Los cerros hunden sus picos en los primeros rojos del alba. El cielo parece estar en alerta. Un lazo de fuego divide al paisaje en dos universos. El de más arriba ya se ha liberado de la noche con tanta promesa indudable, tan definitivo y tan ciego. El de más abajo espera en lo oscuro, envuelto en su sábana gris que lo cubre de dudas. La humedad de la tierra se huele en la piel adormecida. Los ojos no alcanzan a ver lo que el cuerpo percibe en su abandono. Más allá se oyen los primeros animales, algún vuelo de pájaro, un aleteo apresurado y seguro, una brisa que ahoga a los pastizales huérfanos, el silencio atroz de la mañana. Eso, nada más.
Y sin embargo el cielo está tan claro, pensó Francisco. El frío lo devolvió a la tierra donde yacía tendido, agobiado por la humanidad a la que estaba condenado. En un instante recordó todo: los lanceros y su estúpida retórica, la sed agobiante de los indios, la condena irrefutable del rey por no cumplir una ley soberana, el cruce del Atlántico lejos de la farsa del obispo, la sanación de las almas con la pureza de la palabra, la agonía de las bestias que ahora tenía a su cargo. Se despertó agitado. Miró a su alrededor con las manos en la tierra. La piel cobriza de los indios se confundía con la arcilla oscura del suelo. Los cuerpos deshechos parecían formar parte de la tierra. Temió la muerte. La suya en primer lugar, la de los demás luego. Apenas una gota de aire les movía las crines y llegaba hasta sus bocas abiertas y pastosas. Apenas otra gota secaba los dientes partidos y negros y luego se hundía en la garganta con un suspiro de espanto que parecía ser el último. Respiraban sólo por obediencia divina. El dolor obsesivo los había vuelto insensibles. Dormían con resignación fatal.
Y sin embargo el cielo está tan claro, pensó Francisco. Un siniestro alud de fuego envuelto con los andrajos de un velo de seda repentinamente desgarró todo el firmamento. Como si aullara de placer se estrelló sobre la base de los cerros hasta inundar la comarca donde unos mártires dormían. Como la voz del profeta en la voluntad del devoto, el sol enfurecido abrió en dos los ojos del fraile.
Casi sin poder ver, se incorporó a tientas sobre la tierra y con dos o tres parpadeos se quitó de encima ese baño de luz que le vaciaba los ojos. Las imágenes ahora eran nítidas. Los indios, más muertos que vivos, estaban apilados en un rincón de la entrada a la vivienda con las cabezas de unos apoyadas sobre los cuerpos de otros. El fraile se acercó al primero de ellos. Los párpados pesados, inmóviles, le sellaban los ojos. El cuero curtido le nacía de cada uno de los huesos de los dedos del pie y terminaba desflecado en la larga cabellera que caía sobre los hombros y permanecía adherida a la sangre de los azotes en la espalda. La fibra de los brazos moldeaba la intensidad de los músculos.
Un sudor ácido le llegaba a la boca abierta sobre el antebrazo dormido. Tendría no más de quince años y la salud de un anciano. Salvo por el trozo de pan magro que el fraile le había dado la noche anterior, daba signos de no haber comido por años. Aunque parezca desmedido, fue eso lo que Francisco pensó cuando lo vio sepultado bajo los cuerpos de sus compañeros. Y continuó pensando. Primero, en la familia del indio, en que si sus padres supieran que estaba allí, muriendo bajo su túnica, de seguro lo vendrían a rescatar sin importar la distancia, jurarían caminar día y noche sobre la escarcha que vuelcan los acantilados nevados o por el enmarañado desierto si fuera necesario, porque así lo hicieron los padres con sus hijos y los ancestros con los padres de sus padres, y estos con aquellos y los de más allá, no importa quién ni cómo, pero sí importa cuándo, ahora mismo, buscando su rastro al mando del cacique que había jurado por el bien sagrado de su pueblo, siguiendo su inconfundible huella entre los cerros y en el cauce bravo del río, si no hubiera sido porque ese mismo cacique tiempo atrás había decidido dar la bienvenida a unos bárbaros que a mansalva terminaron matando a todo lo que se les había cruzado en el camino y se quedaron apenas con un puñado de hombres que alcanzaban los dedos de las manos y algunos de los pies para contarlos, que luego los arrearon hasta equivocar el sendero y que después de caminar meses enteros terminaron arrollados en el suelo, sin fuerzas, pidiendo clemencia a un fraile exiliado que había abandonado a su padre al otro lado del océano criando bestias para el dueño de turno, llevándole unas monedas de latón a su mujer que siempre lo esperaba con agua hirviendo en una olla de barro y tres espárragos, dos tablas de madera como platos sobre la mesa y la angustia de no saber cómo estará su hijo, que no está, que se fue, que no vuelve ni volverá nunca, pero nunca más, sin siquiera saber Francisco si sus padres en realidad habían muerto o si todo era una mentira más de su imaginación, por qué tan lejos, por qué esta angustia, Dios mío, Padre Todopoderoso, líbrame de este dolor, mas si es tu voluntad llevaré esta cruz con devoción, de rodillas ante Vos, tal como se encontraba ahora el fraile, de rodillas e inclinado sobre el indio, rezando sus propias penas.
