El cielo floreció en la noche abierta de estrellas. Una brisa helada bajó de los picos nevados y a su paso dejó la estela de un frío dulce que al golpear contra la llanura levantó apenas un aire seco que se dejó respirar. La brisa cruzó un arroyo y llegó a un valle dormido, lejos del zumbido de las moscas sobre los restos de comida caídos en el piso de tierra, lejos del croar de las ranas camufladas en la costa del Río Grande, lejos de una ruta que se perdía en las alturas de la misma manera en la que una Virgen se pierde en medio de los cerros. Esa brisa quiso continuar su camino, terminar su derrotero en alguna frondosa vegetación para darle a su efímera existencia al menos un sentido, desde su nacimiento en el vientre de eternos hielos a los que no les importa ni la vida ni la muerte, desde su exilio a la llanura para contaminarse de vegetación y de vida y así combatir contra el calor bajo el cual se refugian unos pocos mortales para ganar un combate que solamente se gana en la altura pero que cada vez presenta más batallas, hasta por fin llegar al final de su ciclo y morir entre cuatro paredes de adobe templadas por el fuego de unos marlos ardiendo o bajo el tenue crepitar de las velas de una parroquia.
Pero esa brisa también pareció querer dormirse junto al valle, dar dos o tres vueltas alrededor de su cuerpo y desplomarse sobre la tierra removida como si ésta fuera una manta en la que pudiera descansar. La brisa liberó su humedad sobre la tierra y una estela de frío sobrevoló la noche. El aire se iluminó con un aroma rancio de preguntas sin respuestas, alimentado por un tiempo anterior y olvidado, oculto más bien bajo el manto de la Madre Tierra que elige según cuándo y según dónde qué revivir y qué no, para qué o para quién, para todos o para nadie.
Un hueso brotó de raíz entre la brisa dormida, luego otro y después otro más hasta que el último en germinar terminó de quebrar el débil manto del suelo donde un aire aletargado descansaba. Amaneció antes de lo previsto y sólo quedó en el valle un círculo de tierra removida por el viento con varios huesos humanos que se asomaron a un nuevo mundo en busca de algo que les permitiera respirar. Una llama acercó su hocico a uno de ellos y lo lamió para despertarlo pero enseguida comprendió que ese hueso estaba muerto. Más allá, subiendo por la colina con su quena, Nazareno cerraba de vez en cuando los ojos para disfrutar de las notas que el aire de sus pulmones inventaba al pasar por la caña, un poco brillante y otro poco gastada, del instrumento del pequeño pastor.
El primero en llegar luego de las llamas fue Nazareno. Detrás de él aparecieron Ignacio y Ramiro. Los tres se quedaron mirando la antigua tumba. Ramiro trataba de identificar el año de su construcción. Nazareno imaginaba cómo sería un cuerpo humano por dentro. Ignacio temía por la aparición de esos huesos, no sería raro que esa manifestación de la naturaleza se debiera a una maldición por haber dejado que la Virgen se fuera.
Las llamas se sobresaltaron. El padre Francisco se acercaba junto con algunas autoridades de la provincia. Caminaba en silencio, inmerso en sus pensamientos, esperando que nadie supiera lo que venía pensando pero las llamas, que siempre escuchan lo que los humanos no quieren oír, levantaron el pescuezo ante la sorpresa. Algo debió haber llegado a los oídos de los animales para que la manada se abriera en dos y el padre Francisco cruzara por entre medio de ellas junto con el oficial de policía y sus dos ayudantes.
—Así que este es el lugar donde aparecieron los huesos —dijo el oficial.
—Así es —dijo Ramiro—. Nazareno, mi hijo, acostumbra a arrear las llamas hasta aquí pero nunca había visto nada igual, por eso esta vez lo ha sorprendido esta aparición.
—¿Nazareno es su hijo? —preguntó el comisario.
—Claro, oficial, si usted mismo lo sabe —contestó Ramiro algo desconcertado.
—Tome nota del nombre del menor, cabo. Nazareno. Anote bien. ¿Y su nombre cuál es? —preguntó el oficial a Ramiro.
—Ramiro Vargas, señor —contestó secamente Ramiro—. A sus órdenes —agregó pensando que había respondido con algo de altanería a la autoridad.
El padre Francisco, un poco extrañado por el proceder del oficial y entendiendo también que en ese pueblo todos se conocían, quiso distender la conversación y pidió permiso para rezar una oración por el o por los difuntos que habría en esa fosa. Levantando sus brazos al cielo y mirando los huesos hundidos en la tierra dijo:
—Que Nuestro Señor se apiade del alma o de las almas de este o de estos fieles siervos o siervas que ha o que han quedado abandonado o abandonados a los designios naturales de esta tierra bendecida por Dios y tan maltratada por el hombre.
