Usted sabrá disculparme, Laura, pero no quiero que al leer esta carta se me pase por alto algún detalle que, quizás como consecuencia del desarrollo acelerado de los últimos acontecimientos, olvide mencionar. No se abandonará a la idea, a pesar de que no me conoce personalmente, de negar que mi actitud hacia usted ha sido siempre de mucho respeto a pesar de que no he tenido la oportunidad de demostrarle esta sensación que me inunda por completo en una mezcla de desilusión y arrepentimiento, esta sensación que me lleva a alejarme día tras día de la posibilidad de estar a su lado. He llegado a discernir, preso del miedo a encontrarla durante esas noches en las que usted y yo solíamos pasear inadvertidos por las oscuras calles de la ciudad, la diferencia entre el valor de una actitud y el temor al rechazo. Usted deberá saber que en mis años de juventud le he sido lo bastante infiel como para que me niegue su presencia en este cuarto solitario, donde una luz amarilla y débil que se filtra por la ventana me obliga a recostarme de lado para poder escribirle estas pocas líneas intentando exponer con palabras no muy adecuadas lo mucho que he sufrido por su ausencia. No he de resignarme fácilmente a vivir un presente entorpecido por mis actos aunque debo admitir que en mis años de juventud he ensayado algún que otro acercamiento fugaz sin que usted lo hubiera advertido. No ha sido fácil distinguirla en medio de una agitada noche de alcohol y de pastillas. Angustiada, Anita había acercado su oído hasta mi pecho y se había dado cuenta de que mi corazón latía como la primera vez que la vi. He vivido, no puedo negarlo, varios años de placer con quien fuera en ese tiempo una compañera invalorable. Junto a ella aprendí a compartir mi pequeño espacio, tuve la enorme valentía de dejar de lado mi egoísmo y así, con las horas corriendo a la par de nuestros sentimientos, llegué a pensar que sin usted yo aún podría ser feliz. Créame que, aunque mi falta de experiencia pudo haberme llevado a algunas situaciones de las que no hubiera deseado ser parte, cierta vez tuvimos la posibilidad de un nuevo encuentro, también fugaz, gracias a que mi relación con Anita, a causa del paso de los años, no estaba transitando por los caminos de la anhelada felicidad. Usted puede hacerse la idea de que ella es una buena persona, de que siempre espera despierta y con un ánimo envidiable mi regreso a casa luego de un día agobiante de trabajo y de que cuida de mí mejor de lo que lo habría hecho mi difunta madre. No puedo reprocharle nada a Anita, la pena que me invade tiene otra causa. Anita no me gusta. No, no se equivoque, no vaya a pensar que Anita es alguien necesitada de belleza, muy por el contrario, es por demás tentadora y más de una vez he tenido que apartarla de algunos lugares en los que sus atributos invitaban a que hombres y mujeres por igual se le acercaran sin importarles que yo estuviera a su lado. Anita no me gusta y me di cuenta el día que la vi por primera vez. Sucedió casi de improviso, como ocurren las cosas que en definitiva son las más trascendentales de la vida. La conocí cuando había tenido que entrevistar a Isidro Antúnez —usted lo recordará por haberse encontrado con él en la fiesta de cierre de temporada de su salón de peinados—. Ella vestía con liviandad. Yo podía darme cuenta, a pesar del poco tiempo que disponía para desviar la mirada durante mi entrevista con Antúnez, de que su sonrisa tentadora era la antesala de sus ojos color miel y que ellos no dejaban de observar con extraño interés la forma en que se desarrollaba nuestra conversación. No era poca cosa que Antúnez hablara tan fluido y con gracia como quien disfruta de un puro al terminar su trabajo. Luego de hundir el hielo en el vaso de whisky, la mano de Anita invitaba a seguir la mirada por su brazo desnudo hasta llegar al delgado cuello perfumado y así zambullirse en su escote aventurando una larga travesía contenida por su blusa.
—Uno solo, gracias —dije de improviso al reconocer que estaba prestando atención a otra cosa y no a las palabras de Antúnez.
Fue en ese momento en el que Antúnez recibió el aviso del frustrado asalto a la sucursal de la Avenida Santa Fe y debió dar por terminada la entrevista. Debía ir con premura a declarar a la seccional veintitrés, un oficial le había informado que habían atrapado a dos sospechosos y que podrían ser los autores del atraco. Me prohibió que lo acompañara, él estaba algo aturdido y, sin mediar saludo, partió en su convertible rumbo a la capital. Mientras tanto, el hielo giraba adentro del vaso a medio terminar ayudado por la punta de un dedo que se sumergía de tanto en tanto para impulsar ese rítmico movimiento y, una vez humedecida, la llevaba a los labios para probar el sabor. Luego ese dedo se levantó y se sentó a mi lado. Yo, entenderá usted, respetaba a la esposa de Antúnez, especialmente en presencia de Antúnez, pero jamás se me hubiera ocurrido tener que andar desabrochándole la blusa en su dormitorio. Fue ahí cuando me di cuenta de que Anita no me gustaba y dos días más tarde, tan solo dos días nada más, deseé profundamente abandonar a Anita y desaparecer de la vida de la esposa de Antúnez, del propio Antúnez y del hospital al que me llevaron cuando Antúnez regresó a su casa y nos encontró dormidos en su cama. Nunca anhelé tanto tenerla a mi lado como aquel día.
Lejos de Antúnez y con el telegrama de despido en la mano decidí salir a buscarla para sincerarme con usted de una buena vez. No estaba en mis mejores días y el tren que arribaba a la estación me proponía un viaje de reencuentro. No lo tome a mal pero creo que estoy enamorado de usted. Anita sé que lo presiente y hace todo lo posible por evitar que algún día nos encontremos. Por celos ya rompió una carta que le había escrito en secreto cuando sentí un profundo vacío en mi corazón y otra algo extensa e indudablemente más poética luego de vomitar un líquido espantosamente ácido que salía a borbotones de mi boca. He tomado la decisión de ir a buscarla, Laura. No podré vivir sin usted el resto de mis días. Le suplico que me espere allí abajo, cerquita del cordón de la vereda y alejada de aquel árbol. Si alza la vista, me alcanzará a ver como si fuera un papelito con alas que se descuelga desde el balcón y que viaja a toda prisa hacia usted. Pero le pido un favor, no se haga a un lado esta vez, no quiero volver a las terribles fracturas, a la respiración que se niega a detenerse, a la espantosa resignación al rechazo y a otra carta.