En la otra puerta

Capítulo VII

Ricardo Cardone

Lo que Francisco había experimentado en la celebración religiosa no podía haber sido ninguna otra cosa más que una alucinación. Cuando por fin había logrado reponerse y hablarle a su compañero de celda sobre lo que él había creído haber visto ese día, recordó que éste había sonreído y que luego le había dicho que nada de eso había pasado, que en aquel momento el obispo estaba oficiando el misterio de la consagración y que antes de que terminara su oración Francisco había salido corriendo a los gritos hasta el altar y había puesto fin a esa locura cayendo desvanecido en el suelo. Francisco insistió en que lo que él había visto con sus propios ojos había sido verdad, que no sufría de alucinaciones y que estaba seguro de que el obispo empuñaba una daga. También dijo que temía contarle la verdad al obispo porque, según él, era un asesino. Sin embargo, Francisco necesitaba hablar de todos los detalles de aquel momento con su compañero para extirpar esa angustia que le torturaba el alma, confiando en que ninguna palabra de esa conversación llegaría a los oídos del obispo.
Francisco dejó sus pocas pertenencias sobre una silla, tomó la carta entre sus manos y leyó su nombre escrito con esmerada caligrafía. Se recostó en su cama que no era más que un humilde catre, separó con sumo cuidado el sello y desdobló las hojas. 

“Especial amigo, yo bien sé que éstas, mis palabras, escritas con la urgencia de vuestra lectura pero sabidas de la buena aceptación de vos no han de ser dignas de rechazo de vuestra parte. Y si por obra del destino, y que Dios Vuestro Señor no lo permita, estas mismas palabras terminaran arrojadas a los confines de los mares embravecidos por los que estarás debatiéndote antes de poner tus pies en aquella tierra nueva, harta de misterios en busca de la Santa Palabra, ruego a vos que no olvidéis cada una de ellas que con tanta discreción las hube encontrado con el único fin de poder expresar a vos mi parecer, libre de toda investidura y rango, vestido apenas con el tratamiento que merece un siervo de otro siervo.

Y como siervos fieles a Dios, al cual le ofrendamos cada uno de nuestros actos, me he visto obligado a proteger tu vida encomendándote en esta misión evangelizadora a la que he decidido enviarte y por la que rezo día y noche para que no claudiques si es que no hallas una pronta buena ventura en toda esa extensión.

Un fiel amigo tuyo ha decidido escribirme acerca del mal que padeces y por el cual nadie sabe cómo tratar el castigo que soportas con indoblegable dignidad. Vuestro amigo me ha hecho saber de las tantas alucinaciones que te atormentan y que no son más que obra del mismo diablo que pretende gobernar tus pensamientos sin reparos ni medida. Vuestro convento cree, así como yo lo creo, que estos actos dignos de tan manifiesta brujería deben ser extirpados de raíz como la hierba mala que acosa a los sembradíos hasta llevarlos a la podredumbre. Y es menester de tu parte saber que mi persona ha sido instruida tanto con acertados como con disparatados métodos para curar ese mal que ha doblegado a tu raciocinio. Ante el pedido expreso a mis oficios de parte de tu ministro por un exorcismo necesario, he preferido tu exilio. Expulsar al diablo de tu cuerpo es un acto sobrehumano que no siempre conlleva a la mejor de las venturas y si algo pasara, Dios no lo permita, si el demonio que siempre está acechando a los pobres de fe encontrara algún signo de debilidad en mi persona o en la de alguien cercano a nosotros, la condena que caería sobre todos vosotros además de sobre mí sería de tan grande disgusto para Dios Nuestro Señor que ninguna de vuestras almas ni la mía podrían encontrar la paz eterna que tanto se nos promete y por la que debemos sacrificarnos con inquebrantable fidelidad.

He decidido, especial amigo, enviarte a vastas tierras que yacen al otro lado del mar. No me han hablado más que maravillas de aquel lugar harto de riquezas tanto materiales como humanas que ruego alcances a conocer y a disfrutar en la gracia de Dios. 
He sopesado el bien del exilio y he sopesado el mal de la cura antes de escribir esta carta, y mi buen arbitrio me ha tentado por la primera fortuna en vez de la segunda. Quiere mi persona que no le guardes rencor ni recelo. Ruego a Dios tenga en cuenta tu mal al momento de encontraros.

