Un día después de que el duque de Orleans desembarcara junto a su reducido séquito en las costas de Mauritania, se dirigió a unos campos cercanos al litoral para visitar a su extravagante amigo, el conde de Artois. No muy lejos del desierto que cubre casi todo el país y el norte del continente, su amigo lo recibió temprano a orillas del río. Bajo la excusa de un desayuno al aire libre, el conde pretendía deslumbrarlo con su última creación: un colosal globo aerostático que incómodo flotaba sobre el césped. La nave, de exageradas dimensiones para la tripulación, se mantenía en tierra gracias a las tensas cuerdas que ocho hombres sostenían con sus manos. Un mantel blanco cubría la mesa improvisada del desayuno. El conde y el duque discutían sobre el devenir de las colonias francesas en la región. A uno lo inquietaba el destino incierto que el rey tenía pensado. Al otro, el fin del verano. El duque probó el pan que cocinaron los esclavos en las cavidades del suelo y el dulce de sandía. Un té verde completaba el singular banquete.
La estampida se oyó como un rayo. Una leona con la urgencia del hambre llegó a la costa del río donde una manada de elefantes bebía pacientemente. Fue allí donde empezó la cacería, entre las corridas de los animales y las pocas fuerzas de la leona. Abatida por no poder alcanzarlos volvía sobre sus pasos cuando vio correr a una cría que, con el rumbo perdido, huía de ella. La persecución duró poco a pesar de la distancia. Cruzaron el pastizal seco y llegaron exhaustos a un descampado a la orilla de un río donde dos hombres desayunaban. El pequeño elefante cerró los ojos y con el poco aire que le quedaba alcanzó el canasto del globo. Espantados como la manada, los ocho hombres soltaron las ocho sogas y ya no recuerdan lo que sucedió.
El globo desapareció en el cielo apenas cruzó una corriente de aire cálido, de ésas que son capaces de levantar hasta un elefante en el más caluroso de los veranos que gobiernan ese continente. Sin poder recuperar el aire y con la mirada fija en la poderosa llama que agitaba sin tregua el interior de la tela, la asustada cría no se atrevió a mirar hacia afuera del canasto hasta que la noche la cubrió con su mano helada. Ahora la bocanada de fuego que despedía el quemador iluminaba la tela y todo el globo no era más que un gran farol en el silencio sombrío de la noche, tan inútil como un faro que flota a la deriva en altamar.
Convencido de que el regreso no era posible, el pequeño elefante asomó su trompa sobre el canasto y se puso de pie. Debajo de él todo era mar. Un mar con un rumor impaciente. El agua se revolcaba sobre sí misma, olas que se topaban con otras olas parecían rugir por hambre. Recordó por un momento a la leona e imaginó que más abajo podría esperarlo la manada completa. Lo tranquilizó pensar que allí no había nada más que agua. Hacia arriba, el cielo era un profundo vacío. El elefante se abandonó a su suerte, apoyó su cuerpo sobre las patas flexionadas y durmió con resignación.
El globo amaneció sobre la costa oriental de algún otro continente, a pocos metros del suelo. El quemador apenas expulsaba una débil llama que no lograba mantener tensa a la tela. La pérdida de altura hacía el vuelo más inestable y, con el último golpe de aire en el canasto, el elefante despertó.
Ahora el globo sobrevolaba un desolado caserío y no pudo sostenerse más en el aire. El canasto chocó contra el techo de la última casa antes de llegar a un descampado y el globo pareció quebrarse en dos. El quemador ya no arrojaba fuego y la pesada tela cayó sobre el canasto y sobre el elefante.
