El padre Francisco se encontraba rezando ante al altar cuando oyó un golpe seco en la puerta de madera de la parroquia. No le dio importancia, a esa hora de la noche la parroquia estaba cerrada y los devotos tendrían que esperar hasta el día siguiente si querían rezar sus plegarias en ese lugar sagrado. Francisco volvió a sus oraciones meditando en el día extenuante que había tenido con los mareos, las alucinaciones y los extravagantes momentos por los que había pasado a causa del apunamiento, ese mal de las alturas que ataca cobardemente a cualquier desprevenido. Recordaba el agobiante viaje a pie que había tenido que realizar para ver unos huesos que había encontrado el hijo de Ramiro Vargas en lo alto de una colina. Se preguntaba para qué había ido, no entendía muy bien la causa de aquella extraña curiosidad. Sin embargo, ante el ataque del apunamiento, el día se le había hecho noche y si no hubiera sido por Nazareno que lo había alcanzado a rescatar de aquella alucinación, estaba seguro de que aún continuaría atrapado en ella ante el acecho de los indios en medio de una noche tenebrosa y de difícil final. Por suerte ya se encontraba nuevamente en su hogar, una capilla situada en el pueblo de Tres Cruces, a casi cuatro mil metros de altura y en la que nunca habría elegido vivir si no hubiera sido porque la diócesis a la que pertenecía había decidido que el padre Francisco continuara con su virtud evangelizadora en algún pueblo del altiplano que aún necesitara de su bendición.
A pesar de la negativa del padre Francisco a ser reubicado en sus funciones, su amigo el obispo terminó firmando la orden de traslado. A la semana siguiente, Francisco descendió del autobús que lo había dejado frente a una capilla sin puertas ni ventanas en una localidad que no era ni más ni menos que la entrada a la enigmática región de la puna. La epidemia que años atrás había dejado pérdidas devastadoras en la población ahora no era más que un ingrato recuerdo. Sin embargo, los pocos habitantes que habían logrado sobrevivir a la peste y que habían decidido quedarse en el pueblo, poco a poco fueron muriendo a causa de la soledad y del abandono al que habían sido condenados.
La maldición del pueblo, que había comenzado con la peste, siguió con el exilio de la mayoría de la población hacia la ciudad, ya que al menos ésta les brindaba atención médica en algún hospital al que podían acudir durante esos días de muertes imprevistas e inmediatas. Pero también aquellos que llegaban a esa urbe cargando apenas una muda de ropa, junto con las madres y sus niños recién nacidos que se mecían sobre sus torsos envueltos en una manta de aguayo, terminaban siendo excluidos y tratados como si ellos fueran la causa de la epidemia. Los que habían decidido hacer prevalecer su dignidad frente a la enfermedad letal y habían preferido quedarse en el pueblo que los había visto nacer, dejaron ranchos de adobe y paja llenos de recuerdos y vacíos de vida. Muy pocos, apenas un puñado de personas, superaron la epidemia y con el paso de los meses, movidos por las urgencias de sobrevivir en medio de la nada, terminaron preocupándose por no morir de hambre y olvidándose de Dios.
Un viajante, devoto y confeso de la religión, al regresar a la capital dio testimonio ante el obispo de que lo único que quedaba en pie de la parroquia de Tres Cruces eran las paredes de ladrillos y los viejos tirantes de madera de cardón que servían para sostener el techo de paja. Todo lo demás había desaparecido. Los viejos bancos de madera habían sido usados para encender fuego y combatir el crudo invierno que debieron afrontar los valientes que habían decidido resistir la peste en el pueblo. Luego las puertas y las ventanas sirvieron para resguardar las precarias casas de esos habitantes. La parroquia, sin puertas ni ventanas, quedó expuesta a los vientos arremolinados que bajaban de los cerros y el primero que sopló una tarde de invierno se llevó el techo de paja y todo lo demás.
—¿Y los santos? ¿Y la cruz? ¿Y el altar? —preguntó el obispo.
—Cuando digo todo lo demás es todo lo demás —respondió el viajante.
El obispo quedó preocupado por tal devastación pero sobre todo por esa catástrofe de la fe a la que habían sido castigados los pocos habitantes que habían decidido hacerle frente al destino implacable. A esos pobres hombres ahora no los acompañaba la palabra de Dios para afrontar sus miserias y quedaban al precario arbitrio de sus creencias y costumbres que tenían más que ver con las razones de la naturaleza que con las de la religión.
