Pienso en la necesidad del amor. Tal vez sin él podría conocer Buenos Aires de una forma distinta. Sería un turista caminando por las callecitas de siempre, resbalando en sus adoquines húmedos o tropezándome con sus veredas rotas. ¿Cuánto importa eso si uno camina de a dos? O de a uno y uno. Porque se sabe que a pesar de ser dos, uno es uno y punto. Se ven dos sombras. Dos siluetas. Dos manos enredadas en la ropa. Pero uno es uno. Muchas veces ese uno va caminando por Piedras pegado a la pared para dejar pasar al otro uno que viene de frente y entonces uno se despabila, se le humedecen los ojos como a Penélope cuando reconoció a Ulises. Hasta que pasa por su lado y Penélope le habla con el cuerpo, lo busca con los ojos, le baja la mirada. Y uno, en medio de ese monólogo, se da cuenta que de Ulises no tiene nada. Y que de amor y romanticismo, menos. Entonces se detiene al trescientos. Mira hacia atrás, ve venir el último colectivo de la noche y corre desesperado hacia la parada. Porque para volver de Troya uno debe desafiar el hambre de los cíclopes, los hechizos que acechan en los banquetes de las diosas, la condena al inframundo, el canto de todas las sirenas de occidente y, por más que algún remero haya preferido no escuchar las súplicas de esas criaturas diabólicas poniéndose dos tapones de cera en los oídos para mantenerse a flote en medio de un mar embravecido, un dios vengativo termina hundiéndole el barco con un rayo. Es en ese instante cuando uno se sube al último colectivo porque sabe que cada vez que lo dejó pasar se quedó de a pie.