Aaron y Anthon se conocieron durante los últimos años de la escuela secundaria. Ambos compartían el desvelo por la literatura española del Siglo de Oro, sobre todo por los libros de caballerías. Aaron sostenía que Cervantes debió ser un caballero de eximio valor, capaz de arriesgar su vida por alguna dama que le cegara la razón, de hacerle frente al más voraz de los cíclopes si fuera necesario e incluso de desafiar al temible minotauro a pura lanza y galope. Anthon, en cambio, siempre decía que el escritor español era un farsante. A pesar de la apatía con la que Anthon hablaba de Cervantes, se dice que más de una vez, mientras trabajaba en su invento, alguien lo había oído recitar de memoria los más imaginativos y delirantes pasajes del Quijote. Lo cierto es que ambos coincidían en que el más valiente de todos los caballeros había sido el virtuoso Amadís de Gaula. Dudaban si en verdad esa obra era española o portuguesa y en no pocas tertulias la noche los encontraba discutiendo acaloradamente sobre la procedencia de esos libros.
En una de esas noches de literatura y alcohol, alguien disparó la primera piedra y argumentando su falta de fe, le preguntó a Anthon sobre la diferencia entre un personaje de ficción como cualquiera que de la literatura surge y aquellos que deambulan por la realidad sin ser reconocidos por nadie, verdaderos seres anónimos con los que nos cruzamos más de una vez sin preguntar siquiera de dónde son, a qué se dedican o al menos su nombre.
—Los seres de ficción son creaciones del hombre —contestó Anthon al desconocido—, los seres anónimos siguen siendo criaturas de Dios —finalizó.
El desconocido se acercó a Anthon y lo desafió a que se lo demostrara. Anthon tomó unos manuscritos que traía en su valija y los abrió de par en par, desplegó rápidamente las páginas como si se tratara de un abanico y dijo:
—Nada de lo que aquí se cuenta es cierto, el autor puede dar fe de lo que estoy diciendo. Pero cada uno de nosotros, cada uno de los que aquí me están escuchando, tiene un nombre que lo identifica, todos ustedes nacieron de una madre, son reales— y no sé cuántas cosas más agregó.
Pocos de los presentes comprendieron la justificación de Anthon; hacía mucho calor, la noche ya estaba avanzada y el alcohol había herido la capacidad de atención. Casi siempre, cuando Anthon dejaba de hablar, el murmullo del salón disminuía y alguien, que cada vez era uno distinto, alzaba la voz aprobando el discurso que Anthon daba con absoluta seriedad. El hombre de la pregunta ya no estaba, Anthon tomó sus escritos, buscó a Aaron entre las mesas y los dos caminaron un buen trecho sin decir palabra bajo el silencio de la noche. Aaron fue el primero en dudar.
El día siguiente y los demás días parecieron no guardar ningún recuerdo de esa noche. Ese año los dos amigos terminaron el colegio secundario y cada uno siguió su destino. A Aaron le ofrecieron empleo en un estudio de leyes y Anthon continuó con su carrera de medicina. El paso del tiempo y los compromisos laborales hicieron que Anthon y Aaron olvidaran sus nombres por completo, ahora no eran más que unos apellidos sin rostro.
