Cuando tenía seis o siete años las cosas en mi vida eran muy distintas. Podía jugar. Los juegos no eran complejos, sólo me bastaba con esconderme para que un amigo me buscara o con correr muy rápido para no dejarme alcanzar y así evitar tener que perseguir a los demás. Eran unos juegos muy estúpidos, pensándolo bien. Sobre todo si los comparo con los juegos de los niños de hoy en día. Y cuando alguna vez, movido por la nostalgia, se me ocurre contarles de qué manera me divertía cuando tenía su edad, vuelvo a sentir la soledad. Es imposible entender por dónde pasaba la felicidad de nuestros mayores. No es nada fácil ponerse en el lugar del otro.
Un día de verano mi tío volvió a la casa de mi abuela con unas cañas, goma de pegar y papeles de colores. Yo estaba allí de visita, jugando sobre el pasto con lo que se me ocurría en ese momento. Me llamó la atención ver tantos materiales, sobre todo los papeles de colores. Me levanté y fui hasta la pequeña mesita de hierro que mis abuelos tenían en el jardín. Me quedé de pie al lado de mi tío admirando esos papeles que él había apoyado sobre la mesa. Algunos eran azules, otros rojos, había verdes, amarillos, no recuerdo todos los colores pero eran sorprendentes. Sin decirme una palabra, tomó un cuchillo pequeño pero aparentemente filoso —me dio un poco de miedo— y comenzó a cortar cada una de las cañas en forma longitudinal. Por cada una de ellas obtuvo dos varillas firmes. Luego las apoyó en el piso y me mostró el cuchillo antes de dejarlo sobre la mesa.
—No te vayas a cortar —me dijo—, esto no se toca.
Ahora que lo recuerdo, me dijo que el cuchillo no se tocaba y yo no lo toqué. Cómo han cambiado las conductas desde esa época hasta el día de hoy. Luego sacó un rollo de hilo de una bolsa, tomó dos de las varillas de caña que había cortado, las puso en forma de cruz y las amarró con varias vueltas. Lo mismo hizo con otras dos, las cruzó y las ató. Prestó atención a que cada extremo de las varillas tuviera la misma longitud. Luego tomó los dos armazones en cruz, los apoyó uno contra otro de manera que las varillas quedaran separadas por ángulos iguales, como si se tratase del cuadrante de un reloj, y con un trozo de hilo los sujetó firmemente en el centro para que no se movieran. Una vez atados, los levantó hasta la altura de los ojos para ver si había algo que no hubiera quedado como él deseaba y, satisfecho, los dejó nuevamente en el piso. Buscó el rollo de hilo blanco que había dejado sobre la mesa y otra vez tomó el armazón de varillas de caña que había fabricado. Comenzó con una firme atadura sobre el extremo de una de las varillas y desplegó el hilo hasta el extremo de la otra más cercana, dio dos vueltas sobre la punta de ésta, hizo un nudo y continuó hacia la tercera. En poco tiempo el hilo rodeó a todas las varillas y entonces cortó el sobrante. Tomó un rollo de papel azul, lo desplegó sobre el armazón hasta cubrir una mitad de la parte superior y lo cortó cuidadosamente. Luego tomó el papel rojo e hizo lo mismo que había hecho con el azul. Repitió el procedimiento con el amarillo y con el verde —creo que uno era amarillo y otro era verde, no es extraño que no recuerde bien los colores—. Apoyó los recortes de papel sobre la mesa y pegó los bordes de uno sobre los bordes de otro formando un cuadrado de cuatro colores: azul y rojo arriba, verde y amarillo —sigo sin recordar— abajo. Sobre esos cuatro papeles pegados apoyó el armazón de caña, dobló las puntas de cada papel sobre el contorno de hilo, cortó los sobrantes y pegó el doblez.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
El barrilete no estaba terminado pero ya me asombraba. Mi tío me dijo que los barriletes volaban si uno los sabía remontar. Me advirtió también que había que tener cuidado con el viento, que podía levantarlos o devolverlos a la tierra sin razón alguna. Me atrapó la idea.
