En la otra puerta

Capítulo XXII

Ricardo Cardone

A la mañana siguiente, Laudrec despertó cubierto de sudor. Había tenido horribles pesadillas que lo habían sometido a un sueño interminable y que le habían quitado la fuerza que necesitaba para despertar. Tomó las prendas que había dejado abandonadas sobre una silla que descansaba solitaria en un rincón de aquella ínfima habitación y se vistió. El tabernero lo esperaba con el desayuno sobre una de las mesas y le preguntó a Laudrec si había descansado bien.

—Tuve terribles pesadillas que me atormentaron —contestó—. Debe haber sido, seguramente, por el viaje y por el agitado día de ayer.

—Viajar es agotador —agregó el tabernero—. Por suerte eso ya pasó y ahora le queda disfrutar de la ciudad.

Laudrec asintió con la cabeza y tomó el desayuno con la mente en blanco. No quería pensar en nada. Las imágenes que venían a sus pensamientos lo torturaban. Pero como no se puede estar sin pensar en nada durante mucho tiempo, otra vez lo asaltó la idea de la muerte de Anne-Marie. En un primer momento se había convencido de que ella había muerto frente a la casa de Lancaster, según lo que le había dicho el mayordomo de la residencia Spencer, pero luego había comenzado a dudar. Seguramente existía una conspiración en su contra y tanto Lancaster como Anne-Marie serían los conjurados que esperaban su muerte. Metió su mano en el bolsillo interior del saco y tocó el arma. Recobró la calma y terminó su desayuno. Se puso de pie y fue hasta el mostrador para abonar la estadía. Apoyó el dinero sobre la madera lustrada, se despidió del tabernero y dejó un saludo para la mesera que lo había atendido la noche anterior.

—Ahí la tiene —dijo el dueño de la taberna—, salúdela usted mismo.

—Gracias por el cumplido —dijo la mesera que había escuchado la conversación—. Que tenga un buen día.

Laudrec quedó confundido. La mesera que estaba levantando la vajilla de la mesa donde él había desayunado no se parecía en nada a Sarah. Además estaba seguro de que la mujer con la que había conversado la noche anterior tenía el doble de edad que esa joven. Pensó en decirle al dueño de la taberna que esa mesera en nada se parecía a la mujer que lo había atendido pero no quiso demorarse en discusiones banales y prefirió alejarse de allí lo más rápido posible.

Las calles estaban repletas de transeúntes y carros que llevaban mercadería de un extremo a otro de la ciudad. Laudrec caminó junto al río para que la brisa de la mañana borrara de su memoria el día anterior, pero no lo consiguió. Otra vez volvieron a su mente las imágenes de AnneMarie y de Lancaster. Esta vez los imaginaba tejiendo un plan secreto en su contra. Creyó estar alucinando cosas sin sentido. La noche anterior ya le había jugado una mala pasada al creer que había estado hablando con una mujer que nunca había existido y esa mañana veía a la única mujer que había tenido en su vida tramando con el socio de la compañía en la que él trabajaba un acuerdo que, además de dañar su economía, acabaría con la última esperanza que le quedaba para recuperar el amor de Anne-Marie, si es que era verdad que ella no había muerto. Otra vez su cerebro comenzó a atormentarlo. Una voz interior le decía que no se dejara engañar, que en la mansión de Lancaster lo estaban esperando para despojarlo de todo lo que había conseguido en esos largos años, su casa en el barrio británico de Madrid, su empleo en las tiendas Spencer y lo que más le importaba, su amor por Anne-Marie. Esa voz le decía también que Anne-Marie se encontraba con vida, que no confiara en lo que Lancaster le había dicho, que la hija de Oliver y su socio inescrupuloso lo estaban esperando para quitarle con un tiro de gracia lo poco que le quedaba y luego lo arrojarían a la hoguera como si fuera el cuerpo sin vida de un perro con rabia. Sus músculos comenzaron a endurecerse, otra vez sus huesos sintieron la presión del cuerpo, parecían romperse en mil pedazos. Nuevamente Laudrec comenzaba a caminar movido por una fuerza que él desconocía pero que no podía vencer. Se decía a sí mismo que no debía ir hasta la residencia de Lancaster, que debía detenerse y tomar el tren que lo llevaría hasta el puerto, que Anne-Marie no estaba muerta y que no tenía sentido entrar en el despacho del hombre fuerte de Oliver Spencer y encontrarse con ella sentada a su lado, que nada iba a poder hacer cuando Anne-Marie se levantara para recibirlo, lo abrazara apretándole el pecho contra el suyo, lo besara como lo había hecho la primera vez no muy lejos de allí, sacara su pequeña arma de plata y la vaciara en su estómago. Aún con vida, sus ojos no dejarían de implorar su amor ante Anne-Marie, un amor tan grande y tan vacío que Lancaster terminaría llenándolo de municiones, una y otra vez, hasta que Laudrec entendiera que el amor que suplicaba había terminado hacía mucho tiempo.

