La última navidad había obligado a Xavier a cambiar algunos planes. Había pensado que en su nuevo departamento, con dos ambientes más que el anterior, al fin podría instalar su postergada sala de música. Había pasado mucho tiempo desde que esa idea lo había deslumbrado, casi treinta años. Y en aquel momento, cuando había tenido la oportunidad de destinar un ambiente para tal fin, no muy grande pero que bien podría adaptarse a sus planes, había perdido la motivación. Año tras año su empleo le requería una mayor dedicación y un desmedido esfuerzo. Debido a su tenacidad, había ascendido en jerarquía hasta llegar a la gerencia regional. A principio de año, con el aguinaldo sumado a unos ahorros que le habían ocasionado un sinnúmero de faltas, había logrado pagar el anticipo de un semipiso a estrenar ubicado en uno de los barrios más tradicionales de Buenos Aires y la semana anterior, al fin había podido retirar las llaves de su nueva vivienda. Luego de firmar las distintas obligaciones que requería la transacción, saludó amablemente al representante legal de la empresa constructora que acababa de venderle el inmueble y al escribano que la inmobiliaria había propuesto para que se llevara a cabo la operación y los trámites de la escritura. Salió del despacho del primer piso y junto con el vendedor descendieron hasta la planta baja. Aún se encontraban dentro del horario bancario. El agente inmobiliario lo despidió con un apretón de manos y se alejó caminando con premura; debía hacer algunas diligencias antes de las tres de la tarde y no le quedaba mucho tiempo.
Por un momento, Xavier se quedó inmóvil en la vereda como si no supiera qué hacer. Observó al empleado alejarse y luego miró hacia el interior del local. Se sentía como si fuera un extraño. Las llaves del departamento que por fin tenía en su mano removieron algo oculto en su interior. Había trabajado tanto para poder tener ese semipiso y ahora que lo había conseguido no estaba lo suficientemente conforme como cuando aún esa vivienda no era más que un sueño imposible. Había logrado dejar atrás los días interminables en la oficina cuando se quedaba después de hora para adelantar trabajo, también se había liberado de todas las privaciones agobiantes que había tenido que soportar para llegar a ser el dueño de ese departamento soñado, pero esta nueva etapa en su vida parecía no alcanzar para que estuviera en paz con sus pensamientos. Sentía una mezcla de satisfacción y de ausencia. Era feliz pero no le bastaba. Ese razonamiento lo angustió. Tenía en su poder las llaves por las que tanto se había sacrificado pero se comportaba como un condenado a padecer una utopía. Caminó un buen tiempo con los ojos puestos en el tramado de la vereda. Temía levantar la vista por miedo a encontrarse con alguien conocido que le hiciera ver que acababa de cometer una locura con esa compra. Al cruzar la avenida comenzó a liberarse de esa súbita sensación de culpa.
La primera vez que había entrado al departamento del noveno piso, meses atrás, lo había desconcertado la pureza del vacío. Al abrir la puerta no había encontrado más que paredes blancas y un piso de madera lustrada. Pero cuando ingresó a la sala de estar, la luz del día le nubló la vista. Enormes ventanales rodeaban la habitación y un extenso balcón parecía flotar sobre una ciudad distinta, silenciosa y lejana. Un corto pasillo lo conducía a un ambiente más íntimo, fuera de la suntuosidad de la sala de estar y aún más confortable. Tres habitaciones y un baño de huéspedes daban a ese recinto. En una de ellas, la más grande, imaginó el dormitorio. En la otra ubicaría los muebles del cuarto de huéspedes y la tercera sería el estudio que usaría como sala de música y de lectura.