Tuvo que pasar un día para que yo pudiera ver el barrilete terminado. Aquella tarde mi tío debía salir y no regresaría hasta la noche. A mí me vinieron a buscar para llevarme a casa de mis padres. El barrilete quedó guardado en la habitación del fondo con el pegamento aún húmedo. Ahora que recuerdo esa imagen, me viene a la memoria la idea del desamparo. El barrilete brillaba con sus colores y había sido creado para volar. ¿Qué hacía ahí, abandonado en una habitación olvidada?
Al día siguiente, cuando llegué a la casa de mi abuela, el barrilete estaba terminado. Era enorme. Tenía unos flecos de papel pegados en todo el perímetro y una tira de trapos anudados colgaban de la parte inferior. Tres tramos de hilo estaban atados a las varillas y pasaban a través del papel a la parte delantera, a media distancia del centro. Sus extremos estaban anudados a la cuerda que surgía de un pesado ovillo.
—Ahora sólo queda remontarlo —dijo mi tío y subió conmigo a la azotea.
El barrilete comenzó a balancearse torpemente con el viento. Parecía que ascendía aunque luego se inclinaba y caía en picada pero si se tiraba del hilo, retomaba la postura y enfrentaba al viento nuevamente. Mi tío desenrollaba cada vez más el carretel y el barrilete parecía cobrar peso en el aire. Se podía sentir la fuerza con la que resistía al viento que no dejaba de hostigarlo. Era en ese instante cuando trepaba unos metros, pero a los pocos segundos volvía a precipitarse. La situación era de esperanza y de desazón, apenas veía que el barrilete se elevaba sentía una sensación de satisfacción incomparable, irreconocible; cuando el barrilete parecía caer, la sensación era similar a otras tantas. Así mi tío estuvo combatiendo al viento con nuestro barrilete —era nuestro porque él me había dicho que era nuestro— hasta que una ráfaga imprevista lo embistió con tal fuerza que lo levantó por encima de los pinos de las casas vecinas. Ahora el barrilete se veía pequeño, apenas podían distinguirse sus papeles de colores. Al fin respiraba con serenidad después de tanta agitación que debió soportar cuando había estado cerca de nosotros. El barrilete tironeaba de la cuerda para intentar liberarse pero el hilo se mantenía firme en la mano de mi tío. Tuve la sensación de que el barrilete no estaba dispuesto a tolerar que lo mantuviéramos unido a la tierra. Debajo de él, la cola de trapo se mecía al compás de una música inaudible. Ese movimiento lo mantenía a salvo en esa altura envidiable.
—¿Y ahora qué hacemos, tío?
—Nada.
¿Cómo nada? ¿Cuál era el juego? ¿Nada? ¿Ver un barrilete en el cielo que está unido a una cuerda? ¿Y qué tiene de divertido ver un barrilete en el aire durante tanto tiempo? Me senté en el piso de la azotea con las piernas cruzadas y con los codos sobre las rodillas. Apoyé el mentón sobre las palmas de las manos y me quedé mirando el barrilete y el cielo con algo de hastío. Era una situación insignificante aunque no dejaba de llamarme la atención. Todo parecía ser tan estático, tan inmóvil, salvo por los movimientos de los brazos de mi tío. Él no dejaba de tensar ni de soltar el hilo. Constantemente enrollaba y aflojaba el carretel para asegurarse de que el barrilete no perdiera estabilidad. Cuando por fin no necesitó tirar tanto de él —tal vez las corrientes de aire a esa altura eran más indulgentes—, se sentó a mi lado. Los dos nos quedamos mirando el vuelo del barrilete. El viento agitaba frenéticamente los flecos que apenas alcanzábamos a ver. El silencio era tan espeso que podíamos escuchar el ruido del aire al golpear sobre el papel. No era violento, parecía más bien que éste le procuraba un masaje blando, como si lo adormeciera con su vaivén. El cielo era todo azul, no había nubes que quebrantaran tanta profundidad. El barrilete parecía la luz de un faro, esa luz que la tierra sujeta, una luz con las alas cortadas pero no por eso menos poderosa. Esperando que algo sucediera, deseando salir de ese letargo en