En la otra puerta

Capítulo VI

Ricardo Cardone

¿Quién es Nazareno?, se preguntó Francisco. Por un momento quiso formular la pregunta a los gritos pero como no había nadie en su casa, dudó de estar escuchando voces que no existían y prefirió hacerse la pregunta en silencio. Estaba seguro de haber oído que alguien le había dicho que se despertara, que ya había dormido bastante. Miró hacia las cuatro paredes de la habitación y no encontró otra cosa que barro seco y paja. Por una pequeña ventana entraba un aire fresco que agitaba una improvisada cortina hecha con el cuero de algún animal. Francisco salió de la casa persiguiendo aquella voz, tomó aire y gritó a los cuatro vientos:

—¡¿Quién es Nazareno?!

Unos pájaros desplegaron sus alas desde la tierra húmeda que les había ofrecido algún que otro insecto y volaron con la comida entre sus picos. Lo único que quedó sobre ese campo barrido por la tormenta fue la voz de Francisco perdiéndose en el horizonte.

Como todo lo que habita este planeta tiene un final en su recorrido, se ve que el grito de Francisco golpeó contra algo en la montaña y desde ese confín volvió como vuelve un eco lejano, lento pero seguro. A lo lejos vio una sombra que se acercaba caminando. Francisco llevó su mano a la frente improvisando una visera para que la luz del sol no le obstruyera la visión. Alcanzó a ver a un hombre, algún peregrino tal vez. Esa figura que venía en dirección a su casa le levantó el ánimo. Pensó que algún indio de los que se habían escapado habría meditado acerca de su decisión y regresaba arrepentido como un hijo pródigo. Respiró aliviado al saber que ahora al menos disponía de alguna justificación para darle al primer emisario del rey que le preguntara acerca del destino de los indios. Por lo menos uno de ellos estaba con vida. Sobre la suerte de los demás, sabrá Dios qué habrá pasado con sus almas luego del diluvio que casi le cuesta la vida al fraile. Francisco arregló como pudo su túnica, todavía húmeda y bastante maltratada, y acomodó la enorme capucha que caía sobre la parte superior de su espalda, a la espera del indio que volvía arrepentido. Pensaba en lo primero que le diría a ese descarriado sobre el castigo que le correspondía por desobedecer una orden, como si el pobre indio no supiera lo que era un castigo. Pensaba también en el perdón que debía caer sobre él por haberse escapado, pero antes de concedérselo estaba convencido de que debía hacerle recordar la falta que había cometido mediante alguna pena ejemplar, tal como lo habían educado a él en el convento. Sin escarmiento no hay perdón, sostenía sin dejar de apartar la vista en aquella figura humana que se acercaba lentamente hacia su casa. Dudó por un momento de qué forma castigaría al indio, ya que estaba seguro de que con cualquiera de las que se le ocurriera, el indio moriría sin más remedio. Aunque algunas de ellas consistieran solamente en palabras hirientes. Es más, dudaba de si el indio llegaría hasta la puerta de su casa porque cada vez que dejaba de pensar en cómo llevar adelante ese entuerto, volvía a poner los ojos en el pobre hombre y éste caminaba con más dificultad. Decidió abandonar la espera y corrió en busca de aquél que venía penando en medio del campo. Antes de que Francisco llegara a su encuentro, el indio cayó en la tierra agobiado por el hambre y la sed. Francisco lo ayudó a ponerse de pie y lo llevó apoyado en su hombro hasta su casa. Una vez allí