Los disparos se escucharon desde lejos. El perro solitario corrió hasta una lomada desde donde se podían ver los alrededores de la ciudad. Una gran nube de pólvora que no terminaba de asentarse flotaba sobre uno de los caminos que comunicaban la capital con las ciudades del interior. Hacia allí fue, cruzando por el medio del bosque seco, ocultándose detrás de los arbustos y de las piedras para evitar que lo descubrieran. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el olor a azufre le produjo náuseas y le quitó la respiración. Se recostó en la tierra a esperar que esa nube de pólvora siguiera su rumbo y no lo arrastrara a él también. Escuchó pasos. Del otro lado de los arbustos algunos hombres cargaban los cuerpos sin vida de los perros de la jauría. Más allá, no muy lejos de ellos, los esperaba un carro de alimentos con el cochero muerto. Alcanzó a ver sobre el camino el cuerpo sin vida del perro errante que había llegado a la jauría y les había dado la idea de asaltar el carro y así saciar el hambre. Parecía que las costillas le traspasaban la piel. Junto a él estaban los cachorros cubiertos de pólvora y colmados de plomo. Los hombres llegaron al carro con los demás perros, los arrojaron dentro de él, luego cargaron el perro errante muerto, los cuerpos de los cachorros y arrearon a los caballos en dirección a la ciudad. El perro solitario se quedó un buen tiempo recostado en la tierra esperando que los hombres estuvieran lo suficientemente lejos y que el corazón le volviera al cuerpo.
La zona que habitaba había quedado abandonada. Luego del éxodo de los perros por el hambre, con la emboscada planificada de antemano y hartos de una vida injusta, casi todos los animales se habían marchado de aquella tierra que les había dado abrigo. Solamente habían quedado él y el perro que parecía ser sabio, un animal que no le caía nada bien al perro solitario. Al final de la tarde, cuando logró ponerse de pie sin correr el riesgo de que los hombres anduvieran husmeando, el perro solitario volvió a su territorio para contarle la novedad al perro sabio que desconocía lo que había pasado.
Tan sabio no es, pensó con sarcasmo.
Llegó hasta donde descansaba el perro sabio. Aún permanecía allí, no había querido unirse a la emboscada, ya estaba viejo para correr y su mandíbula había perdido la fuerza. El perro se acercó en silencio, no quería despertarlo. Ahora que lo veía recostado en la tierra, sucio y sin fuerzas, con las costillas empujándole la piel como si fueran los débiles caños de una carpa a los que su pesada lona se empecina en vencer, con los intestinos contraídos entre sus patas, con las pezuñas gastadas y la boca abierta dejando ver sus dientes amarillentos, respirando a bocanadas el aire que suplantaba la comida, le tuvo compasión. Esperó que la tarde terminara de caer, no era tan urgente la noticia que tenía para dar, ya todo había sucedido y ya nada podía cambiar. Un cielo rojo lo custodiaba recordándole la masacre de ese día. Se recostó lejos del perro sabio y durmió agotado bajo un último sol que huía de la tarde dejando en el cielo un rastro de sangre. El frío de la noche lo despertó.
El perro se acercó hasta donde el sabio descansaba y con el hocico le tocó la cabeza. Luego apoyó una de sus patas a la altura de las costillas para despertarlo pero no lo consiguió. Pasó su hocico por el lomo y por entre sus patas, fue nuevamente hasta la cabeza, olfateó sus orejas, lamió su boca y se dio cuenta de que estaba muerto. El viejo perro no había podido soportar un día más sin comida y sus fuerzas no le alcanzaron para salir a buscarla. El perro solitario lo olfateó por última vez como si no quisiera olvidar su olor, ese último olor que acompañará toda la vida a aquel que se despide de alguien para siempre.
En medio de la oscuridad, el perro fue hasta el vallado que protegía la ciudad. Caminó a la par de él mientras éste no era interrumpido por los caminos de acceso que los hombres armados custodiaban. Cuando llegaba a esos puestos de ingreso, se alejaba para perderse en las sombras. Continuaba caminado hasta estar lo suficientemente lejos de esas puertas tenebrosas donde nadie dudaba en abrir fuego. Recordó el camino que había descubierto para llegar al río y quiso ir nuevamente hasta ese lugar para encontrar algo de comida. Seguramente podría hacerse de algún pez, tal como lo había hecho la vez anterior.