—No necesita ser tan explícito con el género y el número —dijo de mal modo el oficial.
—¡Amén! —gritó el padre Francisco para hacer callar al oficial.
—Amén —dijeron todos, incluido el oficial.
—Señores, esta zona va a quedar en custodia por la policía de la provincia a la espera de los peritos forenses que ya dispuso el juzgado y que estarán llegando de un momento a otro. Les pido que por favor despejen el lugar y que vuelvan a sus tareas —dijo el oficial—. Cabo primero, encárguese del vallado correspondiente del sitio. Mi deber es advertirles que acá todos son sospechosos y que deberán ponerse a disposición de la justicia según lo determine el juez de turno. Por favor, retírense.
—¿Y por qué hemos de ser sospechosos si nosotros no hemos hecho nada? —preguntó Ramiro.
—Eso está por verse —contestó el oficial.
—Discúlpeme el atrevimiento, oficial —dijo el padre Francisco—, pero estos hombres siempre han tenido una conducta más que respetable en este pueblo y no se merecen el destrato al que están siendo sometidos. Son buenas personas y puedo dar fe de que ninguno de ellos ha cometido crimen alguno.
—Cállese la boca —dijo el oficial—, y sepa que a estos hombres todavía no se los acusa de homicidio pero pueden llegar a ser llevados a declarar en calidad de testigos. Si yo fuera usted estaría preocupado por el día de la citación. Ahora sí, despejen la zona, no los quiero ver más por acá.
—Todo esto nos pasa porque la Virgen se ha ido —se lamentó Ignacio.
—Ignacio, apúrate, hombre, que has de quedarte solo si no vienes con nosotros —gritó Ramiro desde lejos caminando colina abajo detrás de Nazareno y de las llamas.
El padre Francisco caminaba junto a ellos, a paso lento y algo preocupado por lo que le había dicho el oficial. Aunque no perdía la calma, sabía que él no había cometido ningún crimen y dio por cierto que las palabras del oficial sólo eran una advertencia estéril para sacárselos de encima. De todas maneras, no dejó pasar la oportunidad para reprender a Ramiro y a Ignacio por la pérdida de la imagen de la Virgen.
—¡Tienes toda la razón, Ignacio, y más les vale a ustedes dos que la imagen de la Virgen aparezca cuanto antes! —contestó a los gritos Francisco y apuró el paso para adelantarse del resto.
El sol ya se encontraba en su posición más cenital y había que protegerse de esos rayos afilados que en el trópico dejan la piel desgarrada como si fuera un antiguo pergamino reseco por el paso de los siglos. Nazareno llamó a sus llamas y tomó un sendero que lo llevaría a él y a sus animales a un lugar con algo de sombra. Al bajar la colina se dirigió hacia un monte que celosamente custodiaba la paz de un arroyo. Ramiro e Ignacio saludaron con el brazo en alto a Nazareno antes de que se les perdiera de vista y siguieron en dirección a sus casas. Al padre Francisco ya lo habían perdido cuando desapareció detrás de una pequeña lomada que se ocultaba a un costado de la ladera.
—Ramiro, ¿vos creés que hemos cometido algún hecho incorrecto?
—Deja ya de pensar idioteces, Ignacio, llegamos ayer de la peregrinación y lo único que hicimos mal fue haber perdido a la Virgen.
—Por eso lo he dicho, Ramiro. Si la Virgen ha decidido alejarse es probable que haya sido porque nosotros hemos podido haber cometido algo vergonzoso.
—Y según vos, entonces, ¿qué hemos podido haber hecho?
—He tenido un sueño, Ramiro. Y no me ha gustado lo que soñé.
—Yo tengo sueños espantosos todas las noches, Ignacio, y no me voy a asustar ni me van a condenar por soñar. Te culpas injustamente.
—Soñé que matábamos a Francisco en esta colina —dijo Ignacio.
Ramiro se rio tan fuerte que algunos pájaros que estaban comiendo en la tierra huyeron espantados. La risa de Ramiro fue tan contagiosa que a Ignacio no le quedó otra cosa que reírse junto con él.
—Me haces reír, hermano, te quiero tanto —dijo Ramiro y le dio a Ignacio una palmada en el hombro como muestra de afecto.