Vuestro Señor es mi Señor y nada somos ante Él”.

Por un momento Francisco cerró los ojos y comprendió la razón de su viaje a esas tierras que estaban más allá de los confines del mundo. Su compañero de celda no sólo no había creído en sus palabras sino que se había ocupado de sembrar en el obispo la firme idea de que Francisco estaba padeciendo la enfermedad de la locura o, lo que era lo mismo decir, que estaba poseído por el demonio. El mal que padecía era considerado un defecto mortal, con la única posibilidad de sanación a fuerza de un dudoso exorcismo que ninguno de los frailes del convento estaba en condiciones de ejercer. El obispo prefirió el exilio de Francisco a tierras remotas, cuanto más lejos mejor. En medio de un mar bravío Francisco comprendió que de los tres votos que lo habían convertido en fraile, el de pobreza, el de castidad y el de obediencia, ninguno le salvaría el alma, ya había sido condenado al destierro o al infierno, lo mismo daba.

Durmió todo ese día atormentado por pesadillas difíciles de olvidar y con el sudor del cuerpo impregnado en su túnica aún sin quitar, vencido por el cansancio y por la angustia. Durmió también esa noche como si fuera la última noche de su vida, despertándose de a ratos por las náuseas incontenibles que le producía el movimiento ondulante de un barco que libraba su propia batalla contra las aguas amotinadas. Durmió dos días más hasta que despertó con el estómago hecho trizas, con las tripas ardientes de ácidos que iban y venían de un lado al otro y con un hambre atroz que lo llevaba nuevamente a las náuseas con solo pensar en comer. A medias logró enderezarse en el catre y permaneció sentado sobre él apoyando su espalda en la pared, moviéndose al compás del barco y de las olas como un péndulo que se ha desprendido de la maquinaria del reloj pero que continúa su marcha desbocada por la inercia, sin frenos. Decidió ponerse de pie y subir a la cubierta, tal vez el aire fresco del océano le bastara para devolverle la cordura y le trajera la calma a su cuerpo maltratado. En su camino se cruzó con algunos integrantes de la tripulación atareados con las velas y con la dirección cambiante del viento. Uno de ellos le hizo una seña a modo de saludo y continuó con su tarea cumpliendo con las órdenes que impartía a viva voz el capitán. El fraile se acercó a una de las barandas del barco mientras ésta parecía hundirse en las profundidades del mar y luego regresar a la superficie como si el casco fuera una pesada bala de cañón que alguien detonaba desde aquel abismo hacia el cielo limpio de nubes. Quiso alejarse de la baranda para evitar el mareo pero otra vez volvieron las náuseas y, aferrado a la madera, arrojó al mar el último resto de bilis que le quedaba en el cuerpo. Alguien lo tomó del hombro y lo separó del borde de la cubierta.

—¿Quién es ése? —preguntó a los gritos un hombre de la tripulación que se encontraba haciendo tareas en la popa.

—Es un loco que se cree fraile —dijo otro, gritando aún más fuerte para vencer al viento que comenzaba a soplar con mayor intensidad.

—¿Y se va a quedar con nosotros? ¿qué hacemos con él? 

—¡Arrojémoslo al mar! —dijo un último hombre.

Todos rieron a la vez pensando que no era tan mala la idea, algo de diversión se merecían esos presos ahora que trabajaban para la Corona.

—¡Brutos animales! —gritó el capitán— ¡Vuelvan a sus obligaciones o los que caerán al agua serán todos vosotros! ¿No se les ha dicho tener piedad de esta clase de enfermos? El hombre que me han encomendado lleva consigo el mal de la locura, una clase de piedra que se queda en la cabeza de aquellos que están condenados por Dios.

—A los locos hay que azotarles para que se calmen —gritó uno.

—A menos que este hombre nos traiga problemas, ningún látigo caerá sobre su espalda —sentenció el capitán.