el que me estaba adormeciendo mientras mi tío sostenía con firmeza el carretel, con un dedo toqué la cuerda y tiré de ella hacia mí. El barrilete pareció estremecerse y dio un giro repentino hacia un costado, como si fuera a derrumbarse. Esa agitación brusca me asustó, creí que se iba a caer. Solté rápidamente la cuerda y retomó su postura. Ante mi asombro, mi tío me advirtió que cualquier movimiento en falso podía derribarlo. Como se dio cuenta de que me estaba aburriendo y no tardaría en cometer otra torpeza, me dejó sostener el carretel. Lo tomé desde sus extremos con ambas manos. No era más que un palo de madera al que él le había enrollado un hilo fuerte y largo, muy largo. Ahora era yo quien sentía la tensión del barrilete y dependía de mí que éste continuara en el aire o que se destrozara en la tierra. Me puse de pie sin dejar de mirar cómo esas frágiles varillas forradas en papel enfrentaban al viento mientras éste sacudía los flecos queriendo arrebatárselos. La cuerda era una extensión de mi mano. Ahora podía dominarlo y eso despertó mi interés. Bastaba que hiciera un leve movimiento con el hilo para que el barrilete me respondiera. Tiraba de él hacia un lado y el barrilete giraba en ese sentido, soltaba más hilo del carretel y el barrilete parecía caer pero la fuerza del viento lo volvía a elevar. En cambio si enrollaba el carretel, el barrilete se resistía como si quisiera alejarse de mí. A medida que ovillaba el hilo, el barrilete se elevaba más y más hasta tomar una posición casi cenital. Yo, para divertirme, lo traía hacia mí hasta que estuviera lo más cerca posible sin que perdiera estabilidad y luego desenrollaba lentamente el carretel para que por fin volara libre. Cuando comenzaba a caer, tal vez agotado por las batallas que a esa altura estaría librando, agitaba el hilo y el barrilete se despertaba sobresaltado, enfrentaba al viento y, con los flecos revueltos, volvía a imponerse y a ascender. Cuando alcanzaba una altura considerable y el viento era constante, el cielo le devolvía la calma. Yo le daba pequeños tironcitos al hilo y el barrilete parecía saludarme, como si fuera uno de esos muñecos que mueven la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Imaginar que el barrilete se mantenía suspendido en el aire gracias a mí me llenaba de orgullo. A medida que pasaban los minutos me iba sintiendo más a gusto con él.
Todo empezó cuando creí que ya lo tenía controlado, que mis manos lo gobernaban. El viento se debilitó y el barrilete comenzó a caer. La cuerda perdió tensión, el barrilete ya no tiraba de ella. Intenté enrollar el carretel lo más rápido posible para que el hilo sobrante no se me enredara en los pies y tiré de él nuevamente para que volviera a estar tenso, pero el barrilete caía como una hoja seca. Cuando pensé que ya había perdido el control, mi tío tomó la cuerda y la agitó con tal fuerza que el barrilete comenzó a responderle con leves movimientos. Lo hacía subir un poco, luego aflojaba el carretel y dejaba que cayera al vacío hasta que nuevamente volvía a tirar del hilo como si lo estuviera despertando a sacudidas. Tensaba la cuerda, el barrilete se movía, tomaba altura pero volvía a caer sin fuerzas; no podía enfrentar al viento. Un último tirón hizo que el barrilete quedara en posición vertical, una ráfaga lo embistió de lleno y comenzó a ascender nuevamente. Una vez que logró sostenerse en lo alto de nuestras cabezas, mi tío lentamente volvió a desenrollar el carretel y el barrilete comenzó a alejarse de nosotros. A medida que liberaba más hilo, sobrevolaba los techos de las casas vecinas y ascendía sobre los pinos más altos. Otra vez el barrilete parecía abarcar todo el cielo. Cuando por fin logró estabilizarlo, mi tío me volvió a dar el carretel. Me dijo que nunca creyera que a un barrilete se lo puede controlar tan fácilmente, que no debía dejar de prestarle atención porque cualquier cambio en la dirección del viento lo haría caer.
