por qué mi padre nunca me habló de él? Pensé que a Anne-Marie la habían llevado a un hospital, al mismo lugar donde usted atendió a mi madre.

—En un primer momento pensábamos hacer eso, pero el tratamiento al que debíamos someter a Anne-Marie requería de un cuidado intensivo que el hospital no podía proveer, los quirófanos y las salas de atención especial estaban saturados.

—Este lugar me resulta espantoso, parece una sala de tortura —dijo Margaret.

—Es nada más que una capilla que hoy nos sirve para curar a las personas —dijo el médico.

El sol había caído hacía varias horas. Primero la luz había cedido ante la noche y dentro de la capilla las imágenes habían vuelto a opacarse. Luego las paredes habían comenzado a cubrirse de un gris plomizo que ensombrecía aún más lo que ya era sombrío. Los vitrales lentamente borraban la armonía de sus imágenes, de nada valían sin una luz que los atravesara. La noche se deslizaba por las chapas del techo de la capilla y descendía por las paredes como si fuera un felino que con infinita paciencia espera a su presa al otro lado de la puerta. La luz amarillenta de unas velas que habían comenzado a arder sin fuerzas pronto aumentó su poder y el templo terminó por cubrirse de contraluces. Aquella capilla que bajo el manto de la luz del día se parecía a una fortaleza que brotaba en el campo interminable, durante la noche se volvía indefensa e inútil. La falta de luz desvanecía sus bordes hasta volverlos invisibles. Sin la posibilidad de ver los límites no hay forma de apreciar las diferencias, todos somos iguales en la oscuridad. Sin embargo, aquellos vitrales que en el interior de la capilla formaban una mancha más oscura que la pared oscura, fuera de ella rompían la monotonía de la noche descomponiendo la luz del interior y lanzándola al corazón de la oscuridad. Otra vez la armonía de las figuras multicolores renacía entre los muros, esta vez del lado de afuera, quebrando la noche. Pero no era más que un punto de luz en medio de las sombras, un instante insignificante dentro de la eternidad, una gota de agua que mantenía con vida al médico y a Margaret en medio de un océano siniestro, la vida de una mariposa.

 

La rabia (2022)

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