Lejos de la ciudad y a la par del alambrado, el perro llegó hasta donde el campo se abría en un extenso desierto y un poste indicaba el fin de la valla que custodiaba la ciudad. Caminó rumbo al río y pronto llegó hasta él. Metió sus pies en el agua, bajo las rocas, y esperó que algún pez golpeara contra su hocico. Se lamentó de no haber aprendido a pescar. Ahora era un perro torpe que intentaba atrapar al vuelo algún pez que la corriente extraviara. Nada de eso pasó. Sus patas comenzaron a congelarse y tuvo que escapar de las piedras antes de que el cuerpo se le entumeciera. Una vez en la costa, se lamió una y otra vez hasta recuperar la temperatura. Un rugido lo estremeció. Por lo espeso del sonido le pareció que provenía desde lo profundo del cañón y huyó en dirección al bosque. Nuevamente se perdió en él y ahora no podía asegurar quién lo devoraría primero, si algún animal siniestro o esa vegetación hambrienta. Corriendo sin saber en qué dirección lo hacía logró escapar de aquellos árboles que le quitaban la respiración, pero todo estaba tan oscuro que llegó a dudar de que ese bosque en verdad lo había dejado de perseguir. Nada veía a su alrededor, la noche parecía haberse devorado la tierra. A lo lejos divisó una débil luz que parpadeaba como si fuera la llama de una vela. Hacia allá corrió y cuando estuvo cerca alcanzó a ver una edificación en la que unas figuras iluminadas quebrantaban lo sombrío de sus muros. La antigua capilla anglicana a la que había llegado la vez anterior ahora estaba iluminada y esa luz que traspasaba las paredes era un gran imán que atraía a todo lo que lo rodeaba. No muy lejos escuchó otro rugido que pareció sacudir los árboles hasta arrancarles las hojas y corrió desesperadamente hasta la capilla. Al llegar, agotado y sin fuerzas, se abalanzó sobre la puerta en un último intento de huir de aquella monstruosidad que acabaría con él en esa noche. Estaba por dar de lleno con su hocico sobre el portón de madera pero éste se abrió y el animal saltó sobre el médico sin darle tiempo a disparar. Margaret cerró la puerta con un grito y se desvaneció.
Una vez que el médico logró comprender lo que estaba sucediendo, tomó su pistola y le disparó al perro. El animal cayó dormido y jadeante. Margaret aún permanecía turbada y aterrada. El médico trabó la puerta y tranquilizó a la joven que pesadamente se recuperaba del espanto. Acorralados por la pantera luego de que Margaret entrara a la capilla huyendo de ella, el médico había decidido salir a enfrentarla con un tranquilizante para mantenerla custodiada. Cuando escucharon el rugido, el médico tomó valor y fue hasta la puerta con la decisión de abrirla y de dispararle al feroz animal. Pero el salto del perro sobre él no le dio tiempo a reaccionar y ambos cayeron al suelo. Margaret fue la primera en darse cuenta de lo que estaba sucediendo y quiso trabar la puerta para que la pantera no pudiera entrar, pero se desmayó en cuanto logró cerrarla.
El perro respiraba agitado pero se encontraba bien. El médico, una vez que logró recuperar la cordura, quiso saber si había sido mordido por el perro pero nada encontró en su cuerpo, ni siquiera algún rasguño producto del golpe que le había dado el animal. De todas maneras quiso asegurarse de que el perro estuviera sano y extrajo unas muestras de sangre de unas de sus patas. No encontró signos de rabia, solamente una sangre debilitada por la condición famélica del animal.
—Este perro está sano —dijo el médico a Margaret—. Todavía no entiendo cómo llegó hasta aquí.
—¿Hay perros sanos? —preguntó Margaret sorprendida.
—Creería que no. Al menos no encontré perros vagabundos sanos, salvo que éste se haya escapado de la casa de algún dueño. Pero, por el estado en que se encuentra, este animal hace varios días que no come.
—¿Cómo hace para curar la rabia? —preguntó Margaret sorpresivamente.
—Mediante una transfusión de sangre. A la persona enferma le extraemos la sangre infectada y mediante estos dispositivos que ve allí la purificamos y se la inyectamos a un animal. Al mismo tiempo extraemos la sangre de éste, la llevamos a un estado elemental y puro y la inyectamos en el ser humano. Esta nueva sangre en muy poco tiempo vuelve a tener todos los componentes que la sangre humana necesita, éstos se vuelven a generar dentro del cuerpo sin ningún residuo de la enfermedad que el paciente padecía.
