En la otra puerta

Alex, el intraterrestre

Ricardo Cardone

Bueno, ¿por dónde empezar? Sucedió de improviso, nadie lo esperaba. Al mediodía se escuchó una explosión y todo voló por los aires. Una nube oscura cubrió el pueblo y en pocos minutos comenzaron a llover piedras enormes que aplastaban casas y autos por igual. Caían unas aquí nomás, otras un poco más allá. Desde lejos se escuchaba el crujir de las tejas en los techos, señal de que no soportaban más el constante asedio de la tormenta. Al poco tiempo las piedras dejaron de caer y comenzó una llovizna de un polvo rojo y maloliente que cubrió las calles, las casas y los autos destrozados. Nada había quedado en pie. El pueblo se había convertido en una playa de arena sin mar, una gran vastedad de una nada nauseabunda y de color rojo. Esa noche bajó la temperatura y algo pasó junto a nosotros. Digo algo porque no alcancé a darme cuenta de qué era eso que había pasado a nuestro lado. Yo sentí algo así como un frío extraño y agresivo, un frío que me ceñía la vista y que me tomaba por el cuello con toda la intención de ahorcarme. Ahora que lo estoy recordando aún siento esa asfixia interminable, ese sopor en el que me desvanecí antes de comprender qué estaba sucediendo. Alcancé a tomar la mano de Inés pero ella nada pudo hacer. En cuanto sintió que mi mano buscaba la suya, de un tirón me llevó junto a ella pero yo ya estaba inconsciente, desmayado, ciego, muerto, no sé muy bien qué tenía pero mis recuerdos llegan nada más que hasta ese momento. Atroces, por cierto.

Desperté en la cama junto a Inés. Ella dormía profundamente, con sus cabellos sueltos sobre la almohada y con algunos de ellos deslizándose suavemente sobre mi cara, como diciéndome que no la molestara, que estaba cansada, que me diera cuenta de que yo también necesitaba dormir. Me di vuelta para no incomodarla y cerré los ojos sin dejar de pensar en lo terrible que había sido mi sueño. Pensé que si nuevamente me quedaba dormido, podría volver a aquella devastación donde yo debí haber perdido la vida, aún no lo sé, y decidí mantenerme despierto con los ojos cerrados. Un inquietante silencio comenzó a correr por la habitación. Un silencio de esos silencios que parecen hablar, que cuentan historias, que traen ruidos extraños mientras nos hacen compañía. Ese silencio cayó sobre nosotros sin darnos cuenta y nos protegió como si fuera una manta. Cubrí mi cuello con él, hacía un poco de frío e Inés descansaba, no quería despertarla para contarle mis miedos. Por eso me abrigué con ese aire turbio que nos envolvía. Intentaba no quedarme dormido para no volver a ese sueño aterrador, pero aún seguía sintiendo frío. Decidí entonces cubrir también mi cabeza con ese silencio que tenía forma de frazada. Comencé a sentirme mejor, más protegido, más sereno. Inés aún dormía a mi lado y ya no la necesitaba despierta. Sin embargo, como todas las cosas suceden cuando uno cree sentirse bien después de haber hecho todo lo que debía hacer, un frío filoso y húmedo comenzó a correr por mi espalda. Creo que también habrá pasado por la espalda de Inés ya que, por la posición en la que habíamos quedado para no molestarnos el uno con el otro, nuestras espaldas terminaron enfrentadas, mirándose ellas en esa especie de rito taciturno que proponen los enamorados. Y si yo había sentido ese frío correr por mi espalda, seguramente Inés también lo había sentido.

