En la otra puerta

Capítulo IV

Ricardo Cardone

Ramiro e Ignacio merodean sin consuelo. Buscan detrás de enormes piedras que alguna vez cayeron de una cuesta por obra de algún alud remoto, buscan entre las tolas y a lo oscuro algún rastro perdido, buscan huellas en los senderos de cornisa. Ignacio mira hacia abajo y nada ve. Ramiro hace lo mismo con resignación. Todavía es de noche pero la Virgen ya no está, sólo quedan dos hombres abandonados sobre la ladera de un cerro que los empuja hacia el río. Otros hombres duermen, aún no saben nada de la terrible noticia, nada saben de la soledad que les ceñirá el cuello hasta asfixiarlos. Porque no hay peor soledad que la de sentirse solo, esa soledad que arrasa con todos los vestigios de la fe, la que no tiene lugar para la esperanza, una soledad en la que el futuro no existe ni existirá nunca porque la soledad no tiene futuro ni tiene pasado, es un constante presente inmóvil, eterno y negro, donde el día es igual a la noche y la noche siempre parece ser la última que queda por vivir.

—Si tan sólo nos encontráramos con su manto colgando de alguna aguja espinosa de un cardón, Ramiro, o con su cetro extraviado entre las piedras, o al menos con unas huellas que nos lleven a sus sandalias. Si tan sólo, Ramiro, pudiéramos hallar algún rastro de ella sobre la tierra, un sendero diminuto, una posibilidad remota, un signo de vida. Si tan sólo, Ramiro, ella nos hiciera saber hacia dónde se ha ido. Aunque sea lejos, muy lejos y peligroso, aunque nos cueste la vida, Ramiro, la traería aquí de vuelta, con nosotros. Porque ya no puedo vivir más, Ramiro, ya no tengo fuerzas y este cielo se me viene encima, siento que la noche se va a derrumbar sobre mi cuerpo como esas piedras que no paran de acecharnos, que no nos dejan en paz, siempre dispuestas a caer sobre nosotros en cuanto nos descuidemos.

—Nada ha de pasar, Ignacio. Nada que no tenga que pasar, pasará. Esas piedras no se han de caer porque no se tienen que caer. Y la noche se está yendo dispuesta a dejarte en paz. Cierra los ojos, Ignacio, aprieta los párpados con fuerza y has de ver cómo todo ha de volverse blanco y miles de estrellas han de cruzar enloquecidas frente a ellos como si fueran peces que nunca han de encontrar su lugar. ¿Has visto que los peces no dejan de moverse, Ignacio? Van de un lado hacia el otro y cuando crees que se han quedado quietos, salen disparados en busca de un lugar nuevo en el que han de poder detenerse otra vez. Tampoco se han de quedar allí, han de nadar hacia los demás peces pero en vez de quedar enfrentados como queriendo hablar de todo lo que no han podido hablar, se esquivan, Ignacio, se dan la espalda. Yo creo que han de ser ellos los que no tienen paz porque nunca han dejado de nadar. Quédate así por un instante, así como estoy yo, con los ojos cerrados, y no olvides de apretar bien fuerte los párpados hasta que esas estrellas exploten frente a tus ojos. Mientras tanto piensa en algo bueno, piensa en que es mentira que estás solo, piensa en que la Virgen se ha ido pero que no te ha abandonado, piensa en que la hemos de encontrar y en que habrás de ser vos el que te habrás de cruzar con ella porque ella ha de querer que seas vos, porque te quiere, Ignacio, la Virgen te quiere.

