No es fácil detenerse en una noche ausente, en el silencio de cartas, de correos, de frases recurrentes, de un vacío inmóvil. No es fácil detenerse en la noche de un día como tantos otros, solamente porque se llame Navidad en un tiempo en que la ausencia se ve a cierta hora, aunque haga de ese tiempo una constante, un signo infinito. Los recuerdos, esas hojas de otoño que se resisten a quedar inmóviles, en navidad se descuelgan sin temor al vacío. Saben que han comenzado a sostenerse por sí solos, a nombrarse y a reconocerse en alguna mueca invisible o en una sonrisa olvidada. Saben que son los elegidos, los que no han sido condenados a la cruz del olvido. Hablarán de una crucifixión pretérita, de algún calvario que se hiciera necesario, de una pesada piedra que ocultara un cuerpo, de unas manos aún móviles, de unos ojos cerrados que sueñan. Hablarán de una espera, de un obrar de los días y los meses. Imaginarán una resurrección sublevada, un camino a recorrer detrás de aquella piedra que todo lo oculta. Imaginarán la mentira de la muerte, la necesidad de un cielo. Habrán desistido varias veces de su origen. En alguna noche de vigilia aspirarán a renunciar al sueño eterno, a la frase bíblica, al olvido. Pero ignoran lo irrefutable, la vasta realidad, su destino escrito en las cifras del universo. Ignoran lo cíclico, la curva de un horizonte recto, la línea que todo lo une con sólo seguir el rumbo del poniente. Ignoran su destino hasta que en algunos días como éstos se encuentran a sí mismos. Se reconocen nuevos, vírgenes, inmaculados y despiertan sobresaltados por temor al tiempo indócil. Se levantan invencibles, movidos por el viento como aquellas hojas de otoño que se resisten a la quietud de la tierra. Se levantan con la luz de la memoria, con el gesto de una forma de mirarse, con un silencio pronunciado, con una voz que evita el aire. Se descubren desafiando a la piedra que ya nada obstruye y se abren al aire de un bosque franco. Se retuercen y se postulan necesarios. Ya lo saben. Alguien los nombró elegidos, alguien los llevó a ser parte de su vida. Alguien hizo que fueran únicos e inequívocos. Ahora buscarán el horizonte. Encontrarán el camino correcto, la situación impar. Repetirán acciones repetidas. Traerán voces conocidas en bocas olvidadas. Nos hablarán como si recién se presentaran. Nos mostrarán risas que no supimos ver, ojos que se cerraron casi sin darnos cuenta, manos que nos llevaron de la mano, hombros que se sumaron a otros hombros, débiles corazones que resultaron fuertes. Las horas infinitas se han esmerado en ocultarlos, pero han dejado rastros de un pasado insurgente. Todos los pasados confluyen en algún recuerdo, una hoja escrita a trazos, un libro que lo trae, un silencio que lo nombra. El tiempo ha creado el resto. Las hojas amarillas, esos recuerdos que se despegan de la tierra, han desafiado al otoño. Ahora es diciembre, ahora es navidad. Quizás esas hojas formen un pesebre o una alfombra para tres reyes del oriente. Quizás sean únicamente recuerdos que el tiempo se negó a desvestir. Lo cierto es que se presentan sin llamarlos, necesarios y completos. Esta soledad es la que los hace imprescindibles. El tiempo hará de este día un recuerdo en otra navidad. Los hombres estamos sentenciados a la memoria. Otra navidad no hará de mí un recuerdo urgente. Para ese entonces nos habremos desprendido de este árbol de otoño. El viento, en definitiva, hará el resto.