Estaba por decir amén cuando se le soltó la última lágrima y cayó pesada sobre el pecho herido del indio, corrió hasta una de las llagas, se unió a la sangre aún húmeda y con una línea deforme y roja se escurrió por un instante más, luego se detuvo junto al último latido que dio su corazón.
Francisco tardó en darse cuenta de que el indio había muerto. Era probable que su mente hubiera vuelto a cruzar el mar en busca de algún recuerdo obsesivo. La memoria olvida para liberarse de la muerte. Francisco llora recuerdos y el mundo se detiene para él. Se apresura para saber lo que su mente encontrará al otro lado del océano. Huele en el aire el rocío frío, huele el pasto seco que bordea la galería que huele a tabaco. Huele el marlo quemado que ha calentado el agua en la olla. Huele voces que huelen a sabias. Huele cayos que huelen a manos. Huele madre que huele a hijo. Huele padre que huele amargo. Todo recuerdo es una muerte. Cruzó espantado el océano y abrió los ojos sobre el cuerpo acabado del indio.
La mirada húmeda daba cuenta de la angustia del fraile. La condena de los indios lo distrajo definitivamente del encierro de su cuerpo. Miraba a todos y a nadie. Todo era para él un escenario foráneo. Había venido a domar a este lugar con palabras desbordantes de vida, pero los indios se le morían sin que lo hubieran alcanzado a escuchar y sin tener tiempo para salvarles el alma. Decidió que debía dar una sepultura digna para aquellos a los que se les había negado la fe. Buscó una pala que tenía abandonada en el patio trasero de la vivienda, caminó unos cien metros y subió a una lomada para cavar una fosa. Cuando alcanzó el fondo del pozo, como de un metro y medio, sintió el dolor de las ampollas que le había dejado en sus manos el mango de madera. No tardó mucho en brotar una secreción espesa y un profundo ardor. Con las manos heridas y aferrándose a la tierra húmeda del pozo trepó por las paredes hasta salir a la superficie. Volvió a buscar los cuerpos de los indios muertos. Casi extenuado los fue arrastrando uno por uno hasta la fosa donde descansarían para siempre. Había tomado al primero por los hombros y había tenido que contener el grito de dolor al sentir las ampollas de sus manos frotarse contra la piel áspera y muerta del indio. Debió lidiar con el peso del cuerpo inerte hasta llegar al borde de la fosa. Mientras contemplaba al hombre muerto, rezó por la vida de su alma y lo empujó al vacío. Volvió con el segundo y otra vez el ardor en las manos le cerró los ojos y le oscureció el rostro. Lo recostó sobre el borde de la fosa, al igual que al primero, y rezó una oración prometedora. Miró el cielo implacable. Unas nubes frondosas, cercanas, cubrían de negro al sol. Sintió frío y arrojó el cuerpo sobre el otro condenado. Con sus manos cubiertas de pus empuñó la pala y los fue cubriendo de tierra. La última palada dejó un montículo de barro sobre la tumba improvisada. Dudó por un instante del destino de las almas de los difuntos. No estaba seguro de que merecieran el paraíso que él predicaba. No conocía sus pecados, no podría redimirlos con una penitencia que los salvara. Se lamentó por no haber llegado a tiempo. Tal vez ahora estén camino al infierno, pensó. Inmediatamente esa palabra lo perturbó y se sintió en falta. La fe es un misterio que nos llena de culpas, dijo.