—No le creo —dijo Margaret.
—¿Por qué no me cree? —preguntó asombrado el médico.
—Porque mi mamá antes de la enfermedad no era así como es ahora. Ella era una persona normal, como somos todas las personas, bastante predecible en sus acciones y nunca le conocí algún temor. Siempre ha sido muy valiente y ella sola logró enfrentar al mundo, ese mundo que siempre la condenó por tener una hija sin tener marido. Ahora veo en ella a una persona consumida por el miedo, sin fuerzas para sobrellevar la vida y sola, muy sola, sin poder confiar en nadie.
—Su madre puede confiar en Lancaster, él le ha dado una casa donde vivir y comida. No la van a pasar mejor fuera de aquí. Nada les hace faltar.
—Mi madre está aterrada. Tiene visiones y nadie cree en lo que dice. Luego del tratamiento al que fue sometida, ella le habló acerca de lo que le estaba sucediendo pero usted no hizo otra cosa que sacársela de encima. La envió a un médico psiquiatra sabiendo que no está convencido de la seriedad de esa rama de la medicina. Quiero saber cómo cura la rabia.
—Ya le conté cómo lo hago —contestó algo nervioso el médico—. Es gracias a la sangre de animales sanos que hace que los enfermos se curen.
—¿Y qué hay de las visiones? —preguntó Margaret—. ¿O me va a decir que son sólo alucinaciones que siempre tuvo mi mamá y que nunca me di cuenta de que ella padecía ese trastorno?
—Realmente no sé lo que me quiere decir. ¿Adónde va con su pregunta, Margaret?
—Yo sé lo que está haciendo. Es algo más siniestro que la rabia misma. Lo sé porque hace tiempo que lo estoy vigilando. La primera vez que dudé de su tratamiento fue el mismo día que atendió a mi mamá y que, debo admitirlo, le salvó la vida. Esa noche yo estaba muy angustiada y había perdido toda esperanza, no creía que mi mamá lograra salir con vida de ese quirófano. Aturdida por las imágenes que me acechaban, esas imágenes que me mostraban a mi mamá muerta sobre una camilla, yo no dejaba de caminar por los pasillos oscuros del hospital. Necesitaba tranquilizarme pero no lo conseguía. La luna alumbraba el patio de ese edificio, al otro lado del pasillo. Un movimiento llamó mi atención y vi por primera vez a la pantera. Pensé que me atacaría, que no se daría cuenta del vidrio que nos separaba y que intentaría cruzar de un salto hacia el pasillo donde me encontraba. Pero nada de eso hizo. Ella salió espantada al igual que yo. Me alejé de la ventana y ella trepó a un árbol, como si mi presencia la asustara. Desde allí me acechaba, parecía que se mantenía en alerta ante un posible ataque de mi parte. Esa noche tuve mucho miedo y esa imagen me persiguió durante largo tiempo. Una vez más tranquila volví a aquella noche para razonar lo que me había sucedido y me convencí de que aquella pantera no pensaba agredirme si yo no la molestaba. Ella tenía tanto miedo como el que yo tenía en aquel momento y en vez de esperar a que me distrajera para saltar sobre mí, se mantenía en alerta ante un posible ataque de mi parte. El día que los perros mordieron a Anne-Marie tuve la misma sensación que había tenido con mi mamá en el hospital. Un temor a algo desconocido que nos pudiera acechar nuevamente me invadió. No se lo dije a mi madre, preferí guardarme esa sensación. Pero al otro día vi que un carro cubierto por una lona y tirado por dos caballos pasó frente a la casa en dirección a la otra entrada, la que está cerca de esta capilla. No le hubiera dado importancia si no fuera porque un rugido tenebroso, igual al que escuchamos recién, me estremeció. Pensando en el perro que había mordido a mi madre, en los perros que habían mordido a Anne-Marie y en usted que otra vez se disponía a aplicar su tratamiento en una persona con rabia, no dudé de que aquel rugido saliera de las entrañas de ese animal. Todo este tiempo estuve intentando descifrar qué es lo que usted trama con estas prácticas. Me di cuenta recién ahora, cuando vi al perro entrar asustado a la capilla como si estuviera huyendo de alguien.
