Junto con la noche se fueron las sombras. Otra vez entre los vitrales las figuras comenzaron a hacerse ver. Un haz de luz golpeó contra la pared blanca y cayó al piso de madera. Sobre él estaba el cuerpo sin vida del médico. A su lado, el perro solitario descansaba recostado en el suelo con la mandíbula apoyada sobre las patas delanteras. Cuando el aire ingresaba a sus pulmones, sus costillas crujían como si estuvieran cubiertas por una débil escarcha y luego de expulsarlo, parecían calmarse abandonándose al cuero rancio del cuerpo famélico. De vez en cuando, pasaba su lengua por la cara como queriendo despabilarse pero no dejaba de mirar el cuerpo muerto. El perro sabía que no podría escapar de su condena. Había mordido a un hombre. Otros hombres no tardarían en llegar a la capilla y lo encontrarían con sangre en sus mandíbulas. Esos hombres lo llenarían de plomo antes de que él pudiera defenderse. Pero no pensó en escapar. Al menos dentro de la capilla tenía paz, los últimos minutos de paz. Afuera todo era desazón y angustia. No podía entender por qué había atacado al médico. Si antes había sido condenado al exilio, ahora, debido a ese torpe arrebato, estaba condenado a la muerte. No le importó, pensó que podría haber sido obra de uno de los tantos misterios del instinto. Y si así hubiera sido, no le quedaban dudas de que había hecho lo correcto. Su naturaleza nunca se equivocaba pero ahora debía pensar. Si en ese momento entraran los hombres a la capilla y se encontraran con él junto a su presa, no dudarían en matarlo. No tenía las fuerzas que necesitaba para escapar. Había huido del bosque y había llegado hasta ese lugar sagrado con el último aliento. Estaba decidido a morir en la capilla, bajo un techo que lo protegiera de las fieras que afuera aguardaban para devorarlo. De todas maneras, más tarde o más temprano, ellas terminarían por encontrar su cuerpo pero para ese momento él habría logrado morir con la dignidad que mueren los hombres, en silencio y con todo el tiempo que necesitan. Su cuerpo no resistiría un día más sin alimento. Nada había allí y nada había afuera de esos muros que lo cubrían como una mortaja. Al menos se iba a tomar su tiempo para dejar de respirar. No quería ser carroña de animales hambrientos que no esperan la muerte de su presa para saciar su hambre. Por eso eligió ese lugar, junto al cuerpo sin vida del médico. La muerte no tardaría en llegar. La noche se había ido y ahora la luz del día estaba por consumirle los últimos suspiros que le quedaban. Ya no le importaba que en ese mismo instante abrieran la puerta y descargaran todo el plomo sobre él. Ya no podía pensar como antes. Le costaba un enorme esfuerzo recordar cualquier hecho importante de su vida. Cerraba los ojos y en ese desamparo parecía dormir, pero no estaba solo. Junto a él había un hombre. Muerto, sí, como tantos perros con los que se había encontrado en su destierro. Pero ese cuerpo que lo acompañaba no dejaba de ser el de un hombre y eso le bastaba para que el último día de su vida no lo encontrara abandonado. De vez en cuando acercaba su hocico a la mancha de sangre que había en el piso, junto a él. La olfateaba a pesar de que ya sabía cómo era su olor, lo hacía sólo por instinto. Ese instinto que lleva al animal a matar por hambre y al hombre a someter por temor. El rayo de luz azotaba el lomo del perro y la espalda del médico. El sol implacable perforaba los muros a través de los vitrales y dentro de la antigua capilla anglicana todo era luz y calor. El perro bajó la cabeza y no lo vi más, el dueño del lugar entró y cerró la puerta.
¿Quiénes éramos antes de lo que somos? ¿Quiénes seremos después? Creemos que únicamente somos lo que somos, no lo que fuimos ni lo que alguna vez seremos. Y lo que somos no es más que un instante. Ese instante que muere con nosotros para ser otro instante de nosotros. Vamos mudando el pasado al igual que un reptil muda su piel. En él, en ese pasado excluido, en esa piel reseca e inútil, está nuestra vida anterior, esa que olvidamos para volver a nacer. Todo lo que vemos luego de nacer tiene luz. Todo lo que vimos antes de nacer no es más que sombra vacía. Todo lo que veremos luego de morir será nada más que tiempo perdido. Allí estarán esas horas que no supimos aprovechar. Serán tan vanas como lo seremos nosotros. Desde aquí, desde este instante de luz, la muerte es un abismo. Es un cesto de residuos donde nuestros despojos caen. El lugar inútil de la vida. Y luego este instante muere como tantos otros. Y como en tantos otros, la luz se apaga y todo vuelve a la sombra de la que nunca debió salir. Porque la luz es un grito que nadie recuerda. Nada es más poderoso que el silencio. El silencio es ausencia que reposa pesada en un estanque, es un gran lago oscuro que nadie puede perturbar. La voz será apenas una débil ola que pronto el agua calmará y todo volverá a ser un gran espejo. Una voz es un instante que el tiempo terminará por ahogar. Un instante entre todos los instantes, un grito más que nadie oye. En la ausencia nació el hombre y en la ausencia morirá. El hombre gritará al viento y luego callará para ser otro hombre. Todo tiempo es ausencia. Todo hombre es mortal. Este cuerpo es mi cárcel.