—Ella se ha ido, Ramiro, la Virgen se ha ido y yo he quedado solo. Algo habremos hecho para que haya tenido que huir de nosotros. En algo la habremos ofendido. Habremos perdido la fe, Ramiro, y no nos hemos dado cuenta. De tanto caminar y caminar, en algún momento alguno de nosotros se habrá olvidado de la causa por la que lo hacía, le habrá parecido que todo esto no tenía sentido y se habrá puesto a pensar en otra cosa. Alguno de nosotros se habrá olvidado de ella y habrá caminado pensando en el descanso sin haberle importado que lo único importante era el sufrimiento, esta muestra de devoción. ¿Qué es lo que pasa por la cabeza de la gente, Ramiro? ¿Acaso no sabe que no somos nada si no tenemos una fe que nos libere de nuestro desamparo? ¿Acaso piensan que sin sufrimiento se puede encontrar una salida posible de todos los tormentos con los que la vida nos desgasta el cuerpo y nos condena el alma? ¿Qué hemos estado haciendo entonces, Ramiro? ¿Para qué hemos venido caminando con la Virgen sobre nuestros hombros? ¿Por qué hemos llegado hasta aquí y por qué ahora hemos de volver con el cuerpo vacío? Ya nada nos rescatará de este abismo. Somos como tus peces, Ramiro, nadamos y nadamos sin saber adónde vamos y ni siquiera podemos mirarnos de frente. Solamente nos ha importado nadar pero no nos ha interesado ningún destino. Nadamos dentro de una gran laguna que no nos lleva a ninguna parte, nadamos en un círculo vicioso, en una rueda de la muerte donde vamos a terminar mordiendo el anzuelo de algún pescador obstinado. Y sin embargo nos creemos felices. ¿Qué nos sucede, Ramiro? La Virgen se ha ido y nadie se ha enterado.

Una débil melodía comenzó a subir por la ladera del cerro y llegó hasta los oídos de Ignacio y de Ramiro. Era el sonido de una quena que en medio del silencio liviano de la noche cortaba el aire como lo corta el vuelo de un pájaro. Los músicos se estaban despertando. El primero en abrir los ojos había tomado su quena para quitarse el sueño y sin proponérselo fue despertando a los demás. Uno por uno comenzó a enrollar las mantas que lo protegían del rocío y luego de una quena sonó otra quena, después un sikus y otro más hasta que el aire se hizo viento y unísono, luego alguien miró más allá y se dio cuenta de que Ramiro no estaba e Ignacio tampoco.

—Deben andar caminando por el cerro —dijo uno de los músicos—, me ha parecido oír pasos durante la noche.

—La Virgen no está, se la han llevado —dijo otro.

—Se la ha llevado Ignacio mientras ustedes dormían —dijo un tercero.

—¿Y adónde la ha llevado? —preguntó el que había comenzado a tocar la quena.

—Al cerro —dijo el que parecía saber algo más que el resto—, pero no he visto nada más.

Ignacio y Ramiro bajan del cerro presurosos, sumergidos en la música que escuchan. Uno camina con el alma sin consuelo, el otro lo hace con la vigilia de la noche a cuestas. A Ramiro, las alpargatas de yute le lastiman los pies hasta hacerlos sangrar. Intenta guardar el último calor del cuerpo bajo su poncho de vicuña. Ya cuando el sol salga, ese mismo poncho lo protegerá del rayo del sol pero ahora necesita que el frío no le corte la piel. El cielo comienza a velarse con los primeros vestigios del día, la noche parece no querer ceder y se sostiene con las uñas puestas sobre algunas estrellas tardías, esas que resisten al menos unas horas más el agobio de la luz solar. Llegan al pie del cerro rodeados de preguntas. ¿Adónde has ido, Ignacio? ¿Por qué te has llevado a la Virgen? ¿Y ahora qué hacemos? ¿Qué han estado haciendo allá arriba, Ramiro? 

—La Virgen se ha ido, nos ha abandonado —dijo Ignacio.

—Si no hay Virgen, no hay procesión —dijo uno.

—Te la has llevado vos, Ignacio, y no sé por qué has hecho eso.

—¡Yo no me he llevado a la Virgen, la Virgen se ha ido!

—Ignacio, te he visto cómo has subido al cerro con la Virgen mientras los demás dormían.