Los dos hombres llegaron al llano y se perdieron camino a sus casas. Nazareno ya se había alejado para refugiarse del sol. El padre Francisco había decidido tomar otro rumbo, prefirió bordear la colina e investigar mejor el terreno, tal vez encontraría algunos huesos más o algún objeto que sirviera para algún estudio arqueológico. O tal vez quería olvidar la amenaza del oficial, tan directa que parecía real. Al llegar a la base opuesta de la colina alcanzó a divisar al oficial y a sus ayudantes de pie y haciendo señas hacia una de las laderas. Luego de unos minutos, un pequeño grupo de personas se sumó a las que ya se encontraban con el oficial. Deberán ser los forenses, pensó.
No quiso indagar más y decidió alejarse de la colina. Caminando a mediodía en dirección a su parroquia pasó cerca de un arroyo. Pensó que por ahí andaría Nazareno y sus llamas y decidió ir a su encuentro. Llegó al pequeño bosque donde imaginaba que Nazareno descansaba de su tarea junto con las llamas pero no había rastros de él ni de sus animales. Sin embargo, al otro lado del bosque, cruzando el arroyo, se abría una enorme extensión de tierra seca, un gran desierto rodeado por altos cerros nevados. Francisco no acostumbraba a salir de su parroquia para explorar el campo, prefería aprovechar esos días en los que podía disponer de su tiempo para dar un paseo por la capital, visitar a algunos compañeros de la diócesis y así ponerse al día con la actualidad de la congregación. No había pasado mucho tiempo desde su traslado a la Puna y por esa causa todavía no lograba despegar su mente y su corazón de la ciudad que lo había visto crecer. El traslado a una parroquia perdida entre los cerros y a tantos kilómetros de la capital había sido para él una forma de destierro. Por eso, siempre que podía regresaba a la ciudad y de esa manera sentía que la vida por fin le volvía al cuerpo.
Lo cierto era que ahora estaba en medio del campo, rodeado por cerros en un lugar que nunca había visitado, buscando a un niño con sus llamas y lejos de toda civilización posible. Le pareció que no había transcurrido más de media hora desde que había descendido por la colina junto a Ramiro, el hijo de éste e Ignacio. Recordó que él se había adelantado porque quería explorar un poco más aquel sitio y que luego se había dado cuenta de que de explorador no tenía nada. Si el sol estaba en medio del cielo, recordó, si el calor era agobiante, se quejó, si Nazareno estaba por acá, se preguntó, ¿por qué ahora es de noche?
—¡Padre Francisco! —gritó Nazareno— ¿Qué anda haciendo solo y caminando al rayo del sol?
El padre Francisco súbitamente se dio vuelta y vio a Nazareno dirigirse hacia él seguido por sus llamas.
—Le va a hacer mal el sol en la cabeza —dijo Nazareno—. Vamos a la sombra bajo los árboles.
Nazareno tomó la mano de Francisco y lo llevó de un tirón en dirección a la margen del arroyo que corría lentamente bajo el manto encapotado del pequeño bosque. Detrás de ellos venían sus llamas un poco celosas, tal vez porque su pastor ponía atención en un forastero que a ninguna de ellas le caía bien. Nazareno se dio cuenta de su descontento, dejó que el cura caminara adelante y esperó que la manada lo alcanzara para darle una caricia en la cabeza a cada una.
—Llamas tontas —les dijo— ¿cómo piensan que me voy a olvidar de ustedes? Vamos, apúrense a llegar a la sombra que hoy el sol está muy fuerte.
Nazareno había crecido y ni el padre Francisco ni los demás se habían dado cuenta.
Primero llegaron las llamas, luego el cura y por último Nazareno. La manada completa se reunió en el arroyo para calmar la sed mientras Nazareno y el padre Francisco se sentaban sobre un tronco de árbol caído.
—¿Ha venido alguna vez a este lugar? —preguntó Nazareno intuyendo que el cura era un extraño en esa zona tan alejada del pueblo.
—En verdad no —dijo Francisco—, no me atrae mucho la naturaleza. Prefiero la ciudad a pesar de su ritmo frenético que lleva a todos por delante, a pesar de ese estado urgente en el que se vive a cada minuto, una urgencia que no sé bien para qué está pero que sin ella la ciudad parece muerta. Tengo varios amigos allá que me escriben y que esperan que los visite en cuanto pueda.
—¿Y ellos no quieren venir para acá? —preguntó Nazareno.
—Nazareno, esto no es como la ciudad. Acá no hay nadie, la vida siempre es igual, uno está desconectado de todo, no sabe qué pasa en el mundo, no tiene las necesidades básicas cubiertas. Si uno tuviera que ir de urgencia a un hospital, lo más probable sería que muriera en el camino.
—¿Y usted está esperando ir al hospital, por eso quiere vivir en la ciudad?
—No, no —dijo Francisco—, para nada, espero que nunca tenga que ir al hospital.