Lancaster entró a la capilla y encontró al médico sin vida sobre el piso de madera. Cerró la puerta. No podía denunciar aquella muerte. Nadie tenía que saber que el médico se encontraba en su casa; investigarían sus asuntos. Se le ocurrió pensar que nunca buscarían a ese hombre solitario y prefirió que nadie se enterara de su muerte. Buscó una pala y volvió a cavar la fosa donde descansaban los restos de su hija. No pensó que ese arrebato movido por la urgencia lo fuera a llevar nuevamente a la muerte de la pequeña y al dar con sus huesos, un escalofrío lo asaltó. Pero Lancaster ya se había apartado del sendero de los sentimientos. Cargó con el cuerpo del médico y lo arrojó al fondo de la fosa. Encima de él cayeron las paladas de tierra, unas tras otras, como una gran avalancha con la que la fosa terminó de esfumarse. En medio de esa tierra removida hundió la cruz como si fuera una estaca y regresó a la capilla. No muy lejos, la pantera continuó mirando la tumba un tiempo más.
La vida es un error que se repara con la muerte. Por eso estoy aquí. Pero el hombre actúa con desconocimiento. No piensa que irremediablemente morirá. Vive en la infinitud. El hombre necesita de la eternidad porque no sabe quién fue ni quién será. Solamente sabe lo que es en ese instante. Y ese instante deberá durar por siempre para que el hombre continúe siendo lo que es. Pero todo debe volver a la ausencia. Este cuerpo que me condena vive en el error, quiere perdurar. Y aquí nadie permanece, todos mueren. Muere el hombre y muere el perro. Muere el ciervo y muere el pez. Mueren porque deben morir, como debe morir la luz en las fauces de lo oscuro y como debe morir la voz en el silencio profundo. Al hombre no le importa quién soy, tampoco le importa quién fui y mucho menos le importa quién seré. No le importa lo que sé, no se lo he dicho. Dejo que busque una falsa solución a su pena, algo para paliar su dolor, una mentira. Este hombre combate al tiempo, ese devorador de instantes. Cree poder detener el péndulo que lo atormenta. Nació con la carga de las horas sobre su cabeza y con esa carga morirá. Puedo imaginar lo que sucederá en esa capilla, aunque no debo entrar allí y no entraré.
Lancaster creyó que el perro estaba muerto. Pensó que el médico lo había matado por tener rabia. Golpeó el cuerpo del animal con la culata de su rifle y el perro no se movió. El animal sintió el golpe pero estaba sin fuerzas, no podía reaccionar. Al ver que el perro permanecía inmóvil, Lancaster lo arrojó contra la pared con una patada en el estómago, no quiso gastar un cartucho en un animal muerto. El perro no alcanzó siquiera a abrir los ojos y se dejó caer debajo de uno de los bancos de madera, ahogado por el golpe que le había quitado el aire. Desde ese lugar oía los movimientos que Lancaster hacía al cavar la fosa, de vez en cuando arrojaba la pala sobre un montículo de tierra para tomar aire y enseguida volvía a hundirla en la base del pozo. Desde abajo del banco de madera el perro escuchó el golpe que dio el cuerpo del médico al caer en la tierra profunda, un golpe seco y sofocado. Desde allí también escuchó los pasos de Lancaster que volvían a entrar la capilla y esperó a que le diera el tiro de gracia. Quiso moverse para que Lancaster se diera cuenta de que aún estaba con vida pero su cuerpo no le respondió. Lancaster recordó que el perro aún se encontraba en el interior del templo, lo tomó de las patas traseras y lo arrastró hasta afuera de la capilla. Luego cerró la puerta con candado, tomó al perro nuevamente de las patas y lo arrojó a unos pastizales abandonados, cerca de la entrada. Montó su caballo y escapó antes de que la noche lo atrapara.