—Margaret, me pone usted en un lugar miserable. Habla como si yo fuera el mismísimo demonio y no hago otra cosa que curar a las personas del mal que las está consumiendo. Anoche, mientras volvía a mi diario, no pude soportar más la angustia que llevo en mi interior y escribí sobre usted.
—¿Y qué escribió sobre mí?
—Desde la primera vez que la vi no puedo quitarme su imagen de mi mente. No es ése mi pesar, tenerla presente en todo momento me hace bien, no sé qué haré el día que no pueda recordarla. Aquel día en el hospital, cuando la vi tan angustiada por su madre, una extraña sensación corrió por mi cuerpo. Estaba por negarme a realizar el tratamiento que su madre necesitaba, pero no pude decirle que no. No tenía dudas de que si me negaba, no la volvería a ver nunca más. Ese día usted entró en mis pensamientos y no he podido olvidarla. Si Lancaster no hubiera ido a buscarme al hospital aquella tarde, creo que ahora estaría mortificándome por haberla perdido.
—¿Me está diciendo que está enamorado de mí? —preguntó asombrada Margaret.
—Es eso o la muerte, Margaret. Sin usted no soy nadie. Nada valgo si no está a mi lado. Soy un pobre mendigo en busca de su amor. Perdóneme si le he faltado el respeto, no quise decir lo que dije.
Las palabras del médico perturbaron la conciencia de la joven. Margaret jamás imaginó que aquel hombre entrado en años fuera a decir lo que ella había escuchado. Pensó en insultarlo y huir de la capilla. Pensó en arrojarle lo que tuviera a mano. Pero nada de eso hizo. Algo en él había visto Margaret. Una débil luz de franqueza se había apoderado del médico y ella podía percibirla. Sus palabras eran fieles a lo que él sentía y hablaba como si estuviera quitándose un gran peso de encima. Margaret permaneció en silencio, confundida, sin saber qué decir. Un gran dilema estaba creciendo en su interior. Por sus venas corría un enorme resentimiento hacia el médico que había curado a su madre y que ahora tenía otras intenciones. Por sus arterias, una vez que ese rencor pasaba por su corazón y lo liberaba de todas sus impurezas, experimentaba por primera vez la inquietante sensación de saber que alguien había reparado en ella mostrándole sus más puros sentimientos, entregándose hasta perder la dignidad solamente por amor. Aún conmovida por las palabras del médico, buscó uno de los bancos de madera más alejados de él, sobre la pared de enfrente, y se sentó angustiada. El perro dormía sobre la camilla.
—Usted sabía que a Anne-Marie la habían mordido perros sanos —comenzó diciendo Margaret—, pero no se lo dijo a mi padre. Sin embargo quiso someterla a las transfusiones para continuar con sus experimentos. Mi madre me lo dijo horas después, cuando tuvo esa revelación en una de sus visiones. Yo descreí de lo que ella decía, pero me aseguré de que atraparan a los perros y de que no los mataran. Quería que estuvieran seguros de que los animales tenían rabia. Nombré a mi padre y con eso bastó. No confié en lo que mi madre me decía y esperé los resultados de los análisis de sangre que habían hecho las autoridades del hospital a pedido mío. Juré por mi madre que si alguien se enteraba del encargo que les había hecho, mi padre no descansaría hasta acabar con su buena reputación. Nadie habló. A los pocos días me informaron el resultado. Bastó una llamada telefónica y mi nombre para que me dijeran lo que éste contenía. Los perros no tenían rabia. Igual los mataron y los quemaron junto con los perros enfermos. Nada pude hacer para liberarlos de esa muerte. Mi madre no estaba equivocada y ahora estoy convencida de que sus visiones estaban en lo cierto. En cambio, tardé más tiempo en darme cuenta de cuál era el fin de estos ensayos. Días atrás salí a caminar por el parque para liberarme del martirio que las visiones le estaban causando a mi madre; pensar en cuánto debería estar sufriendo al conocer una verdad que no podía compartir con nadie, me atormentaba. Ella ni siquiera podía confiar en mi padre, su terquedad y su ambición terminarían arrojándola nuevamente a la indigencia y esta vez su quebrantada salud no resistiría tal abandono. Sin darme cuenta me alejé de la casa y no reparé en que me iba a llevar tiempo el regreso. La tarde comenzaba a caer. Decidí volver, asustada por la noche que se avecinaba. En el camino escuché un rugido detrás de mí que me ensordeció. Me di vuelta y una pantera negra seguía mis pasos. Era el mismo animal que había visto en el patio del hospital, con unos ojos enormes y verdes que podían inmovilizar a cualquiera