—Despierta, Nazareno, vamos niño que hay que levantarse —dijo una voz.
Nazareno permaneció un tiempo más con los ojos cerrados y luego los fue abriendo lentamente para que la luz ciega del nuevo día no terminara sofocándolo. En la cocina desayunaban su padre y su tío Ignacio, preparándose para salir al campo junto con Nazareno y las llamas.
—Anoche he soñado que matábamos al padre Francisco —dijo Ignacio—. Fue un sueño terrible, desperté bañado en sudor y volví a la calma cuando supe que no había sido otra cosa más que una pesadilla.
Ramiro sonrió sin dejar de comer el pan rancio del día anterior.
—¿Y cómo ha sido ese sueño que has soñado tan disparatado, Ignacio? —preguntó.
—Al padre le habíamos tomado rabia, estábamos cansados de su maltrato, sobre todo por los constantes reproches de él hacia nosotros al insistir en que nos habíamos olvidado de la Virgen y que por eso la habían robado. Me veía muy irritable en ese sueño, cada vez que él me encontraba en la parroquia o caminando por la plaza me volvía a recordar esa pérdida y yo le decía que no había sido una pérdida, que en realidad ella, la Virgen, había querido alejarse de nuestro lado. Pero él no lo quería entender, insistía en que había sido mi culpa y la tuya, Ramiro, que nos teníamos que hacer cargo de conseguir una nueva imagen de la Virgen para la parroquia, que no podía quedar ese altar vacío y que si no lo resolvíamos rápido, nos iba a denunciar por robo. Entonces no aguanté más y lo empujé hacia atrás. Fue un arrebato del que me arrepentí enseguida pero cuando vi que vos también te habías abalanzado sobre él, tomé valor y lo sostuve con fuerza. Entre los dos lo golpeamos tanto que el padre quedó tendido en el suelo.
—¿Y cómo has comprobado que estaba muerto? —preguntó Ramiro sin dejar de masticar.
—Porque no se movía, Ramiro, ha estado en el suelo mucho tiempo sin moverse, inerte y, además, cuando me acerqué para ver si respiraba me di cuenta de que yo tenía en la mano…
—Ha llegado el padre Francisco —lo interrumpió Ramiro—. Ahora sí, ya estamos todos. ¡Apúrate, Nazareno, que nos hemos de tener que ir!
—¿Adónde han encontrado esos huesos? —preguntó el padre Francisco entrando a la casa sin saludar.
—Ahicito nomás, en la colina que está camino al cerro, padre —contestó Ramiro—. Nazareno fue quien los ha hallado.
—No tan ahicito nomás —dijo el padre Francisco— Eso está a unas cuantas leguas de acá.
—Pues entonces hemos de ir yendo, que se nos hará tarde si no nos apuramos —dijo Ignacio.
La mañana se encargó de limpiar el cielo de las pocas nubes que opacaban su brillo. Como si fueran migas de pan que sobre una mesa reposan luego del desayuno, de un soplo el viento las arrojó al suelo, detrás de los cerros. El cielo ahora era un mantel liso que se secaba al sol, una manta que aguardaba al fin de la tarde para abrigar a los cuatro peregrinos que iban detrás de unas llamas más curiosas que hambrientas, dispuestas a caminar y a trepar cuestas como si estuvieran en libertad pero con el oído siempre atento a la voz de Nazareno, no vaya a ser cosa que el niño se enoje por culpa de que alguna de ellas se aleje demasiado y toda la manada tenga que regresar a las casas con una reprimenda y el castigo de pasar hambre en los corrales.
Caminando por el sendero que los llevaría al pie de la colina, tres hombres y un niño que pronto dejaría de serlo se adentraban en el corazón del altiplano, allí donde el oxígeno es escaso y el silencio se puede morder de tan áspero, allí donde el viento imparte órdenes y donde el hombre no es más que una molécula de aire ante tanta inmensidad. Si pareciera que esos centinelas nevados se propusieran herir el amor propio del ser humano diciéndole que la naturaleza es mucho más importante que él, que para esos inmortales cerros no hay ni habrá nada más relevante ni trascendente que ellos mismos, que el hombre podrá cambiar algún que otro destino de su entorno pero que contra esos gigantes con raíces que llegan hasta el centro de la Tierra nada podrá hacer, que el hombre se puede dedicar a admirar su belleza y a ninguna cosa más, que ni siquiera pretenda ponerles un dedo encima porque le harán saber que la vida humana, breve y miserable, nunca fue y nunca será más que la de cualquier insecto insignificante que el mismo hombre desprecia.
