En la otra puerta

Capítulo XI

Ricardo Cardone

Los cerros acorralaron a Francisco. Ya se había resignado a olvidar al indio arrepentido que se había escapado con su Biblia. El viento llegaba a los oídos de Francisco como un débil rezo, apenas un chasquido en el agua de un arroyo que el fraile confiaba que debía correr por allí, a su lado, debajo de la barranca que él creía estar bordeando pese a la ceguera que le producía la noche. De vez en cuando se oía algún que otro suave golpe sobre el agua pero no mucho más que eso. Podrían ser ranas o sapos zambulléndose de lleno en el arroyo o algún pez que de un salto hubiera decidido sacar completamente su cuerpo del agua para poder ver lo que ocurría en el otro mundo, aquel otro mundo adonde van a morir los peces perforados por las lanzas de los indios, ese otro mundo que es muy parecido al otro mundo de Francisco, un mundo al que nadie quiere acercarse porque todos saben que de allí no se vuelve.

Francisco se acercó a la barranca y se tranquilizó al ver que el arroyo seguía allí, a sus pies. Seguramente ese arroyo lo llevaría a su campo, a su casa, a su catre y al olvido de esa pesadilla. Pero el viento otra vez sopló y otra vez llegó como un débil rezo. Aunque ahora no traía ningún chasquido en el arroyo, ningún chapoteo con forma de anillos de agua que reflejara el cielo estrellado en interminables ondas que el barro y los juncos de la costa siempre saben cómo hacer desaparecer. El rezo, que tenía forma de plegaria y de susurro, lo llevó al convento de su tierra natal. Allí Francisco había aprendido el lenguaje del silencio. Y durante esas conversaciones que él mantenía con él mismo, un rezo como el que ahora se escuchaba iba escurriéndose a través de las heridas de las paredes y debajo de las puertas de madera de los claustros hasta entrar sin pedir permiso en cada una de las celdas de los frailes para hacerles compañía, para que supieran que no estaban solos dentro de su soledad. Ese rezo detuvo a Francisco y el afán de terminar su derrotero quedó suspendido en el tiempo. Francisco permaneció atrapado ante el canto de ese rezo como si proviniera de feroces e irresistibles sirenas que no lo dejaban continuar su camino. Quiso escuchar aún más el susurro para saber de dónde provenía ese salmo fascinante que no le permitía pensar en otra cosa. El tono de voz de quien hablaba le era familiar, o por lo menos no le resultaba extraño. Y no lo era sólo por la altura de la voz sino además por esa forma tan particular de rezar, de emplear las palabras de su idioma, de contar historias más que conocidas por el fraile, de nombrar a Dios con devoción. 

En busca del origen de esa plegaria, Francisco se internó en un bosque encapotado que cubrió por completo el cielo estrellado y la voz de un niño lo llevó a perderse entre los árboles. El rezo se escuchaba cada vez más fuerte y cuando Francisco tomó conciencia de que alguien estaba leyendo su Biblia, dos indios lo tomaron por sorpresa y lo redujeron a fuerza de golpes. El niño continuaba leyendo en voz alta un pasaje de la Biblia mientras Francisco era arrastrado fuera del bosque y maniatado con gruesas cuerdas confeccionadas magistralmente con fibras intrascendentes de alguna planta del montón. Uno de ellos sacó un cuchillo, cortó unas ramas bastante fuertes, las afiló y las clavó en la tierra alrededor del cuerpo inmóvil de Francisco. Luego sujetaron el cuerpo del fraile a las cuatro estacas, primero por los tobillos y luego por las muñecas. El más violento le habló en perfecto español:

—Tú y tu familia han matado a nuestros hermanos.

—Yo no he matado a nadie —dijo Francisco, aterrado.

—Los invasores matan sin razón ni compasión ni culpa. Nosotros nunca matamos sin causa pero ahora nos han dado razones para hacerlo —dijo el otro indio.

A lo lejos se escuchaba al niño leer en voz alta y de vez en cuando comenzaba a cantar una canción desconocida pero con una voz que a Francisco le resultaba angelical de tan afinada. Una voz que le traía paz en medio de esa noche que parecía ser la última de su vida. Una paz que hasta ese momento Francisco nunca había experimentado. 

—Has matado a dos de nuestros hermanos. Nos arrastraron como ganado hasta abandonarnos a tus pies y has permitido que murieran hombres de nuestra familia. Ustedes son invasores y son malditos, enferman la tierra que pisan.

—Yo no he dejado que murieran, les he ofrecido agua y pan. A ti te he ofrecido agua y pan para que tampoco murieras de hambre ni de sed y sin embargo es así como pagas la ofrenda que Dios te hace.

—Dios no es uno, son todos y a todos han ofendido.

—Tu dios no es mi Dios —dijo el fraile— pero Dios, tu verdadero Dios y mi Dios y el Dios de todos, te perdonará si te arrepientes o te castigará si me castigas.

Los indios rieron por las respuestas del fraile pensando en que ya no le quedaba otra alternativa que la de amenazarlos con un castigo religioso por si algo le pasara.