Bien temprano, la mañana que siguió a la de la firma en la inmobiliaria, se dirigió a su flamante departamento para esperar a la empresa de mudanzas que debía traerle los muebles junto con otras de sus pertenencias. La tarea de armar las camas y los placares, de vaciar los innumerables canastos repletos de ropa, vajilla, libros, discos y cosas inútiles que había acumulado durante el tiempo que había estado viviendo en su antigua casa, le llevó casi una semana. Recién hacia el fin de esa semana pudo terminar con la cocina, con los muebles del dormitorio, con la ropa del armario, con el cuarto de huéspedes, con los artefactos de la sala de estar y con los artículos del baño. Pensó que sería una buena idea comprar un pequeño juego de sillones para el cálido recinto que comunicaba con los cuartos y una lámpara de pie que ofreciera una iluminación menos agresiva que la luz del día. Entró a su estudio y observó con satisfacción que todo había quedado tal como lo había imaginado cuando de joven trabajaba para la empresa de personal temporario. Una alfombra verde cubría el piso. Un cómodo sillón reposaba en un rincón. A un lado de la sala se encontraba el escritorio de roble, sobre él una vieja máquina de escribir en desuso hacía las veces de antigua obra de arte. Una silla de madera tapizada con cuero también verde, aunque algo más oscuro que el de la alfombra, hacía juego con los demás muebles. Sobre la pared contigua a la ventana había instalado el equipo de música que no usaba desde hacía varios años. La sala era una buena excusa para volver a los viejos tiempos de sentarse a escuchar discos de vinilo acompañado por una bebida cómplice mientras leía las letras de las canciones impresas en los sobres protectores. O también para escuchar alguna cinta que hubiera grabado en sus años de escuela secundaria y que seguramente le traería recuerdos que la memoria habría podido borrar con el paso del tiempo.
Buscó entre los discos algo de rock progresivo. Encontró uno de Pink Floyd y lo puso en la bandeja. La púa aún estaba en buenas condiciones —recordó que la había cambiado por una nueva y que sólo la había usado un par de veces antes de archivar el equipo definitivamente, cuando por fin había podido comprar su primer reproductor de discos compactos—. El sonido era asombroso, mucho mejor de lo que recordaba. Se sirvió un vaso de whisky y recostado en el sillón se abandonó a la música mientras miraba con atención la tapa del disco. Saboreaba el alcohol con detenimiento y placer. La melodía de la guitarra lo cercaba con una misteriosa bruma de recuerdos. Hacía mucho tiempo que no se permitía disfrutar la música sin sentir culpa, tenía la sensación de que dejaba de prestarle atención a las cosas importantes si se detenía a escuchar discos para entregarse a un mundo olvidado. Creía que tenía la obligación de hacer algo más que abandonarse a la música y perder el tiempo como lo perdía antes, cuando no hacía nada mientras el adormecedor girar del disco llenaba la habitación de música y de volumen. Tal vez por su nueva casa, tal vez por ese desconcierto que padecía en su flamante hogar, tal vez por esa sensación de culpa que lo había sorprendido al salir de la inmobiliaria, tal vez por el hartazgo de esa vida monótona, volvió a perderse en la música. Mientras su mente se alejaba de la vorágine de los días previos, cuando la mudanza agobiaba, comenzó a escuchar voces, ruidos, objetos que caían y otros efectos de sonido grabados en el primer tema del lado 2 y recordó cuántos detalles de esas viejas canciones había olvidado por no tener el tiempo necesario para escucharlas con la atención que merecían. Terminó su primer vaso de whisky apenas pasadas las dos primeras estrofas de Money. No le hacía falta leer la letra, cantaba a medida que la música lo ceñía al recuerdo. Cuando el saxo rompió la melodía del estribillo cerró los ojos y por unos segundos olvidó el tiempo en el que se encontraba. La música lo llevó a sus años de facultad, a sus amigos, a Tamar. Quiso recordar algo más pero no pudo. Se dio cuenta de que su vaso estaba vacío. Solamente se escuchaban pasar los últimos restos de aire por el bronce del instrumento hasta perderse entre la guitarra, el bajo y la batería. Se levantó a buscar otra medida de whisky. Pensó que era necesario acompañarlo con hielo y fue hasta la cocina. Cuando volvió a la sala, el tema había terminado. Comenzó a escuchar la siguiente