Comenzó a llover. Primero empezó con unas débiles gotas que golpeaban contra la ventana y que me hacían olvidar el frío en la espalda. Luego, esa precaria llovizna se volvió más intensa y un diluvio terminó derrumbándose sobre nuestra casa después de que un relámpago iluminara toda la habitación. El ruido en el techo era ensordecedor y obsesivo. Mientras una cortina de lluvia se deslizaba sobre el vidrio de la ventana, un estruendo interminable de agua y piedra comenzó a escucharse en toda la casa. Busqué la mano de Inés; no la encontré. Me levanté aterrado y fui hasta la ventana para lograr ver algo de lo que sucedía. Nada pude observar en esa oscuridad. El agua que caía a cántaros sobre el vidrio me impedía ver lo que ocurría en el exterior de la casa. Tuve la sensación de que todo era oscuro e inútil allí afuera. Desde el jardín llegaba un ruido ensordecedor de agua golpeando contra agua y de piedras golpeando contra piedras. Fue en esa profunda oscuridad cuando volví a sentir el frío correr por mi espalda. Di media vuelta para saber la causa de esa sensación pero una gran explosión me dejó inconsciente, tendido en el piso de mi habitación. Cuando desperté, mi casa había sido devastada por la tormenta de piedras, el techo se había desplomado sobre mí y ni siquiera las paredes habían quedado en pie. Todo era barro y restos de madera y de mampostería que habían quedado esparcidos por el terreno. Lo peor de la tormenta había pasado y ahora comenzaba a caer una débil llovizna que me cubría la piel con un polvo rojo. Sentía que mi cuerpo expulsaba un olor fétido, imposible de olvidar, que me daba náuseas con solo acercar un brazo a mi nariz. En poco tiempo todo quedó cubierto de un rojo que era lo único que se lograba ver en el medio de la noche. Busqué a Inés pero no la encontré. Pensé que seguramente había quedado atrapada bajo los escombros y comencé a remover toda esa tierra roja que había cubierto por completo los restos de mi casa. Como aún me encontraba sobre lo que había sido nuestra habitación, con mis manos cavé un estrecho pozo hasta que alcancé a tocar una madera que debió haber sido de algún tirante de la casa. Con mucho esfuerzo la levanté y debajo de ella se abrió un hueco entre la tierra roja que dejó al descubierto una parte de mi cama. Busqué a Inés con desesperación, quitando todo lo que se interponía entre nosotros, hasta que liberé la cama de todos los escombros. Inés no estaba allí y no había ningún rastro de ella, ni de su ropa de dormir, ni de sus fastidiosos cabellos, ni de su mano que todo lo calma. No sé por cuánto tiempo la habré estado buscando pero perdí mis fuerzas y me abandoné sobre la tierra. Otra vez un frío extraño comenzó a invadir mi cuerpo, a ceñirme la cara, a asfixiarme. Otra vez busqué la mano de Inés y otra vez me quedé solo. Sentí como nunca el temor al abandono antes de desvanecerme súbitamente.

Un olor espantoso me despertó. Me encontré con medio cuerpo cubierto de tierra y lo primero que pensé fue que estaba muerto. O peor aún, tuve la sensación de que todavía no había muerto pero que me estaban sepultando como si lo estuviera. Me puse de pie, espantado por esa idea macabra. Para mi escasa tranquilidad, nada de eso estaba sucediendo, la tierra roja aún permanecía bajo mis pies, dócil y firme. Yo me encontraba ileso, respirando sin el menor signo de asfixia. Nadie había allí, salvo el desastre de escombros cubiertos por la tierra y yo, solamente yo. Escuché una voz que preguntaba si me encontraba bien. ¡Inés!, pensé, debe estar por aquí cerca. Pero no era la voz de ella. Quise mentirme, quise convencerme de que en verdad había sido la voz de Inés y de que yo había escuchado mal por haber sufrido los peores castigos en esa noche, mis oídos estarían cubiertos de tierra y mi conciencia bastante dañada. Quise pensar que en verdad había sido la voz de Inés la que había preguntado por mí pero Inés no estaba. Nuevamente me preguntaron cómo me encontraba, si estaba bien o no, si me dolía algo. Y nuevamente a nadie vi. Pregunté quién era el que me hablaba.

—Soy Alex —contestó la voz.

—¡No veo a nadie! —dije—, ¿estás atrapado bajo la tierra?

La voz de Alex resonó algo más fuerte y a la vez serena.

—No me podrás ver —respondió—. Algo debe haber sucedido porque he perdido el cuerpo al que pertenecía. Nadie ha quedado a salvo después de este diluvio.

No supe muy bien quién era Alex, si lo conocía o no, si eran ciertas todas esas estupideces que decía sobre haber perdido el cuerpo, pero lo único que recuerdo fue que me aferré a él como si de Alex dependiera el hilo de vida que me quedaba. Miré hacia todos los rincones posibles y lo único que encontré fue una tierra devastada. Le ofrecí a Alex que entrara en mi cuerpo si era eso lo que él necesitaba. De esta manera, yo también tendría algo de compañía en medio de esa soledad. Sentí un frío intenso y me pareció ver el aire que respiramos expandirse como si fuera un globo, cosa terriblemente ridícula porque el aire no se ve, pero yo lo vi en forma de aire oscuro y frío, un aire espeso y abundante que primero me rodeó y, luego de tomar valor, entró por mi boca y por mi nariz.