—¿Y entonces por qué se hace problema? Yo acá tengo todo lo que necesito para vivir, mis llamas, mi padre, mi hogar, mi quena. No necesito más que eso. Y usted tiene su parroquia y lo tiene a Dios —dijo Nazareno.
—Todos tenemos a Dios —agregó Francisco—. Sin Él, nadie puede sobrevivir a esta vida de injusticias.
—Yo creo que Dios es la tierra y que si uno quiere andar bien con él, tiene que llevarse bien con la tierra porque ellos dos son una misma cosa —dijo Nazareno—. Por lo menos así me lo explicó mi madre. Me dijo que un día ella iba a volver a la tierra de donde había salido pero que no la tenía que extrañar porque nunca se iba a ir de mi lado. Y yo sé que ahora ella está acá con nosotros, escuchándonos. Mi tío Ignacio dice que no es cierto, que ella cuando se fue no volvió a la tierra sino que, como es una mujer tan sabia y de un amor sin límites, inmenso, así lo dijo él, ella ahora vendría a ser como una imagen religiosa a quien todos le rezan y le piden milagros. Pero yo nunca supe que mi madre hiciera milagros ni que tampoco necesitara hacerlos, solamente me daba paz, padre, mucha paz. Algunos días ella me despierta vestida como otra persona, pero yo sé que es ella y que no quiere que yo me de cuenta, entonces me hago el distraído, abro los ojos muy despacio para darle tiempo a ella a salir de la casa y me quedo con esa imagen un instante más. Luego se me hace de día y todo vuelve a empezar. Porque todo vuelve a empezar, padre ¿no es cierto? Yo veo que todo se repite y que en cada repetición nos vamos poniendo más grandes y me doy cuenta de que mis piernas y mis brazos comienzan a tener unos pelos más oscuros y gruesos y hasta ayer mismo yo creí que tenía una voz que ahora no tengo. Y le quiero contar un secreto, padre, ¿puedo contarle un secreto? Yo no sé si mañana también todo volverá a empezar. Yo espero que sí, porque todos los días siempre volvieron a empezar pero me estoy dando cuenta de que hoy no soy el de ayer y de que ayer no era el de antes de ayer y pienso, padre, si no será acaso que de un momento a otro, de tantas veces que uno vuelve a empezar, algo se rompe, algo se quiebra o se seca o se inunda y deja de funcionar y hace que no volvamos a empezar nunca más y que nos quedemos detenidos en un tiempo muerto y entonces el mundo nos pasa por el costado a toda velocidad como los automovilistas lo hacen en la ruta con nosotros, sin importarles siquiera quiénes somos o quiénes fuimos. Y ahí es cuando pienso que no siempre todo vuelve a empezar, que en un momento algo se detiene y se queda clavado en la tierra, en esta tierra que estamos pisando ahora mismo, y ya nada corre, ya nada cambia, ya nadie crece y es entonces cuando todo comienza a morir a nuestro alrededor, empezando por nosotros mismos. ¿Usted cree en el fin del mundo, padre? Yo creo que es acá, en este lugar donde ahora estamos sentados.
—Yo creo que un día Dios vendrá a buscarnos y nos juzgará por nuestros actos pero, mientras tanto, tendremos que seguir viviendo como si todo volviera a empezar aunque no todo vuelva a empezar, Nazareno. Hay cosas, situaciones, vidas, hombres y mujeres que han dejado de volver a empezar y sin embargo para nosotros es como si todas las veces ellos estuvieran empezando nuevamente el día con nosotros, aunque bien sabemos que ellos ya no están ni van a estar nunca más. Y con cada día que comienza vamos muriendo un poco, como yo lo estoy haciendo ahora. Cada vez me duele más el cuerpo, cada vez me cuesta más trabajo respirar y esta altura insoportable en la que estamos ubicados en este paraje y que me va quitando el oxígeno día tras día me llevará a la muerte antes de lo esperado. Llevame a la parroquia, Nazareno, no sé cómo volver y ya no tengo fuerzas para caminar solo por este desierto.
Nazareno tomó un brazo del padre Francisco y lo pasó sobre sus hombros. Acomodó su cuerpo para acompañar los pasos del cura e inconscientemente silbó a sus llamas para que lo siguieran. El camino a la parroquia era largo pero Nazareno ya no era un niño, tenía la fuerza del joven en el que se había convertido. Francisco buscaba aire para darle impulso a sus piernas. Nazareno le ofrecía las suyas. Así entraron a la parroquia y Nazareno se acercó a un banco que se encontraba frente al altar para que Francisco pudiera sentarse y descansar. Cuando Nazareno regresó a los corrales, Francisco se convirtió en polvo.