Una noche aislada entre tantas otras, una de esas noches en las que algún recuerdo de juventud regresa siempre como una herida, luego de abandonar el escritorio repleto de papeles y de cerrar con un portazo la oficina donde trabajaba, Aaron decidió caminar de regreso a su casa. Durante el trayecto recordó aquella vez en la que junto a Anthon habían transitado a pie por ese mismo lugar. Hacía años que las urgencias de cada uno los habían separado y jamás habían podido volver a encontrarse. Caminando con el paso perdido en la memoria, Aaron se detuvo en aquella última vez y recordó los manuscritos que Anthon había desplegado sobre la mesa del bar. Recordó también que Anthon no era escritor, a lo sumo llegaba a ser un ferviente crítico del Quijote y de otros tantos libros de aquella época de fantasía, pero ninguna otra cosa más allá de esas lecturas ocupaba su tiempo libre. Sin embargo, Anthon había mostrado unos manuscritos que a Aaron le habían llamado la atención. Recordó además que Anthon estaba trabajando en un misterioso invento, que no le había anticipado nada acerca de su investigación y que a partir de esa época Aaron ya no estaba seguro de conocer lo suficiente a Anthon como había creído conocerlo. Algo tramaba su compañero y Aaron intentaba averiguar qué era. Probablemente estaría relacionado con su afición a la medicina, no era infrecuente ver a Anthon armado apenas con una lupa y un filoso estilete disecando algún que otro insecto que se cruzara en su camino. O incendiando hormigas haciendo pasar la luz del sol a través de una minúscula lente que hacía de ella una lanza letal para los pobres invertebrados. Recordó que esa noche, la del bar y el manuscrito, la discusión había comenzado con Cervantes, como siempre sucedía. Recordó también que él se había sentado en otra mesa, un poco harto de aquellos debates banales a los que arribaban luego de la primera ronda de ginebra. Mientras su amigo daba su discurso sobre ficción y realidad, Aaron miraba pensativo su vaso e intentaba indagar en su conciencia el tema de esos manuscritos. No quiso preguntar por su origen ni por su contenido delante de los demás, pensó en hacerlo luego, cuando salieran del bar, en la intimidad que propone la noche a cielo abierto. Lo cierto es que esa noche lo llevó a pensar que su amigo estaba escribiendo una novela y que lo que Anthon menos deseaba era que su nuevo emprendimiento pasara inadvertido ante los demás, por eso había sacado los papeles de su valija y los había expuesto ante esa breve multitud. Pero nada de eso ocurrió, ya por vano desinterés, ya por la necesidad de más alcohol.
Aaron llegó a la conclusión de que Anthon estaba escribiendo una novela y que la llamaría Frankenstein, dada su pasión por la medicina y por la literatura. Estaba a punto de preguntárselo para confirmar sus sospechas cuando Anthon tomó sus cosas y buscó a Aaron para salir del bar. La noche los llevó por caminos inciertos, poco se veía, y Aaron olvidó por un instante el tema de la novela de su amigo a causa del alcohol y de la pesada soledad de aquella calle que les ceñía los pies y la garganta.
—Estoy escribiendo una novela —dijo de improviso Anthon y quedó en silencio a la espera de alguna respuesta de Aaron. Su amigo no respondió. —Se va a llamar Frankenstein —continuó diciendo.
Aaron, antes de volver al silencio, mencionó que esa novela ya se había escrito y que había tenido un éxito dispar. Caminaron un tiempo más sin decir palabra bajo la noche sofocante hasta que llegaron a la ribera del río. Anthon miró esa espesa oscuridad y pensó que tal vez sería esa noche la noche en la que debería crear al monstruo. Aaron pensó lo mismo y le propuso a Anthon que terminara la novela antes de que amaneciera y de que el sol le borrara todas las ideas. Caminaron unos pocos pasos a la par de la ribera y Anthon le propuso la idea a su amigo. Debían ir hasta su casa, donde Anthon tenía su precario laboratorio, Aaron se recostaría en una camilla y al recibir una descarga eléctrica de inusual poder, Aaron moriría. Luego, gracias al avance que había logrado Anthon con sus estudios sobre la materia humana y la energía eléctrica, Anthon resucitaría a Aaron convertido en un ser superior de fuerza inigualable y de un conocimiento tan vasto que no alcanzaría el universo entero para escribir lo que su inteligencia abarcaría. Aaron estuvo de acuerdo, su vida era tan gris y tan diminuta que nada perdería con probar si el minucioso estudio al que se había abocado su amigo lo devolvería al mundo como un hombre a quien todos acudirían en busca de consejo y de sabiduría. La noche vertiginosa los apresuró a tomar aquella decisión y en menos tiempo del que imaginaron, llegaron a la puerta de la casa de Anthon. El anfitrión hizo entrar al huésped, los amigos bebieron una última medida de vodka y se dirigieron a la sala donde estaba la camilla y los instrumentos de laboratorio. Turbado por el alcohol, Aaron se acostó en la camilla. Anthon sujetó las manos y los pies de su amigo con unas correas de cuero, le recomendó que cerrara los ojos, colocó una especie de plato metálico encima de la cabeza y movió una palanca de exageradas proporciones. Un poderoso rayo iluminó por completo la habitación y la noche. Tal como Anthon esperaba, Aaron murió.
