En la otra puerta

Capítulo XXV

Ricardo Cardone

No se te ocurra creer que te he olvidado, jamás me perdonaría esa falta. No he dejado de pensar en nosotros ni una sola noche. Nunca lloré tanto como lo hice durante el viaje de regreso. No he podido contestarte todas las cartas que me enviaste, bien sabes de mi padre y de su aversión por que sigamos juntos, aunque más no sea a través de este correo. También estás al tanto de que ha muerto, Lancaster te lo ha hecho saber. Ahora, todavía aturdida por esta pérdida irreparable, he decidido escribirte. Sé que pronto estarás aquí. También sé que no sabes que estoy con vida. Golpearás a mi puerta y te dirán que he muerto. Es verdad que unos perros me atacaron y que casi pierdo la vida abandonada en la calle. Alguien me salvó. No lo conozco, pero sé que alguien curó mi mal. Me llevó tiempo darme cuenta de ello. Tarde me enteré de lo que me había ocurrido. Quiero que sepas esto porque este descuido cambiará nuestros destinos para siempre. Sí, sé que tu destino y el mío se separaron a partir del momento en que emprendí mi regreso. Pero ahora cambiarán nuevamente y me arrepiento y me maldigo por todo lo que construí en este desamparo. Mi vida se debate entre la insoportable persistencia del día y la noche breve. Quiero que este sol se desplome de una vez y para siempre, pero aquí todo es permanente y es atroz. Sin ánimo, me recuesto en mi cama bajo un cielo aún rojo a la espera de que la primera estrella ponga un manto de piedad sobre mi angustia, pero nada de eso ocurre. Dicen que la noche me apresa cuando estoy en medio de terribles pesadillas. Dicen que me escuchan hablar entre sueños y también dicen que te invoco en voz baja, como si pronunciara tu nombre con cuidado de no herirlo. Tan frágil es, tan vulnerable. No he vuelto a ver la noche desde el día en que nos separamos. Me acuesto bajo el sol y me levanto con él. Pero quiero decirte que hace poco me di cuenta de que habías ingresado a mi casa sin que nadie lo notara. Quise entrar pero la puerta estaba trabada. Mi puerta estaba trabada, qué tontería, cómo no iba a entrar si estabas en mi propia casa esperándome. Golpeé la puerta muy fuerte. Primero con un golpe, luego con dos. Desesperada rompí un vidrio de una de las ventanas que daba a la calle para intentar ingresar, pero el ladrido de un perro me perturbó. No pude saber si provenía de adentro de la casa o de detrás de mí. Lo siguieron otros más. Cada vez más altos, cada vez más cerca. Debí huir, correr hacia cualquier lugar en vez de quedarme de pie junto a la ventana, pero no lo hice. Estabas adentro y temí que algunos de los perros pudieran entrar a la casa y atacarte. No quise abandonarte y entré por la ventana. Por terror a los perros obstruí la entrada con un mueble liviano. Subí la escalera para buscarte en mi habitación pero no te encontré. La casa estaba vacía, los sirvientes me habían abandonado y no sabía por qué. Bajé con desánimo, me encontraba sola. El fuego estaba encendido y yo tenía mucho frío y mucho miedo. Presentía que algo iba a pasar, una amenaza parecía acechar a ese vacío. El fuego estaba consumiendo mis facultades. Desvié la mirada y te vi en un rincón, recostado sobre una alfombra, con lágrimas secas en los ojos secos. Cuánto habrás llorado sin que yo lo supiera. Tanto como he llorado yo. Pero ahora estabas ahí, esperándome pacientemente, con el perdón en la mirada, con el ceño triste y el cuerpo endurecido por los años. Te llamé pero no podías ponerte de pie, lo supe enseguida al ver que no hacías nada por responderme. Pensé que necesitabas calor y me acerqué. Había encontrado allí, sobre esa alfombra donde descansabas, mi cuerpo. Ese cuerpo que había dejado olvidado en Málaga y que nunca había podido recuperar. Ahora él estaba ahí, en vos, esperando que acercara mi mano y te acariciara como lo había hecho aquella primera vez. Pasé la mano por tu cabeza y un dolor en el brazo me despertó. Era de día y Lancaster esperaba verme. No supe cómo hice para reunirme con él pero me encontré conversando con Lancaster fuera de los límites de su jardín, en un lugar inhóspito, abrumador. Me habló de los perros que me habían atacado pero no le creí. Si yo me sentía bien y no recordaba nada de ese