En la otra puerta

Las sirenas

Ricardo Cardone

A veces bastan las manos encorvadas para alimentarse del calor del cuerpo si uno las acerca a la boca en forma de burbuja y así olvida tanto frío que se derrama por las calles en un invierno del setenta y tres. Como si la paleta del creador no pudiera prescindir de nuevos colores, el gris del cielo pronto comenzará a confundirse con el verde de un mar cada vez más extenso y con un horizonte tediosamente inmóvil. No es verdad que me encontraba allí únicamente porque extrañaba el rumor del viento entre las olas como única voz que me llevara al silencio. No era inmóvil ese silencio que llegaba a través de un desierto de sal y que me sumergía en el amanecer para recordar el roce de la tinta en el papel cuando le escribí a ella como nunca antes le había escrito. Puede ser que la arena me aleje, como todas las veces, del insomnio que me produce la necesidad de volver a oír su voz, ese susurro de gaviotas que se desliza al ras del agua.

No es fácil la tarea de olvidar. No es fácil con este cielo de a uno. Sé que aún él estará pensando en mí, lo siento cada vez que vuelvo a leer su carta.

No pienso llevar el sabor amargo del aeropuerto por mucho tiempo más. Olvidar es lo que más se necesita en estos días y la arena en verdad no ayuda lo suficiente. Si al menos pudiera atesorar alguna palabra de rechazo, inventar alguna discusión irreparable que provocara esta ruptura. Si el frío no fuera un bisturí que desgarra la piel como ahora, el hielo entre ella y yo comenzaría a derretirse lentamente y en su hilo de agua se llevaría sus últimos fragmentos.

No cabe duda de que él está pensando en mí. Conozco cada uno de sus pasos y los laberintos que siempre intenta desatar para volver a perderse en ellos. No resulta extraño que su viaje al sur haya sido tan repentino para justificar un amanecer frente al mar. Tampoco resulta extraño que con toda esta gente a mi alrededor nunca haya podido hacer desaparecer sus labios de mi mente. Eso es lo que me asusta, terminar vencida por la obstinación de los recuerdos.

No puedo olvidarla tan fácilmente, renunciar a dejarme llevar por el canto de su voz justo ahora que siento cómo esta arena húmeda me devora. Y después las lenguas de las olas, esas hogueras que arden unos metros más adelante y que me arrastran lentamente a su bulliciosa garganta, a aquellos laberintos que me gustaba hilvanar como si yo fuera la araña que tejía su tela, lenta y constante, de la misma manera que el horizonte lo hace con el mar. Esas lenguas ya no son lenguas sino labios de una boca que mecen estos huesos y el derrumbe de este cielo es el único testigo.

Tendré que ir a buscarlo. No soporto el tormento de cambiar su nombre, de cubrirlo con otro cuerpo y de ceder a otros labios. Tomaré el vuelo de las diez de la mañana, gracias señorita, puerta quince, embarque por ese pasillo. ¿Está cómoda? Un café nada más. Creo que se llevará una sorpresa cuando lo encuentre en la playa, solitario como siempre y con la mirada perdida en el horizonte. Después de todo, los recuerdos importan más de lo que una supone.

Caminé sobre el agua pensado en ella, con su cabello corto y sus ojos desvelados. Caminé un poco más y me di cuenta de que había descubierto la manera de unirnos para siempre, de volver a desatar cada una de las olas que nos oprimían la garganta.

A veces los recuerdos no sirven para nada, dijo él, y con la mirada ya vacía la abrazó por última vez bajo el mar.

 

Las dos criaturas (2023)

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