Me quedé pensando en cómo aquel cielo acechaba a nuestro barrilete. Esa inmensidad podría derribar a un manojo de papel y varillas de caña si así lo quisiera. Pero a pesar de eso el barrilete permanecía en el aire agitando sus flecos. Era frágil, no cabía duda, pero su tenacidad dependía de mí. Me gustaba esa idea, que dependiera de mí. Disfrutaba verlo volar. Ahora el barrilete me cautivaba. Antes había sentido curiosidad por él, asombro tal vez, pero ahora la sensación era otra, el barrilete me gustaba. Algo había cambiado en mi forma de pensar, disfrutaba simplemente con mirarlo, con tirar un poco de la cuerda o aflojarla para que ascendiera o descendiera a mi gusto. El barrilete ahora tenía algo de mí que le daba vida. Sobresalía su forma geométrica, su cuerpo débil que a lo lejos se apreciaba apenas como una sugerencia de colores, el movimiento casi pendular que la continua resistencia al viento le imponía, su aspecto de guardián que parecía velar por mí, el sonido del papel agitándose por el viento. La tensión del hilo que dejaba marcas en mi piel me mantenía siempre en alerta. Todo era una acción y una reacción de los sentidos; eso me producía satisfacción. No era una única percepción, todo el conjunto de sensaciones que se sucedían al mismo tiempo me daba placer.
La tarde estaba cayendo cuando el poder del viento aumentó. Volví a soltar más hilo del carretel para que el barrilete lograra volar más lejos. Podía sentir el peso de la cuerda de tanto que la había desenrollado. El barrilete apenas se alcanzaba a ver pero yo sabía que esa pequeña figura que se balanceaba en el aire era lo que mantenía el encanto. A medida que se alejaba de mí, su forma se volvía más difusa, la tensión del hilo en mis manos aumentaba, el viento lo mecía con otro vaivén y el sonido de los flecos agitándose llegaba apenas como un susurro. Las sensaciones cambiaban y no por eso eran menos placenteras.
Todo lo que percibimos puede llevarnos a la emoción, pero ninguna emoción se repetirá. Creo que había encontrado belleza en ese barrilete. El viento soplaba más fuerte y el hilo no dejaba de tensarse. Quise que esa sensación que había tenido aquella tarde no desapareciera y desenrollé todo el carretel. El barrilete comenzó a alejarse y a tensar aún más el hilo. Cada movimiento que hacía le llegaba con demora. No lo podía controlar tan fácilmente pero el placer de verlo desafiar al universo superaba cualquier traspié. El viento lo agitaba con más fuerza. Di un último tirón para lograr estabilizarlo pero la cuerda se cortó. Alcancé a ver que el barrilete dio dos giros sobre sí mismo y comenzó a caer aturdido como una hoja que el otoño termina por quebrar. No supe en qué lugar se derrumbó. Nunca quise ir a buscarlo. Lo imaginé destrozado, con el papel rasgado por alguna rama de algún árbol, con las varillas rotas bajo los neumáticos de cualquier automóvil, con la cola de trapo colgando de algún poste de luz, y si algo de él hubiera quedado en pie, alguien ya lo habría tirado a la basura. Comencé a enrollar el hilo en el carretel para dejar de pensar en mi fracaso pero no pude escaparme de esa desolación. Con ese barrilete se había ido algo mío. Era una parte de mí, un reflejo que me hipnotizaba, algo que no pasaba inadvertido, algo que me daba placer. Continué enrollando el hilo hasta que llegó a mis manos el extremo donde se había cortado. Toqué sus puntas deshilachadas como si quisiera recuperar el barrilete que ya no tenía, pero ellas me llevaron a los papeles de colores, a las varillas atadas, al día de ayer. Dejé el carretel en el piso y me senté nuevamente con las piernas cruzadas y con los codos sobre las rodillas. Apoyé el mentón sobre las palmas de las manos mirando hacia el lugar donde había visto por última vez al barrilete volar. Me quedé inmóvil. Mi tío ya no estaba, no lo volvería a ver más, al igual que al barrilete. No recuerdo por cuál de las dos pérdidas lloré más.
