No llegan las cartas como si fueran gotas de lluvia. Un cielo aún en blanco y sin una estampilla del sesenta y nueve que se pegue en la mano. Anunciaron lluvia a la tarde pero ni una nube en gris, ni un renglón que separe las corrientes de aire como párrafos aunque tal vez en un relámpago vuelvan a recordarse. Ni una firma de compromiso y en el colectivo, ni un labio como despedida, sólo un papel arrugado de tanto tenerlo entre los dedos y sin saber si al fin esta humedad vomitará gotas de verano. No llegan las cartas devolviendo despedidas, cortas promesas de regresos y un mar de cariños o no, quién sabe cómo estará sin poder leer, o tal vez leyó y no me dijo porque a pesar de que no vuelven parece que el viento muerde las hojas, las da vuelta y las arranca de la ventana hasta soltarlas al otro lado del césped y entonces ¿me habrá visto escribirle en azul? No hay dudas de que sí, habrá que dejar caer la noche para despegarse del sol y esperar no es la mejor manera de acelerar la arena que cuenta los minutos como si fueran interminables días que tardan en desplomarse mientras el olvido se aleja cruzando la calle. No llega ni una palabra de odio, ni de amor, ni un gracias hasta luego que se detenga a mitad del renglón, o un hasta nunca o qué se yo, un tal vez mañana o pasado o el año que viene, ni siquiera un papel que diga que no está, que se fue, que se olvidó, que no sabe no contesta o que al fin y al cabo ya empezó a leer el remitente, ahora que apoya los sobres unos sobre otros en la mesa de luz y después los irá arrugando con la palma de la mano, formará miles de pelotas y las irá arrojando al cesto, una por una, como respuesta.