En la otra puerta

Capítulo X

Ricardo Cardone

La mañana encontró a Francisco dormido en su camarote. Tal vez culpándose por el crimen que había cometido, tal vez disfrutando del sabor de la venganza. Lo cierto es que a partir de ese día en el que Francisco se había apartado de Dios, el fraile había comenzado a vivir su propia muerte. Ya no tenía sentido la vida para él. No había razón para continuar ahora que sabía que su alma estaba condenada al infierno. Pensó que si al menos él hubiera estado loco como los demás decían que lo estaba, Dios en su infinita piedad terminaría teniéndole compasión y le perdonaría el pecado por las muertes de sus prójimos. Pero ni siquiera eso le alcanzaba, él sabía muy bien que se encontraba en sus cabales y que había matado a dos hombres movilizado por un condenable sentimiento de venganza. Francisco era un muerto que navegaba en un barco repleto de presos hacia una tierra perdida no sólo en el tiempo sino también en todos los mapas de la antigüedad.

Por eso, cuando desembarcó en la nueva tierra, Francisco ni siquiera se persignó como forma de agradecimiento a Dios por haberlo llevado sano y salvo al otro lado del mundo. Solamente se detuvo para darle su bendición a quien le había brindado su protección y le había salvado la vida durante ese viaje fatal, el capitán del barco que ahora debía hacerse de provisiones y riquezas y que en poco tiempo más debía regresar a su tierra para abastecer al reino. 

Un fraile de la congregación aguardaba la llegada de Francisco. El joven religioso lo esperaba junto a un par de caballos. A Francisco todavía le quedaba por realizar un viaje de varios días para llegar a su destino. El joven fraile lo acompañó hasta el sitio de la congregación que en ese momento no era más que un refugio asediado por los indios y defendido por unos pocos soldados que la Corona se había visto obligada a destinar debido a las repetidas insistencias de las autoridades eclesiásticas quienes, en algunas circunstancias, representaban un estorbo para ella pero en otras, una fuente de poder inagotable.

Los dos frailes ingresaron a la vivienda y, para sorpresa de Francisco, no había nadie más para recibirlo.

—¿Es que tú vives solo en esta comarca? —preguntó Francisco al joven fraile.

El joven no contestó. Acondicionó unas mantas sobre la tierra que hicieron las veces de un improvisado catre y se dispuso a orar junto con Francisco. La noche los encontró de rodillas y bajo el asedio de un silencio opresor que parecía estar a punto de devorarlos si no fuera por su inquebrantable fe que los mantenía con vida. 

—Me ha sido encomendado ponerte a cubierto en esta noche y disponer de todos los menesteres necesarios para tu partida de mañana —dijo el joven fraile.

—¿Y quién ha ordenado semejante simpleza? —preguntó Francisco.

—Nuestro obispo mediante un oficio recibido a nombre de nuestro hermano Manuel.

Francisco miró a su alrededor envuelto en penumbras y no encontró signos de que ese lugar estuviera habitado por alguna otra persona más que el joven fraile. Apenas unos pobres despojos amontonados sobre una silla de madera daban muestra de aquella soledad.

—¿Y quién es ese Manuel que no ha de estar aquí con nosotros?

—No ha de estar aquí con su cuerpo pero sí ha de estar con su alma. Manuel ha combatido hasta drenar la última gota de su sangre. Hemos sido atacados por una cantidad inusual de hombres salvajes que tienen el alma alejada de Dios y son movidos por rituales dignos del propio Satanás. Los soldados intentaron detenerlos pero fueron los primeros en perecer bajo ese asedio. El hermano Manuel oyó gritos que se parecían más a lobos aullando que a hombres maldiciendo y salió en defensa de nuestros soldados. Uno de estos salvajes, apenas un niño, le hundió una lanza en el vientre y lo arrojó sobre los cuerpos muertos de los soldados. Luego huyeron sin razón alguna. No quisieron o no tuvieron tiempo de entrar a la vivienda; me habrían dado muerte como a todos los demás. He quedado solo en esta selva.

—¿Y hay posibilidad alguna de que estos bárbaros regresen? —preguntó Francisco temiendo por su vida.

—Sucede con más frecuencia que con menos —contestó el joven fraile—. Hoy Dios nos ha escuchado pero la noche es larga y ya no quedan soldados destinados a nuestra protección. Debemos agradecer que aún estamos con vida. Será mejor que parta cuanto antes al destino que le han encomendado.

—¿Y usted, joven, se quedará solo esperando un nuevo ajusticiamiento de estos salvajes? —preguntó Francisco.