canción y recordó que mucho tiempo atrás él había grabado versiones instrumentales de rock en varios casetes durante aquellas épocas de melómano. Buscó la caja en la que había guardado esas viejas cintas y volvió con una que aparentaba haber sido grabada varias veces, debido a las distintas capas de escritura que tenía en su etiqueta, palabras enmendadas por nuevas palabras que luego también habían sido tachadas y corregidas. Sacó el disco de la bandeja, lo guardó en el sobre, encendió el viejo reproductor de cinta y puso el casete con el lado A hacia el frente y con la cinta a medio terminar. Lo primero que escuchó fue una versión en vivo de Rapsodia Bohemia de muy mala calidad que bien podría haber sido grabada de algún programa de radio de la época. Un sonido de alerta en su teléfono móvil lo trajo al presente; alguien a quien no conocía le hacía una pregunta fuera de lugar mediante un mensaje de texto. Borró esa conversación, silenció su teléfono y lo apoyó sobre la mesa en la que descansaban sus pies descalzos. Volvió a la música, ahora la guitarra lo llevaba a un tiempo anterior, cuando casi era un niño y todavía no sabía qué iba a hacer con su vida. El teléfono esta vez vibró sobre la madera haciendo que ese espantoso rumor le arruinara el delicado momento de tranquilidad al que había logrado llegar luego de un día de trámites y urgencias. Estuvo a punto de ignorarlo pero pensó que podría ser algo importante y decidió mirar la pantalla. Otro mensaje proveniente de un número desconocido preguntaba por él. Volvió a borrarlo, tal como lo había hecho la vez anterior, pero luego de hacerlo se arrepintió. La música cesó, el casete había llegado a su fin y tenía que reproducirlo del otro lado si quería seguir escuchando sus viejas grabaciones. Este imprevisto lo sacó del momento de indecisión en el que había quedado al borrar el mensaje; pensó que podía haber sido alguien que realmente necesitaba comunicarse con urgencia, quizás se encontraría en problemas, no tendría su teléfono y otro alguien, seguramente un desconocido, le habría prestado el suyo. Mientras abría el compartimiento del casete para escuchar el otro lado, no dejaba de pensar en quién lo estaría buscando con insistencia. Dio vuelta el casete, lo colocó nuevamente en el reproductor y presionó una tecla para comenzar a oír la música. El teléfono volvió a vibrar. Ya no era con el tono de alerta de mensajes como las veces anteriores, ahora era una llamada de voz también proveniente de un número desconocido. Atendió a la par de la música que había comenzado a sonar en el equipo de audio. El volumen del casete estaba alto y él apenas podía oir lo que le decían del otro lado del auricular.
—¡Qué me has hecho! —dijo una voz de mujer y fue lo primero que alcanzó a entender.
—¿Quién habla? —contestó de mala manera.
—¿Por qué me hiciste eso? —Luego siguieron unos sollozos.
—Pero ¿quién es? ¿Quién habla? —preguntó desconcertado Xavier.
La mujer lloró sin poder pronunciar una palabra más hasta que la comunicación se interrumpió. El teléfono vibró nuevamente, pero del otro lado solamente se oía un vacío espeso, un silencio lento que se iba quedando con todas las preguntas de él en el altavoz. Cansado de no tener respuestas, Xavier cortó la comunicación.
La música del lado B del casete siguió sonando pero los mensajes y el llamado posterior le habían quitado a Xavier el último instante de tranquilidad que le quedaba. A partir de ese momento creció en él la necesidad de saber quién lo estaba buscando. Pensó en Tamar, tal vez el remordimiento la habría hecho recapacitar y estaría dispuesta a no renunciar a él, pero por sus cuerpos habían pasado tantos años que los dos llevaban en la frente y en el alma un rastro de amor indeleble que el tiempo se había encargado de convertir en hastío. No debe ser Tamar, se dijo, me habría dado cuenta al escuchar su voz inquisidora y tediosa. Tomó el celular y decidió enviar un mensaje a ese número desconocido. Recién hablé con vos, escribió, pero no dejabas de llorar. No sé quién sos pero ¿puedo ayudarte en algo?, terminó escribiendo. Agotado por la mudanza y por la duda que comenzaba a atormentarlo, apagó las luces y entró a su habitación. Miró su teléfono nuevamente y comprobó que el mensaje había llegado a destino pero nadie lo había leído. Lo apoyó sobre la mesa de luz y se durmió antes de apagar la lámpara de su cuarto. Esa noche soñó con él mismo.