Hacia esos cerros caminaban. Con el paso lento pero firme, dispuestos a llegar antes de que el sol se desplomara sobre sus cabezas como la filosa hoja de una guillotina, cuidando el aire del padre Francisco para que no terminara dando bocanadas como si fuera un desahuciado a la vera del camino. Había que llegar y luego subir a la colina, una caminata como la de todos los días para Nazareno y una pena capital digna de un condenado para el cura. A medida que subían cuestas y cruzaban valles, Francisco combatía contra sus propios misterios. No sabía por qué estaba yendo a ese sitio donde unos pocos huesos habían salido a la luz como suelen hacerlo siempre que pueden por cualquier hueco de la tierra en cualquier lugar del planeta. Por qué tanto escándalo para ver ese tipo de decrepitudes, esos objetos que una vez fueron un hombre y que ahora no son más que una cosa de un valor tan subjetivo que depende de quién las encuentre.
—¿Sabe, padre, que anoche he soñado con usted? —dijo Ignacio—. No ha sido un sueño muy afortunado, he soñado que junto con Ramiro lo matábamos.
—¡Ya deja de contar esas historias ridículas, Ignacio! —gritó Ramiro—. ¿A quién le ha de interesar lo que has soñado?
—¿Cómo es eso de que has soñado conmigo, Ignacio? —preguntó el padre Francisco.
—Así nomás como se lo he dicho. Soné que usted estaba muy enojado con nosotros, yo no aguanté más sus gritos y lo empujé con violencia. De todas maneras, al instante me arrepentí de haberlo hecho pero como Ramiro se acercó con un látigo, entre los dos nos abalanzamos sobre usted y mientras uno de nosotros lo mantenía inmóvil, el otro no dejaba de azotarlo. Resulta ser que de tantos latigazos que le dimos usted cayó al suelo en un estado inconsciente. Para mí estaba muerto.
—¿Así nomás me lo dices? ¿Y me mataron con un látigo? Si has tenido ese sueño, seguramente será que me guardas demasiado rencor por la reprimenda de la pérdida de la Virgen —dijo el padre Francisco.
—No es para tanto, padre. Es verdad que un poco me ha molestado que se haya enfadado conmigo, sumado al hecho de que aún hoy no me crea que la Virgen ha preferido alejarse de nuestro lado pero ¿cómo puede pensar que lo querría matar?
—No dije eso, Ignacio, solamente percibo que aún insistes en esa mentira tuya de que la Virgen se ha ido por sus propios medios y no en admitir que alguien se las ha robado porque ustedes se quedaron dormidos.
—¡Nadie ha robado a la Virgen, padre! ¡Y no estoy mintiendo, siempre he dicho la verdad! Eso es lo que me enfada de usted.
—Tranquilo, Ignacio, calma, por favor —dijo Ramiro—. Ya aparecerá la Virgen. Cuanto menos la esperemos, más pronto va a aparecer.
—La Virgen se ha ido, Ramiro, y no ha de volver, se ha ofendido por algo que alguno de nosotros ha hecho y no he sido yo —dijo Ignacio.
—Ya cállense ustedes dos, me marean de tanto que hablan —dijo el padre Francisco deteniendo su paso y sentándose sobre una piedra del camino.
—Ha de estar apunado, padre, camine más lento que usted no está acostumbrado a esto —dijo Ramiro.
—Ustedes continúen con su ritmo que yo los alcanzo en un rato —dijo el padre.
—Vamos, Ramiro, ¿no has visto que el padre no quiere estar con nosotros? —dijo Ignacio.
—Ya termínala, Ignacio, avancemos un poco, en definitiva el padre nos ha de encontrar al pie de la colina. ¿Dónde está Nazareno? —preguntó Ramiro.