que se detuviera a mirarlos; de esa manera no tendría ningún trabajo en devorar a su presa, ésta se entregaría sin pelear. Creí que mi vida se terminaría en ese mismo momento pero nada de eso ocurrió. La pantera se acercó a mí y continuó caminando, esperando que la siguiera. Comencé a dar los primeros pasos temblando de miedo pero el animal no me atacó. Quería caminar conmigo, parecía sentirse sola y yo no era otra cosa que una compañía para ella. Muerta de miedo llegamos hasta el jardín de la casa y me detuve. No quise que la pantera se acercara demasiado al edificio y que alguien pudiera salir lastimado o terminar muerto por su ferocidad. Nada tenía cuando vine a este mundo y con nada me voy a ir de él, así que no pensé en mi posible muerte como una condena sino como una salvación. Acerqué mi mano a la pantera y la pasé suavemente por el lomo hasta llegar a su cabeza. Ella cerró los ojos, disfrutando de esas caricias. Comprendí que no me iba atacar. Algo andaba mal en ella. Digo que algo andaba mal porque no creo que nadie pueda acercarse a una pantera y acariciarla así porque sí, lo pagaría con su vida. Sin embargo era dócil conmigo y yo le devolvía esa gratitud. La noche ya nos había alcanzado y poco se veía en el jardín. De pronto las luces se encendieron y la pantera huyó espantada. Mi padre salió para reprenderme. Me dijo que no debía estar sola en el jardín. Esa noche no pude dormir pensando en lo que podría haberme pasado, habría muerto al instante si la pantera hincaba sus colmillos en mi cuerpo. Al amanecer tuve una revelación. No como las que suelen sucederle a mi madre, con situaciones vívidas, muy claras. No era de ese estilo lo que a mí se me había revelado. Era sólo una idea, pero una idea poderosa, irrefutable. Esa mañana recordé a la pantera en el hospital e imaginé que usted algo hacía con los animales y con las personas. No era común que una pantera anduviera suelta en un nosocomio y tampoco era normal que la llevaran dentro de un carro hasta una capilla. En los dos lugares donde había visto a la pantera, también estaba usted.
El médico escuchaba asombrado lo que Margaret decía. Estaba por decir algo pero se dio cuenta de que el perro había comenzado a mover la cola y a pestañear. El animal se estaba despertando, el sedante había perdido su fuerza. El médico tomó una jeringa, hundió la aguja en un pequeño frasco de vidrio que contenía una medicación similar a la que había usado anteriormente y se la inyectó al perro. Éste dio un gemido, sacudió levemente sus patas traseras y volvió al sueño. Margaret continuó hablando.
—Aquella noche en el hospital, mientras mi mamá estaba en el quirófano, escuché un golpe que parecía provenir de algo que se podría haber caído en la sala de operaciones, como si le hubieran dado un latigazo. También escuché que insultó a una de las enfermeras pero nunca había podido recordar lo que había dicho. Esa mañana me acordé de esas palabras. La había insultado porque algo había dejado escapar, algo importante que había desatado su furia. Me di cuenta de que la pantera podría haber estado en el quirófano junto con mi madre y que algún experimento podría haber estado haciendo con ella. Pero no llegué a imaginar lo que allí hacía hasta recién, cuando me habló de su método para curar la rabia. Poco le importa la rabia. Estoy convencida de que no tiene la capacidad para curarla, ni siquiera conoce a ciencia cierta la magnitud de este mal. Lo que usted quiere probar con estos ensayos es la inmortalidad del hombre. Aceptó tratar a mi madre porque estaba a punto de morir y quiso que ella siguiera viviendo en el cuerpo de la pantera. El resultado que obtuvo fue menor al esperado pero eso no lo detuvo, sabía que ése era el camino a seguir. Cuando encontraron a Anne-Marie atacada por los perros pensó en lo mismo, en prolongarle la vida en otro animal, sin saber si los perros que la habían atacado tenían rabia o no. Si hubieran estado enfermos, Anne-Marie habría sido condenada a una muerte segura por no haber sido tratada inmediatamente, pero insistió en repetir el ensayo con la pantera sin importarle su salud. Usted bien sabe que ese animal ahora está condicionado por la sangre humana, que ha perdido su esencia, que no se encuentra cómodo en su cuerpo. A medida que la somete a sus pruebas, la pantera pierde cada vez más su instinto. No tardará en morir atacada por otros animales. Yo me di cuenta de que esa pantera no era una pantera, sino alguien de nuestra especie que se encontraba abandonado en ese cuerpo.