Sin embargo el cuerpo de Laudrec tomaba otras decisiones y él nada podía hacer ante ese mandato. Estaba enfermo, un mal incurable se había apoderado de su voluntad. El amor ciego lo había vuelto vulnerable. La vida para él no tenía sentido si Anne-Marie no pensaba regresar a su lado. Caminó el trayecto que unía la ribera del río con la mansión de Lancaster sin poder detenerse. Le imploraba a sus piernas que cambiaran el rumbo pero cada vez que lo hacía, su cabeza parecía estallar. Atormentado por esa lucha interior, llegó hasta la puerta de la mansión. Lady Margaret salió a recibirlo y lo hizo pasar. Caminó por un corredor oscuro al ritmo de los golpes de péndulo de un antiguo reloj y entró en el despacho de Lancaster. Respiró aliviado al ver que Anne-Marie no estaba allí y lloró por dentro aferrado a su anillo de compromiso para liberarse de toda la locura que lo estaba abrumando desde que había partido de Madrid. Un poco más sereno, firmó los documentos y confió en Lancaster de la misma manera que lo había hecho antes con Anne-Marie.

Una noche, luego de la recorrida por las grutas de los animales, luego de que Laudrec casi perdiera la vida al intentar cruzar el río crecido por la tormenta, luego de cenar con Lancaster y Margaret, luego de acostarse y de contemplar la oscuridad inquietante del jardín, escuchó que alguien llamaba a la puerta de su habitación. Antes de que Laudrec llegara a abrir, Sarah entró. Le recordó la conversación que habían tenido en la taberna, aquella que Laudrec había dejado en el olvido por ser tan inverosímil, tan inadmisible como las ideas que lo habían asediado antes de su llegada a la mansión de Lancaster. Sarah volvió a decirle que durante varios días había tenido visiones en las que Laudrec siempre estaba presente. Dijo también que la noche en la que ellos se habían conocido, la noche en la taberna, había sido la primera vez que ella había logrado hablar. Siempre tenía imágenes en las que era solamente una espectadora y únicamente podía ver el desarrollo de los acontecimientos sin ser parte de los mismos. Pero aquella noche en la taberna, Sarah se había sorprendido por haber logrado decir unas cuantas palabras dentro de sus propias visiones. Algo le estaba sucediendo, algo tomaba forma en el interior de su cuerpo, algo intangible como el poder, algo que cuando aparecía la iluminaba con tal fuerza que no podía resistir y la cubría con una especie de burbuja donde un nuevo mundo, tan extraño e impredecible, cobraba vida.

Laudrec escuchaba a Sarah sin comprender lo que estaba sucediendo en su habitación. La voz de la madre de Margaret parecía cubrir el cuerpo de Laudrec con una manta cálida que serenaba sus músculos y sus huesos volvían a recobrar la blandura que habían perdido. Esa sensación de paz le quitaba el habla y no deseaba hacer otra cosa que continuar escuchando la voz de Sarah sin que nada la interrumpiera. Si fuera posible, se quedaría frente a ella hasta que la muerte se lo llevara de un soplo. Sarah le habló de la noche en la taberna, le recordó lo que antes le había dicho, que Lancaster planeaba matarlo, y también le aseguró que si él no tomaba con seriedad esas advertencias, la muerte le llegaría muy pronto.

