Luego de una ráfaga de municiones, el escribano Rojas fue en busca de su presa. Caminó por los pastizales en dirección al pantano. Dudaba de la ubicación del punto del impacto. La luna se repetía en cada uno de los bañados. Pisó algo y se detuvo. Pisó una vez más y reconoció que estaba cerca de lo que buscaba. Pisó otra vez y hundió sus pies en el barro para asegurarse de que era el cuerpo sin vida de Felipe. Luego dejó que el pantano devorara a la víctima. Rojas despertó del sueño con sus ropas mojadas en sudor. No había nadie en su habitación más que él y su pesadilla. Todo era oscuridad. Un leve haz de luz cortaba el silencio de la noche. El resplandor de la luna se filtraba por una cortina mal cerrada. Rojas suspiró por un momento y se derrumbó en su propio vacío. La noche obstinada lo devolvió al sueño.
El escribano y su peón se habían demorado en salir a cazar liebres por un mezquino desacuerdo. Felipe reclamaba el pago de unas quincenas adeudadas que el escribano nunca había querido reconocer. El hombre citaba un dudoso contrato que Felipe supo firmar tiempo atrás y cada vez que el peón volvía a aquella discusión, el escribano acordaba tratar esas cuestiones al mes siguiente. Felipe acercó la camioneta del escribano a la puerta de la estancia y, siguiendo la huella que los llevaría hasta donde se encontraban las liebres, llegaron a la tranquera abandonada. Felipe la abrió y los dos hombres se perdieron bajo los álamos que bordeaban los primeros metros de un sendero boscoso. En poco tiempo llegaron a unos pastizales que indicaban el fin del camino. Del otro lado de la maleza los aguardaba una ciénaga que la luz de la luna lustraba con esmero. El escribano buscó la caja de cartuchos y cargó su escopeta. Bajaron del vehículo y caminaron hacia el pantano. Entre los pastizales, Felipe abría el paso con su machete para que a su patrón le quedara el terreno despejado y pudiera caminar sin dificultad. Detrás de él, el escribano repasaba su puntería llevando los caños de su escopeta hasta la altura de la espalda de su peón. A pocos metros del pantano, Rojas se detuvo para comprobar si el arma estaba cargada. En la recámara, el latón de las vainas reflejaba el brillo de la luna. El escribano cerró su escopeta y cuando volvió a apuntar a la espalda de su peón, Felipe ya no estaba.
La noche era blanca. El hombre miró a su alrededor y no encontró más que la vegetación arrebatada por el machete de su peón. Hacia atrás, el largo sendero que los hombres habían abierto para llegar al pantano lo escoltaba; hacia adelante, unos altos yuyales le cerraban el paso. El escribano recordó la última vez que había llegado solo a ese lugar en el que ahora se encontraba. Ese día Felipe no había ido a trabajar. La noche anterior había pasado por la pulpería para tomar unos tragos y jugar a los naipes. Hacia allí se había dirigido el escribano luego de advertir la ausencia de su peón. El pulpero dijo que lo había visto alejarse bastante ebrio después de perder su dinero en una partida de naipes arreglada y que antes de salir, el peón le había asegurado que al día siguiente llegaría hasta la ciénaga para buscar algo que consideraba de valor y con eso saldaría su deuda. No tenía dinero para pagar la cuenta, por lo que saludó de espaldas y se alejó con el paso perdido. El pulpero había querido cobrarle al escribano la deuda de su peón pero Rojas se había negado a pagarla. Esa misma noche el escribano iría a la ciénaga con la intención de averiguar lo que Felipe escondía.