—Ya nos ha sacado un buen trecho porque a cada rato nos hemos de detener a esperar que el padre Francisco tome aire —contestó ofuscado Ignacio.
El calor de la mañana castigaba a la tierra y al pobre cuerpo del padre Francisco que, sumado a la falta de oxígeno, hacía que el párroco comenzara a preguntarse si lo que padecía en ese momento era cansancio, mareos, alucinaciones, náuseas o todo eso junto. Decidió no quedarse solo en el camino y continuó la marcha siguiendo los pasos de sus compañeros de ruta a los que ya había perdido de vista. El sol insistía en darle de lleno en la cabeza y Francisco no tenía forma de quitárselo de encima.
A un costado del camino divisó una precaria aldea con hombres semidesnudos. Tenía sed y decidió acercarse para pedir un poco de agua. Al llegar a una de las chozas lo recibió el cacique de la tribu. Francisco necesitaba calmar la sed. El cacique ordenó a una de las mujeres traer un cuenco de agua y le ofreció ponerse a cubierto debajo de uno de los precarios toldos en los que ellos vivían. Francisco buscó un lugar alejado, cerca del cuero que hacía las veces de techo y de pared, y esperó que el cacique volviera con el agua. De vez en cuando algún indio entraba al toldo para ver si Francisco continuaba allí pero cuando el párroco levantaba la vista, salía espantado de la tienda. La situación era agobiante, Francisco tenía sed, mucha sed y padecía profundos mareos, dolores de cabeza y fuertes náuseas provocadas tal vez por el apunamiento que habría sufrido debido a la altura de ese solitario paraje donde la cantidad de oxígeno disponible no alcanza ni siquiera a entrar en los pulmones. Con el fin de aliviar su mal, se recostó en la tierra e intentó dormir un poco, por lo menos hasta que el sol desapareciera junto con la tarde, pero no pudo. Unos indios armados con lanzas y sogas entraron a la tienda y lo sujetaron de pies y manos. Luego lo sacaron del refugio y lo arrastraron hasta un campo virgen. Allí lo arrojaron al suelo y con una lanza amenazándole perforar el vientre sujetaron sus muñecas y sus tobillos a cuatro estacas hundidas en la tierra. Cuando se aseguraron de que Francisco no podía liberarse de esas ataduras, uno de ellos alzó su lanza y dio la orden al resto de regresar a la toldería. El cuerpo de Francisco quedó abierto en el suelo, de cara al sol, resecándose como la tierra árida del desierto, llenándose de grietas y de ampollas con el paso de las horas.
El sol estalló bajo el cielo espejado y miles de rayos terminaron por caer sobre el cuerpo de Francisco perforándole el pecho hasta llegar a las costillas, abriéndole los muslos en dolorosas llagas, limándole los labios contra los dientes ásperos hasta hacerlos sangrar. Un rayo tras otro cayó sobre el párroco como si fuera una lluvia de clavos y el cuerpo de Francisco resultó ser apenas una madera blanda que terminó abriéndose en finas hojas hasta convertirse en astillas. Un último rayo cayó sobre el cuerpo ajado de Francisco y la noche bajó por los cerros para hablarle al oído y darle la extremaunción. Luego, un frío húmedo y condenado lavó sus heridas con agua salada y Francisco ya no supo si esa noche había sido la primera o la última de ese martirio que se llama vida. De pronto el dolor cesó como cesa la lluvia luego del temporal, dejando un último chaparrón agónico y retirándose vencida pero arrogante, mirando por última vez sus destrozos con satisfacción y sadismo.
Francisco se encontró sentado sobre una piedra bajo los rayos de un sol cada vez menos indulgente. Se dio cuenta de que los mareos y las náuseas ya habían pasado y retomó el paso para darle alcance a Ramiro y a Ignacio y así no perderse en ese valle sin agua y rodeado de cerros que se quedaban con la última gota de oxígeno en cada paso que daba. A lo lejos vio venir un rebaño de llamas y en medio de ellas distinguió a un niño. Nazareno regresaba a buscar al párroco con el temor de que hubiera ocurrido lo que en realidad pasó, que el cura se hubiera apunado y que su vida se hubiera quedado detenida en el tiempo.