lo recostó sobre el catre, le acercó un cuenco con agua y lo derramó sobre los labios cuarteados del hombre desahuciado, esperando que éste abriera la boca mientras el agua se le escapaba hacia el mentón y caía sobre su cuello y su pecho lacerados. El indio alcanzó a mojar sus labios y cuando sintió correr el agua por su cuerpo, abrió la boca y vació el cuenco de un solo sorbo. En poco tiempo recuperó su ánimo y alcanzó a enderezarse en el catre recostando su cabeza sobre el barro de la pared. Francisco volvió con más agua en el cuenco y con algo de pan. El indio tomó el pan con las dos manos y lo tragó casi sin masticar. Inmediatamente después bebió agua nuevamente y de un solo sorbo. Ya se encontraba mejor, ahora podía hablar aunque Francisco no entendiera lo que el indio le decía.
Comenzó por contarle al fraile cómo habían escapado. Le dijo que ninguna de su gente confiaba en extraños porque por culpa de eso habían terminado así, con su pueblo arrasado por la muerte y los más fuertes como prisioneros de los bárbaros a los que Francisco pertenecía. ¿Cómo iban a confiar en alguien que era parte de aquellos mismos que los habían devastado? Por eso habían decidido huir con las pocas fuerzas que les quedaban, preferían la dignidad de la muerte en medio del desierto a la humillación por cualquier tipo de esclavitud o servidumbre a la que seguramente serían condenados. Y así lo hicieron. Todos salvo él, que había dudado por un instante y había partido un poco más tarde que sus compañeros pensando que tal vez la muerte en el desierto no tendría la excesiva dignidad que los demás afirmaban que tenía y que tal vez la servidumbre no sería tan grave como aquella muerte. Fue apenas por un instante. Un solo instante de dudas que quedaron despejadas cuando recordó cómo ellos habían sido masacrados por los que habían llegado con la espada en la mano, revoleando el filo a diestra y siniestra, cortando cueros y cabezas por doquier. Salió tras los pasos de sus compañeros pero éstos ya le llevaban algo de ventaja, por lo que caminó solo bajo la oscuridad de la noche tras un rastro posible pero no tan seguro. En medio del desierto, siguiendo un rumbo sin luna ni estrellas, escuchó una voz detrás de él. Se detuvo y a pesar de no ver nada en esa noche ciega y sometida por un diluvio que parecía interminable, supo que se trataba de una mujer que le hablaba en su dialecto pero con acento de forastera. El indio preguntó quién era aquella que hablaba pero ella no contestó. Solamente le advirtió que si continuaba en esa dirección, moriría de sed porque ya hacía bastante tiempo que había perdido el rumbo de sus compañeros y el agua sobre los campos podría arrastrarlo hacia cualquier desembocadura fatal. Le aconsejó que volviera sobre sus pasos, que al amanecer estaría nuevamente en el lugar del cual había escapado y que un fraile le salvaría la vida. Dijo que él era libre de elegir pero que era conveniente que fuera tras sus compañeros al día siguiente, bajo la luz del sol liberada de la tormenta, y que tarde o temprano los encontraría refugiados al otro lado de aquella extensión de tierra que él se había dispuesto a desafiar sin medir las consecuencias. El indio estaba extenuado y esa oscuridad no lo ayudaba en su huida. Era verdad que había perdido el rumbo, cosa extraña en él, pero en esas noches más oscuras que las fauces del demonio era bien sabido que no se debía salir a explorar ningún sendero. 

