Se vuelven efímeros y sin embargo se recuerdan tan sólidos, inmensos, imponentes y crueles si uno los retuerce en la memoria. Están en algún comienzo, en la primera baldosa que uno se atreve a pisar cuando la necesidad de atravesar alguna puerta nos hace tropezar y a tiempo con los brazos logramos protegernos la cara de los cristales que rompimos para entrar en una habitación vacía. Están en la austeridad de ese delgado silencio que sostiene la vigilia. Están en aquella tiza de rayuela que dibuja un cielo desde lejos y un infierno en vez de tierra. En algún lugar se forman, se invierten y se juntan. Se renuevan en cada salto de la cama cuando los sueños golpean. Se buscan y se encuentran desafiantes. Si parece que en algún otro tiempo se hubieran preparado para éste y casi sin querer los encontramos en cada amanecer, en cada casillero de una rayuela que espera a que lleguen al número nueve, en cada pan con manteca y mermelada, en el colegio, en la prueba de hoy, en el partido de ayer, en las notas de mañana. En esa pelota que pegó en un poste y se fue como pidiendo permiso por detrás del arco en el minuto noventa de la final, luego de errar el penal. Después, sólo silencio, la red inmóvil, los festejos del arquero, el césped que falta, la tierra en la zapatilla, los labios mordidos. Otra vez el silencio. Otra vez se muestran en las manos transpiradas sobre las rodillas. Otra vez se juntan, te desafían a la rayuela, separan el cielo de la tierra en diez baldosas y los pies inmóviles luchan por desprenderse, por saltar cada casilla y llegar primero al dos, después al tres, no respirar en el cuatro para tomar aire en el cinco, pasar del seis al siete con los ojos cerrados, apretando los dientes, detenerse sobre el ocho en una pierna y ver que ahí nomás está el nueve, haciendo equilibrio con las manos para no caerse y saber que ya el cielo está a un paso, a un respiro, el cielo en puntas de pie, con una tiza en la mano que dibuja círculos en el aire como si fuera el pizarrón de séptimo grado donde hay que explicar las propiedades de los conjuntos. Sos silencio y tiza escribiendo sobre un pizarrón que no sabe de tiempos, que desconoce el aire que se respira por la tarde, que ignora el frío del sur en una noche de verano. Sos vos con una hoja en blanco como bandera, intentando descifrarla, escribirla a trazos de lápiz, explicar la felicidad de ser niño, el sentido irrenunciable de la vida, la voluntad de decidir, el secreto del amor que no se ve, el delicado vuelo de una idea consecuente, la necesidad de defensa, la constante integridad, la hoja en blanco, el lápiz, el silencio. Otra vez el silencio a pesar de esta tarde. Se vuelven espejos, se traicionan y te traicionan. Se reparten en tu cuerpo como si no fueras vos el que sabe de aquel lugar donde tus ojos ven lo que otros no, ese lugar donde los colores llevan el nombre del tiempo para cambiar pasados por presentes y volver a definirlos, cianes por verdes, púrpuras por rojos, azules eléctricos, ocres otoño, celestes cielo y futuros inmediatos. Se presumen infinitos, tentadores. Entran por los ojos a pesar del sueño. Entran por el cuerpo, por la piel, por el calor de unas manos que te abrigan. Entran secretos, humanos, como si tuvieran brazos y piernas, como si fueras vos el que entra, el que tiene que dibujar en la hoja, apretar la tiza contra el pizarrón. Vos sos aquel que sabe de ese muro de mármol, de esa ventana que no abre a tiempo, que salta por los casilleros de una rayuela para alejarse cada vez más del infierno. Parece que estuviéramos hechos del mismo abismo, el de hoy y el de ayer, ese que escribíamos con tiza y que mirábamos haciendo equilibrio con un pie sobre el número nueve antes de caer en el círculo final, el dulce abismo de este cielo.