Estas últimas palabras de Sarah rompieron el encanto en el que estaba atrapado Laudrec y éste otra vez menospreció sus dichos. No creía que fuera a morir de la mano de Lancaster. Ese hombre lo había recibido muy bien y la cordialidad con la que lo había tratado lo llevó a desestimar todo lo que había imaginado alguna vez sobre una posible trama de conspiración.

—Todo esto es nuevo para mí —dijo Sarah—. Jamás hubiera pensado en que me encontraría en medio de una situación así. Pero no crea que lo que le digo no es cierto porque antes lo vi y lo continúo viendo ahora, en este momento. La otra noche, cuando nos encontramos en la taberna, creí que iba a considerar mis palabras, pero ahora me doy cuenta de que me equivoqué. Hoy quise advertirle sobre lo mismo que le dije aquella noche y por eso estoy aquí. Nadie más que usted sabe de mi presencia en esta habitación. Cuando amanezca y usted salga de este cuarto querrá convencerse de que nada de lo que ocurrió entre nosotros formó parte de la realidad. Y si mañana decide creer que lo que estamos hablando ahora nunca ocurrió, seguramente se convencerá de que nada de esto sucedió, porque para convencerse de algo no hace falta una demostración lógica, simplemente alcanza con la fe. Y contra la fe no se puede lidiar, es el arma más poderosa que tiene la conciencia para justificar sus propias faltas. Al hombre lo gobierna la conciencia y todo lo que hace o deja de hacer está condicionado por ella, incluso sus creencias.

—¿Cómo hizo para entrar aquí? —preguntó Laudrec con notable confusión.

—No lo sé, solamente lo estoy viendo ahora y quise advertirle sobre lo que le va a pasar —contestó Sarah—. No crea que miento, confíe en lo que digo.

Sarah terminó de decir esto y se marchó sin darle la posibilidad a Laudrec de agregar una sola palabra a la conversación. Abandonado en su cuarto, Laudrec volvió al sueño y amaneció con un terrible dolor de cabeza. Había tenido pesadillas espantosas y ahora le dolía todo el cuerpo. Lancaster lo esperaba en la antesala del jardín con el desayuno servido.

—Hoy vamos a dar una recorrida por el bosque, Laudrec, ya mandé a ensillar los caballos —dijo Lancaster.

Todavía a Laudrec le retumbaban en la cabeza las palabras de Sarah. Estaba por convencerse de que todo había sido un mal sueño, al igual que lo había hecho cuando se había enterado de que Sarah no había estado en la taberna la noche anterior. Pero le llamó la atención que otra vez ella se hiciera presente con la misma advertencia. Dudó por un momento en mandar todo al diablo y continuar con su vida en la mansión de Lancaster. Pero se le ocurrió pensar en lo que Sarah le había dicho y no creyó que aquello fuera producto de su imaginación. Tal vez lo que Lancaster tramaba era precisamente eso, una emboscada en la que él perdiera la vida.

—Cuénteme de su hija, Lancaster, si no le resulta incómodo.

—¿De cuál de las dos? —preguntó Lancaster.

—De Margaret —contestó Laudrec.

—A Margaret la conocí cuando ya era toda una mujer. Llegó a esta casa, golpeó la puerta y pidió hablar conmigo. En cuanto vi sus ojos supe enseguida que era mi hija. Ella me habló de su madre, Sarah, y me trajo recuerdos que yo había borrado de mi mente hacía muchísimo tiempo, casi desde cuando Sarah estaba embarazada. Puse a disposición mi casa para que ellas se mudaran aquí, las quería tener cerca. No podría haber vivido un día más con la culpa de saber que mi hija y su madre se encontraban vagando por la ciudad y perdiendo su batalla contra la indigencia. Pensé que, de seguir así, contraerían alguna enfermedad de las tantas que azotan a los mendigos. Razón tuve al pensar esto cuando me enteré de que a Sarah la había mordido uno de sus perros y que había contraído rabia. Tarde comprendí cuánto daño les había causado. Margaret había llegado hasta mi casa para que la ayudara a costear un tratamiento psiquiátrico o neurológico para su madre. Nunca supe bien en qué consistía, un médico desconocido milagrosamente había logrado curar su enfermedad pero ésta le había dejado importantes secuelas que la estaban mortificando.