La explosión ciega de un rayo partió en dos el terreno y arrojó a Francisco a varios metros de la fosa. Paralizado por la señal, escuchó los truenos y la lluvia cayó pesada sobre su cuerpo. Antes de que pudiera incorporarse, los campos ya estaban a oscuras e inundados por el diluvio.
La lluvia lavaba el barro del cuerpo de Francisco que permanecía aturdido y tendido sobre la tierra. Cuando pudo recobrar su sentido de ubicación, comprendió que se estaba ahogando en la ladera de la colina, que el agua ahora crecía como un río desde la cima donde se encontraba la tumba de los indios hasta su propia casa, donde también había indios. Con cada trueno el cielo se enfurecía y el agua comenzaba a cubrir sus brazos deshechos y sus débiles piernas. Se incorporó ayudado por el espanto y se dispuso a descender la cuesta doblegado por la lluvia que no le permitía levantar la vista. El lodazal lo hizo rodar hasta el llano inundado. No lograba mantenerse en pie entre tanto caos y desnivel. Cuando por fin logró afirmarse en la base del improvisado cementerio, el agua le llegaba hasta la cintura.
Buscó su casa abriéndose paso con los brazos en posición de remo y con la desesperación del que no sabe nadar, intentando hacer pie en el fondo empantanado con la punta de los dedos antes de dar el siguiente paso hacia el centro del lago que parecía devorar todo lo que se le cruzaba. En medio de esa oscuridad, lo único que llegaba a los ojos del fraile era un mar foráneo, nuevo y vacío. Aquellos campos en los que su devoción descansaba de la pesadumbre del exilio habían pasado a ser nada. No quedaba porción de tierra visible, salvo la del cementerio a sus espaldas. La lluvia era obstinada y la tierra, impermeable. Algo así como la voluntad y el corazón de Francisco, en ese orden o en el inverso.
Con el agua a la altura del pecho y sin perder el contacto de los pies con el barro del lecho, el fraile se detuvo turbado por la incertidumbre. Se había aventurado a cruzar el campo que el diluvio había convertido en un profundo lago siguiendo la voz de la inconciencia y no la de alguna razón que justificara el abismo de esa decisión. Era muy probable que las fauces de la creciente que amenazaban con devorarlo lo fueran a confinar a los límites de la fosa que él mismo había cavado. Y aunque llevara unas cuantas horas o años —el diluvio no tiene plazos razonables— lo asaltó una imagen estremecedora: terminar sus días cubierto por la infinitud del agua en su propio cementerio. Todo acto involuntario nos acerca a la muerte, pensó, y se perdió en la oscuridad del agua sin reparar siquiera en que nunca le habían enseñado a nadar. La noche tenía el color del peor de los secretos y la lluvia ahogaba la respiración de Francisco. Cuando se detuvo, se dio cuenta de que había perdido de vista el cementerio. Eso lo alivió más de lo que imaginó al pensarlo. Hacia adelante avanzaba un abismal negro. La lluvia lo desviaba, lo obligaba a moverse, a salir de cualquier lugar y a entrar en otro que terminaría siendo igual o peor que el que lo estaba atormentando. Se movía hacia adelante, un poco por propia voluntad y otro poco por la fuerza de la corriente, hasta que el oleaje le llegaba al cuello. El golpe del líquido contra la barbilla lo aterrorizó. Inmóvil, en medio de las aguas alborotadas, quedó atrapado entre dos infiernos. Al frente, la garganta oscura del devenir. A su espalda, el cementerio. La imagen no era nueva. Se parecía bastante a la que lo había atormentado hacía pocos años, cuando había decidido cruzar las aguas ingobernables del océano. Mareado y devastado por los vómitos en la interminable noche, había pensado en renunciar a todo lo que proviniera de aquella fe que había dejado en tierra firme. En un barco que parecía naufragar con cada vaivén, había claudicado ante cualquier posibilidad de razón o pensamiento. A los pocos días de zarpar había perdido todas las respuestas. No sabía por qué estaba en medio de ese mar árido con el estómago revuelto, torturado por la culpa de haber tenido que huir, oyendo la voz del obispo una y otra vez a fuerza de látigo y de sed, aturdido por un pecado impronunciable, por una falta que no lograba apartar de su conciencia, tomar de los pelos y arrojar a las profundidades del océano como quien echa por tierra un sentimiento noble, un amor incierto, otro pecado.
