Al fin de cuentas todo termina en un punto. La ruta del destino es como cualquier otra ruta que con la velocidad comienza a angostarse hasta que la cinta de cemento desemboca en un único punto debajo de un cielo interminable. Es ese punto, el que se ve a lo lejos, el punto límite. Y hacia allá voy a más de trecientos kilómetros por hora, con la cabeza hundida en el manubrio, empuñando firmemente el acelerador para que la fuerza del viento no doblegue mi muñeca. Un viento que adormece los sentidos pasa a mi lado deseándome suerte. La necesitaré si quiero llegar al final de esta ruta, a aquel punto sublime donde la tierra parece flotar. Si no fuera porque de vez en cuando siento que las ruedas se despegan por unos segundos del asfalto, como si fueran hojas que el viento arrastra de aquí para allá y que luego olvida, todo sería tan monótono que no lo soportaría. Pero ese vuelo rasante que mis piernas perciben me basta para seguir acelerando, sé que no dura mucho ese levitar que me transporta a otro universo, ese placer que no es más que un aleteo y que luego cae con todo el peso de una mariposa sobre algún pétalo distraído. Hasta me parece sentir el momento en el que los neumáticos vuelven a apoyarse suavemente sobre la ruta. El punto permanece fijo, inmóvil en el centro de mi vista. Hacia él voy, aferrado al manubrio y con todo el cuerpo agazapado, esperando que aquella puerta se abra para dejarme pasar. El camino me lleva hacia ella como si fuera un embudo del cual no tengo posibilidad de escapar. Caeré como un líquido dentro de una botella y a medida que me acerque a esa desembocadura, mi corazón se acelerará cada vez más. Creo ver al final de la ruta un ojo por el que tendré que pasar velozmente. Necesito saber qué hay del otro lado, más allá del más allá. Algunos dicen que después de cruzar ese origen siniestro hacia el cual regresamos a toda velocidad no nos queda nada. No hay ninguna otra cosa que nos pueda ser útil si volvemos al lugar de donde partimos, a ese punto donde todo converge. Otros afirman que después del embudo hay un recipiente de vidrio y que, si insistimos tanto en querer regresar al origen, terminaremos encerrados en un frasco de salmuera al que unos seres gigantescos y muy despreciables le pondrán una tapa y nos dejarán macerar durante miles de años. Los más optimistas creen que luego de pasar esa puerta cilíndrica del tamaño de una cabeza de alfiler, la vida se vuelve única e invalorable. Dicen además que las personas que lograron pasar al otro lado también viajaron por rutas que las llevaron a su destino y que no piensan regresar. Será por eso que ninguno de los que cruzaron ese minúsculo punto en el espacio ha vuelto a poner los pies sobre esta tierra. O quizás será porque se encuentran atrapados en un frasco con salmuera.
Un zumbido como el de una abeja da vueltas alrededor de mi oído. Siento que el calor que expulsa el motor empuja mis pies hacia el vacío que pasa raudo debajo de ellos. Probablemente ese ruido provenga de alguna de las válvulas que pueden haberse descalibrado por la presión excesiva a la que están siendo sometidas. Pero no pienso bajar la velocidad. Al contrario, desde que estoy con el acelerador al máximo de su recorrido, la velocidad sigue aumentando. De a poco esta maravillosa obra de ingeniería va ganando confianza y no deja de sorprenderme. Ahora el viento parece abrazarme y me guía hacia un embudo invisible que, junto con la ruta, me lleva al punto de su desembocadura. Todo parece confluir delante de mí. Incluso el horizonte parece curvarse de la misma manera que lo hago yo mientras me voy acercando al final del camino. La carretera está despejada y todavía hay sol. Un sol que en poco tiempo enfrentará a mis ojos y me cegará la vista. Deberé llegar antes de que se oculte y de que la noche comience a borrar el camino, aunque más rápido no puedo viajar. Siento que mis venas están por estallar, siento la sangre entrar en ebullición y correr frenéticamente por todo mi cuerpo. Ya imagino lo que está por venir, eso que todos queremos ver cuando regresamos al punto de partida sin que nada se nos interponga. Por ese punto ínfimo pasará en un instante toda mi existencia y al fin estaré en el otro lado, lejos de esta ruta, lejos del embudo.
Tengo la vista fija hacia adelante y el punto parece crecer. Se aproxima rápidamente, algo me dice que ya estoy cerca. El manubrio vibra de a ratos, debo sujetarlo con fuerza para no perder la estabilidad. Sin embargo, hay un andar sereno que me hace pensar que todo está en orden, que pronto llegaré a destino. Ahora el punto tiene la forma de un camión que se cruzó de carril.
La puerta se cerró tan rápido como se había abierto y una burbuja del tamaño de una gota de agua cayó adentro de un frasco con salmuera. Pasarán varios años, tal vez miles, hasta que alguno de los gigantes lo saque del estante y se lo sirva a su prometida. Luego ella querrá saber con qué está hecho y el gigante le dirá que con mucho amor y con una pizca de algo que en otro tiempo llamaban eternidad.