Amaneció bastante tarde luego de esa noche de diluvio. Cuando el sol asomó entre las nubes de polvo, pude ver la devastación de la vida misma. El pequeño pueblo que habitábamos con Inés terminó siendo un campo de tierra rojo y pantanoso, con innumerables charcos dispersos que esa tierra húmeda no había terminado de absorber. Caminé hacia el oeste, siguiendo el curso del sol para que me acompañara en mi travesía, debía buscar al menos agua y algo de comida ya que nada quedaba en ese desierto. Le pregunté a Alex cómo se encontraba, si se sentía bien conmigo, teniendo en cuenta que mi cuerpo no era el cuerpo que él estaba acostumbrado a habitar. No me contestó, pensé que debería estar descansando luego del trágico suceso por el que había pasado. No quise insistir con mi pregunta, preferí no molestarlo tan temprano. Además sentí algo de culpa por no tener en cuenta que él también estaba exhausto como yo y que merecía descansar. Caminé bajo el acecho del sol durante todo el día sin haber encontrado un cambio en el paisaje, alguna aldea cercana, algún mar. La noche nos encontró perdidos en la arena roja, sin rumbo posible luego de que el sol desapareciera detrás del horizonte. Decidimos descansar bajo un cielo de estrellas sin luna que parecía desplomarse sobre nuestras miserias. La infinidad nos hace minúsculos, unos pobres insectos que vagan sin sentido y que mueren a poco de nacer. Así somos, pensé, un grano de arena, una gota de agua, una partícula de aire que nadie ve y que nadie oye.

—Una partícula de oxígeno puede desencadenar una hoguera —dijo Alex, que recién se estaba despertando.

Me sorprendió el pensamiento de Alex. Estaba por ahondar en ese razonamiento cuando tomé conciencia de que Alex me había hablado. Me di cuenta de que se había recuperado y de que se encontraba bien. Le dije lo insignificante que me sentía frente al vacío en el que nos encontrábamos pero que gracias a lo que él había dicho, mi ánimo se fortalecía lo suficiente como para seguir buscando un lugar habitable con agua y comida. Valoró mis palabras. Agotados, dormimos durante toda la noche. Por un momento estiré mi brazo buscando a Inés, pero no la encontré. Volví al sueño pero no al abandono, Alex dormía conmigo.

Amaneció temprano. Debe ser que en los desiertos suele amanecer temprano porque creo que era de madrugada cuando el cielo había comenzado a aclarar. Desperté a Alex y comenzamos a caminar. Nos esperaba todo un día de travesía pero me ayudaba que Alex tuviera la esperanza de que algo encontraríamos si continuábamos viaje. Alex es muy optimista y no tiene miedo a nada. Yo sí. Cerca del mediodía, digo mediodía porque el sol daba de lleno sobre nuestras cabezas, comenzamos a ver algo distinto en el horizonte. Esa tediosa línea inmóvil comenzaba a tomar cuerpo, a aumentar su espesor, dándonos a entender que algo debía haber allí, a lo lejos.

—Puede que haya gente viviendo allá —dijo Alex—, o al menos agua potable.

Tenía razón, algo había en aquel lugar porque a medida que nos íbamos acercando comenzamos a ver algunas montañas y delante de ellas, mucho antes de llegar a ellas, un bosque incipiente. Calculamos que aún faltaba un largo trecho para llegar a ese bosque, por lo que decidimos apurar el paso y caminar lo máximo posible durante ese día. La noche nos encontró extenuados y los dos caímos nuevamente sobre la arena. Sin fuerzas para hablar, ninguno de los dos dijimos una sola palabra. Esa noche no busqué la mano de Inés, estaba muy cansado y ansioso por llegar a algún lugar que al menos tuviera algo de verde.

Despertamos a la madrugada. El primero en levantarse fue Alex. Me dijo que me apurara, que nos llevaría todo el día llegar al bosque. Me levanté más por esperanzas que por fuerzas y comenzamos a caminar con paso firme y sin pausas. Alex me preguntó si había dormido bien. Le contesté que sí, que recién había tomado conciencia de que yo dormía cuando él me había hablado. Me dijo que esa noche él había soñado con Inés. Me sorprendió que hubiera soñado con Inés, él no debería saber quién era Inés. Le pregunté si la conocía. Me dijo que desde que estaba en mi cuerpo se había enterado de muchas cosas. También me dijo que él sabía algunas cosas que ni siquiera yo sabía.

