En la otra puerta

En una calle en diagonal

Ricardo Cardone

Nunca la había tenido tan cerca. Era el mejor dulce de la ciudad. Se veía distinta. Mucho más distinta que antes. En realidad, nunca fue igual al recuerdo de su imagen anterior. Siempre se encargaba de cuidar ese sutil detalle. Cada día de espera para mí coincidía con el día más vulgar para ella. Yo intentaba por todos los medios y de mil maneras diferentes encontrar en ella alguna similitud con las otras mujeres que caminaban por la vereda de enfrente haciendo equilibrio sobre sus tacos como si pisaran pelotitas de golf. Pero mi intento era en vano al estrellarse con tal prueba irrefutable. Quería encontrar la demostración de mi hipótesis que afirmaba una pertenencia de ella a lo terrenal. No podía ser tan vanidosa, tan distinta, tan obsecuente con su belleza de perfil. Mucho menos con la dialéctica pura de sus piernas. Yo la dejaba que insultara y se burlara de mi deseo cuando ella pasaba caminando con su blusa abrochada con un solo botón. Lenta y desafiante. Sinuosa y directa. Vertical y tan alta, opuesta a mí. Pasaba por delante esperando que yo levantara la vista. Insinuándome una mirada disimulada en el desinterés. Me miraba. Seguro que me miraba. No me importa lo que ahora me digan los demás. Me miraba, ¿está bien? Me miraba hasta que yo no resistía la estúpida tentación de mirarla a los ojos. Y bastaba ese momento fatal para que me ignorara completamente y acelerara su paso cruzando la calle repleta de autos. Y ella, por más autos que hubiera, cruzaba igual, a mitad de cuadra. Solamente ella lo podía hacer, tenía actitud para ese tipo de acciones. Intenté seguirla pero en un instante volví a la vereda quedándome con el recuerdo de los insultos de un chofer de camión que alcanzó a frenar delante de mí mientras yo miraba el desenfado itinerante de sus piernas en el medio del asfalto. Y ella tan lenta, tan esmerada en recorrer la calle en diagonal. Me daba la espalda de una manera inmensamente bella, inmensamente delicada, inmensamente inmensa.

Nunca la había tenido tan cerca. Yo viajaba por todo el universo de su cintura. Con mis ojos acariciaba sus medias negras y luego levantaba de a poco, sin que se diera cuenta, el doblez de su pollera de cuero, ese sagrado cofre que guardaba el misterioso tesoro del que yo había descubierto el escondite.

Había que empezar por los delgados tobillos que se alineaban uno tras otro mientras caminaba. Luego se debía subir lentamente por unos gemelos en forma de corazón hasta que uno llegaba al fin de la primera etapa y al comienzo de la segunda. La línea divisoria entre la belleza y el deseo, entre la admiración y la desesperación de la travesía. Sus rodillas ingenuas marcaban el cambio del paisaje, el rumbo a seguir, el inicio de la etapa siguiente, el punto de inflexión, ese camino de fuego, el infierno mismo. Porque ese largo sendero hasta el final de su inquieta pollera implicaba caer en la tentación de Medusa, en Sodoma y Gomorra. No se podía mirar, pero uno miraba. Y uno se tentaba. Aceptaba ese flagelo divino con altura y con resignación. Recorría esas piernas a veces dilatadas, a veces contraídas, que se golpeaban adrede contra el vuelo del cuero de la pollera como si quisieran quitársela de encima. Se rebelaban de una manera procaz haciendo que mi torpe imaginación de navegante y buscador de tesoros escondidos se encegueciera al saber que ése era el camino correcto, al comprender que el cofre dorado estaba cerca, tan cerca como el final de sus medias. Mis ojos no resistieron y se escondieron debajo de su pollera. Quisieron descifrar lo indescifrable. Quisieron detenerla, quisieron que dejara de caminar al menos por un instante. Mis ojos acariciaban el límite de su cintura y se hundían en la infinidad del cosmos buscando ese cofre ansioso por ser hallado. Sus ojos, en cambio, se detenían de improviso. El movimiento armónico de su cuerpo cesó de repente. Ese mar de Bermudas detuvo al péndulo del reloj. La arena no cayó más. Y cuando tuve conciencia de que algo había pasado con el tiempo y con el espacio, salí espantado de su pollera y levanté la vista. Como siempre. Y como siempre que no puedo resistirme a la estúpida tentación de mirarla a los ojos y de esperar el corte fugaz del enésimo capítulo, la miré como a Medusa, como en Sodoma y Gomorra, esperando el cruce de calle, la fuga divina, la inmensidad inmensa. Pero el milagro no ocurrió. Me miró repetidas veces. Me miró y me miró. De arriba a abajo. Y se quedó abajo. Un segundo. Una eternidad. Yo intentaba de todas las maneras posibles sostener mis ropas, evitar que sus ojos me desvistieran. Buscaba la forma de volver a abrochar mi camisa con una sonrisa que nunca existió. Lo que existió en cambio fue su voz. Ella ahí y yo aquí. Ella con su perla más preciada y yo desnudo ante su mirada profunda. Hasta que, sin mediar introducción, me apuntó a la cara:

—Y vos… ¿te vas a quedar mirando?

Tuve la sensación de que el mundo se ponía boca abajo pero yo no quedaba al revés, sino que ese mundo siniestro se daba vuelta sobre mí y todo se me caía en la cabeza. Hasta los más extensos mares me inundaban. El cielo había quedado en mis pies y el suelo oprimía mi mente. Y en el medio estaba yo, intentando que cielo y tierra no se cruzaran, que no se encontraran, que no se tocaran.

—Sí, claro, no, quiero decir sí, no, no, para nada, no, definitivamente sí. No.

Y se fue, como siempre se iba, cruzando la calle en diagonal. Con su inmensidad inmensa. Y yo me quedé lamentando la tarde. Lamentando aquella tarde que tuvo que ser distinta. ¿Por qué siempre me pasa a mí? ¿Por qué de esa manera? Si todo estaba saliendo bien. Bien es poco decir, estaba saliendo perfecto. Pero resultó ser tan fácil, tan directo, tan lineal, ¿tan simple?

Y me quedé mirando cómo pasaba el mismo camión de siempre, el que casi me atropelló una vez por andar distraído ante la procesión de sus piernas que se alejaban por el medio de la calle. Y me quedé allí, sentado en el umbral de un bar. Ya sin admirar tanta inmensidad ahora que la veía desde este lado. Con el deseo destruido por el descubrimiento del tesoro. La lluvia comenzó a caer desenfrenada. Y sin importar mi ropa mojada, me quedé inmóvil con la mirada puesta en las pequeñas e infinitas lagunas que formaban las gotas en la calle, en esa calle en diagonal, pensando en lo vulnerables que somos algunas personas cuando el oponente deja de dar batalla.

 

Las dos criaturas (2023)

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