En la otra puerta

Somos seis

Ricardo Cardone

Caía la tarde como una débil primavera. Ese era el mejor momento del día, el momento en que ellos volvían a vivir. Se levantaban temprano, el colegio hacía las veces del peor infortunio, pero eran lo suficientemente obstinados para no dejar que el día les arrebatara el deseo de hacer todas las cosas que siempre los habían colmado de placer. Y cuando por fin volvían a encontrarse, los terminaba sorprendiendo el final del día. La noche los recibía bajo un cielo cubierto de luces.

La pelota en el centro.

—Somos seis. Hacemos tres y tres. Está bien, paso para allá y él pasa para ustedes. Con nuestras remeras armamos los arcos y empezamos. Pero sacamos nosotros.

Tres a uno. Siempre jugábamos mal pero esa vez fue la peor de todas. Apenas empezamos, me hicieron dos goles. Tuve que salir del arco. Ya era tarde para remontar el resultado. Tres a uno.

—¿Vas a tu casa? Yo me quedo un rato más.

—Somos cinco.

—¿Cinco?

—Sí, lo de anoche fue más grande de lo que dicen que fue. ¿Quién ataja?

—Yo no, ayer me hicieron dos goles, no quiero atajar más, ustedes son uno más, el que vaya al arco no puede salir a jugar, es demasiada ventaja.

—Tres contra dos. Dale, agrandá un poco el arco, ¿no ves que nosotros somos menos?

Tres a uno, otra vez. Increíble. Y eso que no habíamos jugado tan mal, pero contra tres no se puede. Cuando perdíamos la pelota, por más que corriéramos hasta quedarnos sin aire, no encontrábamos la manera de frenarlos para que no nos hicieran otro gol. Y bueno, por lo menos vinimos.

—¿Ya te vas?

—Me dijeron que tengo que estar en casa temprano. No quieren que yo también los preocupe.

—¿Mañana venís?

—Claro, pasame a buscar, salgo por la ventana.

El dormitorio daba al jardín del frente. La puerta de entrada estaba cerrada con la única llave de la casa, la que los padres siempre se llevaban al salir. Lo conocían bien. Sabían que podía escaparse si encontraba la manera de abrir la puerta, por eso la ventana era la única salida posible que tenía. Y allí estábamos al otro día, con la pelota descosida y esperando que se asomara desde el primer piso y se arrojara, como lo hacía siempre, sobre las plantas del jardín.

—Somos cuatro.

—¿Otra noche más? ¿Y cómo fue?

—Estaba afuera, parece, solo, llegando a la estación de tren para encontrarse con alguien de su familia, me lo contaron recién. Nosotros dos contra ustedes dos. Claro que se puede jugar, ¿quién dijo que no? Lo hacemos sin arquero, ninguno puede tocar la pelota con la mano.

—Mejor llamemos a alguien más.

—Si podés conseguir a alguien, llamalo pero no creo que encontremos a nadie.

—Está bien, empecemos, si igual te vamos a ganar.

Dos a dos. Contentísimo. Casi se me escapa el gol pero la pelota pasó pegadita a la remera que hacía las veces de poste, y sin tocarla. Al fin un día en el que no me tocaba perder.

—Me voy, estoy cansadísimo. Cada vez que volvemos a jugar, tenemos que correr más.

—Pero mañana venís, ¿no?

—Claro, mañana vengo.

Mañana era hoy y somos tres.

—¿Tres?

—Sí, tres, ¿o vivís en un frasco?

—Sí, pero ¿tres?

—¿No te enteraste?

—Claro que me enteré, pero pensé que…

—Cada día me da menos ganas de venir.

—Cada día va a tener que darte más ganas de estar con nosotros. Somos tres y vamos a jugar los tres. Ustedes dos contra mí. Pero no vale salir del arco. Agrandalo más, no se puede jugar con arcos tan chicos. Acordate de que no podés salir del área. Saco yo.

—¿Y cuál es el área?

Gol. Uno a cero abajo. Me sacó la pelota y ya no lo pude alcanzar. No se puede jugar solo, pero si al menos le pudiera pegar de acá…. ¡Golazo! Uno a uno.

—Andá a buscar la pelota, dale, que yo aprovecho a tomar aire, estoy cansado.

—No, andá vos. Encima que la tirás lejos querés que vaya yo. Podrías haber pateado más despacio, si igual iba a entrar, yo no llegaba al arco ni queriendo, estaba lejísimo.

