En la otra puerta

Capítulo V

Ricardo Cardone

—Ya, hijo, despierta que las llamas necesitan salir a pastar. Ha amanecido, Nazareno, un día muy bello te espera.

Nazareno parpadeó una vez más, se incorporó sobre su catre, pasó la mano por su cara, se frotó con fuerza los ojos, bostezó lentamente abriendo la boca hacia el costado, se rascó la cabeza y por fin tomó conciencia de lo que estaba sucediendo.

—¿Quién eres? —preguntó extrañado—. ¿Aún no ha regresado mi padre?

—Tu padre está bajando del cerro. Ha tenido un viaje extenuante y llegará hasta aquí con las pocas fuerzas que le quedan. Trátalo bien y de aquí en más haz todo lo que él te diga.

Nazareno miró a la mujer que le hablaba como si fuera su madre. Quiso volver a preguntarle quién era, por qué había entrado a su casa y para qué lo había despertado, aunque si no hubiera sido por ella, Nazareno habría seguido durmiendo por un buen tiempo más. Pero nada de eso pudo hacer, así como la mujer entró para despertarlo, de igual manera se fue. Nazareno intentó traer a su memoria el recuerdo leve de su madre, apenas conservaba un puñado de imágenes que guardaba celosamente en el silencio de su mente. Apenas unos ojos que parecían protegerlo de todo mal, apenas una sonrisa que para él era la más hermosa sonrisa que jamás hubiera visto, apenas una voz que le susurraba al oído por las noches mientras él dejaba de llorar y por fin se dormía profundamente. Apenas eso y nada más. Pero solamente eso era todo lo que Nazareno necesitaba para seguir siendo un hombre de unos pocos años. Esas imágenes en su memoria le recordaban que él una vez había sido niño, el niño más afortunado de todos los niños, el niño que había tenido una madre como la que tuvo y que una noche a Dios se le había ocurrido llevársela a otro lado, tal vez a un mundo mucho mejor que el que Nazareno tenía. Sería demasiado egoísta si Nazareno la quisiera únicamente para él. Pero Dios le dejó a Ramiro para que lo acompañara y para que velara por su pequeño hijo. Alguna vez Nazareno llegaría a ser un hombre de bien gracias a él, a su padre, que siempre lo protegió.

Esta mujer que lo había despertado no aparentaba ser su madre. Nazareno tenía pocos recuerdos de quien lo había traído al mundo pero la mujer que le había hablado no podía ser ella. No parecía ser del pueblo ni mucho menos vestía como visten las mujeres de la región, con sus polleras largas hasta debajo de las rodillas, alguna almilla de hilo de oveja para cubrirse el torso y sobre ella una chaqueta si fuera necesario. Tampoco llevaba puestas ninguna de las vestimentas modernas que se usan ahora, aquellas que visten los turistas y forasteros que llegan al pueblo pensando que están de visita en una reserva natural de fauna y flora en extinción. Simplemente usaba una túnica que le llegaba a los pies descalzos y se parecía mucho a la imagen de la Virgen de la Candelaria que se encontraba sobre una pequeña mesa ubicada en un rincón de la vivienda junto a una vela a medio encender.