accidente, ¿cómo podía confiar en lo que me estaba diciendo? Le pedí por tu alma, no quise que siguieras sufriendo como yo lo estaba haciendo. Lancaster aceptó de inmediato, no tenía otra alternativa ante mi exigencia. Esa noche fue como todas las noches, no cayó sobre mí. Me acosté de día y en sueños te encontré muerto, como yo quería que estuvieses. Me tranquilizó verte así, sin tormentos, con el cuerpo distendido. Pero un sentimiento de culpa comenzó a apoderarse de mí. No dejaba de pensar en lo que tenía planeado hacer contigo. Me levanté en la madrugada. Fue la primera vez que pude ver la noche desde el reencuentro con mi padre. Busqué a Lancaster pero la mansión había enmudecido. Envuelta en cólera golpeé la puerta pero nadie atendió. No quise quedarme en la calle, estaba comenzando a creer que lo que Lancaster había dicho sobre los perros que me habían atacado podría ser verdad. Caminé en medio de la oscuridad hasta la entrada de la capilla. Había luz en su interior y hacía frío. Imaginé que alguien se encontraría allí pero no quise ingresar. Preferí apartarme de ese lugar. Margaret se cruzó en mi camino. Intenté hablarle, yo estaba atormentada temiendo por tu vida, pero huyó. Corrí tras ella, se veía muy asustada. Desistí de mi persecución, no quería abrumarla, quién sabe por lo que estaría pasando en ese momento. Entró a la capilla y cerró la puerta. No sé cuánto tiempo permanecí allí, esperando que saliera. La escuché hablar con alguien, no supe quién era. Me alejé de ahí, tanta luz parecía delatarme. Cansada me recosté en el pasto. Escuché pasos cerca de mí. Un perro hambriento pasó distraídamente a mi lado. Se dirigía a la capilla y lo seguí. Tal vez le abrirían la puerta para darle algo de comer. Soy tan torpe que mis pasos rompieron el silencio y el perro me escuchó. Corrió espantado hacia la capilla. Quise advertirle que no confiara en lo que ocurría adentro del templo, yo no sabía quién era la otra persona que hablaba con Margaret, podría ser alguien peligroso. Corrí tras él para que me escuchara, pero la puerta se abrió, el perro entró y Margaret la cerró con un golpe. Comprendí que no querían verme, algún conjuro estarían invocando en ese lugar sagrado. Me quedé detrás de la puerta y escuché que Margaret contó una historia reveladora. Luego la abrió y escapó hacia la casa de Lancaster, casi me atropella. La seguí unos metros pero al final renuncié a mi interés. Esperé que el sol me despertara de esa pesadilla. Ahora sé que vendrás a buscarme. No estaré en mi casa, no soportarías verme envuelta en esta mentira y seguramente querrás vengarte. Lo comprendo. Entiendo lo que nos sucedió pero ya no permitiré que nadie se interponga entre nosotros. Volveremos a estar juntos a pesar del desagravio al que te he sometido. No quiero que me perdones, no lo merezco. Lancaster te recibirá y yo estaré ausente. No temas, nunca temas de mí, estoy para protegerte. Las faltas que he cometido me atormentan. No sé si algún día podré remediar el daño que te he hecho, pero con desesperación espero el momento en que regreses a esta casa que es tu casa, dentro de mí. No me busques, yo lo haré. Esperaré a que el sol pierda sus fuerzas. No temas a la noche, parece estremecer pero a nada turba, a nada inquieta. Todo en ella es remanso, silencio blando que adormece, brazos de madre. Nunca he logrado descansar junto a ella, esta soledad me la ha negado. Pero el día en que vuelva a verte estaré segura de que al fin regresaremos a la noche, a esa noche que nos abrigó hasta Gibraltar, a esa misma noche que nos confesó el secreto único del amor. En este silencio que cura mis heridas invoco tu nombre para callar todos mis temores y todas mis culpas. He transitado los caminos miserables del egoísmo y sin querer te he enfermado de gravedad. Lameré tus heridas hasta que dejen de gritar, te abrazaré contra mi pecho y dormiremos recostados en el césped, bajo el manto que la noche teje y desteje esperando tu regreso. Yo me ocuparé de pagar por mis culpas y de enmendar cada uno de mis errores. Comenzaré por detener a Lancaster de la locura que está por cometer. Luego estaremos juntos como siempre. Como nunca.

La rabia (2022)

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