Nadie escuchó el golpe. Nadie salió a ver qué sucedía. Nadie caminaba por esa calle. Sólo un elefante lidiaba con las cuerdas y con la tela que lo cubría. Cuando por fin logró liberarse, comenzó a caminar por el medio de esa calle empedrada rumbo al sur. Una ciudad vacía lo volvía a aturdir de la misma manera que lo habían aturdido antes la noche despojada y ese mar monstruoso. La tarde lo encontró deambulando con su trompa sobre los adoquines. Se detuvo frente a una casa con paredes de piedra que tenía la puerta abierta. Algo de lo que sucedía en su interior le llamó la atención. De pie, alguien les hablaba a unos pocos comensales sentados alrededor de una mesa. A su derecha, un hombre de mediana edad se dejaba caer sobre el respaldo de una silla de hierro; de vez en cuando miraba las manchas de sangre en el cuchillo que tenía entre sus manos. A su izquierda, un niño que había dejado apoyada su bicicleta en la pared lo escuchaba con asombro. Al lado de él, una anciana luchaba por mantener el aire con el rostro cubierto por una mascarilla que le suministraba oxígeno.
El elefante quiso escuchar un poco más y decidió entrar a la habitación apenas iluminada por un farol a querosene. El hombre se detuvo a mirar cómo el elefante intentaba pasar por el estrecho marco de la puerta. Cuando por fin la pequeña cría logró acercase a la mesa, el hombre continuó con su discurso. Dijo que se llamaba Blas y que todos estaban muertos. Muertos por cobardes, muertos por crédulos, muertos por blandos, sentenció. Luego dio media vuelta, buscó una botella a medio terminar y tres vasos. Apoyó la bebida y los vasos sobre la mesa, dijo que no era sirviente de nadie y que cada uno llenara el suyo. Al chico le prohibió que se acercara a la botella. Encendió un cigarrillo, tomó un mazo y repartió cinco cartas sobre la mesa, una frente a cada uno de los comensales. Dijo que las cartas estaban echadas, que a cada uno le tocaría la suya y que no les quedaría otra cosa que cruzar la puerta que estaba sobre los fondos de la casa. Le ordenó a uno por uno que levantara su carta. Después hizo una pausa, se sirvió whisky y lo bebió de un solo trago.
El niño de la bicicleta fue el primero en dar vuelta su carta. Su rostro se transformó en pesadumbre y espanto, se levantó de golpe, montó su bicicleta y salió en dirección al descampado. Dijo que tenía que ver a su abuela y que no podía quedarse. Nadie le creyó. El hombre del cuchillo, resignado, dio vuelta la suya, la miró con desprecio y la dejó caer boca abajo sobre la mesa. Se sirvió un trago y caminó en dirección a la puerta del fondo pero Blas lo detuvo con una advertencia. El hombre volvió a su silla con la mirada fija en la espalda de Blas. La mujer levantó su carta, tenía dos corazones y la figura de una llave entre ellos. Desconcertada, no se atrevió a preguntar.
—¿Qué esperan para levantar sus cartas? —nos dijo al elefante y a mí.
El elefante se acercó a la mesa, apoyó su trompa y tomó su carta. No pude ver lo que ésta mostraba porque enseguida Blas rugió, insistía en que yo tomara la mía. Con algo de incertidumbre me dispuse a dar vuelta mi carta pero, como me demoré un poco en levantarla, Blas apoyó el resto del mazo sobre ella. Me reprendió gritando que ahora no me quedaba otra alternativa que elegir una nueva carta. Di vuelta la primera del mazo. El naipe llevaba escrito unos versos que pertenecían a Borges: La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. Me sorprendió que la carta tuviera el fragmento de un poema. No imaginaba a qué máscara se refería a pesar de que decía que siempre era la única. Como si yo no lo supiera. Todas las máscaras no son más que una sola ante cualquier sueño atroz. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar, pero tampoco la sombra ha traído la paz, como dice Borges en su poema. Puede que el hombre del cuchillo lo tuviera merecido, ¿quién podría saber del crimen que lo había condenado a esa noche intemporal? Pero yo quise creer, como Borges, que esa habitación era irreal, que ella no la había visto. Tal vez haya escogido mal esa carta, tal vez debería haber elegido otra —aún podía hacerlo, Blas no había retirado el mazo de mi vista— pero había llegado hasta ese lugar y quizás todos nosotros nos encontrábamos alrededor de esa mesa por la magia inútil del amor o por la falta de él —lo pensaba en ese momento mientras miraba cómo el hombre del cuchillo pasaba indiferente el pulgar sobre el filo de la hoja—. Sería esa habitación el lugar donde los amenazados renunciaban. Me convencí de que nadie lograría salir de esa cárcel, ni siquiera el chico de la bicicleta y su soledad, Blas lo haría volver. A esa mujer le costaba respirar, el amor ahoga. Ninguna de estas líneas es mía, ya lo sé.
