Los ojos de Sarah huelen a invierno. Huelen a frío y huelen a lluvia que corta su cara. Son dos promesas que el sol lava y que la noche cura. La luz, a través de ellos, se descompone en instantes infinitos. En cada uno habrá una pena, una pesada cuchilla que nunca terminará de caer. Los ojos de Sarah son dos huecos de un mismo cepo. Allí están sus manos arrugadas con sus muñecas atrapadas. Ellos huelen la madera lustrada, la sal del espanto que por ella corre. Son inocentes, lo saben, bien que lo saben. Pero el mundo nada sabe de Sarah ni de sus ojos. Piensan que ellos no ven, que todo lo inventan, que no hacen otra cosa que mentir y que por eso los tuvieron que sujetar entre dos listones de madera. Volaban tan alto que parecían huir de su condena. Alguien los atrapó y los trajo hasta este tablado. Ellos dicen que no saben, que nada vieron. Pero pocos saben que ellos saben. Sarah sabe que ellos saben y ellos saben que Sarah sabe y también saben que no los va a delatar. No son nada más que un instante entre todos los instantes. Un instante de madera los sujeta bien fuerte para que no se escapen nuevamente. En ese instante los ojos de Sarah ven colores que estallan en más colores que a su vez estallan en más colores. Detrás de ellos hay una pared blanca, tan blanca como el alma de Sarah, en la que innumerables matices le dan forma a la luz, forma de artesanos trabajando la madera, forma de pez, forma de olvido. En ese instante entre todos los instantes Sarah puede ver lo que otros no ven. Le basta con bajar los párpados para que sus ojos puedan contarle historias. Historias de hambre y de sed que a nadie le interesa. Pero Sarah cierra los ojos y escucha con detenimiento. Una vez en Francia alguien caminó hacia la luz sin saber por qué lo hacía. Su cuerpo se dejó llevar como si de él saliera una correa que llegaba hasta la mano de un poderoso haz que atravesaba los muros. Esa luz tiraba de la correa al igual que un pescador tira de la línea para traer a su presa. O como tira la mano del hombre de la correa del perro dócil. La luz tensaba la correa y el hombre caminaba hacia ella con devoción. Creyó ver en aquel haz las manzanas más rojas que alguna vez hubiera visto. Creyó ver el agua más cristalina que jamás se hubiera imaginado. Comenzó a tener hambre y a tener sed. Hacia allá caminaba el hombre y a medida que se acercaba a la luz, que a su vez era infinitas luces, nuevas formas alcanzaba a distinguir. Creyó ver la imagen de una mujer que pacientemente lo esperó durante una eternidad y creyó que había llegado ese instante entre todos los instantes en que se encontraría nuevamente con ella. Creyó ver en ella el fondo de sus ojos, donde la luz estallaba en mil pedazos y en otros mil. Caminaba hacia ella en medio de la oscuridad. Sólo ese rayo de luz lo mantenía con vida y no pensaba apartarse de él hasta llegar a su centro. Pero la correa se cortó y aquel rayo no fue más que otro rayo. Ahora todo era luz y esa luz no era distinta a las demás. Todo era blanco y todo era igual. Quiso volver al rayo único, a aquel que le pertenecía únicamente a él como le pertenece un perro a su dueño. O como le pertenece su dueño a un perro. Ningún rayo podía encontrar en medio de esa luz que lo enceguecía. Quiso regresar a aquel rayo y se dio cuenta de que había llegado al centro de la luz, donde todo es blanco y donde todo es uniforme, donde nada tiene bordes y nada tiene sombra. Miró a sus pies y se encontró en el centro de un enorme laberinto al que no sabía cómo había llegado ni sabía cómo debía salir. La luz caía sobre su cabeza con el peso de una gota, tiempo tras tiempo, gota tras gota. Atormentado buscó la salida, tentó un sendero y se perdió. Ahora busca torpemente el rayo pero nada hay de él en aquella oscuridad. Todo es sombra sin tiempo. Todo permanece y nada cambia. Un reloj golpea su péndulo incansablemente y gira una y otra vez sobre su centro. Nadie ha logrado alterar su marcha. Nadie puede detener su paso.
Los ojos de Sarah cuentan instantes. Hablan de ilusiones que se evaporan dentro de una caldera en medio del mar, rumbo a Gibraltar. Son sólo instantes, gotas de vapor que pronto el aire devorará. Son sólo sueños que arden hasta consumirse. Son los ojos de Sarah los únicos que hablan de amor. Sólo ellos saben del fuego que al amor consume, ese amor que estalla como estalla la madera nueva en la hoguera cruel. Ellos, sus ojos, son ciegos. Nada pueden ver en la oscuridad de todos los instantes. Nada ven en el haz que los atraviesa. Sólo saben que serán los bordes por donde la luz pase. Fuera de ellos todo será oscuro y denso como la espera. Sarah espera que el rayo caiga con su filo sobre su cuello. Pero el rayo no cae, cuelga de una soga sobre su cabeza. Es en ese instante, un instante sin principio y sin fin, cuando Sarah recuerda. La memoria de Sarah es apenas un punto en el espacio. Un solo punto sin peso ni medida que alimenta su vida como si fuera una perla. Ese punto estallará en miles de instantes y Sarah al fin podrá ver. Pero ahora ella no ve, sólo recuerda a un hombre enfermo que mata por la espalda a un hombre enfermo. Recuerda que todo es en vano, que todo está escrito en un diario que un médico llevará en su portafolios hasta el día de su muerte, que nada ni nadie podrá cambiar el destino que cada uno tiene asignado con forma de condena. Ni siquiera ella, que no puede ver y que todo lo ve. Sarah sabe que sólo somos un instante, la llama de un fósforo, un copo de nieve que cae y que muere entre tantos otros. Luego vendrá otro instante, otro fósforo, otro copo efímero y luego todo volverá a ser sombra, oscuridad densa e inmóvil.
Los ojos de Sarah ya le advirtieron al hombre que otro hombre lo matará. Pero el hombre es hombre y sólo él decide cuándo morir. Ese hombre estaba muerto antes de sentir el disparo en la espalda, la llama del fósforo se había apagado y la nieve había caído hacía tiempo. La naturaleza está llena de errores. Ese hombre muerto respiraba aire que vaciaban sus pulmones, un aire pesado como el abandono.
Los ojos de Sarah esperan que el rayo caiga como una filosa cuchilla. Ya tiene sujetas las muñecas en el cepo. Ya la cabeza está en el centro. Ya los párpados están cerrados. Un perro vaga por el campo, llega hasta un cañón donde un río cae al precipicio. Lejos, en el fondo, ve el cuerpo de un hombre sin vida entre las piedras. Escucha un rumor que no es de agua ni es de hambre. Otro hombre camina por el bosque, armado con su rifle. El rumor ahora ruge y cruje entre hojas secas. Un león ataca al hombre por la espalda y el otro por el frente. Cada uno de ellos se queda con lo que le pertenece. El perro se recuesta sobre el pasto y lame sus huesos blandos. Lo mismo hacen los leones con otros huesos. Lancaster cree regresar vivo a su casa, pero un rayo de luz le revelará la verdad. Laudrec no fue más que un hombre y su condena, ni siquiera empuñó su arma para defenderse. Un hombre sin vida que vivía. Un hombre que esperaba un disparo por la espalda. Un muerto entre los muertos. Un instante entre los instantes. Un error.