Rojas había llegado a la tranquera abandonada, se había bajado para abrirla y había manejado bajo los álamos hasta el final del camino donde se alzan los pastizales. Había detenido su camioneta, había cargado su escopeta al hombro y se había abierto paso entre la maleza. La noche era cerrada, no había luna y el cielo encapotado amenazaba con derrumbarse en un aguacero. El escribano había comenzado a perder el rumbo. Por un momento creyó estar cerca del pantano; más tarde creyó haberse alejado de él más de media legua. El hombre había querido volver hasta donde estaba su camioneta pero no lo había conseguido. Habían comenzado a caer unas gotas sobre el pasto seco. El escribano se adentró aún más en la maleza y al poco tiempo terminó perdiendo de vista el sendero que había dejado atrás. La lluvia adormecía los pastizales. Las botas del escribano se hundían en el barro a medida que caminaba a ciegas. Por un momento creyó estar cerca de un claro que se abría entre la maleza. Nada se veía allí, todo era presentimiento y fe. Hacia esa herida del terreno caminaba Rojas. Un débil arroyo aturdía al paisaje. Se le había ocurrido deambular por una de sus márgenes. Probablemente si caminaba en una dirección llegaría hasta su desembocadura o tal vez caminando en la dirección contraria, el arroyo se cruzaría con algún camino transitado. Prefirió que la suerte decidiera antes que él. No supo cuánto tiempo había estado caminando a la par de aquel sendero que bordeaba el agua. Habrían sido dos horas o cinco. Todavía era de noche y la lluvia caía pesada. A uno de los lados, el agua corría cada vez con más fuerza; hacia el lado opuesto, los pastizales crecían cada vez más altos. Luego de una legua, el arroyo desembocaba en un canal que lo desviaba de su cauce y se perdía en la oscuridad. Al escribano lo terminó cercando el vacío de la noche. Un rayo golpeó la tierra y el campo se iluminó. Algo brilló fugazmente a pocos pasos de él. Una vasta extensión de barro crecía en medio de la espesa llanura. En aquel momento, el escribano corrió hasta la ciénaga bajo la oscuridad. Había creído ver que alguien se cruzaba en su camino apuntándolo con un arma. Rojas terminó arrojándose a los pastizales, apuntó con su escopeta al vacío y disparó dos veces. Un lamento se escuchó en la noche y algo cayó al pantano. El escribano se acercó a la ciénaga y no encontró más que silencio y oscuridad. Creyó ver un leve latido del barro; luego todo quedó inmóvil ante el embrujo de la lluvia.
Al día siguiente, Rojas despertó con el sol sobre su cabeza. Frente a él el pantano lo custodiaba. Quiso saber qué había sucedido la noche anterior. Dudaba de haberse cruzado con algún desconocido que hubiera tenido la intención de matarlo. Pensó que podía haberlo soñado cuando se había quedado dormido por el cansancio y por el abandono. Abrió su escopeta y las vainas vacías de los cartuchos cayeron al suelo. Se acercó al pantano para descubrir a qué le había disparado, pero nada vio. Hundió parte de su escopeta en el barro pero el arma no llegó a tocar fondo. No quedó conforme y metió una pierna, tal vez de esa manera se toparía con algo que estuviera sumergido. Como nada encontró, decidió entrar a la ciénaga. Primero, el barro le llegó a las rodillas; después, comenzó a rumiarle el cuerpo. Buscaba en el fondo de la ciénaga un lugar donde pudiera pisar tierra firme pero, a medida que movía sus piernas, el barro se volvía cada vez más inestable, como si bajo sus pies se abriera una boca hambrienta que de él se alimentaba. La ciénaga lo estaba llevando lentamente hacia un lecho desfondado. Cuando el barro le cubrió los hombros, Felipe llegó.
Su peón le arrojó una cuerda y con bastante dificultad logró que el escribano alcanzara la orilla. Luego le extendió su mano, Rojas se aferró a ella y al fin pisó tierra firme. Una vez allí el escribano quiso saber qué estaba haciendo Felipe en ese lugar. El peón le habló de la noche en la pulpería y del estado de ebriedad en el que había terminado. Pensaba ir a trabajar al día siguiente, como todos los días, pero despertó recién al caer la tarde. Luego le confesó la falta de valor para decirle a su patrón que al otro día tampoco iría a trabajar porque debía buscar algo en la ciénaga para pagar una deuda que tenía con el pulpero. Los dos hombres llegaron a la camioneta y durante el viaje de regreso el peón dio más detalles que ayudaron al escribano a comprender el asunto.