—Ah —dijo la voz antes de que todo volviera a ser un áspero silencio—, que el fraile no descuide a Nazareno.

Francisco no entendía una sola palabra de lo que el indio le contaba. Ante sus ojos, todo era una sucesión de gestos grotescos sumados a un vocabulario ancestral. No podía descifrar lo que el indio le quería decir ni alcanzaba a entender la situación por la que ese hombre había pasado. Cuando dejaba de hablar para meterse en la boca otro trozo de pan o para beber más agua del cuenco, Francisco lo interrumpía increpándolo para saber qué cosa estaba diciendo, de qué estupidez hablaba, pero ni el indio entendía lo que Francisco le preguntaba ni Francisco comprendía lo que el indio relataba. Una sola palabra lo apartó de esa especie de Torre de Babel en la que los dos habían quedado atrapados y fue cuando el indio nombró a Nazareno. El nombre lo sobresaltó y recordó aquella voz que le decía a él mismo que se levantara —no había nadie más esa mañana en su casa— y que esa voz se había dirigido a él como si su nombre fuera Nazareno en vez de Francisco.

Luego de su relato, el indio cayó extenuado sobre el catre. Durmió todo ese día y todo el día siguiente. Cuando despertó, Francisco leía un antiguo libro religioso. El indio se puso de pie y se sentó en el suelo al lado del fraile, sentía curiosidad por ese objeto que Francisco tenía entre sus manos. A veces se lo quitaba de improviso para inspeccionarlo mejor y entonces el fraile con un tirón lo volvía a recuperar. Un poco harto de tener que interrumpir a cada rato la lectura, Francisco buscó entre sus libros una Biblia y se la entregó al indio para que se entretuviera. El indio la tomó con fuerza pero antes de que se la pudiera arrebatar al fraile de las manos, Francisco apoyó la palma de su otra mano sobre la mano de él y le advirtió que tuviera cuidado con ese libro, que se trataba de un documento sagrado. No entenderá una sola palabra, pensó, pero por lo menos me va a dejar leer tranquilo. Mientras el indio miraba las hojas tratando de comprender qué era eso, Francisco volvió a la lectura. Se trataba de un compendio de escrituras no canónicas que habían llegado a su poder durante su estadía en el convento. Esas escrituras no aceptadas por la Iglesia pero de exhaustivo estudio por parte de algunos frailes que había conocido en el convento habían terminado atrapándolo. Nada de lo que estuviera escrito allí dejaría de ser considerado falso por el clero. Esas escrituras apócrifas que no contemplaban la línea del pensamiento aceptado por la Fe, a veces hablaban de temas que a Francisco le quitaban el sueño. En un apartado sobre el misterio del ciclo del azar, traducido al castellano en su forma más simple como “La parábola de la tau”, un antiguo matemático escribía:

“Dentro del universo natural todo tiene un límite, un final previsto, lejos de cualquier especulación. Siempre habrá una respuesta que justifique tal o cual comportamiento de la materia por más arbitrario que parezca. Cada uno de sus componentes, aún el átomo más pequeño, cumple al pie de la letra una regla universal y poderosa que lo hace previsible. Tal vez no se nos presente el conocimiento completo de esa matriz incalculable de probabilidades, pero cada desplazamiento ínfimo de un átomo hacia un vacío no hace otra cosa que formar parte de lo inalterable que es el universo a pesar de sus continuos movimientos internos. Esa inmutabilidad y perdurabilidad de sus componentes es lo que hace que un universo sea eterno más allá de las formas y estados naturales en los que se nos manifieste. La materia es previsible a pesar de sus infinitas variaciones. Existe un ciclo, dentro del cual ella se rige, que nada tiene en común con el azar. No hay casualidades dentro de la materia, todo es causa y efecto y todo es permanente. Si quisiéramos, podríamos indagar un poco más sobre cuál fue la primera causa que originó todos los efectos que hoy conocemos, pero estaría fuera del foco de esta discusión, basta con decir que esa primera causa fue la voluntad del Creador y no una acción aleatoria, sin intencionalidad, de la materia. Pero, así como el universo entero tiene entidad de eternidad, dentro de él hay un constante debate entre el orden y el caos. En su interior todo caduca, cambia de orden y vuelve a ordenarse para otra vez destruirse. Ese movimiento permanente de la materia está regido por la lógica de los números, fácil de comprender y un poco más difícil de administrar. Pero que todo tenga un límite nos lleva a la idea de que en algún momento esa materia llegará a convertirse en nada por su necesidad de transformarse en otra materia. Es decir, para que algo se convierta en otra cosa, antes tiene que dejar de existir ese algo. Lo que nos preguntamos entonces es en qué momento ese algo deja de existir. ¿Cuál es el instante preciso en el que algo deja de ser algo? Si nos remitimos a los cambios en la materia, sería erróneo afirmar que ese algo deja de ser algo mientras se está transformando en otra cosa, porque para poder ser otra cosa antes debió dejar de ser lo que era. Y ese punto último en el que la materia deja de ser lo que es, es el punto límite que todos buscamos descifrar. El menor número posible antes de desaparecer, el límite a cero de la extinción. Esa entidad mínima, insignificante no por lo pequeña sino por su infinitesimal poder de significancia dentro de la lógica, le está vedada a nuestra razón. Solamente podemos afirmar que estamos convencidos de que ese último número, ese punto límite, existe pero no lo podemos comprender exactamente en su totalidad, no sabemos cuánto mide, cuánto pesa, cuánto vale, ni tampoco lo podemos demostrar dentro del campo natural de la lógica. Para comprender esa entidad que se nos niega a la razón nos basta únicamente con creer en ella porque no hay conocimiento que pueda dar fe de su existencia, pero sí hay un conocimiento que da fe de que algo tiene que formar parte de ese punto límite. Es en ese grado de conocimiento cuando entra en juego el valor de la representación de la realidad y no la realidad misma. Imaginemos cualquier senda en la antigüedad. Pensemos en cuánto representaban veinte leguas para alguien que las debía recorrer a pie antes de conocer la existencia del caballo. Pensemos en cuánto representan esas leguas para alguien que las recorre a caballo. Lo que representan esas veinte leguas para uno y para otro nunca es igual y lo que lo vuelve subjetivo es la percepción de cada individuo, aunque objetivamente siguen siendo veinte leguas. Me atrevería a decir que en un futuro esas veinte leguas no van a representar más que lo que representan ahora unos cuantos palmos, sin dejar de ser veinte leguas. Porque esas veinte leguas forman parte de la materia con la que está hecho el universo, un universo inalterable y eterno como un átomo. Lo que cambia al pensamiento del hombre, entonces, no es el universo en el que vive, sino cómo percibe ese universo. En otras palabras, el hombre por un lado se esfuerza por entender el comportamiento de la materia, el ciclo del azar, el límite del universo, pero por el otro decide creer o dejar de creer en ese conocimiento. Por encima de su lógica se encuentra la fe que lo moviliza. No le sirve de mucho entender una manifestación universal, sino que lo único que le sirve es creer o dejar de creer en esa manifestación universal. Para qué nos sirve a nosotros, pobres mortales, comprender el concepto filosófico del átomo si nadie lo puede demostrar. Es más indicado creer o dejar de creer. Pero por si fuera poco, tampoco alcanza con creer, de la misma manera que no alcanza con demostrar porque la facultad de creer no es libre en el hombre, sino que está condicionada por algo superior a su lógica y a su fe. Hablamos de una entidad intrínseca que, al igual que el universo, es inalterable y eterna: la conciencia. La conciencia está más allá de la fe y de cualquier moral. No le sirve de mucho al hombre saber lo que está bien o lo que está mal dentro de una sociedad, tampoco le basta con creer en algo y mucho menos le basta una demostración. La conciencia humana es inmutable y gobierna sobre la fe. Uno cree lo que su conciencia le permite creer. Esa inmovilidad que es inherente a cada ser humano pero que no es la misma en unos que en otros forma parte, sin proponérselo, del elemento básico de una sociedad. Toda sociedad es una sumatoria de conciencias que se orientan en una única dirección. A aquellas conciencias que no concuerdan con la dirección a la que apunta la sociedad se las combate hasta la represión o hasta la expulsión. A esa sumatoria de conciencias alineadas en un frente inviolable que forman parte de la defensa de la sociedad se la denomina cultura. Y si la conciencia es inmutable, la cultura también lo es. Al hombre lo gobierna su conciencia, mientras que a la sociedad la gobierna su cultura. En otras palabras, la conciencia es al hombre lo que la cultura es a la sociedad”.

Francisco desvió su mirada de la lectura y puso sus ojos en el indio. Éste continuaba dando vuelta las páginas de la Biblia y buscaba comprender lo que significaban esas palabras pero nada le decía al fraile, su mirada se perdía en los abismos de ese lenguaje extraño que lo llevaba a un mundo nuevo. Francisco volvió al libro.