El departamento estaba a oscuras. No supo por qué causa sintió la necesidad de levantarse y caminar hasta el escritorio de la sala de música. Abrió un cajón, tomó una lapicera y un bloc de notas y se sentó en la silla de madera tapizada con cuero verde. Comenzó a escribir:
“Necesito ordenar mis situaciones, poner tus manos en las mías, tus ojos de cielo en cada paso que doy. Revivirte a cada instante. Amanecerte a pesar de la noche. Descubrirte tan oculta como siempre y ahogarme de vos. Despojarte de mí para que pruebes el sabor de la tierra húmeda luego de una lluvia de diciembre. Y preguntarte, con miedo, si es verdad que el aire huele a rosas. Bajar la mirada por temor a quedar ciego. Y arriesgarme igual. Llegar a vos. No sé de qué manera pero llegar a vos. Y en el medio de la tarde, roja de sol y de nubes, entender que no tengo otra forma que dejarte libre, dejarte tan mujer como libre. Y a partir de ese instante en el que las primeras horas de la noche se desplomarán antes de que hayas decidido huir, comenzar a recordarte. Llevarte en la memoria como un surco de agua y beber de él cada vez que te nombre. Cada vez que mis ojos te reclamen. Cada vez que el aire me asfixie de vos. Y empezar a extrañarte. A llevarte en cada súplica. A implorar tu presencia, aunque más no sea en cada mesa tendida. A tener la esperanza de encontrarte nuevamente, es decir apenas muera, es decir a eternizarte”.
Un viento helado lo despertó. Por la ventana entraba una débil llovizna que no alcanzaba a mojar la tela de las cortinas. Xavier creyó que todavía estaba escribiendo una carta e intentó dejar la lapicera sobre la mesa de luz, pero nada tenía en su mano. La lámpara continuaba encendida, se había quedado dormido con la habitación iluminada. Se levantó, cerró la ventana, buscó un vaso de agua y antes de acostarse nuevamente y apagar la luz, miró su teléfono. Quería saber si los mensajes del número desconocido habían sido parte del sueño o formaban parte de la realidad. El último mensaje que había escrito en el teléfono aún no había sido leído y era a un número desconocido. Todo hacía pensar que el sueño no se había llevado nada de lo que había vivido la noche anterior. Quiso recordar lo que estaba soñando, pero rara vez los sueños forman parte de la memoria.
El sol entró por la ventana, golpeó contra un armario y dio de lleno en los ojos de Xavier. Se levantó con pausa, aún le quedaba un día de licencia antes de que tuviera que regresar al trabajo. Preparó café y fue a la sala de música para desayunar tranquilo. Acomodó la taza sobre la pequeña mesa donde apoyaba los pies, miró hacia el escritorio y alcanzó a ver que sobre él había una hoja escrita. Se dio cuenta de que era su letra y leyendo las primeras líneas recordó que había escrito una carta en sueños pero que aquella carta no era ésa que ahora estaba leyendo. ¿Una carta que formaba parte del sueño o una carta que en realidad nunca había soñado?, se preguntó. Buscó su teléfono y comprobó para su sorpresa que el mensaje que había enviado la noche anterior había sido leído pero aún no había sido respondido. Esa carta escrita con su letra que había encontrado sobre el escritorio, decía:
“Si hay algo que se me hace imposible entender es la razón del perdón. Sé muy bien lo que representa una palabra entreverada, cada uno de sus nudos tiene una verdad incuestionable. Pero todas esas verdades no son consecuentes con aquella magia que compartimos por la naturaleza vaya a saber de qué dioses o de qué demonios que nos gobiernan y que se niegan a desvanecerse, que no es cuestión de un sí o un no para que el mago que llevamos en cada uno de nosotros meta la mano en la galera y no encuentre al conejo. Sé de tus ojos más que de los míos, no tanto de lo que guardan en el silencio profundo de la soledad sino de lo que esconden a media voz. No aquello de querer o no querer, no las palabras ordenadas que caen fértiles en tus labios. Solamente sé, y me basta, que tus ojos miran a pesar de una ausencia, que esconden algún tesoro invaluable. Y sé de ese tesoro, del silencio, de las palabras que faltan, de la soledad de los días. Desconozco el tiempo exacto en que abrirás ese cofre, el día en que el aire brillará con lo que está encendido. No sé de qué forma ni en qué lugar se desprenderá la magia, pero sé que no se quedará allí, detrás de unos ojos negros que esperan rescatarse no importa con quién, pero que no quieren esconder más aquello que un día nos rozó con sangre, como la eternidad. Puedo dar cuenta, a pesar de lo inmediato, de que no soy el mismo. Comienzan a invadirme las faltas. Los huecos parecen ser irrevocables con cada hora que paso en silencio. Y es esta ausencia que crece la que me hace volver a la magia, a unos ojos que esconden, a una sonrisa indiscutible, al sabor que se guarda como propio, al silencio de un cuerpo que irremediablemente se va”.