Nazareno se puso de pie, buscó sus sandalias y salió de su casa para lavarse la cara. Calentó leche y cuando terminó de desayunar fue al encuentro de sus llamas silbándoles una copla que él había inventado. Cortó una rama seca y la fue golpeando contra su pierna para no aburrirse. Abrió la tranquera del corral y todos juntos, Nazareno y las llamas, comenzaron a caminar hasta el valle que se encuentra al pie del cerro que sirve de portal a la Puna, un valle que está más cerca del cielo que del mar. Será por eso que allí Nazareno tiene paz, al igual que sus llamas. En esa comarca y ante esa inmensidad, el tiempo parece no correr. Todo es un detenimiento placentero, un instante de sosiego que promete no terminar, un sueño tan atemporal como recurrente. Nazareno y sus llamas suben una cuesta para llegar al valle y mientras tanto él piensa en su padre, en cómo le habrá ido con la procesión de la Virgen, en que ya deberían estar volviendo de los cerros que se ocultan al otro lado de la montaña. Allí se habrán encontrado con el antigal y en el cementerio habrán dejado sus ofrendas, en ese mismo lugar donde las almas de los difuntos esperan pacientemente que alguien las recuerde. Qué sería de los hombres si el olvido los confinara únicamente a la tierra. Qué sería de los deudos si éstos les dieran la espalda a sus ancestros. Dios no permita que el olvido los vuelva a matar. Por eso, todos los años, aquellos que aún permanecen en la tierra caminan entre piedras afiladas y bajo el puñal del sol o de la lluvia para rendir culto a su pasado. Ellos quieren decirles a quienes ya no están que no los han olvidado y que para eso han llegado hasta allí sin importar el camino ni los días. Tan sólo una cruz los recuerda. Una cruz como signo del sufrimiento que han dejado en este mundo y que ya no forma parte del de ellos. Pero también se acercan los demás fieles para implorar compasión a quienes están más cerca de Dios. Una compasión que Ramiro e Ignacio necesitan como si fuera agua. Porque ni Ramiro Vargas ni su compañero pueden continuar viviendo así, con la angustia que les comprime el pecho hasta dejarlos sin aire. Peor ahora que han quedado solos, que la Virgen no está con ellos para acompañarlos y que no pueden presentarse a pedir nada en aquella tierra sagrada por haber sido tan irresponsables.

Nazareno no lo sabe. No imagina que su padre ha tenido que emprender el camino de regreso sin haber logrado llegar a la tierra sagrada. No sabe tampoco por qué su padre ha decidido ir hasta allí. No duda de que alguna profunda pena lo ha invadido al igual que a él cuando ha tenido que despedirse de su madre. Cree también que las penas de los adultos son muy perversas, se parecen a las alimañas que se les prenden a las llamas y necesitan de la ayuda de Nazareno para liberarse de ellas. Lo mismo piensa Nazareno de su padre. Si al menos Ramiro le permitiera a su hijo quitarle esa pena que no lo deja vivir. Si por un día Ramiro le confiara a Nazareno toda la pesadumbre que lo doblega y que lo hace caminar con el alma arrastrándola por el suelo. Si una vez, siquiera una vez, Ramiro le dijera a Nazareno que también extraña a su madre, la madre de su hijo, y que tiene unas ganas tremendas de llorar desde que se levanta hasta que se acuesta y que no lo hace únicamente porque no quiere que Nazareno vea en él una mueca de debilidad. Porque Ramiro cree que la debilidad se contagia con sólo verla, al igual que la fortaleza.

Mientras las llamas cortan la gramínea con delicado oficio, caminando con la vista puesta en la tierra, Nazareno piensa en su padre. De vez en cuando sus sandalias le interrumpen la vista, entonces Nazareno se da cuenta de que está muy compenetrado en sus pensamientos y vuelve al valle y a las llamas. En sus ojos no permanece demasiado el escenario silvestre que lo rodea, al poco tiempo Nazareno nuevamente baja la cabeza y deja de mirar para poder pensar mejor. ¿Será que mi padre guarda algún secreto?, se pregunta, quizás alguien lo esté molestando por ser como somos, como casi siempre sucede. ¿Estará pensando mi padre en abandonar el pueblo como ya lo ha hecho tiempo atrás?, termina interrogándose. Su sandalia se hundió en la tierra y quedó allí atrapada. Nazareno tropezó y cayó al suelo con un pie descalzo. Se levantó tan rápido como había caído y fue en busca de su calzado que parecía brotar de la tierra como si fuera un arbusto más. Nazareno quiso ver con qué había tropezado, tiró de la sandalia con su mano y junto con ella salieron a la luz unos huesos grises y lisos. El niño se puso su calzado y con los pequeños dedos removió la tierra buscando saber un poco más qué era lo que había encontrado. Unos huesos, sí, parecidos a los de sus llamas pero un poco más largos y menos curvos. Entre la tierra removida comenzaron a aparecer más huesos y por cada palmo de tierra que sacaba, un nuevo hueso salía a la luz. Nazareno alertó a sus llamas con un silbido que retumbó en la pared de los cerros y volvió como un canto dulce. Los animales lentamente se fueron acercando para que el niño no los perdiera de vista y continuaron comiendo la gramilla sin importarles lo que estaba ocurriendo debajo de la tierra que Nazareno quitaba. El niño hundió la otra mano en el suelo y tocó un hueso más grande que los demás, bastante pulido por el terreno ancestral. Rápidamente removió la tierra que lo cubría y de ese pozo emergió una calavera con las cavidades intactas de los ojos, de la nariz y con algunos dientes en la mandíbula superior. Nazareno se estremeció por el hallazgo. Pensó en el origen de esos restos óseos. Mucho no pudo descifrar por su escasa experiencia en esos temas, solamente algunas vagas ideas se le cruzaron por su mente. Una de ellas contemplaba la posibilidad de que estuviera parado sobre un cementerio desconocido hasta ese entonces. Otra, un poco más oscura, le hablaba de algún ajuste de cuentas sin resolver de los tantos que se sucedían en el pueblo mientras Nazareno dormía. No quiso saber mucho más, su poca experiencia no le daba respuestas convincentes y sus pensamientos se acercaban más hacia el lado de la fantasía que hacia el lado de la realidad. El niño tomó un hueso al azar, lo sujetó en el cintillo de su pantalón y volvió a cubrir con tierra su increíble hallazgo. Reunió a sus llamas con otro silbido y antes de comenzar el regreso a los corrales guardó en su memoria la ubicación del posible cementerio mirando con detenimiento cada uno de los picos montañosos que lo rodeaban y dando una vista circular alrededor del valle. Una vez que estuvo convencido del lugar exacto en el que se encontraba, emprendió el regreso.