—Yo he dado por terminada mi misión en estas tierras, prefiero la peor de las condenas en el mundo de los hombres a quedar a la espera de la muerte a manos de unos salvajes primitivos que viven en pecado y por esa causa Dios los ha confinado a esta perdición. Esta tierra olvidada que se encuentra al otro lado de aquel mundo que vuestro Señor nos ha entregado con toda su bondad no es más que el infierno al que arriban las almas condenadas. Por eso nos encontramos aquí pero ya he cumplido mi penitencia, ya he sorteado la daga de Satanás y he sobrevivido a su maldición. Este barco que hoy ha recalado me liberará de esta condena. La compasión de Dios es infinita y siempre llegará a tiempo para salvar nuestras almas si nos mantenemos fieles a nuestros votos. Escaparemos juntos de este fuego eterno, usted hacia el paraíso al que ha sido destinado y yo regresaré al verdadero mundo que Dios ha elegido para los hombres de fe, aquellos que nunca hemos dudado de su infinito poder. Ahora duerma, los días que le depara la fortuna serán largos pero lo harán más devoto. 

Esa noche Francisco no durmió, pasó las horas asediado por algunos animales nocturnos, desde pequeños insectos que inconscientes se lanzaban sobre su cuerpo sin importarles que debajo de ellos se encontrara un hombre dispuesto a sacrificarlos con una palmada a ciegas, hasta indescifrables alimañas que amenazaban con entrar por la fuerza a la vivienda. Pero nada de eso se acercaba a lo que Francisco imaginaba que le quedaba por afrontar. Esa noche Francisco volvió a convencerse de que él no era más que un condenado a muerte, a una muerte alejada de la bondad de Dios y bien merecida, primero, por el pecado de la venganza y después, por el del bestial crimen de dos presos con sus almas dominadas por el sadismo. Pero la condena de Francisco no era cualquier condena, a Francisco le correspondía el exilio a tierras salvajes, tierras que no pertenecían al Reino de Dios y que si lo que pretendía era al menos salvar su alma, debía convertir ese depósito de ánimas en pena en un lugar digno de la misericordia divina para que Dios pudiera pasar por él de vez en cuando y si fuera posible, en uno de esos viajes, llevarse a Francisco de regreso al mundo terrenal que Dios tiene preparado para los hombres de fe, tal como lo está por hacer con el joven fraile que ahora duerme profundamente a su lado bajo un techo de paja en medio de la sombra de la noche y de los ojos de todos los depredadores.

Amaneció a fuerza de rezos y plegarias. El joven fraile se levantó, tomó un trozo de pan magro, lo partió en dos y le ofreció una mitad a su compañero que había pasado la noche en vela. Luego preparó los caballos, montó a uno de ellos y se despidió rápidamente de Francisco antes de que un par de indios o un malón entero se diera cuenta de que aún quedaba un sobreviviente de aquel ataque y regresara para ajusticiarlo. Francisco no tardó mucho en subirse a su caballo y huir en dirección al norte. Al día le quedaban unas horas para espantar a los demonios de la noche. A Francisco le quedaba un tiempo más para espantar a sus propios demonios.

Apenas partió del malogrado convento debió esquivar algunas tolderías que con mucha fortuna había alcanzado a divisar a lo lejos, en dirección al camino. Cruzar por allí sería enfrentarse a la muerte sin posibilidad de renunciar a ella. Decidió vadear un río correntoso y continuar el viaje alejado de la ribera sin perderle el rastro a ese curso de agua que lo llevaría hasta su nacimiento, tal como el obispo se lo había indicado en un papel con dudosos trazos y de difícil comprensión. El camino al nacimiento del río cruzaba por una extensa llanura poco explorada y habitada por hombres rudos y remotos que vagaban cargando pieles de animales, armados con arcos y con flechas dispuestas a dar en el cuerpo de Francisco si lo encontraban husmeando en su territorio. A medida que se acercaba al norte, los días se volvían más agobiantes y su caballo, más sediento. El noble animal alcanzaba a recorrer cada vez menos leguas a causa del extenuante calor y a Francisco le parecía encontrarse cada vez más lejos de su destino en lugar de acercarse. Decidió buscar refugio entre los montes, lejos de cualquier asentamiento humano y pensar en una nueva estrategia ya que si seguía viajando a ese ritmo, el primero en morir iba a ser su caballo, extenuado por el esfuerzo, y luego él, perforado por las lanzas de los condenados que vivían en ese infierno. Resolvió aprovechar el día para estudiar el terreno, sus accidentes geográficos y algunos posibles refugios donde poder resguardarse en caso de peligro. Prefirió montar su caballo por las noches y cabalgar por esos caminos que iba conociendo a medida que avanzaba con extrema cautela. A esas horas el animal podía recorrer una distancia mayor sin el agobio del sol pero también Francisco debía ser muy cuidadoso de no equivocar el camino e involuntariamente llevar a su caballo hacia cualquier despeñadero. De esta manera el fraile recorrió varias leguas sin que pudiera ser visto por nadie más que algunos animales nocturnos e inofensivos. Durante una noche oscura y cerca del final de la llanura, luego de cruzarla en línea recta durante casi una semana, el caballo de Francisco oyó movimientos extraños, distintos a los de las noches anteriores. Francisco apeó del caballo, lo tomó de las riendas y lo calmó dándole palmadas en el pescuezo y acariciándole las crines. Se ocultaron a un lado del camino y esperaron que los ruidos cesaran. Pero éstos, en vez de disminuir su intensidad, se incrementaron hasta alborotar la noche. Cada vez se podían escuchar más cerca de Francisco. En poco tiempo, como surgidos de la tierra, llegaron a caballo unos soldados que arrastraban a una docena de indios atados de pies y manos. Uno de los soldados descubrió en medio de la oscuridad el caballo de Francisco y dio la voz de alto. Otro espoleó a su caballo para alcanzar al fraile y lo inmovilizó con el arma.