“Alguien podrá decir que la cultura de una sociedad se encuentra permanentemente asediada por otra cultura, ya sea foránea o endémica. Cuando la cultura termina contaminándose con otra cultura, surge una nueva cultura y por lo tanto una nueva sociedad. De la misma manera ocurre con el hombre, cuando la conciencia se encuentra vulnerada en sus principios por alguna manifestación irrefutable del universo, nace una nueva conciencia individual y por lo tanto un nuevo conjunto de creencias regirán su comportamiento. Si, como hemos visto, existe en el universo un punto límite imposible de demostrar mediante la experimentación y para llegar a su comprensión se hace necesario un nivel superior del conocimiento humano que está dado por la fe, ¿de qué manera se podrá comprender la fe cuando ésta llega a ese punto límite que tienen todos los elementos del universo, ese punto que sabemos que forma parte de la fe pero que no es posible demostrar ni siquiera con la fe misma? Para alcanzar a comprender esos vacíos se hace necesario el uso de la conciencia, ese conocimiento que se encuentra por sobre todo lo demás”.

Francisco cerró el libro, lo sostuvo entre sus manos y fijó la vista en cualquier punto ciego de la pared pensando en el misterio de la conciencia humana, otro misterio de la fe. Pero si la fe que él consideraba inquebrantable estaba gobernada por la conciencia, otra conciencia gobernaría otra fe y esa otra fe gobernaría al hombre. Tal vez, pensó, estos hombres que habitan esta tierra perdida de este lado del mar sean otros hombres, unos hombres nuevos con una conciencia distinta, anormal. Luego pensó en el indio y su falta de fe, su alma condenada al destierro divino, su conciencia enferma. Quiso saber algo más de ese hombre que leía a sus espaldas pero el indio ya no estaba, había escapado de la casa del fraile llevándose algo de pan y la Biblia de Francisco.

Culpándose por esa absurda distracción, corrió en busca de aquél que ya llevaba un largo trecho recorrido por terrenos que le eran afines y conocidos únicamente por él mismo y por sus antepasados, corriendo sin correr, más bien caminando velozmente por senderos que solamente él había frecuentado, perdiéndose de la vista del fraile, tan extraño en esa tierra aunque esa tierra no fuera más que un desierto donde todo está a la vista pero también donde nada se percibe a pesar de que todo es permanente. Persiguiendo el rastro del indio, cruzando lomadas y vadeando arroyos, Francisco terminó en un vasto campo de tierra seca y seguramente plagado de feroces bestias salvajes, cansado de correr, agotado por la sed y con los músculos entumecidos por el sol y por el esfuerzo. Aunque en medio de ese desierto no se encontraba nadie más que él y la nada. Una nada que lo oprimía hasta consumirlo, hasta convertirlo en otra cosa que no fuera más que nada. Decidió emprender el camino de regreso pero estaba desconcertado. No recordaba bien por qué sendero había llegado hasta allí. Dio unos pasos sin rumbo sobre la tierra seca y se dio cuenta de que se había extraviado. Ya no buscaba al indio, había decidido liberarse de esa carga, dejar libre a su presa porque en poco tiempo más él mismo sería presa de alguien o de algo. Todo en ese desierto lo acechaba, aquello que parecía inmóvil comenzaba a tener leves desplazamientos, como una fiera dispuesta a atacar que se deja ver detrás de la vegetación. Decidió caminar hasta una lomada, pensó que detrás de ella encontraría el sendero que lo conduciría de regreso a su hogar. Subió hasta la cima y desde ahí pudo divisar todo el terreno circundante pero no lograba encontrar el sitio donde estaba su casa de barro y paja. Nada le resultaba conocido. Y como después de algo malo suele venir algo peor, desde esa altura reconoció que extrañamente estaba cercado por cerros cada vez más elevados y amenazantes. A lo lejos divisó un curso de agua. Se le ocurrió que ese hilo serpenteante podía ser uno de los arroyos que había cruzado sin haber reparado en más detalles durante la arrebatada persecución al indio. Bajó por la ladera y llegó al llano, dispuesto a alcanzar el arroyo que lo acercara a su humilde casa. Ahora se encontraba entre los cerros asediándolo como majestuosos centinelas, siguiéndole sus pasos, respirándole a sus espaldas, atrapando y consumiendo lo poco que quedaba de luz, oprimiendo al sol sobre la tierra hasta ahogarlo dentro de ese círculo que no era más que una olla en la que se cocinaba a fuego lento un hombre destinado a morir por abandono, un pobre fraile que había encontrado al otro lado del mundo una celda peor que la que había dejado, una celda sin paredes ni mandatos, apenas una brisa libre de dogmas que lastimosamente lo cercaba con barrotes más fuertes que el acero, aquellos que solamente los miedos pueden llegar a forjar. La noche lo encontró en la margen del arroyo. Caminó a oscuras escuchando lo que el viento le traía a sus oídos, un débil chasquido de agua y piedra, un rezo tan inaudible como inevitable, un gran imán que atraía la última esperanza de resurrección que le quedaba a Francisco. 

