En la otra puerta

Capítulo I

Ricardo Cardone

Otros pies, la misma tierra. Las voces se ahogan en la última bocanada de la noche. Cenital, el frío perforó las mantas y ahora otro sueño espera. Algunos, de a poco, fueron levantándose entre ruidos de cacharros y lánguidas palabras. Ya asomarán las primeras luces del día. Ya surgirán las nubes sobre la cordillera nevada y empujarán la noche hasta desbarrancarla detrás de los cerros. Mientras tanto las voces se escapan de la oscuridad y comienzan a escucharse como si se vieran las palabras, cada una de las letras, con las tildes aún adormecidas, con los puntos y las comas, exagerando los silencios, las pausas entre manta y manta, los ponchos desflecados y el crujir de la leña recién encendida. Son otros pies, otros cuerpos que pisarán la misma tierra, recorrerán el infinito camino, llegarán al mismo sitio, depositarán las mismas ofrendas y serán otros los que hablarán de ellos, otros los que rezarán por ellos, otros los que esperarán el regreso, el agua caliente, el primer mate amargo del día. Junto al fuego descansan algunas ollas. El mate pasa de mano en mano mientras vuelven a armar las mudas de ropa. El sol ausente es la única esperanza contra el frío.

Con un golpe, Nazareno cerró el cuaderno y regresó a su cama como si no tuviera otra puerta para escaparse. Imaginó a su padre en el camino de tierra, sacrificando rezos, llevando a cuestas la imagen de la Virgen de la Candelaria, torciéndose los tobillos con las piedras sueltas del camino, si es que se puede llamar camino al desgastado sendero que dejan las mulas de tanto recorrerlo cargadas con cañas de azúcar. Nazareno ahora duerme junto a una vela apagada. Sueña con un cielo de luna llena, con sus ojos teñidos de estrellas. Sueña con su rebaño, con su varita mágica construida con alguna rama de arbusto que cortó camino a la casa. Nazareno hace magia. Mientras regresa a los corrales habla con sus llamas. Les cuenta historias de hombres mayores, de abuelos pacientes. Les cuenta secretos guardados en algún bolsillo del pantalón. Espera en silencio un breve tiempo para que las llamas puedan contestarle y luego continúa con su historia, hablándoles del río que arrasa con cada uno de sus deseos como si fuera un mensajero que va directo al cielo, como si no fuera necesario juntar las manos para esperar que el agua lleve su fe en un sobre, le pegue una estampilla de dos pesos y la deposite en el buzón rojo que una vez vio cerca de una plaza cercada. Las llamas comprenden su silencio, se detienen en algún arbusto para poner a prueba sus dientes y le responden sin pronunciar ningún sonido que se preste a desengaño, así Nazareno puede continuar con su conversación de hombre experimentado. Falta poco para los ocres de la tarde y otra vez las estrellas, la noche que acecha, ese otro silencio. Pero todavía queda algo de aquel sol, lo necesario para concluir su historia de regreso, para golpear con su vara a las llamas rezagadas y alentarlas a que escuchen el final del relato, ese cuento que termina con una vela apagada y la almohada hundida de un Nazareno que duerme profundamente.
Nadie lo ha visto todavía. El sueño y la noche desconocen los rostros. Algunos pasos arrastran la tierra, calientan el agua. 

—¿No lo has oído levantarse? 

—Ha de estar recogiendo algo de leña, la que tenemos no ha de alcanzar. 

—He de decirle algo importante. 

—Ya ha de estar volviendo. 

El fuego se consumía con las últimas horas de la noche y había que buscar más leña.

—Te he buscado. 

—He ido a buscar algunos troncos. 

—Ya es tarde, has de ordenar y de levantar tus cosas. 

—Estoy listo, despierta a los demás mientras pongo más agua al fuego. 

—Hace frío. 

—Hace frío.

Cómo describir el cielo desde unas pocas páginas de un libro. Cómo explicar la inmensidad en cuatro líneas que se leen a las apuradas en un banco de plaza. Resulta imposible imaginar que en medio de la nada este cielo se respira como hoja de albahaca. O que la noche se nos abalanza y así nos detiene el tiempo. Cómo entender que esa noche entre las montañas se nos vuelve eterna, que de a poco nos vamos acostumbrando a pertenecerle y casi sin darnos cuenta pasamos a ser parte de ella. Es difícil entender la inmensidad del cielo sin comprender la eternidad. Es difícil comprender la eternidad sin entender a la noche. Es difícil descifrar a ciegas el propio destino. Somos nada más que estrellas de un universo que se extingue. La noche nos vulnera frente a un cielo que se nos viene encima en medio de la nada.
Mientras tanto el rocío brota por todas partes. Surge desde lo profundo de la tierra buscando una gota de aire para respirar. A oscuras, el frío se desbarranca desde los cerros. Hay que apresurarse a enrollar las mantas, a buscar más leña, a subir un poco más por el monte. No hay luna y la oscuridad asfixia. Más abajo, algunas voces heladas parecen desvanecerse. Unos pasos crujen al pie de los sauces. Apenas se ve una fogata mortecina al final de la barranca, las ramas recién cortadas, los picos siempre nevados. Cumbres arriba, una luna que no existe espera.