Felipe comenzó diciendo que tiempo atrás, donde ahora hay un lodazal, había un desierto que se extendía hasta los confines del terreno. La gente del lugar creía que alguna maldición había caído sobre esas tierras, nada de lo que allí se sembraba lograba crecer. Los más supersticiosos no querían acercarse a ese descampado, decían que aquel que lo pisara terminaría sepultado bajo esa tierra reseca. El peón no se dejó amedrentar por aquellas quimeras y una noche, al terminar su trabajo en la estancia, buscó un baúl en el que guardaba algunas pertenencias de valor —no dio detalles de lo que había en su interior—, cargó una pala y montó a caballo en dirección al desierto. Una feroz tormenta se desató sobre la zona. El rigor de aquel aguacero no acobardó al peón y completamente mojado llegó al descampado. La lluvia se estaba acumulando rápidamente sobre aquella tierra árida; el suelo se había vuelto impenetrable. Antes de que el agua inundara el lugar, cavó un profundo pozo en un sitio que juró recordar y allí arrojó el baúl. Rápidamente lo cubrió de tierra y en pocos segundos el agua le llegó a las rodillas. Aquella lluvia se prolongó durante cuatro meses. Cuando dejó de llover, los campos quedaron inútiles y el desierto se convirtió en un pantano. Nunca más había vuelto a aquel sitio para recuperar lo que había enterrado. La conversación que había mantenido con el pulpero lo había obligado a buscar el baúl. Fue en ese momento cuando se encontró con su patrón.
El escribano escuchaba con atención la historia que Felipe le contaba. Estaba convencido de que su peón había inventado una excusa para no ir a trabajar. Pero, como la historia tenía a la vista varios cabos sueltos, quiso ahondar más en el misterio del relato. Fingiendo poco interés, le preguntó acerca de lo que guardaba en el baúl. Felipe dijo que allí había algunos adornos de oro que habían pertenecido a su madre. También dijo que el baúl contenía una copia del Martín Fierro forrada en cuero; la tapa tenía un bajorrelieve de un gaucho tocando la guitarra al lado de un fogón. Por último, dijo el peón, hay allí una taba de plata con la que supe ganar algunas apuestas.
Felipe pensaba saldar la deuda que tenía con el pulpero entregándole algunas de las alhajas de oro que había en el baúl pero, como el desierto se había convertido en un pantano, nunca se había atrevido a desenterrarlo y ahora lo necesitaba con urgencia. La historia de Felipe comenzó a horadar la mente del escribano. Le preguntó a su peón si sabía cuántas piezas de oro había dentro del baúl y si tenía idea de cuánto dinero representaban esas joyas. Felipe dijo que el valor que tenían para él no era otro que aquel que guardaba relación con los sentimientos. Desconocía el valor monetario de aquellos adornos que su madre había atesorado en ese baúl y que ahora se encontraba bajo un lodazal. Felipe tenía pensado mostrarle las piezas de oro al pulpero para que el hombre eligiera las que considerara necesarias para saldar la deuda. El escribano insistió en preguntarle si aquellas alhajas eran unos pocos recuerdos de su madre o si había allí algunas más que fueran producto de una herencia familiar. Felipe dijo que todas pertenecían a su madre y que había perdido la cuenta de cuántas piezas de oro había en el baúl. Dijo también que una vez supo anotar la cantidad en un papel que luego extravió. Comentó como al pasar que, de tan pesado que estaba el baúl, debió apoyarlo en la tierra y arrastrarlo los últimos metros para llegar al lugar donde debía enterrarlo, sus brazos habían perdido la fuerza y aún le faltaba cavar el pozo.
Al día siguiente, el escribano se dirigió a la pulpería para hablar con el dueño. Quería saldar la deuda de su peón cuanto antes. El hombre sirvió una caña, se la ofreció al escribano y luego sirvió otra para él. Antes de que Rojas continuara hablando de la deuda, el pulpero lo interrumpió. Le dijo al escribano que la historia de su peón era conocida. Después señaló una mesa alejada donde cuatro hombres jugaban a los naipes. Eran los mismos que habían vaciado los bolsillos de Felipe. Primero, lo habían invitado a una ronda de ginebra; luego, lo destriparon. El incauto peón, ebrio hasta el cuello, se levantó de su silla vociferando maldiciones ante las risotadas de los farsantes. Ellos se mofaban del pobre infeliz. El pulpero escuchaba con atención lo que Felipe les decía. Antes de retirarse, el peón se acercó hasta el mostrador y le comentó al pulpero sobre un baúl que estaba enterrado en la ciénaga. Le dijo que iría a buscarlo y que lo llevaría a la pulpería para que él se cobrara la deuda. El dueño de la pulpería le preguntó si en verdad sabía cuánto le debía. Felipe contestó que no tenía idea. Entonces el hombre le mostró un cuaderno con una cifra embustera y el peón prometió pagar lo que fuera necesario.