Pero Francisco ya estaba muerto, había muerto mucho antes de ese día aunque él no lo sabía, más bien nunca lo supo hasta aquella mañana en que la muerte se le reveló frente a sus ojos. No por los indios rescatados ni por los otros muertos. No por la misión destinada para él por el obispo. Tampoco por la tarea que le habían encomendado los soldados del rey. Francisco estaba muerto porque un día se había dado cuenta de que su conciencia había cuestionado a su fe. Ese día en el convento, durante la misa que debía celebrar el obispo junto a los hermanos de su congregación, Francisco creyó ver delante del obispo algo que no olvidaría jamás. Mientras el sacerdote levantaba los brazos al cielo implorando alguna bendición, Francisco vio a un niño dormido en el altar. Le preguntó a su compañero si también veía lo que él estaba viendo, pero el otro sonrió ante esa disparatada idea, como si Francisco estuviera bromeando. A Francisco no le bastó esa imagen para estremecerse por completo. La siguiente fue peor, al final de la plegaria el obispo bajaba los brazos pero esta vez sosteniendo con ambas manos una daga que terminó cayendo sobre el corazón del niño. Francisco gritó en una lengua que nadie pudo entender, corrió hacia el altar y se desmayó sobre la base de mármol. El obispo debió suspender la ceremonia religiosa y Francisco fue confinado a su celda, esta vez en absoluta soledad y reclusión. 

Debido a la inesperada reacción de Francisco, el obispo solicitó a la congregación mayores detalles de lo que había sucedido y pidió hablar con el fraile. Francisco temió contar el asesinato que el fraile estaba cometiendo aunque el hecho hubiera ocurrido únicamente en su imaginación. Prefirió en cambio decir que en su mente lo estaban torturando pensamientos despreciables, que ya no los podía soportar y que en verdad él creía que todo eso se debía a que su salud se estaba debilitando a pasos acelerados. Recordaba perfectamente el hecho ocurrido en el altar, desde que el obispo había alzado sus brazos al cielo hasta que la daga se había hundido en el cuerpo del niño dormido pero no quiso dar ningún indicio sobre aquella visión que había tenido, mucho menos al obispo que había sido el que había oficiado aquel acto macabro de un sacrificio humano. 

El obispo apoyó su mano sobre la frente de Francisco, rezó una plegaria con los ojos cerrados, tomó las manos del fraile entre las suyas y prometió calmar su pena, cualquiera fuera. Semanas después Francisco fue encomendado por el obispo al Nuevo Mundo, una tierra virgen de Dios con miles de almas que necesitaban de un salvador. Disponía de poco tiempo y al menos debía despedirse para siempre de sus seres más queridos. Escribió una carta a sus padres para que un emisario del convento se la hiciera llegar lo más pronto posible, aunque para ese momento Francisco ya se encontrara navegando en alta mar. La carta llevaba escritas algunas oraciones religiosas para que ellos siempre lo recordaran y le dieran la fuerza necesaria en aquel destino que él no había buscado pero que no estaba autorizado a rechazar. El barco zarpó con Francisco apoyado en un listón de madera y la vista perdida en el puerto. Alcanzó a distinguir a su compañero de celda y, detrás de él, la figura borrosa del obispo. Al entrar en su camarote encontró sobre las mantas de su cama una carta lacrada con el sello de un escudo religioso.

 

Los olvidados (2025)

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