El médico quedó en silencio. Se avergonzó por haber declarado su amor a esa joven que no dudaría en denunciarlo a la policía y brotó de furia contra ella. Quería atacarla, golpearla, arrojarla al fuego si pudiera. No podía comprender cómo Margaret pensaba eso de él. Él no buscaba otra cosa que mejorar al ser humano. Todo lo que tenía hasta ahora era un rudimentario experimento de sangre sin demasiados progresos. Sin embargo Margaret tenía razón, la cura de la rabia no era más que una gran pantalla para que él pudiera avanzar con los estudios sobre algo más trascendental, algo revolucionario que ni siquiera él estaba convencido de que tuviera éxito. Pero, mientras tanto, durante esa línea experimental en la que estaba trabajando, había logrado casi por azar llegar a curar el terrible mal que azotaba a toda la ciudad. Sin proponérselo había encontrado la cura de la rabia y ahora eso le daba múltiples ventajas. Una de ellas era que ese tratamiento se podría comercializar y así obtendría fondos para avanzar con su investigación de base, la que había dado origen a todo lo que había venido después, aquella que echaría por tierra la incompatibilidad de la sangre animal y humana. Aunque también era consciente de que esas primeras pruebas habían arrojado resultados desconcertantes. Por un lado los pacientes se habían recuperado del mal pero por el otro no recordaban nada de la enfermedad. Lo que le había llamado poderosamente la atención, y en la noche lo atormentaba quitándole el sueño, no era solamente la belleza de Margaret sino el comportamiento que tenía el animal cuando recibía sangre humana. La pantera negra era el único animal que el médico había usado en sus experimentos. Comenzó a darse cuenta, al igual que Margaret tiempo después, de que la pantera tenía un comportamiento más dócil, alejado del instinto y menos voraz. Esa fue la idea feliz que tuvo una noche. Comprobó en su línea argumental, apoyándose en los análisis de la sangre del animal, que, a diferencia de lo que ocurría con la sangre de éste en los humanos, la sangre humana en la pantera permanecía pura, no se contaminaba con su sangre. Y para su sorpresa, esa pantera podía seguir viviendo con sangre humana, una sangre procesada por su invención. Y no sólo eso ocurría, sino que también había observado que el animal se humanizaba. Estaba por llegar a uno de los puntos más altos de la investigación científica, un hito en las ciencias que intentan explicar el origen y el sustento del reino animal. Si todo sucedía como él lo suponía, el comportamiento humano tendría alguna relación orgánica con la sangre y por lo tanto podría trasladarse a un animal mediante un delicado proceso de sucesivas transfusiones. Esa posibilidad de que un enfermo terminal pudiera seguir viviendo en otro ser vivo tendría ahora un fundamento científico. La creencia en la reencarnación dejaría de ser una cuestión relacionada con la fe para pasar a ser un hecho fáctico y sustentable. Sin habérselo propuesto, estaba llegando a prolongar de alguna manera la vida humana, aunque fuera en un animal, en otro cuerpo que hiciera las veces de huésped. Lo que hasta ahora había conseguido sería la base del descubrimiento más importante de la humanidad. Y lo había logrado él solo, sin otra ayuda más que la de Lancaster al apoyarlo con el dinero y la infraestructura que necesitaba.
El perro comenzó a pestañear nuevamente y movió la cola. Margaret alcanzó a darse cuenta tarde de que el animal se estaba despertando. Recién lo notó cuando el perro levantó la cabeza. El médico continuaba en silencio, Margaret había dejado sus intenciones al descubierto y ahora él ensayaba algunas palabras que pudieran refutar lo que la joven afirmaba. Cuando escuchó el grito de Margaret que lo alertaba de que el perro solitario estaba de pie sobre la camilla, ya era tarde. El animal saltó sobre el médico hundiéndole los dientes en el cuello. No lo soltó hasta que cayó desangrado en el piso. Margaret huyó de la capilla y llegó sin aire a la casa de Lancaster, dudando de todo lo que antes había asegurado. No estaba convencida de que la pantera había dejado de ser una pantera.