El rebaño caminaba detrás de Nazareno, en silencio el niño y en silencio las llamas. De vez en cuando a alguna de ellas se le daba por toser pero enseguida sus compañeras la golpeaban con sus cabezas para que hiciera silencio. Nazareno parecía no escucharlas, caminaba inmerso en sus pensamientos. El sol aún conservaba su fuerza pero los cerros más altos ya alcanzaban a obstruir su paso con una gran sombra que acompañaba el camino de regreso de Nazareno y de sus llamas. De vez en cuando el niño pateaba alguna piedra que se interponía en su camino sin levantar la cabeza, continuaba caminando con la mirada perdida en la tierra y en ese hueso gris que llevaba en el cintillo. Cuando la tarde comenzó a caer, Nazareno llegó a los corrales, abrió la tranquera y una a una entraron las llamas sin protestar, como entendiendo que era mejor no complicar las cosas, vaya a saber en qué estaría pensando el pequeño pastor, quizás se haya enojado por algo que habremos hecho, quizás esté cansado de llevarnos a pastar, mejor entremos en silencio, se decían sin pronunciar sonido alguno. Nazareno cerró la tranquera y tomó el hueso entre sus manos. Con el resplandor del cielo, éste ya había comenzado a brillar como si fuera un cetro de oro. O como una sandalia extraviada.

Nazareno entró a su casa y antes de que pudiera encontrar un lugar donde guardar el hueso, su padre lo recibió con un fuerte abrazo de alegría. Que cómo ha estado m’hijo, que me has extrañado, que qué has hecho durante el día. Nazareno se alegró al ver a Ramiro y dudó si debía contestar todas las preguntas que le hacía su padre sin tomar siquiera una bocanada de aire o si contarle primero lo que había descubierto en el valle de pastoreo de las llamas. Eligió responder rápidamente y continuar con lo que tenía en mente.

—He estado bien, padre, te he extrañado muchísimo y mientras las llamas pastaban has de ver lo que he encontrado —dijo Nazareno sacándose todo lo que tenía para decir con una sola frase y mostrándole el hueso que había hallado bajo la tierra.

—¿Y qué es esto, Nazareno? ¿Dónde lo has encontrado? —preguntó extrañado su padre.

—No sé muy bien a qué pertenece —contestó Nazareno— pero ha de ser un hueso de algún animal o de alguna persona.

—A mí se me hace que es de una persona —dijo el padre—. Mira, Ignacio, ¿qué te parece?