—¿Y cuáles son esas cosas que ni siquiera yo conozco? —pregunté ofuscado.

No me contestó. Lo debí haber intimidado con mi forma de preguntar, pero la verdad es que no me gustó enterarme de que él sabía cosas sobre mí que ni siquiera yo mismo conocía. Me sentí culpable por mis malos modos y no quise indagar más en el tema. Durante el camino hablamos de cosas un poco más banales, como de mis gustos por armar barcos dentro de botellas o de escribir en el aire. Alex me decía que lo de armar barcos dentro de botellas nunca lo había intentado pero que siempre que se sentía solo escribía frases en el aire que le levantaran el ánimo. Por la necesidad de verlo contento y también por esa culpa que me perseguía por haberle hablado con malos modales, pasamos la mayor parte de nuestro viaje jugando a escribir palabras en el aire para que Alex las adivinara. Me di cuenta de que Alex era muy observador y de que tenía una capacidad increíble para ver lo que no se ve. Estaba por preguntarle cómo había desarrollado esa virtud cuando el bosque se nos cruzó en el camino. Al ver esos árboles repletos de frutas y un verde interminable, me dieron ganas de abrazarme con Alex pero los dos sabíamos que eso no lo podíamos hacer. Solamente alcancé a hundir mis rodillas sobre la arena y a agradecer al cielo el haber llegado al final de ese sufrimiento. Alex también estaba contento. Corrimos hasta internarnos en el bosque y comimos hasta el hartazgo. El murmullo de un arroyo nos llevó a beber agua en cantidades abismales hasta quedar satisfechos, recostados a orillas de él. La noche nos alcanzó. Habíamos comido y bebido como hacía mucho tiempo no lo hacíamos. Le dije a Alex que a partir de ese momento nunca más íbamos a pasar hambre. Alex se puso feliz. Bajo la noche, entre los árboles que mecían sus ramas con el viento, Alex se quedó dormido. Tenía muchas preguntas para hacerle pero no quise despertarlo, debía estar exhausto. Demasiado esfuerzo nos había llevado caminar hasta ese bosque. Podríamos haber muerto de sed o terminar siendo devorados por cualquier animal, aunque no habíamos visto a ningún ser vivo en ese desierto abandonado y hostil. Yo me quedé despierto un rato más, pensando en todo lo que había vivido esos días. Se me vino a la memoria la noche en la que aquel diluvio había borrado mi casa de un plumazo, la devastación que había sufrido todo el pueblo, el hambre que habíamos pasado por buscar un lugar para sobrevivir, la pérdida de Inés. Quería saber por qué Alex había dicho que él sabía muchas cosas de mí que ni siquiera yo sabía, pero preferí dejarlo descansar. Me di vuelta para no incomodarlo y cerré los ojos sin dejar de pensar en lo terrible que había sido esa pesadilla. Pensé que si me quedaba dormido nuevamente, volvería a esa devastación donde pude haber perdido la vida, y decidí mantenerme despierto con los ojos cerrados. Un inquietante silencio comenzó a correr por el bosque. El arroyo traía un rumor de agua revuelta. Algunas gotas comenzaron a desprenderse de las hojas de los árboles y golpearon contra mi cara. Abrí los ojos. Una débil llovizna caía sobre nosotros. El cielo se iluminó con un relámpago y un rayo convirtió un árbol en fuego.

—Basta una chispa para que una partícula de oxígeno pueda desencadenar una hoguera —dijo Alex.

Oímos un estruendo y enormes piedras comenzaron a caer sobre nosotros, junto con ramas que esas mismas piedras arrancaban de los árboles durante su derrumbe. Abracé con fuerza a Alex para evitar que otra vez perdiera su cuerpo, pero una piedra y otras más nos hundieron en la tierra sin darnos tiempo a huir. Sobre las piedras cayeron más árboles y sobre los árboles cayeron más piedras hasta que una fina llovizna nos cubrió con un polvo rojo y maloliente. Alcancé a estirar mi brazo buscando la mano de Inés. Ella tomó la mía pero nada pudo hacer, con un beso Alex escapó de mi boca y entró en la de Inés. Ahora duermen de espaldas a mí, saben cosas que yo no sé y dicen que mi olor apesta, que debería empacar y salir urgente de su casa antes de que todo se derrumbe.

Las dos criaturas (2023)

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