Francisco oyó los gritos pero se hizo el desentendido. Prefirió alejarse de la mano que lo había separado de la baranda de madera, recluirse en su camarote y recostarse nuevamente en el catre aún húmedo por los restos de sudor. Llevaba más de dos días sin comer pero no podía probar bocado, todo alimento terminaba siendo expulsado de su estómago hacia las aguas turbulentas del océano. Intentó dormir pero no pudo, demasiado malestar tenía en su cuerpo. Cerró los ojos y se le ocurrió pensar en que tal vez la tripulación se había tomado en serio eso de arrojarlo al mar. Si no hubiera sido por el capitán, seguramente él ya no estaría en su catre sino en el fondo de esas aguas tenebrosas. Escuchó pasos detrás de la puerta, pasos que se detenían y que luego volvían a hacerse oír. Cada vez más cerca y cada vez más pasos. Francisco se puso de pie y levantó la silla como si fuera un escudo esperando que alguien abriera la puerta. Nada de eso ocurrió, los pasos se perdieron en el silencio del barco y la noche hizo de Francisco apenas una sombra. Pensó en encender una vela para que hubiera algo de luz pero temió que esa claridad atrajera a los violentos que pretendían someterlo a latigazos y arrojarlo al mar. A medianoche empezó a perder la concentración y sus fuerzas comenzaron a ceder. Ya no podía sostener la silla frente a la puerta en actitud desafiante y su cabeza le pesaba demasiado encorvándole el cuerpo y llevándolo hacia un sueño profundo.

En ese sueño, Francisco deambulaba por una gran llanura desierta buscando un sendero que pudiera guiarlo hasta su precaria vivienda con sus corrales vaciados por la sequía y con el adobe quebradizo de las paredes en las que anidaban cualquier tipo de alimañas. A lo lejos, muy a lo lejos, se alcanzaban a divisar algunos cerros que cortaban el horizonte, apenas unas lomadas que bien podrían ser la naciente de algún arroyo. Hacia allá fue, no supo si le llevó horas o días pero llegó hasta la base de una altísima loma que debía sortear si deseaba continuar el viaje. Subió hasta la cima y desde allí logró ver el techo de paja de su rancho. Un poco más lejos estaban los corrales, vacíos y devastados por el tiempo. Francisco respiró profundo y se dispuso a descender en dirección a su vivienda pero su pie se hundió en la tierra y el fraile cayó al suelo. Algo había pisado en esa tierra removida, algo que no era raíz ni piedra, algo que no estaba vivo pero que parecía haberlo estado. Hurgó debajo del terreno y una pieza similar al marfil surgió de la profundidad. Escarbó un poco más y se encontró con la tenebrosa imagen de varios huesos humanos con sus cráneos intactos. Alguien le habló a sus espaldas.

—Recuerda este sitio, Francisco, aquí te encontrarán —dijo una voz de mujer.

Francisco se dio vuelta y la puerta se abrió con un golpe. Varios hombres de la tripulación entraron por la fuerza en su camarote, lo desvistieron y lo arrastraron hasta la cubierta sujetándole las manos y los pies y cubriéndole la boca con un trapo humedecido en un líquido putrefacto. Todo era noche, aunque detrás del horizonte amenazaba con aclarar. Uno de ellos sujetó las muñecas de Francisco con una soga y lo amarró al palo mayor del barco. Otro ató sus pies a la altura de los tobillos. Un tercero, vestido con la túnica y la capucha del fraile que había alcanzado a arrebatar del camarote de Francisco, se le acercó. Se hizo un profundo silencio en medio de la noche y de esa oscuridad. El verdugo ofició de juez y dictó la primera sentencia pasándole la cuerda de un látigo por su espalda:

—Aseguro que ninguno de vosotros deseáis convivir con esta bestia digna del mismo Lucifer. ¡Que este enviado del infierno regrese al infierno! —y descargó el primer latigazo sobre la espalda de Francisco.

—¡Que ningún casto nos infeste con su peste! —dijo otro y sobre la espalda de Francisco se hundió por segunda vez el cuero del látigo.

—¡Que no queremos animales en este barco! —gritó un tercero y por vez tercera la cuerda abrió la piel sangrante de su espalda.
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—¡Dejad algo para los demás! —gritaron. 