Ramiro Vargas nació en la Puna con otro nombre. Tiene los ojos profundos y la cara curtida por el reflejo del sol en los campos de sal. Respira los días con hojas de tabaco. Sabe que los años le van tallando una sentencia como tiempo atrás les ocurrió a los valerosos cardones que custodian el desierto. Más de una vez se lo ha visto caminar hacia algún cerro alejado y regresar a paso lento, liviano, como alguien que se ha liberado de una culpa impronunciable. A veces, antes del alba, entre mate y mate, toma a su sombrero por el ala y girándolo con las yemas de los dedos, como siguiendo una costura invisible, recuerda. Ahora trae un poco de leña desde el cerro. Ya lo han visto. Ya tendrán agua caliente.

Al final del primer día de camino llegaron hasta la margen del Río Grande para descansar los pies y las espaldas de un sol que no sabe de estaciones. Allí los días no se transpiran. El sol corta la piel sin derretirla. Ese día no había sido diferente a los previos a la partida. Hubo que caminar por el desierto, rodearse de cardones y de arbustos lacerantes, buscar senderos entre un mar de polvo árido. Confiaban en los picos más altos para que ellos los guiaran hasta el río. El sol quemaba los ojos y vestida con su túnica blanca, su manto celeste, su corona dorada, su cetro irradiando rayos en infinitos círculos, la imagen de la Virgen de la Candelaria se balanceaba sobre su base de cañas. Viajaba sostenida por los hombros de cuatro peregrinos que se alternaban para llegar a la costa, para que la noche no los encontrara en el desierto, para que aquellas cañas que dejaban llagas en la piel y les abrían los huesos les tuvieran piedad, para que los queneros y los sikuris no se callaran, aunque el sol se escondiera y la vida pareciera un constante flagelo de luz y de sombra, de música y de silencio, de un ir a todas partes con el cuerpo cansado y de un volver a ninguna con las manos vacías. La tarde terminó con el camino a orillas del río. Hubo que buscar un refugio para hacer fuego, tender las mantas y preparar comida caliente para pasar la noche. Los cuerpos extenuados aún no hablaban de abandono. El cobrizo de la piel conocía el esfuerzo y la resignación, pero nunca la renuncia. Eran doce los que hasta allí habían llegado y doce serían los que deberían alcanzar el lugar sagrado. Para eso caminarían algunos días más cargando en sus espaldas las noches y su frío. Al reparo de una cuesta, la Virgen también descansa.

—Ramiro, hombre, tengo algo que preguntarte. 

—Ya está la leña en el fuego. 

—No, Ramiro, no es eso de lo que he de querer hablarte. 

—Recién he bajado del monte cubierto de rocío, hay que despertar a todos, ¿qué es lo que quieres?

—Ramiro, ¿y si nos quedamos aquí? 

—Pero, Ignacio, qué es lo que dices, aún tenemos mucho camino por recorrer, la Virgen espera mucho más de nosotros. 

—Ramiro, ya estamos viejos para estas demostraciones de fe. 

—Yo estoy como si tuviera veinte años, Ignacio. 

—No Ramiro, no tienes veinte años ni tampoco treinta. 

—No pienso quedarme a mitad de camino.

—Ramiro, creo que ya nos estamos quedando a mitad de camino, ni siquiera amanece. 

—Ya falta menos Ignacio, ya falta menos. 

—Somos los únicos que estamos despiertos. 

—Hay que despertar a los demás, qué se han creído estos haraganes. 

—No han de levantarse, Ramiro. 

—¿Cómo que no han de levantarse?, ¿no saben que la Virgen espera? 

—La Virgen ya no espera. 

—He oído unos pasos. 

—Ha sido la Virgen, se ha ido.

A veces la vida es una espiral de años. Es necesario separarse del centro para saber que de allí partimos. Sin embargo, uno camina mucho más de lo que se aleja y con sólo estirar el brazo hacia un costado podemos tocar el centro con la punta de los dedos. Si nos sentimos abatidos, nos convencemos de que estuvimos girando en círculos. Si tenemos fe, miramos hacia adelante y nos creemos que la vida es la distancia recorrida que nos separa de aquel origen, la distancia con la que se mide nuestro aprendizaje. Otras veces la vida es nada más que una línea recta que une los dos puntos más importantes de todo hombre. Pocas veces, en cambio, la vida es un solo punto por donde pasan todas las rectas posibles, todas las vidas posibles, todos los sueños posibles. Nazareno cree que la vida no es una cuestión de matemáticas y tiene razón, nació por una casualidad de la naturaleza. 