¿Qué carta aterradora habrá visto el niño? Intenté acercar mi mano a la carta que el pobre chico había dejado boca abajo sobre la mesa pero Blas le arrebató el cuchillo al hombre que estaba a su lado y de un golpe lo clavó en la carta perforando la madera. Entendí que no debía interferir en el destino de los demás. El elefante me miró sorprendido, tampoco me atreví a mirar su carta. Apoyé la mía sobre la mesa y Blas fingió una sonrisa con algo de sarcasmo. Tuve que bajar la vista. Escuché que Blas le ordenó al hombre que recuperara su cuchillo —estaba bastante atascado en la madera, tuvo que hacer fuerza para sacarlo, me di cuenta por cómo crujía la hoja en la tabla—. Cuando levanté la vista, el elefante no estaba. Tampoco su carta.
El pueblo era una sucesión de casas bajas a lo largo de una calle empedrada y dividida por un boulevard. Cruzaban otras calles, que no eran más que antiguos senderos para carruajes, de tierra y con baches. Al final del boulevard, un vasto descampado cubría todo el horizonte. Después de él, vaya a saber qué desierto emboscaría a cualquier visitante inexperto. O tal vez todo sería mar. Un mar tan aterrador como aquel mar que había padecido el elefante debajo del globo.
Desde el descampado se vio venir una pequeña silueta. Digo que se vio porque alguien la debe haber visto, aunque no se veía a nadie que pudiera prestar demasiada atención en esa tarde oscura. El sol se había ocultado detrás de la delgada hilera de casas pero el cielo aún era una bóveda rojiza que conservaba el último soplo del día. Bajo esa luz la silueta del niño comenzó a tomar forma. Lejos ya del descampado y con las primeras estrellas de la noche, el niño de la bicicleta llegó al boulevard aún agitado por la huida. Detuvo su marcha y se sentó en el cordón. Algo de ese pueblo vacío le preocupaba. Miró hacia el descampado, lo vio lejos y comenzó a caminar empujando su bicicleta, mirando hacia ambos lados como si estuviera buscando alguna dirección que todavía no encontraba. En el interior de las casas comenzaron a encenderse las luces. La noche estaba avanzando y el pueblo parecía respirar con normalidad. Una extraña y silenciosa normalidad.
Se detuvo ante una casa y golpeó la puerta. Nadie salió. Pensando que no lo habrían escuchado, golpeó más fuerte. Nadie se interesó por ver quién era el que llamaba a la puerta con tanta insistencia. Se acercó a una ventana cubierta por cortinas que no lograban ocultar la luz de la sala. Alcanzó a ver a una anciana que tejía. Golpeó con firmeza el vidrio, pero la mujer no lo escuchó.
—Abuela, ya llegué —fue lo último que dijo.
Abatido por la falta de respuesta, montó su bicicleta y se alejó de la casa pedaleando lentamente. La anciana dio un profundo suspiro y dejó de tejer.