El perro abrió los ojos, una bocanada de aire caliente le había despegado los párpados. Quiso ponerse de pie pero un dolor en el vientre lo paralizó. Pensó que debería tener unas cuantas costillas rotas pero no era momento para comprobarlo, apenas podía respirar. Apoyó la sien nuevamente sobre los pastizales. Le pasé la lengua por la boca y sacudió la cabeza. Quiso huir pero no pudo hacerlo. Le dije que esperara, que la noche recién había llegado. Se recostó un rato más y su cuerpo comenzó a responderle. Nuevamente exhalé aire caliente, esta vez sobre el poco pelaje que le quedaba, y sus músculos se contrajeron. Ya se encontraba mejor. El olor a sangre que provenía de la capilla era nauseabundo, me espantó esa sensación de repulsión, nueva y extraña como todo lo que me estaba sucediendo. Los leones habían olfateado la sangre y se estaban acercando distraídamente. El macho se recostó en el pasto a esperar que su pareja atrapara a la presa. No buscaban al perro, no sabían que estaba allí, conmigo, pero nos encontrábamos en su camino. Rumbo a la capilla, siguiendo el rastro del olor a sangre la leona terminaría descubriéndonos. La vi a ella antes de que ella me viera a mí. Mordí al perro por el cuello y lo arrastré detrás de unos montículos de tierra que estaban al otro lado de los pastizales. La leona llegó a la capilla y lamió la puerta y el piso. Luego fue hasta la fosa cubierta de tierra y se recostó junto a ella. El macho no tardó en acercarse y juntos durmieron allí durante un buen rato. El perro levantó la cabeza otra vez y cuando me vio salió espantado. Corrió unos metros y cayó a la tierra. Fui tras él y le dije que no temiera, que no había hombres cerca, que la noche ya había llegado.
—¿Estoy muerto? —preguntó el perro.
La pantera quiso reír pero no supo cómo hacerlo.
—¿Quién no lo está? —contestó con ironía.
—No lo sé —dijo el perro—. El hombre que me golpeó seguramente no lo está, escuché que huyó de aquí. El médico es probable que lo esté, yo mismo me ocupé de que así fuera.
—Todos estamos muertos —dijo la pantera—. El hombre que huyó también está muerto porque así debe ser. Pertenecemos a las sombras, a ese lugar donde la luz no se atreve. ¿Quién puede dar fe del espacio en el que nos encontramos? ¿Quién puede negar que no estemos aquí? Nadie. Porque nadie sabe de nosotros. Somos la oscuridad. Esa oscuridad que al hombre atormenta. Somos lo que él no puede ver. Somos su propia muerte. La vida es un error, un punto que se saltó del tejido, una risa espontánea. Para el hombre todo tiene un principio y todo tiene un final porque para él todo deberá tener límites. El hombre sabe que es hombre cuando algo lo ilumina, cuando ve la luz. Y deja de ser hombre cuando no alcanza a verse, cuando su tiempo se agotó. El hombre late con el pulso del tiempo. Y ese tiempo lo va consumiendo hasta acabarlo, hasta dejarlo inútil. Luego todo vuelve al origen, al lugar de donde el hombre salió. Nada se acuerda el hombre de su pasado antes de nacer. Nada sabe de su futuro, luego de morir. Pero nosotros sabemos que el hombre no es nada más que un instante en toda la eternidad. Esta eternidad en la que ahora nos encontramos. ¿De qué nos sirve saber si estamos vivos o si estamos muertos? Nada va a cambiar en nosotros. Todos volveremos a esta sombra que nos cubre con un manto dócil, que nos da abrigo, que no nos atormenta con el paso del tiempo. El hombre que huyó está muerto. No ahora, pero va a estarlo. Será en otro instante, su vida es fugaz. Su luz se apagará y volverá a lo que siempre debió ser.
—Yo no creo estar muerto —dijo el perro— me siento con vida, hasta puedo hablar. Es esta noche oscura la que me aterra.
—Esta noche es todas las noches —dijo la pantera—. Es la noche del nacimiento y la noche de la muerte.
—Entonces, si estoy muerto, ¿cuándo morí? —preguntó el perro—. ¿Los golpes que me dio aquel hombre dentro de la capilla me mataron? ¿Morí de hambre antes de llegar acá? ¿Morí cuando los otros hombres mataron a toda la jauría y no me di cuenta? ¿Cuándo morí?
La pantera quiso reírse nuevamente pero otra vez no supo cómo hacerlo.
—La pregunta no es cuándo —contestó la pantera—. No importa el cuándo en una eternidad. El tiempo aquí no avanza. Nunca avanzó y nunca avanzará. En la oscuridad todo es presente, no hay pasado ni futuro. Tampoco hay formas ni bordes. Todos los senderos comienzan y terminan en el mismo punto. La pregunta no es cuándo, la pregunta es dónde.
—Eso lo podría contestar sin ninguna duda —dijo el perro—. Si es que morí, morí aquí mismo.
—¿Aquí mismo? —preguntó la pantera—. ¿En qué lugar del aquí mismo?