Cuando fui más grande vi otros barriletes, cientos de ellos de diferentes colores. Todos eran iguales para mí, ninguno se destacaba de los demás. Colgaban de un hilo uno al lado del otro como si estuvieran hechos solamente para cumplir una función. Compré uno de color blanco que tenía estampado un dibujo que ahora no recuerdo. Aflojé con unas vueltas la cuerda del carretel, corrí unos pasos y lo remonté con demasiada facilidad. En pocos segundos el barrilete estaba volando sobre mi cabeza pero eso no me bastó. No pude volver a sentir el placer de ver volar a un barrilete tal como me había ocurrido con aquel otro que había visto construir, ése que creía aburrido. Estos nuevos estaban hechos con una tela sintética sujetada por dos varillas de plástico. No necesitaban altura para volar, cualquier niño los podía remontar con grandes posibilidades de éxito. Pero eran todos iguales, no había uno en el que pudiera encontrar algo de mí. Yo no estaba en ninguno de ellos. Tal vez lo que tenía de diferente aquel barrilete que había construido mi tío era que lo había visto crecer, en cambio éstos ya estaban terminados, listos para usar, sin historia. De todas maneras, no creo que fuera ésa la causa de mi desilusión. Me inclino a pensar que aquel barrilete tenía algo que solamente yo podía ver, algo que lo hacía único para mí. Yo había depositado en él todas esas sensaciones que me traían paz, que me daban placer. Tenía la forma que me gustaba pero eso no bastaba. Tenía colores atractivos pero tampoco bastaba. Se balanceaba en el aire de una manera que me traía paz pero no era suficiente. Podía escuchar el viento golpear en el papel pero tampoco alcanzaba. Sentía su fuerza en el hilo que me cortaba la piel pero eso no era todo. Siempre se me hizo difícil entender la razón del placer. De alguna manera debe estar relacionada con la belleza. No debe existir belleza que no depare placer. Será por eso que cuando algo es bello se vuelve irresistible. No hay belleza que pase inadvertida. Nuestros sentidos están continuamente en alerta para detectar belleza y, cuando eso sucede, todo lo que percibimos se alinea detrás de ella ensombreciendo a todo lo demás.
Algunas veces, por necesidad de sobrevivir, creo engañarme y racionalizar la belleza. Busco entonces alguna fórmula que la justifique, algún parámetro que permita su medición, algún rasgo que alguien pueda identificar como bello pero con nada de eso logro definirla. Lo bello no tiene una explicación lógica para mí. Tampoco obedece a una raíz cultural. No hay más belleza en ciertos grupos humanos que en otros. No existen los patrones de belleza. Lo bello de algo o de alguien dependerá de la percepción de cada uno de nosotros y del placer que nos provoque. Al ser subjetiva, nadie podrá cuestionarla, algo es bello para uno y no lo es para otro. Tamaña tarea tendrá un artista para lograr que su obra sea bella para más de uno.
La belleza es inasible y no lo es por abstracta. Lo es porque nadie puede apoderarse de ella. Una vez que se manifiesta ante alguien, vuelve a ocultarse dejando un rastro de placer. Ese rastro es el que nos habla de su rumbo. Solamente vamos a tener indicios de ella, pero nada nos asegurará que logremos alcanzarla. Nuestros sentidos estarán en alerta para descubrirla y eso nos alimentará el deseo. Si seguimos su rumbo, tal vez vuelva a manifestarse por un instante para otra vez huir.
Creo que la belleza reside en nosotros mismos y que, para nosotros, algo es bello cuando nos vemos reflejados en ese algo. Si eso sucede, ya no podremos desprendernos de aquello y haremos hasta lo imposible por retenerlo cercenándole su libertad. Un deseo de egoísmo nos invade, esa belleza la queremos únicamente para nosotros. Y como intuimos su condición de efímera, intentamos retenerla todo el tiempo que se pueda. La belleza es sólida. Nadie puede moldearla a su gusto. Está o no está. Nada puede ser más bello cuando ya es bello. Un artista debería seguir el camino de la belleza para lograr conmover pero deberá permanecer en alerta para poder reconocerla cuando se manifieste y así no intentar buscar más belleza dentro de aquella que ya encontró. Cuando a lo bello se le exige más belleza, se rompe en mil pedazos.
La belleza es como la vida, sabemos que se va a terminar pero no sabemos cuándo. Lo cierto es que será pronto, apenas un breve trecho después de descubrirla. Apreciamos lo bello por lo que la belleza deja en nuestra memoria, de la misma manera que apreciamos la vida gracias al recuerdo. Creo que aquel barrilete debió caerse para continuar siendo bello. Y si no se hubiera caído, lo habría terminado derribando, porque no se puede vivir con esa sensación de placer durante mucho tiempo. No hay cuerpo que aguante, decía mi tío.