Los tres mirábamos al cielo acostados sobre el pasto con las cabezas apoyadas sobre las palmas de las manos, como si las manos fueran una almohada transpirada.

—¿El cielo tiene fin?

—No, el cielo no tiene fin.

—A mí me parece que sí. Si pudieras cruzar todo el aire te darías cuenta de que se termina el cielo.

—Pero te encontrarías con otra cosa.

—No, después del cielo todo es oscuro.

—Claro que es oscuro, eso ya lo sé, pero yo te preguntaba si tenía fin.

—No creo que tenga fin.

—¿Y tiene principio?

—Claro que tiene principio.

—¿Y cuál es el principio?

—Empieza acá, donde estamos ahora.

—¿Es decir que nosotros estamos en el cielo?

—No, no estamos en el cielo. Empieza acá pero no estamos en el cielo. ¿No tenés otra cosa que preguntar? Estoy cansado, me hicieron correr todo el partido.

—Qué lindo que está el cielo hoy ¿no?

—Sí. ¿Te acordás de anoche? Parecía de día.

—¿Qué eran esas luces?

—Va a ser siempre así, dicen en mi casa. Son como armas de guerra.

Somos dos.

—No quiero jugar más.

—Jugamos a dos goles, nada más, achicá el arco con las remeras.

—No quiero, vengo cansado desde ayer.

—¿Y qué querés hacer, te vas a quedar ahí sentado?, no podemos hacer nada para cambiar esto, somos dos, juguemos como si fuésemos seis, a los demás les va a gustar que lo sigamos haciendo.

—¿Y quién lo dice?

—Lo digo yo.

Dos a uno. Se me escapó después de una gambeta y ya no lo pude alcanzar.

—¿No viste a los padres? Hace días que no los veo.

—Mi mamá dijo que estaban afuera.

—¿Pero él estaba en la casa a pesar de que ellos se habían ido?

—No sé, parece que esta vez sí, pero se cansó de esperarlos y al ver que no volvían se escapó durante la noche.

—Se extraña ¿no?

—Y, sí.

—Me parece raro que no estemos todos acá.

—Algunas veces pienso en si existe el amor.

—No, no existe.

—¿Y qué es lo que siento por ellos entonces?

—No sé, pero amor es cuando te aman. Por ejemplo, una mujer.

—¿Entonces lo que yo siento es que los quiero? ¿Será eso?

—Claro.

—¿Viste que tenía razón cuando te decía que el cielo era rojo? Mirá los rayos del sol ahora que se está yendo. ¿Ves que el cielo es rojo?

—¿Se podrá llegar hasta allá?

—No, es imposible.

Somos uno. Soy uno. Sigo viniendo, a pesar de todo. Pienso que les debe gustar que siga viniendo. Nos dijimos que nunca íbamos a dejar de venir aquí mientras fuésemos amigos. Pasara lo que pasara. Y creo que debe ser por eso que siempre vuelvo a este lugar. Desde que cumplí los ocho no entiendo cómo puedo seguir siendo amigo de los amigos que ya no están. Cuando me acuesto en el pasto mojado, así como ahora, la vida parece otra. Veo a la gente pasar caminando y creo que van a caerse para adelante. Aunque ahora no se ve a nadie caminar. Las sirenas cada vez me dan más miedo. Igual pude escaparme de casa y no me importa lo que me pueda pasar. Me quitaron todo lo que tenía. Es lo que pasa siempre. Cuando te sacan algo tuyo, se lo llevan para después tirarlo a la basura. No te lo quitan porque lo necesitan, lo hacen para sacarte algo a vos, para que sientas que ya no lo tenés, para que sepas que lo tuyo no vale nada y que pueden llevárselo así porque sí, para que te des cuenta de que ellos sí pueden y de que vos no podés. Yo no soy malo, no pueden hacerme esto. Mis amigos son mis amigos. Al final mi mamá tenía razón, es muy peligroso jugar al fútbol tan tarde. Si ellos hubieran nacido en otro lugar, capaz que todavía estarían vivos. Pero no habrían sido mis amigos. ¿Será que ahora no están aquí porque ya no se sentían felices? Si acá todas las tardes jugábamos contentísimos. ¿Será que yo necesitaba llorar por ellos para darme cuenta de que los amaba? Si yo los amaba, ¿por qué lloraría por ellos? ¿Será verdad, entonces, que no tengo nada?