Ya su padre lo había advertido sobre su condición de humilde cuando lo había llevado al campo por primera vez. Con el sol secándoles el cuero caminaban padre e hijo detrás del arado surcando la tierra interminable hacia el horizonte mismo. Y cuando buey y niño llegaban a convertirse en un solo punto, comenzaba el regreso. Y así cruzaba a su padre como peregrino de otra fe, uno para un lado y el otro para el otro, casi sin mirarse, cada uno con lo suyo. El padre con el jornal que no alcanzaba. El hijo con el juramento ante Dios y todos los santos de no volver a esa tierra nunca, pero nunca más.
Una mañana, Francisco amaneció en vela. Estaba cansado. No había podido dormir en toda la noche. Los dolores en su espalda lo mantenían en vigilia. Oyó los pasos de su madre que se disponía a encender el fuego. Cuando salió a su encuentro, ella besó en la frente a su hijo único y siguió con su encomienda. Francisco quedó mirándola como lo hacía siempre, sentado en la mesa y con una mano en el mentón. Día tras día contemplaba a su madre con la templanza que da el sueño. Día tras día recibía un beso en la frente y una caricia en la mejilla. Día tras día pensaba en lo que iba a hacer cuando su madre le diera agua caliente con pan, como todos los lunes de todas las semanas.
—Me voy a vivir al convento —fue lo último que dijo.
Un relámpago seguido por el derrumbe de un trueno iluminó el cielo que aún permanecía en su lugar, aunque no pareciera. Un rayo cayó no muy lejos de su casa y ese golpe de luz le permitió saber a qué distancia estaba de ella. Se sintió aliviado al darse cuenta de que hacia ese lado la tierra emergía nuevamente. Aún faltaba atravesar el agua amenazante, ese mar podría devorarlo ante la falsedad de un paso. La lluvia desplomaba la furia de Dios con un diluvio interminable. Francisco temió que el agua siguiera subiendo. Las olas lo levantaban con tal fuerza que sus pies dejaban de tocar el lecho hasta varios metros más adelante, cuando el agua otra vez bajaba hasta su cuello. Durante ese devenir movía los brazos de manera inconsciente, rápidos y torpes, y cuando comenzaba a perder toda esperanza volvía a sentir el barro en la planta de los pies. Se le ocurrió pensar que si todavía no se había ahogado, había sido por obra de un milagro y que si no claudicaba en su fe, hasta podría llegar a caminar sobre el lago. No tuvo oportunidad de comprobarlo. Se dio cuenta de que el agua comenzaba a bajar a medida que sus piernas se afirmaban en el lecho dando pasos cada vez más firmes. El cuerpo emergió súbitamente y por fin volvió a ver su túnica, empapada. Luego descubrió que la correa que usaba a modo de cinturón aún permanecía sujeta a su cintura y al fin vio cómo sus rodillas empujaban el paso seguro. Ya se encontraba cerca de su hogar y allí el terreno era más alto. Milagrosamente más alto, pensó con el alma otra vez en el cuerpo. Corrió hacia la vivienda como pudo, bajo un torrente que sacudía su piel a latigazos. Con el aliento de un prófugo, por fin entró.
La túnica de Francisco pesaba como el plomo. Sin aire y con el desorden que deja en el hombre todo suceso inesperado y repentino, el fraile se despojó de sus prendas bajo el calor del techo de paja y fue así como la casa le devolvió la cordura. Una vez que tomó conciencia de estar a salvo, volvió a asomarse al claro que había en la entrada, no sin el temor de que el agua lo arrastrara nuevamente a sus dominios con sólo mirarla, como si de una maldición se tratase o de una provocación del mismo demonio que no cesa en tentar a su presa, un pobre fraile que lleva su angustia al perverso hermetismo de la culpa.
A la oscuridad del diluvio se le sumó la de la noche. El temporal insistía en doblegar los campos y cualquier otra cosa que se le resistiera. La tierra había cedido ante el agua feroz que había borrado sus confines con un solo chaparrón. Ahora, a pocos metros de la puerta, se agitaban olas que amenazaban con venir a buscar a Francisco. El fraile sólo escuchaba la lluvia y el ruido incansable del agua obstinada. Nada podía ver en ese desierto estéril. Estéril, pensó, todo desierto es estéril. Inútil sería mejor, dijo al fin, antes de que un relámpago rezagado iluminara todo ese mar y de que un rayo errara por una decena de metros el desamparo de la vivienda en la que se refugiaba. La explosión derribó del susto a Francisco. Desde el suelo vio surgir en la colina del cementerio un cielo estremecido rodeado por el agua incontenible, como si fuera la fortaleza en la que un rey marginal gobierna el destino de aquellos que pagan tributo por vivir en sus dominios. Pero tanto misterio no había. Era nada más que un pozo que protegía a dos hombres muertos. O tal vez ese era el misterio.