—Claro que he subido al cerro con la Virgen, he ido a rezar en medio de la noche. Estaba muy angustiado y necesitaba conversar con alguien. La Virgen ha sido la única que me ha escuchado y también la única que me ha comprendido. Si me hubiera quedado acá, junto con ustedes, no los habría dejado dormir. Por eso he caminado unos pasos hacia arriba, para estar a solas con ella y con mis penas, penas que a nadie le importan más que a la Virgen y a mí. Ella es la única que me puede ayudar. Yo le he contado todo, todo lo que me pasa y todo lo que me ha pasado. Ella ha de querer lo mejor para mí y yo he de querer lo mejor para ustedes. Porque si ustedes han de estar bien, yo he de estar bien y si yo he de estar bien, la Virgen habrá de estar bien.

—Nosotros estamos bien, Ignacio, aunque no te vemos tan bien como deberías estarlo —dijo uno de los músicos.

—Ustedes no están bien, yo sé que no están bien. Si lo estuvieran, no habrían llegado hasta aquí caminando con la Virgen a cuestas y con los pies magullados por las piedras, pasando hambre y sueño bajo el rayo del sol. Nadie que se encuentre bien hace esto que estamos haciendo nosotros.

—Nosotros estamos bien, Ignacio —dijo el que había despertado a los demás con su quena—. ¿No te das cuenta de que nos hemos sometido a este sacrificio como muestra de agradecimiento por todo lo que la Virgen nos ha dado? ¿Qué has hecho con la Virgen, Ignacio?

—Yo no he hecho nada con la Virgen. He estado hablando con ella, muy angustiado, nada más. La Virgen me ha dicho que por más que mi dolor fuera más grande que el mismísimo río, nada puede ser comparable a la tristeza que siente ella al verme así. Me ha dicho también que todos nosotros somos sus hijos, que no importa si en verdad lo somos o no, que de todas maneras somos sus hijos y que el dolor que siente una madre al ver sufrir a su hijo es mayor que cualquier dolor que su hijo pudiera sentir en toda su vida. Me ha dicho que ella me ha de ayudar, como siempre lo ha hecho. Me ha suplicado que cerrara los ojos por un momento y que rezara una oración, cualquiera que se me ocurriese, pero que lo hiciera con compasión y con humildad. Y con fe, agregó al final. Yo miré hacia la tierra, vi sus sandalias que brillaban por sí solas sin importarles que el cielo las quisiera ensombrecer con esta oscuridad que nos condena. Junté las manos, cerré los ojos y recé. No sé cuánto tiempo habré estado rezando pero he rezado por todo lo que no había rezado antes. Lamenté haberme sentido cansado, me avergoncé de haber sido tan egoísta y de haber pensado únicamente en mi debilidad. Abrí los ojos y la Virgen ya no estaba.

—Eso es lo que me ha dicho —dijo Ramiro—. No sé si creerle o no, pero la cuestión es que la Virgen no está más con nosotros. Alguien se la habrá llevado y ahora la ha de tener escondida en algún lado. No sé para qué la ha de querer.

—¿Cómo que no sabes para qué la ha de querer, Ramiro? ¿Cómo que no sabes? Sin la Virgen no somos nada, Ramiro, nada, solamente polvo que otros habrán de pisar y el viento nos habrá terminado de llevar a cualquier tiempo y lugar. Nada hemos de ser, Ramiro, nada, porque sin la Virgen no hay esperanzas. 

—Ya cállate, hombre —dijo uno de los músicos que no soportó más la conversación—. Es sólo una imagen sin valor, la Virgen está en todas partes. Haces de todo esto un drama grotesco. Alguien se habrá llevado la imagen para venderla por ahí por dos monedas. Deja ya de quejarte. Al fin de cuentas todo ha sido culpa tuya por no cuidar bien de las cosas que trajimos hasta aquí.

—¡Ah, has de querer que me calle, has de querer que no hable más! Pues bien, no he de hablar más, pero ha de quedar bien claro que yo no he tenido la culpa, ya he dicho que nadie se ha llevado a la Virgen, la Virgen se ha ido sola, se ha cansado de nosotros.

