En la otra puerta

Capítulo II

Ricardo Cardone

El indio voltea hacia un lado la cabeza y sobre el polvo procura defenderse del sol. Cada fibra de sus músculos tensa el cuerpo sometido. A una siniestra distancia cuatro estacas dilatan cada extremidad de aquel hombre desnudo. Atado de manos y pies, cumple una pena con valiente dignidad. Los distintos habían llegado desde el norte bajo una nube de tierra y de viento. Aún se puede escuchar el golpe de los cascos de las bestias sobre la tierra sagrada. Ya cumplieron con el rito de la pólvora y ya sembraron fuego en cada una de las chozas que, como antorchas, ahora iluminan la tragedia. A la intemperie, unos hombres extenuados y sedientos comprenden bajo el filo de la muerte lo que ya no son. Uno por uno, los salvajes han violado a sus mujeres. Uno por uno, han matado a las rebeldes y a sus hijos.

Sin otro idioma más que el de la espada, un indio tras otro caminará durante varios días hasta un asentamiento bárbaro. En la depuración del camino quedarán sin vida los cuerpos hambrientos de los más débiles. La historia deberá repetirse sin cuestionamientos tal como había sucedido con sus antepasados, cuando una tribu poderosa había doblegado con la sumisión o con la muerte a cada uno de ellos. Aunque esta vez las crónicas tendrán un infrecuente discurso con el que se escribirá el relato de los vencedores.

Al caer el primer crepúsculo, Francisco de Arancibia les procuró comida y agua. La noche anterior los caballos sofocados de los bárbaros irrumpieron en la precaria vivienda mientras el fraile dormía. Uno de ellos, de entre veinte y treinta años, con indumentaria de acero, apeó del caballo y al grito de Viva el Rey y su Santo Señor lo levantó de la cama y le ordenó que leyera en voz alta un panfleto que el soldado no comprendía ni tampoco le importaba. El fraile encendió una vela, la acercó al escrito y comenzó a leer la misiva del rey. No contemplaba otra alternativa que aceptar bajo la ley de la horca y de la picota el decreto firmado por el monarca. 

Francisco de Arancibia había sido educado bajo la condena del pecado pero desde su arribo a estas tierras comprendió lo cruda que podía ser la muerte cuando se desconoce la falta. A partir de entonces temió más por su cuerpo que por su alma. Después de todo, dijo para sí, tanto la muerte como el pecado son penas que torturan al hombre, una antes del hecho y la otra después de haberlo cometido. 

—¿De qué hablas, plebeyo? —Lo interrumpió el joven soldado detrás del acero.

—De la infinita bondad de Vuestra Alteza y Vuestro Señor respecto a mi humilde persona y a Vuestro Servil Mensajero —respondió el fraile con la autoridad de un condenado.

—Me bastará hundir en tu vientre no más de un palmo de este acero si finges verdad.

—No recibiré en toda mi impía vida otro merecimiento más digno e ilustre que el suyo, Magnífico Señor. Puede que por más de cinco siglos siguieran agradeciéndole tan hidalgo gesto pero la voluntad de Vuestra Alteza se opondría a dispar acto de beatificación y justicia.

Con la saña del opresor, dos lanceros empujaron al fraile al patio delantero sin darle tiempo a que éste imaginara lo que sus ojos profanarían en su memoria. Un puñado de indios con las manos esposadas desfallecían en la tierra. Una gruesa cuerda engrillaba los pies de cada uno hasta terminar con un nudo en las muñecas del primero. Eran bueyes de arado que habían sido condenados al trabajo más duro y no hombres a los que se los había despojado de la tierra. El lazo que llevaban en sus tobillos les quemaba la piel y la desgarraba hasta llegar a frotarles los huesos. Cada movimiento de uno hacía desplazar al otro y la cuerda, empapada con sangre y con pus, volvía una vez más a limar los huesos de los rehenes. Las plantas de los pies emanaban una sangre oscura y el ardor al pisar la tierra les provocaba nuevos tormentos. Habían sido arreados durante más de cincuenta leguas. Habían sido forzados a caminar por toda clase de malezas que ocultaban un lecho de piedras afiladas por culpa de un extravío de la huella que debía conducirlos a la colonia, conforme a la brutalidad de los salvajes y a su ignorancia acerca de ese terreno virgen para ellos.

El fraile volvió la vista hacia el hombre de la espada. Le preguntó qué era lo que debía hacer con ellos. El rey había ordenado la custodia, en caso de extravío, al primer ministro de la Fe que encontraran a su paso pero, por el estado de salud que presentaban los condenados, no esperaba verlos con vida al amanecer. 

—Truncarás su muerte —respondió el joven acorazado; miró a sus secuaces, montaron sus caballos y se fueron por donde habían venido.