Cuando Francisco había entrado al convento por primera vez, todo en su cuerpo había sido absoluto silencio. En la memoria revuelta los consejos de su madre golpeaban su voluntad, frágil y obstinada para ese entonces. Repetían cuidados y tristezas por no poder darle una vida mejor. Repetían miedos y resignación. Retumbaban en la memoria de Francisco con el poder que tiene la voz de una madre en cada hijo. Y el hijo fingía no escucharla tapándose los oídos y mirando para otro lado, pero las voces sin urgencias se vuelven a oír en silencio mucho tiempo después.
Atrás quedaba la pesada puerta de madera por la que Francisco había ingresado al convento. Ahora un fraile en sandalias y con la mirada baja venía a recibirlo. Bastó nada más un gesto con su mano tendida para que lo siguiera. Cruzaron el claustro bordeando un salón de proporciones excedidas donde la lectura de otro fraile en un idioma que Francisco desconocía rompía el silencio en miles de astillas. A lo largo de unas mesas, varios de ellos bebían una infusión con sobrado cuidado de no interrumpir lo sagrado de esa lectura. Francisco calló lo que le vino a la mente y conteniendo la respiración siguió a su anfitrión hasta el otro extremo del patio. El fraile indicó a Francisco su celda y éste no volvió a salir de ella hasta el amanecer.
Aunque la habitación no era amplia y debía compartirla con otro hermano de la congregación, superaba tres veces el pequeño espacio que ocupaba el viejo catre en el que dormía al lado de sus padres separado apenas por una manta colgada de un parante del techo. La pieza estaba vacía, probablemente quien la compartiría con Francisco estaría orando en la enorme sala junto a los demás frailes. Se le ocurrió que, por ser el primer día en el convento, le permitirían distraerse. Esperarían a que recobrara fuerzas durante esa noche y al otro día comenzaría con las tareas que seguramente ya le habrían sido asignadas. Dejó su muda de ropa a un lado y se sentó en la cama. Necesitaba descansar del viaje, descansar la vista, descansar su mente, descansar de todo su pasado de una buena vez. El convento era la única posibilidad que tenía para llegar a ser alguien. No quería terminar como su padre, con los huesos deshechos y la misma miseria durante cada día de cada año. Miró el techo de madera, alto y profundo, y se sintió insignificante, más insignificante que antes. Se recostó en la cama, cruzó las manos como si se dispusiera a susurrar alguna plegaria y se quedó dormido en cuanto movió los labios.
—Despierta —dijo una voz—. Despierta, hombre, que ya has dormido bastante.
Francisco despertó sobresaltado, mirando primero hacia el techo de madera y luego en dirección a la puerta. La luz de una vela golpeaba contra ella iluminándola de lleno en medio de la penumbra en la que la habitación se encontraba. Se puso de pie, se cubrió con una túnica marrón que le habían dejado al pie de la cama y la puerta de entrada se abrió. Su compañero de cuarto venía a buscarlo para celebrar la primera misa del día.
Otro relámpago volvió a estremecer el cuerpo de Francisco. Se puso de pie entre el barro y la lluvia en medio de la inundación. Quería saber cómo se encontrarían los demás indios que le habían dejado en custodia pero no los pudo hallar. Pensó que estarían bajo el agua pero recordó que habían quedado en el patio de entrada, donde el agua apenas mojaba los pies. No estaban allí. Decidió buscarlos por los alrededores de la casa pero la inundación amenazaba con borrarlo de la tierra. Al menos no están muertos, pensó, se ve que lograron levantarse y caminar, con suerte podrán escapar. Este pensamiento tranquilizó el alma de Francisco, no tendría que culparse por otras muertes. Pero luego recordó a los hombres armados que habían irrumpido en su casa. Seguramente algún severo castigo merecía por haber dejado huir a esos pobres indios que ni siquiera tenían sangre para caminar unas pocas leguas. Solo, en medio de la lluvia frente a ese patio vacío, volvió a entrar a su casa. Encendió una vela, puso a calentar agua y secó sus prendas, ya tendría tiempo de pensar qué diría ante las autoridades por el asunto de los rehenes que le habían entregado. Demasiados problemas tenía, dos de ellos habían muerto y no sabía dónde se encontraban los demás. Pensó en decir que la inundación había acabado con todos ellos y que casi terminaba con él también. No era una mala excusa. El agua había comenzado a hervir. Buscó un cacharro de metal, puso unas hierbas que tenía sobre la mesa y vertió el agua caliente hasta que ésta desbordó.