Pero a Francisco no le pareció que eso que pensaba el niño le hubiera ocurrido en realidad. Su mente intuía no haber estado detenida en el tiempo sino que daba toda la sensación de que había estado activa por demás. Aún podía sentir el dolor de los rayos de sol sobre su piel y esa sed angustiante que no había alcanzado a saciar debido a la emboscada de los indios. Sin embargo, extrañamente para él, nada había a su alrededor que diera fe de lo que creía haber vivido. Toda la planicie era un desierto arenoso con pequeños arbustos que de tanto en tanto brotaban de la tierra como burbujas de agua hirviendo, pretendiendo combatir el calor del suelo con escasos manchones de sombra que ni siquiera alcanzaban a paliar el asedio del sol. Un poco más lejos, algunos cardones eran testigos de la soledad del cura y del niño ante el cielo implacable pero ni el más optimista de todos los pensamientos del padre Francisco podía dar fe o al menos presumir en base a algún indicio de que allí, en ese mismo lugar donde ellos estaban, se hubiera encontrado con una toldería, con unos indios tan salvajes como sádicos, con un cacique que le había pedido un cuenco de agua a una mujer de su tribu y mucho menos con cuatro estacas que estaban dispuestas a quebrar la voluntad del párroco.
—Se ha apunado, padre —dijo el niño—, es normal que esto suceda. Ha tenido suerte de que ha sido leve y al menos ahora está mejor. ¿Quiere que lo acompañe de regreso hasta el pueblo o pretende seguir subiendo?
—Acompañame hasta la colina, Nazareno —dijo el padre Francisco—, quiero ver qué cosa sucede en ese sitio.
Caminaron un trecho no muy largo bajo el sol de la mañana. A lo lejos divisaron la colina donde Nazareno había encontrado los restos óseos. Una imagen oscura cruzó por la memoria del padre Francisco, una noche muy similar a la que había dejado hacía un instante cuando lo habían amarrado de pies y manos a cuatro estacas inexistentes. Esa noche se le volvió a presentar a Francisco pero esta vez sin estacas, solamente se dejaba ver detrás de la colina una gran cantidad de nubes que se reunían bajo las fauces de un profundo cielo que parecía reclutarlas y estar dispuesto a dar la última batalla de un diluvio universal, moviéndolas a unas para un lado, a otras para el otro, a algunas más arriba que las otras y a otras debajo de éstas hasta quedar cubierto por una muralla de agua en suspensión más fuerte y más letal que el acero. Ese inmenso escudo de vapor estaba a punto de estallar en medio de la noche sobre el cuerpo de Francisco pero el niño lo desvió de su pensamiento cuando le dijo que ya habían llegado a la colina, que solamente restaba subir por la ladera hasta aquel presunto cementerio resguardado por el valle y por los cerros. A Francisco otra vez el día se le hizo día.
Ramiro e Ignacio también estaban allí, esperando que Nazareno llegara con el cura a paso lento. Rodeados por las llamas, al ver la boca pastosa y los labios resecos del padre Francisco, Ignacio le acercó un poco de agua. No muy lejos de donde estaban, los cuatro peregrinos alcanzaron a ver que un vehículo policial se acercaba con mucha dificultad, sacudiéndose de lado a lado por transitar sobre el único camino posible que existía para llegar hasta allí y que no era nada más que el cauce de un río seco y pedregoso. Nazareno espantó a las llamas para que subieran la cuesta hasta la cima de la colina y luego fue detrás de ellas. Ramiro e Ignacio hicieron lo mismo. El padre Francisco, tratando de reponerse del cansancio del camino, permaneció un rato más en la base de la colina a la espera del oficial y sus hombres. Al descender del auto, el jefe de la policía local dirigió una vasta mirada a su alrededor y con una seña a sus ayudantes dio el visto bueno para subir por la ladera. Al padre Francisco lo saludó apenas con un gesto, tomándose la visera de la gorra. Francisco respondió el saludo con el brazo a media altura, ahondando en sus pensamientos.