Regresó al sillón para terminar el desayuno y el teléfono vibró sobre la mesa. Había llegado una respuesta al mensaje de Xavier pero de manera ilegible. Definitivamente se están burlando de mí, se dijo y volvió a pensar en Tamar. Buscó una de las tantas cartas que le había escrito cuando todavía el amor le bastaba para vivir, esas mismas cartas que ella le devolvió tiempo después, cuando el peso de los años echó por tierra la juventud:
“No sé cómo ni por qué sucedió. Tampoco sé el porqué de tantas otras cosas que pasaron en ese tiempo de saltos al vacío y brazos que me rescataron. Algunas veces, cansado de pelearme conmigo mismo, me siento a desenredar los lazos que me ato. Comienzo por el último porque me resulta el más fácil; sigo con otro que tal vez duela y así voy girando en esa herida presente de recuerdos que es mi cuerpo. Casi como de costumbre, como si yo fuera a repetir la tabla del tres o vos una canción, llegué hasta la cuerda que una vez até a mi mano. Era mi mano de un lado y todo vos del otro. Era yo y el abismo. Eras vos y lo que salva. Era yo, ese vacío que ahoga y eras vos, ese todo, siempre ese todo. No sé cuándo fue que te empecé a querer, pero creo que fue antes de conocerte. Y antes de conocerte no era yo. No te quiero porque te quiero. Te quiero por lo que nunca te quise, por esta distancia atroz que me separa de vos, por el rumor de pasos que me siguen cada vez que me despido, por todos y por cada uno de los miedos, por todos los abismos y por todos los vacíos, por todas las manos en la mejilla y por todos los suspiros. Por esos ojos enormes, enormes. El tiempo pasa urgente y las cosas van cambiando de lugar, es verdad, pero nada en mí permanece tan inmóvil como el temor a amar. Tal vez ya no me reconozcas y entonces habré vuelto a ser lo que no era”.
Dobló el papel con sumo cuidado para no quebrarlo y lo guardó en el sobre, lo arrojó junto a los demás e hizo todo lo posible para no volver a Tamar ni a las cartas. Por un momento se le ocurrió responder el mensaje, pero pensó que alguien se estaba divirtiendo a costa de él y decidió olvidar ese número. Esa noche volvió a soñar con él mismo.
En el sueño Xavier despertó y se dio cuenta de que otra vez se había quedado dormido con la luz encendida. Antes de apagarla se levantó a tomar un vaso de agua. Pasó por la sala de música para ver si todo estaba tal como lo había dejado antes de ir a acostarse. Miró el escritorio para estar seguro de no encontrarse con otra sorpresa como cartas escritas por él durante el sueño o vaya a saber en qué momento de inconciencia y respiró aliviado al no ver ningún papel. Apagó la luz de la sala y se dirigió a su dormitorio. No había luz, todo era oscuridad y sin embargo, no podía dormir. Algo en su cabeza le quitaba el sueño. Alguien lo había estado buscando, alguien que él no conocía y al final de cuentas nunca había podido saber quién era la mujer que le estaba reclamando algo o bien quiénes eran los que se estaban burlando de él. Además, ese alguien le había contestado con palabras que no había podido comprender. Luego recordó la carta que había encontrado sobre el escritorio. Se preocupó, comenzaba a tener trastornos de sueño y a hacer cosas fuera de los límites de la conciencia. Ese absurdo pensamiento, en lugar de llevarlo al sueño, lo mantenía aferrado a la vigilia y mientras más indagaba en él mismo, los minutos se hacían horas y en poco tiempo debía levantarse para ir a trabajar sin haber logrado dormir. Se hundió con todo su cuerpo bajo la sábana para ver si de esa manera podía tentar un poco al sueño que le quedaba antes de tener que levantarse, pero una mano le quitó la sábana de la cabeza y le susurró al oído:
