Se estiran, no tanto como el tiempo, pero se estiran. Se enredan, se ramifican en los cinco continentes, en arena disuelta como tela que se teje, cruzando rutas como ríos definidos en deltas, buscando agua salada, despegándose de un lecho de arcilla en vientre dulce, del fondo ondulado en médanos cóncavos, refractados de a pares, tentando el curso de los dedos hasta donde la palma forma un corazón, bifurcándose al azar por asir, por tener que tomar otra mano que te lleve de la tuya como si estuvieses ciega y necesitaras más dedos, más tacto para poder ver y así olvidarte en ese instante del número dos, de la mano vacía que se pierde al soltarte, abierta, extenuada, buscando una boca dispuesta, un cuello que se deshile en delgados cabellos y se esconda, descuidado se esconda. ¿No ves que se esconde entre los dedos? No ves cómo se estiran por debajo y dibujan líneas multiformes, desolados continentes y el océano que todo lo divide, que humedece la piel como si fueras pero no, no sos océano, sufrís el mar como sufrís el aire, esa distancia entre vos y yo, entre el siempre y el nunca de los párpados, sufrís los ojos, las cejas, las pestañas, aquel vidrio empañado por las branquias del recuerdo que se abren al destino y al abismo, oscuro tiempo inmediato. ¿No ves que se marchitan como rosas amarillas, como la cera de una vela al sol? Se retuercen como el fuego con el frío, se contemplan como si nunca se hubieran visto y sin embargo se conocen, se desvisten sin tanto prejuicio después de tomar un taxi en San Telmo y bajarse en la esquina en donde despertabas a trazos de birome cada vez más mordida, buscando espacios para no equivocarte, para poder escribir la palabra justa en tinta azul, no fuera cosa que tuvieras que tachar y volver a las líneas, a mancharte del tiempo, a perder la tapita blanca que siempre se te quedaba entre los dientes cuando estabas pensando, como ahora, en eso que tejíamos al crochet sin agujas en el mismo sillón, en la misma mesa. Se extienden transversales, longitudinales, oblicuas, como cuando caminás por Buenos Aires a las tres de la tarde y sin embargo no ves el silencio de los labios, la humedad de las mejillas, los párpados de cemento, las pestañas en los ojos que se estorban, se molestan por llegar primero, se muerden muy de a poco sin esperar del pasado una pared en el frente, un fusil que te salve, un grito de victoria que se aliste a tus pies desnudos, unas líneas que se bifurquen en continentes, se dividan políticamente, declaren independencias, planten banderas blancas en cada territorio tomado, redacten leyes, constituciones, reformas agrarias y que no se olviden, en el llano, de la aridez de la selva, del olor a tierra húmeda cada vez que los años, esas líneas que se estiran en las manos cuando despertamos por el frío, pretendan tener razón.