—¿Qué le ocurría a Sarah? —preguntó Laudrec.

—Lo que le sucedía a Sarah le sigue sucediendo. Sufre de alucinaciones que no la dejan en paz. Cree tener visiones de hechos imposibles pero que, según ella, irremediablemente van a ocurrir. Y esa posibilidad de que esos acontecimientos absurdos alguna vez sucedan, le nubla la conciencia torturándola con sólo imaginarlos.

—¿Ella está viviendo aquí, con usted y su hija? Le pregunto porque aún no he tenido el gusto de saludarla.

—No, ella abandonó la casa misteriosamente. No está bien de la cabeza. La curación ha dejado secuelas en su mente y habrá querido alejarse para no alterar la armonía en la que nos encontrábamos con Margaret — contestó Lancaster—. En cuanto me enteré de su desaparición ordené a la policía que la buscaran por toda la ciudad, pero aún no tengo noticias de ella. No voy a bajar los brazos hasta encontrarla, Margaret la necesita. —¿Y cuáles son aquellas visiones que la atormentaban? —preguntó Laudrec asombrado por algunas conclusiones que estaba sacando de la conversación.

—Dice que me ve descuartizado, que no sabe por qué causa pero que alguien me da muerte y mi cuerpo aparece desmembrado. Es muy tenebroso hablar de esto. Yo no creo ni media palabra de lo que dice, pero últimamente no puedo descansar bien. Por las noches escucho algunos ruidos fuera de mi casa y comienzo a fantasear con los animales. Imagino que algunos de ellos escapan de sus celdas y llegan hasta el jardín buscándome. Creo escuchar rugidos en la noche y no me queda otra alternativa que tomar mi rifle y abrir fuego en la oscuridad para callarlos. Lo que me llama la atención es que luego de disparar dejo de escucharlos y logro volver al sueño. Creo que la enfermedad de Sarah me está alterando los nervios.

Laudrec comprendió que era muy probable que lo que Lancaster y él habían volcado al plano de la imaginación se desarrollara dentro del plano de lo real. Él también había escuchado los rugidos en la noche y había visto cómo Lancaster disparaba contra unas oscuras siluetas que se movían en el jardín. Incluso Laudrec, no hacía mucho, había llegado a su habitación escapando de una pantera que lo acechaba desde lo alto de un árbol. Esas situaciones no habían sido visiones sino que habían sido muy reales, tan reales como la cruz sobre la tierra que había encontrado frente a la antigua capilla anglicana. Si lo que contaba Lancaster sobre Sarah realmente había sucedido, si ella le había hablado de las visiones y luego se había ido de la casa, era muy probable que también lo que Sarah le había contado a Laudrec la noche anterior pudiera ser cierto. Pero no lograba comprender cómo había entrado Sarah a la mansión si ella ya no vivía allí, de la misma manera que se preguntaba cómo la había encontrado en la taberna si ella no trabajaba en ese lugar. Recordó que luego de esos encuentros él despertaba con fuertes dolores de cabeza por alguna pesadilla que había tenido. Pensó que podía ser posible que los encuentros con Sarah se dieran durante el sueño. Ahora que había logrado ubicar a Sarah en algún lugar de su existencia, Sarah podría ser real, aunque ella solamente formara parte de sus pesadillas. Pero si Sarah era real, tan real como que era la mujer de Lancaster y la madre de Margaret, entonces lo que ella afirmaba también podría ser real. Y si aquello que decía tenía importantes probabilidades de ocurrir, Laudrec sería un hombre muerto y Lancaster también.

Un sirviente trajo los caballos, ensillados y relucientes. Lancaster tomó su rifle, montó el mejor de ellos e invitó a Laudrec a montar el otro. La travesía hasta el bosque prometía ser larga.

La rabia (2022)

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