Mientras calentaba su cuerpo con la infusión, recordó la primera vez que había asistido a misa en el convento donde se había formado como fraile. Su compañero lo había llamado antes del amanecer pero él había seguido durmiendo unos minutos más hasta que al fin había podido reaccionar y así escapar del sueño. Con la noche aún cayendo sobre el convento, caminaron en silencio por la extensa galería que unía las habitaciones de los aspirantes con la capilla. Allí esperaba otro fraile para cerrar la puerta una vez que entraran los últimos rezagados, Francisco y su compañero de cuarto. Un silencio profundo amenazaba con derrumbar los cimientos de la edificación. Las paredes parecían no soportar la presión de esa nada que gobernaba el aire estancado, un aire que a medida que pasaba el tiempo se volvía más denso y ocupaba más espacio comprimiendo los frágiles cuerpos de los aspirantes hasta quitarles el último gramo de respiración. Cuando Francisco estuvo a punto de abrir la boca debido a que su corazón ya no soportaba ese tormento, un fraile que se encontraba alejado del resto entonó un canto litúrgico que en pocos segundos terminó siendo cantado por todos los religiosos. Francisco quedó fascinado al escuchar esa melodía que de una buena vez rompía el silencio opresor de la capilla. Quiso cantar pero no supo qué decir. Su compañero le sugirió que imitara lo que él decía. Cuando Francisco logró repetir cada una de las palabras que había escuchado, el canto cesó y la misa comenzó.
Francisco bebía un sorbo más de su taza de metal y recordaba aquel canto sagrado con el que el convento lo había recibido. La lluvia parecía haber entrado en una tregua pero el agua seguía sin escurrirse, le llevaría varios días a la tierra devorar aquella enorme laguna por más que dejara de llover en ese mismo instante. Otra vez pensó en los indios y en su devenir. Se le ocurrió que de no volver a llover podría hacer una recorrida más exhaustiva por el campo pero enseguida se le vino a la mente lo que significaría capturarlos nuevamente. Terminaría siendo igual que aquellos salvajes armados hasta los dientes que los habían sometido. Esa no era una acción de la que un fraile debiera enorgullecerse, se decía, pero tampoco era de buen cristiano desobedecer un mandato del rey. Decidió que ya había hecho suficiente por ese día y por esos pobres indios. Había dado religiosa sepultura a dos de ellos y había liberado al resto sin habérselo propuesto. Quiso que ese día quedara limpio de cualquier mala acción, ya vendrían los días siguientes para atormentarle el alma y llevarlo a la culpa nuevamente. Con los músculos vencidos por las batallas que había librado contra el agua y contra su conciencia, de las cuales había salido airoso, se arrodilló al pie del catre, apoyó los codos sobre las mantas, juntó sus manos bajo el mentón y agradeció el haber tenido la templanza que supo necesitar para no dejarse vencer por el temor. Soy un hombre débil, pensó, pero nada puede vencerme bajo el impenetrable escudo de la Fe. Miró a través de la ventana, la noche era un poderoso hueco que devoraba la luz. Se sentó en la cama tal como lo había hecho la primera vez que había pasado la noche en el convento y se derrumbó sobre las mantas del catre, abatido por el sueño y el cansancio.
—Nazareno, ¡despierta! —dijo una voz—. ¡Despierta, niño, que ya has dormido bastante!
Francisco abrió los ojos, sobresaltado, mirando primero hacia el techo de paja y luego en dirección a la puerta. La luz de la vela golpeaba contra ella, iluminándola de lleno en medio de la penumbra en la que la habitación se encontraba. Alcanzó a ponerse de pie y Nazareno despertó.