Ignacio aún no había podido decir palabra alguna. Tenía intención de saludar al niño en cuanto cruzó la puerta, pero Ramiro no lo había dejado hablar. No hacía mucho que los dos peregrinos habían entrado a la casa y aún se estaban recuperando de la larga caminata que habían tenido que hacer, con las manos y los pies lastimados por las piedras del camino, con el torso lacerado por el sol y por el frío de la altura, con los músculos agotados y con la fe arrastrándolos por el piso. Ignacio aún conservaba la esperanza de creer que la peregrinación no había sido en vano. Ramiro pensaba en otra cosa.

—Me da la sensación de que ha de ser un hueso humano, no se parece al de un animal —contestó Ignacio—, por lo menos al de un animal que conozcamos, los de las ovejas son más pequeños, lo mismo que los de las llamas o los de algunos de sus parientes.

—¿Y en dónde lo has encontrado, Nazareno? —preguntó Ramiro.

—En el valle donde llevo a pastar a las llamas, papá, luego de subir la cuesta. Y hay un montón más. Hasta encontré una calavera que, si no es de hombre, es de mono, pero ni de llama ni de oveja es.

—¿Cómo que has encontrado una calavera, Nazareno? ¿Acaso hay un cementerio allí, Ignacio? ¿Sabes si hay algún cementerio allí? —insistió Ramiro.

—No que yo sepa —contestó Ignacio—, pero podemos averiguar.

—¿Y a quién vamos a preguntar por aquí, Ignacio? Habrá que ir hasta la capital —se quejó Ramiro.

—¿Y si le preguntamos al padre Francisco? —dijo Nazareno.

—¡Manga de estúpidos, no saben cuidar nada de lo que se les da! ¡Cómo van a extraviar la única imagen que tiene el pueblo de la Virgen de la Candelaria, bendecida por el obispo, así porque sí! ¡No se dan cuenta de que no sirven para nada, ni siquiera pueden hacer una peregrinación, imbéciles! 

—Pero no ha sido como usted lo piensa, padre Francisco, nosotros no hemos extraviado nada, ha ocurrido que la Virgen ha decidido irse. 

—¡Ignacio, me tenés harto con tus excusas tan infantiles! ¡A quién le vas a hacer creer que la Virgen ha decidido irse! 

—Ha decidido irse porque se habrá enojado con nosotros, padre Francisco, alguno de nosotros habrá caído en falta con ella y se ha tenido que ir a la noche. Yo mismo he estado con ella mientras todos dormían y he tenido que despertar a Ramiro porque ni yo podía creer lo que había sucedido. Cuando Ramiro despertó tampoco me ha creído pero luego, al ver el resplandor en la montaña, no le ha quedado otra alternativa que cambiar de opinión, ¿verdad Ramiro? Ha visto que dice que sí, porque si usted mismo hubiera estado allí con nosotros también se habría dado cuenta de que yo he de decirle la verdad. Pero la Virgen nunca nos ha de dejar desamparados, padre, y a pesar de que ha tenido que irse, ofendida tal vez con nosotros, nos ha dejado su sandalia que brilla de día y brilla de noche. 

—¡Qué sandalia ni qué sandalia, Ignacio! ¡Lo que nos va a costar volver a hacer una réplica de la Virgen si contamos nada más que con las pocas monedas que aportan ustedes a la parroquia y que cada vez valen menos! Dejen esa sandalia sobre un banco y salgan de acá ahora mismo, no me hagan caer en alguna tentación de la que deba arrepentirme. ¿Y los demás inútiles que salieron con ustedes adónde están? ¡Los músicos, los voluntarios, los que se dicen devotos, mejor que ninguno de ellos aparezca por acá! 

—Han quedado retrasados, padre Francisco, venían detrás de nosotros pero han decidido hacer un alto en el camino. Uno de ellos ha tenido la intención de regresar al lugar de la aparición y ha quedado convenciendo al resto. Yo he aprovechado para traer la santa sandalia hasta la parroquia. 

—Esta sandalia no es ninguna santa —dijo el padre Francisco y estuvo a punto de arrojarla a las cabezas de Ignacio y de Ramiro, pues los tenía alineados, pero se contuvo. Los echó de la parroquia a los gritos y dejó nuevamente la sandalia sobre el banco de madera. Con furia cerró las puertas de la iglesia y una débil luz que no provenía de los vitrales iluminó el primer banco del altar.

—¿Y si le preguntamos al padre Francisco? —repitió Nazareno.

 

Los olvidados (2025)

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