Un hueco invisible. Una luz oscura detrás de una puerta distinta. Una ventana que desconoce el silbido del viento. Una mesa vacía. Una silla impaciente. Una cama olvidada. Enorme, el silencio busca estrellas en algunas manos huérfanas. En algunos pies desérticos que evocan lugares cóncavos. La noche libera los recuerdos como burbujas de aire. Y uno los respira tan frescos, tan presentes que ni siquiera alcanza a contar las horas, a reconocer el espacio entre la silla y el vacío, entre una mesa con flores y la fragancia de las sábanas a las tres de la mañana. Y uno acaricia los labios cerrados, los ojos de almendra, el cuello desnudo como si recién descubriera ese signo de aire, como si reconociera el lugar, las cortinas, la ventana que mira hacia la noche, la lluvia de estrellas que le dice que no, que está solo, que no hay pies, ni manos, ni cuellos, que no es el lugar ni el tiempo. Le anuncia que el silencio es un hueco irrevocable. Y los miedos acechan desde un cielo a cuartos crecientes. No hay lugar para leer los labios. No hay a quién confiarle un secreto imperdonable. Las formas filosas del amor se nos blanden con la luna y nos desvanecemos en desiertos ajenos sin llegar a saber si existe o no aquel sitio donde se unen los cuerpos como rojos latidos. Es verdad que aún no conocemos el lugar, ni cómo serán sus calles, si tendrá ventanas que burlen al viento, si las cortinas se dejarán llevar por las noches de vigilia. Es verdad que no sabemos su nombre ni el tiempo al que pertenece, pero conocemos la única puerta y su luz infinita. Habremos llegado por los mismos laberintos a los que están sentenciados los amores condenados a una eternidad. Nos habremos detenido aquí, leyendo lo que mañana no permanecerá de la misma manera en la que lo habíamos dejado, como las flores sobre la mesa, como aquella ventana abierta a media noche, como el silencio que perturba, como este amor que se nos muere.