El verdugo se sacó la túnica y la capucha y se la entregó a otro de ellos junto con el látigo. Cada uno que tomaba el látigo ocultaba su cara con la capucha y daba tres o cuatro latigazos más sobre la espalda lacerada y sangrante de Francisco. Antes de que el último de los tres diera el último latigazo sobre el cuerpo devastado del fraile, una explosión se oyó en lo alto de la cubierta. El capitán y el resto de la tripulación apuntaban con sus mosquetes a los tres desaforados que habían sometido a Francisco. 

—¡Aún me resta darle un latigazo más! —dijo el último socarronamente.

El capitán apuntó y una bala de plomo estalló en el pecho del desquiciado. Su cuerpo inerte se derrumbó sobre el piso de madera. El capitán volvió a cargar el arma con otra medida de pólvora y bajó la pequeña escalera para dirigirse hasta donde estaban Francisco y los sádicos hombres de su tripulación. Les ordenó liberar al fraile de sus ataduras. Una vez despojado de las sogas que marcaron sus muñecas y sus tobillos hasta cubrirlos de sangre y pus, Francisco se desplomó sobre la cubierta. Los demás hombres de la tripulación lo ayudaron a ponerse de pie.

—Vosotros —dijo el capitán a los suyos—, amarren a estos dos de pies y manos y sujétenlos al palo mayor.

Dos hombres amarraron a los dos rebeldes y los sujetaron al palo mayor, tal como les había sido ordenado. El capitán le quitó la túnica con la capucha al preso abatido y se la devolvió a Francisco. Le ordenó que se vistiera y que se parara frente a los dos salvajes que lo habían sometido. Luego el capitán le acercó el látigo que habían usado contra él y le dijo a Francisco que lo empleara a discreción, que esa noche nadie había visto ni vería nada. Ordenó a la tripulación que arrojara al mar el cuerpo del hombre muerto y que cada cual regresara a su catre. El capitán fue el último en abandonar la cubierta y, sin mirar hacia atrás, bajó la escalera que lo llevaba a su camarote. 

Francisco quedó solo frente a sus verdugos, con el látigo en la mano. Un hilo de venganza, espeso y rojo, comenzó a correr por su espalda ingresando en cada una de las llagas a punto de infectarse, ardiendo como una hoja caliente y afilada que desgarraba su piel, con el sudor cubriéndole de sal esas heridas que se iban multiplicando a medida que el cuerpo iba consumiendo los últimos restos de su propio calor, evitando que se enfriara rápido, queriendo que ese sentimiento vedado para él y para su condición de fraile no se diluyera con el paso de los segundos. Francisco cerró los ojos apretando los párpados con fuerza, levantó la cabeza hacia el cielo oscuro y frío de la madrugada, quiso decir algo, una oración, una plegaria, una palabra de compasión, pero no pudo. Un último brote de sangre salió de una última herida y le quemó la espalda como si cien galones de ácido se vaciaran sobre ella. Pidió perdón a Dios por defraudarlo en el amor infinito que siempre había tenido para él y supo que a partir de ese momento su alma estaría condenada para toda la eternidad, que los verdugos que lo habían arrastrado hasta la cubierta tenían razón, que él era una peste que el demonio había diseminado por toda la tierra, que el primero que se había dado cuenta había sido el obispo y que ya no le importaba ninguna otra cosa más. Abrió los ojos y descargó con furia el cuero retorcido del látigo sobre los cuerpos de sus verdugos, ahora maniatados e indefensos así como Francisco había estado frente a ellos. Comenzó por las espaldas de cada uno hasta que no quedó lugar sano donde la cuerda pudiera desgarrar la piel. Entonces siguió por el pecho y luego por las demás partes de sus cuerpos hasta que dejó de escuchar las súplicas inútiles de los ajusticiados. Cuando todo quedó en silencio, Francisco arrojó el látigo al suelo y liberó el cuerpo muerto de cada uno para expulsarlos por la borda. Quiso arrojarse al mar junto con ellos pero no tuvo el valor suficiente para hacerlo, prefirió contemplar cómo las olas y la oscuridad devoraban a dos hombres.

Los olvidados (2025)

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