La noche siguiente, el pulpero vigiló el trayecto de Felipe hasta la ciénaga sin que éste se diera cuenta. Alcanzó a ver que el peón del escribano entraba al pantano por un lugar que parecía firme, su cuerpo no se hundía en el barro. Felipe comenzó a cavar un pozo en medio de la ciénaga sin contar con la ayuda necesaria para desenterrar el pesado baúl. El pulpero oyó ruidos detrás de él y pensó que alguien más estaría al tanto de lo que allí estaba ocurriendo. Imaginó que los tramposos jugadores de naipes lo habían seguido. Cuando fue a ver lo que sucedía recibió una ráfaga de municiones que pasó muy cerca de su cuerpo. El pulpero escapó del lugar perdiéndose entre la maleza y la lluvia que demolían la voluntad.
El escribano comprendió lo que el pulpero tenía en mente. Al hombre ahora no le interesaba que él pagara la deuda de su peón. Lo que le quitaba el sueño era hacerse de ese baúl. Lo mismo había pensado el escribano cuando había llegado a la pulpería para saldar la deuda que Felipe tenía con el pulpero. Ninguno de los dos estaba dispuesto a compartir esa fortuna pero ahora uno conocía el secreto del otro y debían resolver el dilema dividiéndose el botín o batiéndose a duelo. Se inclinaron por la primera alternativa. El plan no tenía mayores complicaciones. El escribano debía llevar a su peón hasta la ciénaga con el fin de ayudarlo a desenterrar el baúl. Una vez allí, Felipe buscaría en el barro el lugar exacto donde se encontraba oculto y el pulpero vaciaría los cartuchos en la espalda de su peón. Luego los cómplices se quedarían con el baúl y no trabajarían más por el resto de sus vidas.
El escribano llegó con Felipe a los pastizales. Se maldijo por aquella distracción que había tenido al querer comprobar la carga de la escopeta. Siempre dudaba de lo que hacía, especialmente de aquellas acciones que comprendían movimientos mecánicos que no se valían de la razón. Varias veces en el día regresaba hasta la puerta de roble de la estancia para asegurarse de que estuviera bajo llave. Sabía que aquella comprobación era inútil pero la duda lo avasallaba. Otras veces, de madrugada, interrumpía el sueño y se asomaba al establo para asegurarse de que el caballo que había montado aquel día estuviera a resguardo en ese cobertizo. Esta vez su peón se había perdido entre la maleza por culpa de aquella obstinación inútil. Rojas se alejó del sendero tal como lo había hecho la vez anterior, siguiendo los pasos de Felipe. Otra vez la maleza le extravió el rumbo. Otra vez creyó estar caminando en círculos. Otra vez llegó al arroyo que mascullaba algún infortunio. Otra vez el arroyo lo llevó hasta el canal y otra vez el canal lo abandonó. Repitiendo cada uno de los pasos de aquella noche, llegó a la ciénaga pero esta vez el pulpero se le cruzó en su camino y vació los cartuchos de su escopeta en el pecho de Rojas. Luego arrojó el cuerpo del escribano al barro. El pantano comenzó a latir con pereza y tenacidad alimentándose de la ofrenda del pulpero. En pocos minutos el escribano desapareció bajo el lodazal.