La noche cayó sobre el pueblo como una fruta madura. O podrida, como aquellas que mueren en la rama antes de caer. El niño dobló por una calle transversal, vaya a saber uno qué rumbo llevaba, pero no había hecho más que dos cuadras en medio de esa oscuridad cuando escuchó un grito que parecía provenir de la misma noche. Detuvo su marcha y no quiso saber la causa de ese rugido casi fantasmal. Dio media vuelta para volver a la calle empedrada pero la noche volvió a gritarle sobre la cabeza. Con terror miró sobre su hombro y vio al pequeño elefante detrás de él, perdido entre las sombras, caminando sin rumbo por las calles de tierra de un pueblo mudo, ciego y sordo. Al niño le pareció haberlo visto antes en la casa de Blas. Recordó la imagen del elefante intentando pasar por la puerta. Sin bajarse de la bicicleta dio dos pasos hacia atrás para contemplarlo mejor, comprobó que no era un animal grande, sólo un poco más alto que él, y por fin sonrió. El elefante se le acercó lo suficiente como para alcanzar a empujarlo con su trompa a modo de saludo. El niño bajó de su bicicleta, con algo de precaución le tocó la trompa y, al ver que el elefante no mostró desagrado ante esa mano pequeña y sucia, le volvió el alma al cuerpo. Comenzaron a caminar en dirección a la calle empedrada. Eran solamente dos siluetas negras, mucho más negras que la misma noche negra. Caminaban a la par sin perder pisada uno de otro, quién sabe de qué hablarían. Cuando llegaron al empedrado, el elefante dobló en dirección al descampado. El niño temió volver a ese lugar desde donde había escapado, pero creía que, de no seguir al elefante, el pueblo no haría otra cosa que devorarlo bajo el profundo silencio de sus fauces. Mientras imaginaba ese tormento, el elefante seguía caminando y ya se le había adelantado unos cuantos metros. Detrás, al niño lo esperaba la noche inerte, las puertas que no lo habían recibido, la voz inútil de él, su abuela sorda. Delante, tenía a un elefante que se iba alejando pesadamente. Luego quedaba el brutal descampado, ya lo sé. Pero antes había un elefante. Antes que el descampado. Antes que nada.
La caminata duró más de lo esperado. El elefante daba unos pasos muy torpes y cortos. Se detenía a mirar a cada instante las ventanas iluminadas de las casas. Levantaba la trompa hacia un costado y se tomaba un tiempo intentando descifrar qué eran esos colores que no conocía, qué era esa luz que no se parecía en nada al fuego de la sabana, o al reflejo de la luna sobre el río, o a su madre. El niño pensó en esto último. Cuando por fin llegaron a la cuadra que lindaba con el descampado, el elefante aceleró el paso con tanta prisa que el niño debió subirse a su bicicleta para alcanzarlo. Llegaron los dos juntos a la altura de una casa donde una descomunal tela de globo aerostático había quedado tendida sobre el empedrado, cubriendo el boulevard. Debajo de ella se podía adivinar un canasto donde entraba un elefante y, si fuera necesario, un niño y su bicicleta también.
El niño bajó de la bicicleta y corrió para ver las partes del globo que cubrían la calle de vereda a vereda. Con mucho trabajo fue arrastrando la tela para liberar el canasto y antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo, el elefante se metió en él. El quemador estaba agotado, no había combustible para encenderlo, y en el caso de que hubiera, ninguno de los dos sabría cómo hacerlo. Después llegó el viento helado. Desde el descampado brotaban bocanadas de un frío polar que castigaba la piel de los dos niños —uno era un niño y, al fin de cuentas, el otro también—. Al elefante la imagen le resultó familiar, ese desierto no era tan diferente a aquel otro que había dejado en Mauritania. Flexionó sus patas, apoyó su cuerpo sobre ellas y se quedó pensando en la leona hasta que el sueño lo doblegó. El niño subió su bicicleta al canasto y luego entró en él. Flexionó también sus piernas y, apoyando su cuerpo sobre el del elefante, durmió sin pensar en nada más que en el terror que lo acechaba a sólo unos pocos pasos de allí.