La epidemia había llegado a Tres Cruces y había devastado a casi todo el pueblo. La contaminación comenzó en el agua, siguió con los animales y terminó con los hombres. Las diarreas sucedieron a los vómitos, la deshidratación a las diarreas y la muerte a todo lo demás. En un primer momento y a lomo de mula fueron llegando los médicos, después las vacunas, más tarde las camas y el suero, luego se llevaron las vacunas porque no eran efectivas para epidemias como ésa, le siguieron las camas porque ya estaban vacías y por último los médicos porque ya no tenían nada que hacer allí. Se distribuyó una comunicación del municipio que recomendaba lavarse las manos antes de comer y hervir los alimentos. El hecho pasó a ser una estadística cuando Nazareno vino al mundo.  

Nazareno duerme con la paz de la inocencia. Guarda su fatiga en las sandalias, al pie de la cama. Ahora mismo, si su padre estuviera allí, se sentaría a su lado, lo cubriría con la manta de lana, le pasaría la mano por la cabeza para acomodarle el cabello, le tocaría con el dorso de esa mano la mejilla sucia, le haría pequeños masajes en la espalda hasta que ambos suspiraran profundamente y Nazareno comenzara a soñar.

La noche rebalsa de estrellas que de tan apretadas se caen sobre los cerros. No hay luna, pero es como si hubiera. Algún artista atormentado habrá pasado una noche por allí y lo habrá detenido una sensación de asfixia tan placentera que jamás su cuerpo habría podido sentir. Apunado, habrá visto que el cielo se le venía encima. Si en vez de mirar tan alto se hubiera detenido en lo que había a su alrededor, habría alcanzado a ver los picos nevados del verano, las sombras que se mueven sobre las laderas, habría oído el silbido de los animales, el firme paso del viento, el ruido de las rocas que se desprendían buscando un sendero en picada por donde caer, habría seguido las sombras, una por una, hasta que se perdieran más abajo, al pie de un precario corral con unos pocos animales que se despiertan por el ruido del golpe de unas piedras contra otras y que se vuelven a dormir al lado de una casa de barro, a oscuras, en la que descansa un niño en una habitación minúscula como la que alguna vez ese artista pintó agobiado por la misma soledad. 

Nazareno duerme y la noche se detiene. Ya su padre ha venido a acariciarle la cabeza, le ha tocado la mejilla, le ha hecho masajes en la espalda y se ha ido lejos. Nazareno ahora respira profundo. Sus manos apenas se cierran y se esconden debajo de la almohada. Su boca entreabierta parece silbarles a sus llamas. Si uno pudiera abrirle los ojos se daría cuenta de cuán negros son y de cómo se le parecen a su cabello, a sus uñas, a sus enormes pestañas. Tiene una rodilla más flexionada que la otra y un pie se le escapa de la manta. Nazareno ahora vuela hacia las estrellas, ve a sus animales dormir en el corral, ve las piedras caer y golpearse unas contra otras como si nunca las hubiera visto. Un poco más lejos ve la ladera rocosa que llega al río. Allí la visión se le entorpece. Apenas un puñado de hombres durmiendo, un fuego inminente, más allá dos hombres hablando y no recuerda más. 

Ramiro Vargas tiene la piel oscura y los labios gruesos. Su boca es ancha y mira con la atención del que suplica. Un viejo cinturón de cuero le sostiene el pantalón de barracán que compró hace años en la Feria Municipal, unas leguas más al norte de donde lo usó por primera vez, cuando la fiesta de San Antonio. Usa siempre un chaleco de lana y una camisa blanca perfectamente abrochada desde su cuello hasta muy adentro del pantalón. Para esquivar el sol lleva un sombrero de lana de oveja bien almidonado y un poncho de vicuña para combatir el frío de la noche. Durante todo el día ha caminado sobre las piedras flojas calzado apenas con unas alpargatas de yute y ahora siente correr la sangre por sus pies con un dolor molesto y cruel. Pero no puede descansar para aliviar el sufrimiento, ya ha dormido demasiado y ha descuidado a la Virgen que, por culpa de él, los ha abandonado en el primer día de camino, hombres de poca fe. Bajo el velo de la madrugada, Ramiro Vargas busca en cada hueco de los cerros a una Virgen vestida con una túnica blanca, un manto celeste y una corona dorada. 

 

Los olvidados (2025)

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