A lo lejos, Felipe arrastraba un pesado baúl sobre la ciénaga. El pulpero ayudó a Felipe a llevar el baúl hasta una camioneta desvencijada. La noche se cerró. Algunos nubarrones comenzaron a aumentar de peso. Entre los dos hombres subieron el baúl a la caja de la camioneta. El peón sacó una llave que guardaba en su bolsillo y abrió el candado. Dentro del baúl se hallaba el misterio de Felipe. Había allí una cadena de oro con un pequeño medallón que tenía tallada una imagen religiosa. También había un libro con tapas de cuero y una pieza de plata que tenía la forma de una taba. El pulpero se enfureció. Le dijo que todo eso no alcanzaba para pagar ni siquiera la cuarta parte de la deuda. Felipe insistió en que aquellas cosas tenían un valor inigualable. Le dijo que ese libro lo había comprado su padre luego de trabajar bajo el rayo del sol durante cuatro quincenas porque pensaba que sería una noble compañía para cuando él, su hijo, aprendiera a leer. También le mostró la fina cadena de oro y le dijo que cada vez que él la tenía en sus manos, recordaba a su madre y hacia aquel pasado su imaginación huía. Esa cadena lo protegía de todos los tormentos de este mundo. El pulpero rechazó cada uno de los ofrecimientos. Por último, le mostró la taba de plata. El peón le confesó que esa pieza era de menor valor sentimental pero aun así se la ofreció. El pulpero también la rechazó. Felipe comprendió que el hombre no quería darle el verdadero valor a las cosas que él tenía. El pulpero, impaciente y vencido por el fracaso al que lo había llevado su ambición, le preguntó cómo podía pesar tanto ese baúl si prácticamente no había nada en su interior.
—Lo que no se ve es lo que más pesa —dijo Felipe.
Comenzó a llover. Felipe tomó la taba y la arrojó sobre la tierra que apenas estaba húmeda. La pieza de plata cayó con la parte hueca hacia arriba.
—Nunca falla —dijo Felipe—, siempre el tiro es favorable.
El pulpero escuchó un ruido metálico dentro del baúl. Una moneda acababa de caer del cielo o de algún lugar en esa dirección que el pulpero no había alcanzado a distinguir. El hombre la tomó entre sus manos y comprobó que esa pieza era de oro. Felipe volvió a tirar la taba. Nuevamente cayó con la parte hueca hacia arriba y nuevamente cayó otra moneda de oro en el baúl. Felipe le preguntó al pulpero si con eso ya estaba saldada la deuda. El hombre le dijo que aún no alcanzaba, que estaba lejos de lo que Felipe debía pagar. El peón tiró la taba una vez más y una vez más cayó una moneda dentro del baúl. El pulpero comprendió el mensaje. Felipe tenía razón, lo más importante estaba delante de sus ojos. Esa taba guardaba el secreto de la abundancia. El pulpero pensó en quedarse con la taba y apartar a Felipe de su camino. Buscó su escopeta, cargó dos cartuchos y apuntó a la espalda del peón. Felipe alcanzó a tirar la taba una vez más antes de que las municiones perforaran su cuerpo.
El ruido que hizo la pesada pieza de plata al caer despertó al escribano. Por un momento pensó que la taba había golpeado sobre el piso de madera de su habitación. Rojas se levantó de inmediato y tomó su escopeta. Ahora sabía todo sobre Felipe y el baúl, el sueño se lo había revelado. Hacia allá salió con su camioneta. Llegó a la tranquera abandonada y cruzó por el sendero de álamos. El camino lo llevó hasta los pastizales. Bajó de su camioneta, cargó una pala, colgó el arma en su hombro y continuó el trayecto a pie. A los pocos metros se perdió entre la maleza, como debía suceder. Luego de vagar en círculos llegó hasta un arroyo que conocía. Caminó a la par de éste hasta que primero se convirtió en canal y luego en campo virgen. Esperó que un relámpago iluminara el terreno y al fin divisó la ciénaga. Al llegar a una de sus márgenes, el pulpero salió a su encuentro. Rojas no dudó y apuntó con dos disparos al cuerpo del hombre en medio de esa oscuridad. Oyó un lamento y luego algo que cayó al pantano. El escribano alcanzó a ver los últimos latidos del barro que devoraban el cuerpo del pulpero. Hacia su derecha encontró el camino que había llevado a Felipe hasta el sitio donde estaba enterrado el baúl con la taba de plata. El escribano cargó con la pala, metió un pie en el barro y sintió la firmeza del suelo. Luego metió el otro pie. El barro le cubrió apenas las suelas de las botas. Confiado, se aventuró por el sendero que el sueño le había revelado. Rojas caminó sin desviarse del rumbo que lo llevaría al sitio indicado. Llegó al lugar exacto donde el baúl lo aguardaba, hundió la pala en el barro y cavó una profunda fosa en la que ahora una lápida lleva su nombre.