Detrás de los cerros, la oscuridad de la noche comienza a ceder. Un manto oscuro y profundo aún se extiende sobre los peregrinos acorralados por las laderas de las montañas y por el frío de la altura. La noche no durará mucho, un primer rayo de luz cruzará por el cerro y dará de lleno sobre la pesadumbre de Ignacio y de Ramiro, luego inundará el diminuto valle y caerá sobre cada uno de los peregrinos hasta hacerles bajar la vista con el dolor de una caricia. Pero aún es noche en el reposo de los fieles. Siguen discutiendo menesteres de la fe. Sin embargo, una luz brilla en la ladera de la montaña y en medio de esa noche tardía. Una luz que no es como ninguna otra luz. Una luz que no es la del sol pero que igual atrapa a sus presas como si lo fuera. Todas las luces sirven de entrada a una nueva cárcel, a un nuevo tormento. La luz que no es reflejo, atrapa y hacia allá van los hombres como moscas hacia su exterminio. Nada puede detener al hombre en su camino hacia la luz, sin importar que éste fuera su último viaje. Ignacio es el primero que la ve, dice que ahí hay algo. Ramiro no la ve pero los demás dicen que sí, que la están viendo en ese momento, que parece parpadear, parece encenderse y apagarse, que hay que ir para ver qué ha de ser eso. Ramiro se acerca un poco más en dirección al lugar que señalan sus compañeros y entonces la luz nubla su vista. Hacia allá van todos, corriendo detrás de Ignacio, tropezándose con las piedras sueltas de la ladera, afirmándose con las manos hasta que las llagas comienzan a sangrar mientras suben una cuesta pronunciada. Ignacio llega primero, con sus manos lastimadas se acerca a la tierra y levanta una sandalia que nada más tiene suela y empeine.

—¡Han visto que tengo razón! La Virgen se ha ido en esa dirección

—dijo Ignacio señalando un sendero de piedra que se perdía en el corazón del cerro.

—¿Y cómo sabes que esa sandalia ha de pertenecer a la Virgen?

—preguntó Ramiro.

—¿Puedes negarlo, Ramiro? Dime si puedes negarlo —contestó Ignacio.

Ramiro dudó y calló. En verdad no podía negarlo. Para él, la sandalia podría pertenecer a cualquier ser que habitara el planeta, incluida la Virgen. Pero más allá de los cuestionamientos de Ramiro, la sandalia tenía un brillo intenso, algo sobrenatural parecía protegerla de la vista de los fieles. No era posible que aquella pieza de cuero ajado por el tiempo y por la tierra pudiera brillar con tal intensidad que alcanzara la vista de los peregrinos, varios metros más abajo, sobre la ladera de la montaña. Ramiro quiso observar la sandalia un poco más de cerca y la tomó de las manos de Ignacio pero éste no la soltó, la mantuvo sujeta contra su pecho forcejeando con Ramiro hasta casi desgarrarla. 

—Oigan ustedes dos, ¿no se dan cuenta de que la van romper? —dijo el que tocaba la quena—. Se están comportando como niños. Ignacio, suelta eso ya para que Ramiro y nosotros podamos ver de qué se trata.

—¡Es un objeto sagrado! —dijo Ignacio—. No puede estar pasando de mano en mano.

—¿Y quién eres vos para adueñarte de las cosas? ¿Acaso has de creerte el dueño de esa sandalia?

—¡Esta sandalia es de la Virgen, ya lo he dicho! —gritó Ignacio y de un fuerte tirón quitó la sandalia de las manos de Ramiro. 