Francisco de Arancibia pertenece a una antigua orden religiosa que propone vivir de la limosna de los demás. Cursó el noviciado en otro continente que ahora extraña más por el dolor del presente que por la miseria del pasado. Allí se había ordenado fraile votando pobreza, castidad y obediencia. Una embarcación con formas y virtudes de lo que luego se conocería como galeón, lo cruzó a través del Atlántico con la firme convicción de fe que juraba profesar. Tamaña tarea debió asumir por desconocer el oficio. Ya el océano revuelto le había anticipado la angustia de la muerte que lo acompañaría el resto de su vida en una tierra remota profanada por Vuestra Alteza.

El fraile viste descalzo. Una pesada túnica cubre su cuerpo austero. Es casto por orden divina y le debe obediencia a la religión de su patrono antes que a la hipocresía del obispo, aquí y al otro lado de las fauces del océano. Noche a noche su fe reza por no resquebrajarse como las vasijas que fabrican con sus manos los indios conversos; teme que lo que construyó la voluntad, la propia voluntad lo destruya y de sólo pensarlo ahoga las lágrimas hundido en su almohada. Como volviendo del espanto de aquel océano a la quietud de esta tierra, después de cada noche hereje amanece más santo.

Antes de que el galope en la noche se volviera silencio, Francisco se dispuso a liberarles a los indios las cuerdas de sus pies. Por un momento pensó que, sin esas cuerdas, alguno de ellos podría tomar venganza contra él por las atrocidades que habían padecido. Pero su corazón, o la orden del rey, pudo más que la razón. Ardientes trozos de piel habían quedado adheridos a lo largo de la cuerda. En sus manos, las del fraile, la secreción pegajosa de las heridas se le esparcía entre los dedos. Agotados, los indios se recostaron sobre un claro para poder tragar enormes bocanadas de aire e intentar llegar con ellas hasta sus gargantas de arena y sal, hasta sus estómagos plegados por el hambre y la sed, hasta sus pulmones desflecados. Apenas terminó de desatar las muñecas del primer indio, descubrió sus callos ensangrentados. Luego alzó la vista y se encontró con el rostro abatido, esperando por alguna otra tortura quizás peor que la que venía padeciendo. Le liberó las muñecas de la cuerda ensangrentada y mientras buscaba en su interior una forma de piedad, una palabra que lo salvara, el indio se derrumbó en el suelo con los ojos abiertos y fijos en su salvador. El fraile pronunció en voz baja una frase que el indio no alcanzó a escuchar porque ya estaba muerto. 

—Que Dios te salve —dijo, y con el dedo pulgar trazó una cruz imaginaria sobre su frente pagana. 

El joven indio se había ido junto a la noche desnuda y fría, brutalmente atea pero tan religiosa. Se había ido como sus ancestros, sin llantos ni súplicas, con la crueldad de la muerte sobre su cuerpo gastado. Se había ido a la tierra de donde había venido cuando la vida era algo más leve. No esperó ni clemencia ni redención, ahora aquella tierra reclamaba su cuerpo. La noche terminó quedándose con sus huesos de cristal y con su piel sedienta y seca.

Arrodillado sobre el hombre muerto, el fraile rezó en su idioma las coplas que el pueblo aprendería de memoria siglos después. Nombró a un padre lejano y a un cielo que espera. Miró a la noche que se estaba yendo y le encomendó el alma de aquel que nunca anheló separarse de la tierra que le había dado la vida, tan madre como la suya. Los demás indios oyeron la plegaria del fraile sin intuir que una palabra divina había llegado a esas tierras. Ignoraban que la eternidad se encontraba mucho más lejos de lo que sus ancestros les habían enseñado. Uno de ellos, sin comprender las palabras del fraile, también miró al cielo. El fraile abandonó su plegaria, se puso de pie y lo abrazó como si aquél fuera el hijo que regresa, pobre y resignado, dispuesto a aceptar la sabiduría del padre, por más que éste estuviera equivocado. 

En sus brazos se escurría la piel del indio deshecha por la tortura. Podía sentir las costillas sobre las suyas, el esternón golpeando su pecho agitado, los hombros sosteniéndole la cabeza hundida en el abrazo ciego entre un fraile que llora por el dolor de esta tierra y un indio que en su tierra calla por respeto a ese dolor. Así son las cosas.

Interrumpió el abrazo cuando sintió la respiración ausente del indio. Corrió a buscar agua y lo que pudiera encontrar de comida. Volvió con una vasija y un pan de harina de trigo que debería alcanzar para los demás moribundos. A uno por uno le fue mojando los labios y metiéndole trozos de pan magro en la boca. Comieron como pudieron. Bebieron hasta ahogar las gargantas. Uno por uno se fue derrumbando, no porque les correspondiera morir sino porque la sangre que les quedaba no les alcanzaba para mantenerse vivos. 
Francisco de Arancibia amaneció dormido junto a ellos.

Los olvidados (2025)

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