Con la mente nublada por los vasos de ginebra y la última medida de vodka, Anthon liberó el cuerpo de Aaron de sus ataduras y recordó la escueta conversación que había tenido con él a la salida del bar. Le había parecido que en un primer momento su amigo no había mostrado demasiado interés y eso lo había disgustado. Imaginó a Aaron como a una persona engreída y vanidosa, alguien que necesita que los demás estén pendientes de lo que él hace o dice y en cambio él, que todo lo sabe y que a nadie acude, permanece indiferente ante los pequeños logros y avances de los demás. Anthon sacó unos papeles de uno de los cajones de su escritorio, se sentó a un lado de la camilla y se dispuso a leerlos en voz alta para que Aaron escuchara lo que había escrito. Luego de leer los primeros postulados de su método y antes de devolverle la vida a Aaron, el cansancio y el alcohol llevaron a Anthon primero al tedio y luego a un sueño profundo. El día los encontró a los amigos en silencio, uno dormido sobre una silla y el otro, muerto en una camilla.
Caminando bajo la noche que todo lo ve, Aaron recordó que aquella noche había sido la última noche en la que había visto a su amigo. Pensando en esto llegó a la ribera del río y reparó en que la casa de Anthon no estaba lejos. Habían pasado muchos años desde aquella vez en la que su amigo le había hablado de Frankenstein y admitió que debería haberle prestado más atención, a pesar de que en su interior estuviera convencido de que la novela sería un rotundo fracaso. Apenas golpeó la puerta se arrepintió, quien en ese momento viviera allí podría estar durmiendo y no le resultaría nada agradable interrumpir su sueño para encontrarse con Aaron en busca de su amigo. Se disponía a huir antes de que el dueño lo viera pero la puerta se abrió y Anthon apareció detrás de ella con una botella de vodka en la mano. El anfitrión y el huésped ingresaron a la sala de estar, Anthon fue en busca de dos vasos y sirvió una medida de vodka para cada uno. El alcohol liberó los recuerdos y Aaron comenzó a hablar de su estudio de abogados, de los juicios ganados y de los perdidos, ambos prósperos por igual. Anthon bebió su vaso de un sorbo y nombró a Frankenstein. Hablaba arrastrando las sílabas como si la lengua se le trabara. Aaron alcanzó a entender que Anthon le decía que la novela aún no estaba terminada pero que pronto tendría escrito el final. Luego fueron hasta la sala que hacía las veces de laboratorio y llegaron hasta una camilla. Aaron se recostó en ella. Anthon le sujetó las manos y los pies con unas correas de cuero, colocó una especie de plato metálico sobre su cabeza, movió una palanca y un poderoso rayo hizo que todo fuera blanco y siniestro.
El monstruo despertó. Con dos raudos movimientos cortó las correas que le sujetaban los pies y las manos y se levantó. La criatura de Anthon buscó su escudo, empuñó su lanza y montó su caballo rumbo al campo de batalla. Tres molinos de viento se cruzaron en su camino. Uno de ellos lo golpeó con fuerza descomunal. El monstruo cayó a la tierra y huyó hasta la ribera del río, le faltaba poco para llegar a su casa luego de todo un día de trabajo. Allí dejaría su sobretodo doblado en el respaldo de una silla, apoyaría la valija sobre su escritorio y sacaría de ella algunas hojas en blanco para escribir el último capítulo que Anthon le estaba por dictar, como cualquier criatura del hombre a cualquier criatura de Dios.