Acostado en el pasto no me da miedo mirar al cielo. Veo la noche llena de estrellas. ¿Estarán allá las personas que se escaparon de este mundo? Si es así, allá estarán mis amigos. Y allá, donde están esas estrellas, debe ser el verdadero cielo. Ese cielo sin fin que mi mamá dice que existe aunque yo nunca lo haya visto. Si pudiera ir caminando hasta allá, iría ahora mismo. Desde esa altura se debe ver todo mucho mejor. ¿Me estarán viendo en este momento? ¿Sabrán que nunca me olvido de ellos? Ya sé que tengo que acostumbrarme a decir que los amigos vienen y van, como las demás personas. Los amigos me duran igual que la vida, casi nada. Hace frío. Otra vez las sirenas, tengo miedo. Otra vez las explosiones.

—Por fin llegaste, mamá. ¿Al final lo del bombardeo era mentira? ¿Y papá? ¿Por qué todavía no volvió?

No aguanto este frío. Ahora es más fuerte y me duele. El silencio me asusta.

—Papá volvió.

Las palabras de mamá me hicieron temblar.

—¿Y dónde está que no lo veo?

—Mirá hacia arriba.

¿Qué es arriba y qué es abajo?, se preguntó el niño. Si ya no quedaba lugar en donde pudiera pisar con los pies descalzos. Si el cielo se había desplomado sobre ellos y había estallado en mil pedazos, como siempre lo hacía cuando se quedaban sin fuerzas para seguir sosteniéndolo. El cielo se había partido en millones de cielos como el vidrio de una ventana se parte en millones de vidrios y cada pedacito de cielo les había cortado las manos y otra vez la sangre les había brotado en la cara. Un pedacito de cielo había pasado muy cerca de él y había dado contra un árbol negro. Otro había llegado aún más lejos, al otro lado del mundo. Alguien lo encontró, lo levantó con mucho cuidado de no cortarse los dedos y lo guardó como si fuera un recuerdo. Un trozo de cielo, mucho más grande que los demás, había quedado hundido en la tierra, cubriendo a no sé quién. Muchos pedacitos cayeron sobre él y rebotaron junto a otros más que habían vuelto a caer y a rebotar junto a otros más que habían vuelto a caer y a rebotar. El cielo está bajo nuestros pies, aguardándonos para cortarnos la piel cada vez que intentemos dar el primer paso. Arriba, ¿qué es arriba?, quedaba lo que el cielo oculta, esa mancha oscura y deforme que ni alumbra ni protege, esa mancha que es toda sal. Arriba, ¿qué es arriba?, no hay luz ni hay sombra, no hay hambre ni hay sed, no hay decepción ni hay esperanza. Arriba, ¿qué es arriba?, sopla un viento siniestro que llega hasta nuestros despojos y los agita como si fueran pétalos de una rosa seca, abriéndonos las heridas hasta cubrirlas con tierra. Y ese viento, siniestro y obstinado, poco a poco va haciéndose de la noche hasta quedarse con todos sus brillos, con todos sus secretos, con todas sus metáforas. Luego las irá arrojando a diestra y siniestra sin importarle en qué lugar caerán ni sobre quiénes caerán, hasta que esa mancha negra no sea más que un fuerte grito que despierte a todos los demonios para que quiebren a la noche en mil pedazos, en millones de noches iluminadas por millones de rayos que caerán sobre millones de niños que juegan con una pelota descosida. Cuando el último pedacito de cielo toque la tierra por última vez, cuando el último grito de la noche termine de despertar al último demonio, cuando el último de los miedos se quede con la última bocanada de aire, esa nada que parece no tener fin otra vez se cubrirá de luces y los llamará nuevamente para decirles que todo vuelve a empezar.

Levanté la cabeza, vi un cielo todo rojo y un atardecer enorme, enorme, con rayos de sol por todas partes. El pelo de mamá, de tanta luz, era más blanco que lo blanco. Miré otra vez y aparecieron muchísimas estrellas. Una mano me acarició la cabeza.

—¿Ves esa estrella que parpadea como si fuera la luz de una vela? Allá está papá. Él volvió, aunque no llegó a tiempo para encontrarte. Ahora debe estar recostado en el pasto buscándote en algún recuerdo, con la cabeza apoyada sobre las palmas de las manos, preguntándose si el cielo tiene fin.

Un golpe fuerte me distrajo. Era una pelota descosida que me había caído en las manos. Me di vuelta y dijeron que éramos seis, que hacíamos tres para acá y tres para allá, que no valía con la mano, que me sacara la remera, que me apurara, que ya empezábamos.

 

Las dos criaturas (2023)

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