La noche fue larga. En el sueño, el elefante volvió a cruzar el océano y llegó a la ribera de un río donde otros elefantes bebían. Recordó la escena y, si todo resultaba ser como imaginaba, en cualquier momento podría aparecer una leona hambrienta. Temió por la vida de sus compañeros y comenzó a dar gritos y a golpear su trompa contra el agua, pero nadie parecía escucharlo. Se metió en el río, salpicó con agua a los demás elefantes, intentó empujarlos con su pequeño cuerpo para que salieran de la costa cuanto antes, pero nadie daba importancia a lo que la pequeña cría hacía. Su madre se acercó y lo empujó con el cuerpo para sacarlo del río. Luego ella se unió nuevamente a la manada. El pequeño elefante se escurrió entre las patas de los animales para molestarlos y así llamar su atención, pero nadie advirtió su presencia. Esta vez su madre volvió furiosa, le dio un fuerte empujón que lo hizo trastabillar y, antes de que pudiera recuperar la estabilidad, recibió otro golpe que lo terminó de arrojar al suelo. Ante tanto alboroto, los demás integrantes de la manada dejaron de beber para ver lo que sucedía. Cuando se dieron cuenta de que se trataba de una reprimenda, olvidaron el hecho.
El rugido se oyó desde lejos. Unos hombres que estaban desayunando un centenar de metros más adelante se pusieron en guardia ante el imprevisto. Entendieron enseguida que se trataba de algún animal que estaba espantando a la manada de elefantes. Cargaron sus rifles y se pusieron en alerta para enfrentar a lo que podría ser la causa de la estampida. La región no se caracterizaba por ser territorio frecuente de leones, pero en África todo puede ser posible, pensó el conde. La sequía de los últimos años había causado la muerte de casi la mitad de la fauna de esa zona y los pocos animales que habían sobrevivido a esa fatalidad se estaban acercando cada vez más a la población en busca de alimento. Fue así como llegaron los elefantes y con los elefantes llegaron los leones.
La manada se espantó ante el primer rugido y desapareció del lugar sin reparar en la ausencia de la pequeña cría. Si nadie había notado su presencia, salvo su madre, no era extraño pensar que ante esa urgencia cada uno intentara salvarse sin tenerlo en cuenta. Pero su madre no, ella seguramente pensaría en él, ella sabía que él estaba ahí aunque él no la viera. El pequeño elefante también prefirió salir espantado antes de detenerse a buscar a su madre. La poca experiencia lo hizo vulnerable frente a la leona y cuando ésta lo vio, corrió hacia él hasta alcanzarlo antes de que llegara al pastizal seco. Nadie estaba allí para defenderlo. Había intentado escapar a toda velocidad pero sus patas gruesas y pesadas se hundían en la tierra. De todas maneras corrió mientras pudo, con su trompa levantada y dando gritos que ahora eran agudos aullidos de terror en vez de voces de alerta. Los hombres de los rifles, cuando lograron ver el hecho, volvieron al desayuno aliviados, todo terminaría antes de que los dos animales llegaran al pastizal. Cuando la leona clavó las garras sobre la piel blanda de la cría, el elefante despertó.
Un viento helado soplaba con fuerza desde el descampado. Nada podía detener la furia de esas bocanadas de aire que provenían vaya a saber de dónde. El canasto comenzó a sacudirse con tanta fuerza que despertó al niño. Parecía que alguien estuviera tironeando de los tensores del globo. El viento era frío y fuerte, tan frío como para que se durmiera la piel y tan fuerte como para arrojar a un elefante y a un niño del canasto de un globo si lo quisiera. Cuando por fin los dos pudieron tomar conciencia de lo que sucedía, pensaron en saltar del canasto pero ya era muy tarde. La tela del globo se había convertido en una barrera para el viento y éste no hacía otra cosa que llenarla de aire cada vez más rápido. Tironeaba con fuertes sacudidas al canasto donde el niño y el elefante descansaban. La situación duró menos de lo que ellos tardaron en reaccionar. Cuando quisieron escapar ya estaban en el aire a varios metros del suelo.
El globo ahora volaba por causa del fuerte viento que arrastraba la tela y no por el aire caliente que debía estar expulsando el quemador. Pero eso no le importó a ninguno de los dos, ni siquiera sabían por qué volaba un globo, ni cómo debían ser las corrientes de aire para que ascendiera, ni nada que tuviera que ver con el aire frío o con el aire caliente. Lo más grave era que la piel se les estaba durmiendo por el azote constante de ese aire gélido sobre sus cuerpos.