— Yo creo que es distinto, como si desde lejos todas las formas fueran esferas uniformes, sin bordes dolientes, aunque en el centro cambian. Se resisten a las curvas, se vuelven sólidas, se muestran rectas con ángulos filosos como el tiempo. El tiempo pasa y las esferas, antes espuma, se acercan a los bordes, resuelven melodías incansablemente. Pueden ser dos, tres, cinco, no sé. Pueden ser miles, tal vez una canción entera, con su estribillo y sus puentes, con su armonía tan bien marginada. Lo que antes era suave borde que se deslizaba en la piel, entre los dedos, tal vez en el cuello imperturbable, ahora no gira sin sentido, ahora tiene una forma definida, un filo inalcanzable, un ángulo recto. Ya sé, me vas a decir que todas las cosas cambian, se revierten, ignoran su esencia en esa matemática del crecimiento. Ya sé que no te gustan las matemáticas, ya lo sé. Pero imaginemos, somos dos. Esas esferas se ovalan y se arquean mientras flotan como pompas de jabón, pero yo prefiero las burbujas de agua y detergente que hacía soplando un alambre oxidado. Flotaban de manera cruel, pero flotaban. En su vuelo, si es que ese temeroso ascender y descender se podía llamar vuelo, sostenían el aliento, invocaban la agonía del suspiro. Esas esferas sabían de la muerte porque iban a morir. Lo sabían desde el momento en que nacieron del aire. Cosas de la gravedad. Padezco la gravedad como te padezco a vos. Sabía que iba a morir de manera inesperada, por propio peso, por salir desde un alambre retorcido en espiral. Pero la esfera cedió. Se volvió áspera a la muerte y afiló sus bordes. Imagino este presente en soledad. Imagino el silencio de la tarde, ese silencio y vos. Sí, ya sé, vos. Siempre vos y la nada, que para vos son una misma cosa, pero no. Nada es una misma cosa, ni siquiera vos, ni siquiera yo. Es tarde y te quiero como nunca.
Antes de que el despertador sonara, llegó al teléfono un mensaje con el número desconocido de siempre. Luego todo fue día y luz blanca.
Xavier se incorporó en la cama y con las pocas fuerzas que le quedaban se levantó. Luego de darse una ducha, desayunó con prisa y ni siquiera se detuvo a pensar en la espantosa noche que había pasado. Rápidamente bajó los nueve pisos que lo separaban de la calle. El departamento quedó vacío. Solamente una carta reposaba sobre el escritorio. Una carta que Xavier esa noche había comenzado a escribir:
“A veces me veo saltando en un pie, como en la rayuela, hasta llegar al cielo escrito en tiza. Comienzo en la tierra, paso por tus pies y sigo hacia el tres. Flexiono una pierna para levantar la piedrita y haciendo equilibrio llego al cuatro. En el cinco salto por tu ombligo y descanso entre los hombros del seis y del siete. Me faltan tres pasos, nada más que tres pasos y me voy desarmando. En el ocho está tu cuello y empiezo a perder la estabilidad. Con la punta del pie llego al nueve sin caerme, extiendo los brazos como si fuera a volar y cuando cierro con fuerza los ojos para llegar al cielo me doy cuenta de que aquella piedrita que tan cuidadosamente había arrojado casilla por casilla dejó de seguir mi vuelo al firmamento. Desde abajo me dice que de nada vale el intento porque el pedacito de borde de baldosa roja cayó apenas afuera del semicírculo final. Y yo, igual, salto al vacío”.
Más abajo Tamar, en la vereda y aún descalza, volvió una vez más a quitar la sábana que cubría el cuerpo y una vez más volvió a pasar su mano sobre los cabellos de Xavier. Le habló al oído con palabras que nadie oyó y ahora llega la ambulancia bajo un silencio profundo, con sus luces verdes abriéndose paso lentamente, sin ninguna prisa, sabiendo que ya nada queda por hacer.