Habían llegado hasta allí iluminados por un rayo que les había atravesado los ojos como si fuera una lanza. Ramiro había quedado encandilado por unos segundos apenas había visto la luz y recordó que cuando había recobrado la vista todos sus compañeros ya estaban corriendo detrás de Ignacio en dirección a aquel resplandor. Pero aún no estaba seguro de si la luz que le blanqueaba la vista provenía de esa sandalia o de cualquier otro objeto, de algún resto de vidrio, de alguna piedra pulida o de corteza transparente. Lo cierto es que cuando estuvieron lo bastante cerca como para comprobar de dónde provenía aquel resplandor, Ignacio tomó la sandalia y la luz desapareció entre sus manos. Ramiro quiso ver si en verdad el poderoso brillo que lo había cegado provenía del cuero de ese calzado pero Ignacio, con sus manos cubriéndolo todo y sacudiendo de aquí para allá ese objeto que él consideraba sagrado, no se lo permitió. Fija la vista de Ramiro en la sandalia, fija la vista de los queneros en las manos de Ignacio sobre la sandalia, fija la vista de los demás peregrinos en Ramiro y en Ignacio, como esperando un nuevo duelo, el cielo se abrió en harapos y nada más que el sol brilló sobre las piedras del camino de tierra acabando con cualquier otro resplandor.

—Has visto, Ramiro, ha amanecido —dijo Ignacio mirando primero al cielo y luego a la sandalia presa entre sus manos—. Estamos ante un milagro, una bendición acaba de caer sobre nosotros. Pensé que la Virgen nos había abandonado pero aún está aquí con nosotros.

—Es solamente una sandalia, Ignacio —dijo Ramiro—, la Virgen se ha ido.

—Sí, pero si no hay Virgen, no hay procesión —dijeron los queneros.

—Hay Virgen —dijo Ignacio—. Esta sandalia es una prueba de ello. Apilemos unas piedras para no olvidar este lugar donde la Virgen, a pesar de seguir su camino en soledad, nos dejó una de sus sandalias. Después tendremos que pensar mucho en nosotros mismos para saber por qué causa la Virgen ha decidido seguir su camino sin nuestra compañía, algo habremos hecho para ofenderla.

Los peregrinos, un poco con resignación y otro poco con culpa, comenzaron a poner unas piedras sobre otras al costado del camino, un camino que se parecía más a una huella extraviada que a un posible sendero. Alguien preguntó si también deberían dejar allí la sandalia, pero Ignacio no lo permitió.

—Esta sandalia ha de quedar en la iglesia —dijo Ignacio—. Es allí donde ha de permanecer ahora que la Virgen no ha de estar presente en el altar.

—Podemos decirle a algún carpintero que construya otra imagen de la Virgen para que ocupe ese lugar —dijo Ramiro.

—No, Ramiro, ¿no has visto que la Virgen no quiere estar ahí? Por algo se ha ido. Ella ha querido que nos quedáramos con algo suyo pero ha decidido no estar acompañándonos en la iglesia.

—Vamos a tener que preguntarle al cura si está de acuerdo —dijo un quenero.

—¡El cura! —dijo Ramiro sobresaltado—. ¿Qué le diremos al cura cuando se entere de que hemos perdido la imagen de la Virgen? ¿Qué haremos para que nos crea, Ignacio?

—El padre Francisco no ha querido acompañarnos, Ramiro, él ha estado ocupado y nos ha confiado a nosotros este viaje en el que ha debido estar presente. Fue él quien se ha perdido de ver el milagro de la Virgen —contestó Ignacio—. Juntemos nuestras cosas y emprendamos el regreso, ya nada hemos de hacer aquí.

El sol crecía en intensidad y en altura. El valle comenzaba a despertarse con los distintos tonos de verde y de ocre que lo llenaban de vida. Uno a uno los peregrinos se persignaban al pasar delante de las piedras apiladas, luego apoyaban sobre ellas unas más pequeña a modo de ofrenda y se alejaban pausadamente, con la vista baja y la mente ocupada en todo lo que había sucedido durante esa madrugada, buscando alguna culpa fácil de encontrar, horadando la memoria del alma, aquella que nada olvida, pensando en las palabras de Ignacio y en el abandono merecido. Ni la Virgen ni el padre Francisco los habían querido acompañar en sus penas, solamente caminaban junto a ellos dos almas tan perdidas como las suyas, un devoto que nada cuestiona y su compañero que a su lado parece un hereje.

Los olvidados (2025)

enlaotrapuerta.com.ar - Archivo de noticias