El viento sin control los levantó varios metros por el aire y, a medida que ascendían, se volvía más fuerte y más frío. El elefante se refugió debajo de la baranda del canasto para que el viento dejara de azotarle la piel y el niño se encogió al reparo del cuerpo caliente del elefante, debajo de una de sus orejas. Para evitar las sacudidas que podrían arrojarlo al vacío, se aferró con todas sus fuerzas al elefante. Como sus brazos apenas podían rodear menos de la mitad del cuello del animal, el elefante envolvió con su trompa el pequeño cuerpo del niño. El amanecer los encontró en silencio y temblando de miedo. Con las primeras luces del día, el viento disminuyó su fuerza y el globo se estabilizó por primera vez. El reflejo del sol en las partes metálicas de la bicicleta hizo del globo una estrella de interminables rayos que caían fugaces sobre la vista cansada de la abuela. Cuando ésta regresó a su cama y cerró los ojos para volver al sueño, el globo desapareció.
Blas dio vuelta la carta de la mujer y le quitó el respirador. Tiró el cigarrillo al piso, lo apagó con la suela del zapato y nos obligó a seguirlo. Salimos en fila de esa habitación. Yo caminaba detrás del hombre del cuchillo. La mujer me seguía, agitada. Blas se detuvo frente a una puerta con signos de haber sido alcanzada por el fuego. Ordenó a la mujer que entrara primero. Nos hicimos a un lado y ella pasó entre nosotros, caminando con dificultad hacia la puerta. Blas le dio una llave. Cuando la mujer cruzó la puerta, ésta se cerró. El hombre del cuchillo esperó con fastidio la orden de Blas, luego entró y no se lo vio más. Le pregunté a Blas si podía elegir otra carta. Me lo negó. Me dijo que la hermosa máscara había cambiado pero que, como siempre, era la única. Luego me empujó al vacío. La puerta se cerró detrás de mí.
Blas dudó por un momento, sacó otro cigarrillo del bolsillo de su camisa y con un fósforo lo encendió. Volvió a la sala iluminada por el farol a querosene y caminó en dirección a la puerta de entrada. Miró con hastío el marco de la puerta deshecho por el ingreso torpe del animal. Salió a la calle y se sentó en el cordón de la vereda a esperar que el niño y el elefante regresaran. Como si se tratara de una cita impostergable, el niño y el elefante llegaron hasta la puerta destruida de la casa de Blas. El hombre se puso de pie, con la colilla del último cigarrillo encendió uno nuevo y ordenó que lo siguieran. Caminaron hasta llegar a la entrada de un viejo conventillo. Dos puertas idénticas los aguardaban. Blas le dio una profunda pitada al cigarrillo y les dijo al niño y al elefante que aquellas puertas guardaban el misterio de lo que podría haber sido, pero que ahora no eran más que un signo de la desilusión. Dijo también que detrás de ellas se encontraba aquello que a los que llegaban hasta él les faltaba. Exhaló una bocanada de humo negro y le dio una llave al elefante y otra al niño. Les advirtió que solamente tenían permitido abrir una puerta cada uno.
El niño eligió primero. Entró a una habitación y la puerta se cerró detrás de él. Antes de que el elefante abriera su puerta, Blas se cruzó en su camino. Le dijo que ningún niño dejaría a un animal librado al abandono. El elefante entró a una sala oscura y oyó a Blas entrar y reír con sarcasmo. Cuando se fastidió con su propia risa increpó al elefante. Le dijo que ningún animal dejaría a un niño librado al abandono. Blas salió de la habitación, cerró la puerta con desprecio pero otra puerta se abrió. El elefante vio un jardín iluminado por los rayos del sol. Corrió hacia allí y llegó a un extenso campo. A lo lejos alcanzó a ver un río donde varios elefantes tomaban agua. Un colosal globo aerostático se elevaba vacío sobre su cabeza y unas cuerdas colgaban del canasto. El elefante intentó aferrarse a alguna de ellas pero no lo logró. Dio vuelta su carta. Una feroz leona no dejaba de mirarlo.