—¡Es un fraile! —gritó el que apuntaba con su lanza al cuerpo inmóvil de Francisco—. ¿Qué hacemos con él?

El que venía más atrás, al parecer de mayor rango, le preguntó de mala manera qué hacía en ese lugar y en medio de la noche. Francisco le respondió que debía llegar a su convento, que había sido enviado por su señor obispo y que tenía una carta firmada por él que daba cuenta de por qué se encontraba ahí.

El jefe militar leyó la carta y se la devolvió. Ordenó a su soldado bajar la lanza y le advirtió al fraile que para llegar a su destino aún le quedaban varios días de camino, que administrara las fuerzas y que si por alguna razón se cruzaba con cualquier indio, era su deber quitarle la vida, porque de no hacerlo, el que le quitaría la vida sería el indio. Luego ordenó a su grupo continuar avanzando. 

—Si la fortuna está de nuestro lado, los indios que nos persiguen estarán ocupados con el fraile y ganaremos tiempo para llegar sanos y salvos— dijo el jefe militar a uno de sus subordinados cuando Francisco ya no podía oírlo.

Esa noche, por delante de Francisco, pasaron unos cuantos animales: los caballos de los soldados, los soldados montados en ellos y unos pobres indios arreados como ganado. El último de los indios lo miró a los ojos y le dijo:

—La Virgen se ha ido.

Luego comenzó a reír junto con los demás sin importarle los azotes que le descargaban los soldados sobre el cuerpo abierto en llagas para hacerlo callar.

Francisco trepó cuestas, vadeó ríos y caminó por interminables desiertos hasta que en la cima de una colina logró divisar el refugio que la congregación le había destinado. Eran apenas cuatro paredes de barro que sostenían unos tirantes de madera cubiertos con paja sobre la cual el reflejo de la luna llena se multiplicaba en todas las direcciones. Había llovido bastante, todo aún permanecía húmedo pero esa tormenta nunca había alcanzado a Francisco. Era probable que se le hubiera anticipado o bien que hubiera huido del fraile. Le habían hecho saber que en esa región él viviría tranquilo, la conquista había logrado controlar a los indios de esa zona, los que se habían resistido habían muerto al momento de dar batalla y los que se habían entregado habían muerto más tarde, luego de la agonía que les había propuesto la esclavitud. Al fin había podido llegar a la tierra que le habían destinado en su exilio, agotado y sediento pero aún con vida luego de evitar a los indios y gracias a la ayuda de su fiel caballo. Los dos bajaron la cuesta antes del amanecer. Esta vez Francisco iba a pie llevando al animal de las riendas para que pudiera descansar luego de la larguísima travesía a la que lo había sometido. Al llegar a la casa, Francisco ató a su caballo y miró hacia atrás para observar con detenimiento el camino que habían recorrido. A lo lejos se veía la colina por la que habían descendido. Sobre ella creyó ver una enorme cruz y sobre la cruz un cielo amenazante, dispuesto a descargar su furia sobre aquella extensión. Francisco esperó a que estallara el primer relámpago e iluminara la cima de la colina para que la propia naturaleza le desmintiera lo que sus ojos estaban viendo. Nada de eso ocurrió, la cruz desapareció, el cielo volvió a sus estrellas y la luna llena a iluminar el valle. 

El fraile entró a la casa, estiró unas mantas sobre un viejo catre y durmió por lo que no había dormido en todos esos días. A la madrugada, el caballo relinchó varias veces, se paró en dos patas hasta liberar las riendas y huyó con un trote veloz hacia las fauces de la oscuridad. Francisco de Arancibia despertó varias noches después, cuando unos soldados entraron a su casa, lo levantaron de la cama al grito de Viva el Rey y su Santo Señor y le dejaron unos indios, más muertos que vivos, en custodia.

 

Los olvidados (2025)

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