—Aquí, en este campo donde ahora nos encontramos —contestó el perro—. Nunca estuve en otro lugar aunque tampoco estoy tan seguro de haber muerto.
—La pregunta es dónde uno muere —dijo la pantera—, si en la sombra, en ese vacío donde todo es permanente, o en la luz, donde todo es efímero y banal. El error que al hombre le da vida lo atormenta y vive con el peso de la muerte colgándole del cuello. Debe olvidarla para sobrevivir pero la muerte que les llega a quienes se les ha revelado la vida, es atroz. Poco me interesa saber cuándo muere alguien, para mí todos están muertos aunque ellos crean que siguen con vida. Son muertos que aún no han muerto en ese punto de luz. Nadie podrá alargar su condena ni buscar la inmortalidad en medio de un haz que la oscuridad devora.
—No mientas —se escuchó decir.
La pantera oyó esa voz y quedó en silencio. Detrás de ella estaba Sarah, de pie, con sus ropas de trabajo desgastadas y descalza. Sarah se acercó a la pantera y se encontró con el perro lastimado. Se arrodilló a su lado y vio que aún sangraba por las heridas que no habían cerrado. Se puso de pie y fue hasta la capilla para buscar algo con lo que pudiera curar al animal. Cerca de la puerta, al pie de la cruz clavada en la tierra, dormían los dos leones. Sarah abrió el candado, encendió algunas velas y regresó con alcohol, unos líquidos curativos y paños limpios. Lavó las heridas del perro y las cubrió con una venda impregnada de los cicatrizantes que había encontrado en la capilla.
—¿Estoy vivo? —preguntó el perro.
Sarah rio.
La capilla había quedado iluminada y con la puerta abierta. El olor a sangre había despertado a los leones y se dieron cuenta de que había luz en el interior del templo. Se acercaron a la puerta y no vieron a nadie. Entraron y se recostaron bajo el abrigo del techo. Ahora la capilla era un punto de luz en medio de esa espantosa oscuridad, un faro que desviaba la vista y la atrapaba como si fuera un imán. Ninguna otra cosa importaba más que esa luz que le daba forma a las formas y sentido a la vida.
—Llevo tu sangre y llevas mi sangre —dijo Sarah a la pantera. Sé tanto de la oscuridad como de la luz y espero que también lo sepas. No dudo de que te hayas encontrado frente a este dilema así como me encontré yo. Pero no creo en la importancia de la oscuridad, en el silencio denso, en el reloj inmóvil. Todos los muertos vamos a morir, pero haber llegado hasta ese instante de luz, así como llegaron esos leones, habrá justificado la vida. Aunque esa luz sea un instante entre todos los instantes, aunque sea devorada por las pesadas sombras que a la voz hacen callar, aunque más no sea un solo inhalar y un solo exhalar, un golpe de sístole y de diástole, habrá valido la pena haberla conocido. Ese haz de luz nos atraviesa a cada uno de nosotros al igual que a un vitral. Y mientras la luz esté, nosotros seremos nosotros. Y cuando no esté, no seremos nada más que sueños. Sueños que otros estarán soñando. No existimos si no nos nombran. Nada somos sin una historia que nos hable de lo que fuimos. Nada sería este perro si ninguno de nosotros hubiéramos reparado en él. Nada serías si a nadie atormentaras. Nada sería si nadie me recordara. Todos caminamos sin saberlo hacia aquella luz que en el medio de la noche se esfuerza por no apagarse. Quedamos atrapados como un ciervo frente al farol del cazador. Al final de esa luz sin lugar a dudas nos encontraremos con la muerte. Pero la pregunta no es dónde, es cuándo. Mientras nadie pueda responderla, nosotros seguiremos viviendo.
—¿Ves el futuro? —preguntó la pantera.
—Claro que lo veo —contestó Sarah—, ahora por nuestros cuerpos corre la misma sangre.
—Qué médico estúpido, hiciste bien en matarlo —dijo la pantera al perro.
Una herida en la noche comenzó a abrirse lentamente. En medio de sus bordes estalló el primer rayo de sol. Una luz breve, como si fuera una brisa que sale de la boca, partió la noche en dos. Bastó ese soplo para que la oscuridad se derrumbara como una hoja seca. Cayó lejos apenas el sol comenzó a calentar el techo de chapa de la antigua capilla anglicana.
—No descuides a Margaret, te necesita —dijo Sarah a la pantera y desapareció después de que un rayo de sol diera de lleno en los ojos del felino.
El perro se sentía mejor. Se puso de pie y caminó con algo de dificultad hacia el bosque. La pantera lo siguió de lejos, tal vez cuidando que nadie lo agrediera, tal vez esperando que la noche regresara pronto.