—¿Y cómo es que ahora sabes hablar mi idioma si nunca has podido comprender una palabra de las que te he dicho mientras estabas agonizando en mi casa? —preguntó Francisco.

—El niño me ha enseñado —contestó el indio.

—A los dos nos ha enseñado —corrigió su compañero—. Si fuera por mí, te azotaría mil veces y mil más.

—¡Pero yo no he matado a nadie! —gritó Francisco— ¡Lo juro por lo que más quieran!

—No uses el nombre de tu dios en vano. No cumplir un juramento se paga con la muerte. Y sí, has matado, esfuérzate en recordar, ¿o prefieres no recordar?

Francisco hizo silencio y en el silencio innumerables voces golpeaban dentro de su cabeza. A esas voces se le sumaban gritos y lamentos junto con azotes que se ahogaban bajo el manto de la noche y sobre un piso de madera en un barco que navegaba en altamar. También se le sumaban las voces de los frailes que habían acudido en ayuda de Francisco para que recuperara la conciencia cuando lo habían visto desvanecerse al pie del altar del convento. Las voces de su madre y de su padre tampoco podían faltar. Ellas le decían que nadie era perfecto y que a cada hombre le correspondía su propia condena, que recordara que tanto Francisco como sus padres habían sido condenados. Ellos, por tener que obedecer el castigo de Dios y traer al mundo a un hijo que sería expulsado a las tierras donde el demonio gobierna y él, su amado hijo Francisco, condenado por abandonarse a la tentación de ese mismo demonio. Si algo había de atenuante para esa condena era que el pobre niño llevaba dentro de su cuerpo un mal que se le revelaría tiempo después, cuando quedara frente a frente con Dios en su convento y ya no encontrara manera de ocultarlo. Ese mismo mal que una mañana se le había despertado a Francisco de improviso y había pretendido salvar a un niño invisible de la daga inexistente del obispo. Ese mal que había continuado creciendo en medio de un mar embravecido y que le había provocado la muerte a dos presos en un barco que se dirigía al fin del mundo. Ese mal que el obispo no se había animado a erradicar de su cuerpo por temor a perder la batalla contra un no siempre débil Satanás.

Pero ¿cómo era posible que esos indios que ahora lo mantenían inmóvil, sujeto a cuatro estacas, supieran que él había matado a dos sádicos asesinos que antes lo habían querido destripar a fuerza de azotes? Resultaba imposible que esos indios se hubieran enterado de que él había matado a dos personas y por eso volvió a repetir:

—¡Yo no he matado a nadie, soy un hombre de Dios!

Los indios rieron nuevamente y luego se retiraron. Francisco quedó solo mirando a la noche que se le caía encima, expuesto a cualquier animal hambriento y desahuciado que viera en él la última posibilidad de seguir viviendo y se aferrara a esa carne como si su vida dependiera del cuerpo del fraile. Y no dejaba de ser verdad que en esa noche hambrienta la vida de cualquier bestia salvaje que anduviera rondando cerca de esas cuatro estacas dependía de Francisco para sobrevivir.

El niño volvió a cantar y a leer un pasaje más de la Biblia. 

—Niño, ¿quién eres? Libérame de este mal, ten piedad de mí —clamó Francisco.

El niño dejó de cantar y se acercó al fraile con la Biblia de Francisco entre sus manos.

—Quítame estas correas, niño, si no lo haces por mí, hazlo por Dios misericordioso.

—Las correas las has atado tú solo y sólo tú las puedes desatar —dijo el niño.

—¡No actúes como un cretino y desátame ya! 

El niño se acercó al fraile y le liberó las piernas y los brazos. Luego volvió a tomar la Biblia que había dejado en la tierra y se dirigió al bosque.

—Puedes quedarte con la Biblia si quieres —dijo el fraile.

—Ya lo sé, es mía —contestó el niño.

Francisco prefirió no entrar en discusiones banales acerca de la propiedad de la Biblia. Prefirió evitar que el niño lo abandonara y continuó hablándole:

—Dime, ¿qué haces aquí solo en la noche? Puede atacarte algún animal salvaje.

—Me han dicho que me quedara aquí para que aprendiera a cuidar lo que la tierra me ofrece.

—¿Y qué es lo que la tierra te ofrece?

—Aún no lo sé, por ahora he de leer este libro mientras aguardo lo que la tierra me ha de dar.

—La tierra no te ha de dar nada. El único que da y el único que quita es Dios Nuestro Señor, está bien explicado en la Biblia que estás leyendo. Ni siquiera se me ocurre cómo aprendiste a leer.

—He estudiado, señor.

—¿Y dónde has estudiado?

—Mi padre me ha enviado a un convento religioso.

—¿Entonces eres católico? —preguntó asombrado Francisco.

—Sí, mis padres también lo son.

—Pero si eres católico y has estado en un convento, ¿eres fraile?

—Lo seré algún día.

—¿Cómo te llamas, niño? —preguntó Francisco.

—¡Padre Francisco! —gritó Nazareno— ¿Qué anda haciendo solo, caminando al rayo del sol?

A Francisco otra vez el día se le hizo día.

 

Los olvidados (2025)

enlaotrapuerta.com.ar - Archivo de noticias