La reconstrucción de la parroquia se puso en marcha de inmediato. Las buenas relaciones del obispo con el gobernador hicieron que en pocos días se destinaran los fondos para recuperar esa casa que Dios había perdido en el tiempo. Inmediatamente el obispo se comunicó con el padre Francisco, su antiguo compañero de la cátedra de Teología en la capital, para que asumiera la función de cura párroco en el castigado templo de Tres Cruces.
—Mi buen amigo Francisco —comenzó diciendo el obispo—, esta vez Dios espera un poco de ayuda de parte de nosotros. Tantas han sido las veces que Él nos ha acompañado en nuestras desgracias que ahora necesita que nosotros le demos una mano pare reconstruir su casa.
—Me parece bien —dijo Francisco—. ¿Van a mudar la diócesis a Tres Cruces?
—Eso sería imposible. Implicaría demasiados gastos de traslado, una logística administrativa difícil de llevar a cabo y, lo peor de todo, nuestros fieles de la capital quedarían desamparados. Usted sabe que a nuestros superiores no les agrada venir para estos lados, ellos prefieren quedarse en las grandes ciudades donde disponen de mayores recursos para nuestra congregación. La capital de nuestra provincia es apenas un pequeño eslabón alejado de la toma de decisiones importantes.
—¿Pero entonces cómo van a hacer para poner en funciones a la parroquia? —preguntó Francisco.
—Siéntase bendecido, amigo Francisco, usted ha sido el elegido para llevar adelante esta obra.
—¡Ah, no, de ninguna manera, yo no puedo vivir en otro lugar que no sea la ciudad! Me hace mal el viento, la tierra me da alergia y sufro mucho de las articulaciones y de otros males que usted ni siquiera se imagina. Ese paraje me mataría, por favor no me condene a vivir en ese infierno.
—Francisco, somos compañeros desde hace mucho tiempo y nos respetamos mutuamente. Tranquilícese, la diócesis lo va a apoyar en todo lo que necesite.
—Yo no puedo ir a vivir a ese descampado.
—¿Qué necesita que le ofrezca para convencerlo?
—Nada, no necesito nada porque no pienso aceptar eso.
—Usted no me entiende, Francisco, le estoy dando la oportunidad de formar su propia congregación. Piense que cada nuevo creyente le será fiel a usted y a nadie más. Piense en el poder que la gracia de Dios le está confiriendo. En pocos años yo mismo estaré a su cargo si las cosas siguen como hasta ahora en esta ciudad olvidada, lejos del verdadero mundo. Usted formará una congregación tan fuerte como la misma fe en tanto y en cuanto respete los preceptos de sus superiores. Será un hombre poderoso, mucho más de lo que alguna vez imaginó.
—No juegue con el diablo, no pretenda hacerme caer en la tentación. Para mí será como vivir en el inconmensurable desierto y hasta puedo llegar a morir atravesado por la lanza de cualquier salvaje hambriento que habite ese paraje.
El obispo se rio pero luego su gesto se volvió adusto.
—No cometa el pecado de la soberbia, Francisco. Estamos en el siglo XX y los únicos salvajes que hay en el mundo no están en Tres Cruces. Esa gente es muy humilde y necesita que alguien les haga oír la palabra de Dios. No permita que terminen adorando a algún río o a cualquier piedra porque de ser así, ninguno de nosotros le perdonaríamos su arrogancia.
—Tenga la seguridad de que si yo no voy a esa parroquia, nada va a cambiar, ellos no van a adorar a nadie más que a Dios, esa gente ya ha sido evangelizada hace unos cuantos siglos atrás, tal como me lo han enseñado en la escuela primaria —dijo Francisco con muchísima ironía.
—No vaya a creer —dijo el obispo—, esta gente ha sido muy castigada, primero con la pobreza, luego con la epidemia y ahora con el hambre. ¿Usted realmente está convencido de que al menos uno de ellos se siente agradecido por lo que Dios le ha dado? Hace mucho tiempo que no tienen a Dios en su corazón. Si nosotros no nos hacemos presentes, otros se nos van a adelantar y le van a alimentar la fe con cualquier basura bíblica. Y después vendrá lo de siempre, los que se hacen pasar por nuevos profetas irán haciendo crecer a esa comunidad, secta, iglesia o como quiera llamarla y hasta terminarán expulsándonos a nosotros mismos de esta ciudad para contaminarla con sus palabreríos.
—No puedo ir, tampoco puedo salir así porque sí de la ciudad, usted me entiende.
—Estoy seguro de que puedo hacer algo más para convencerlo —dijo el obispo.
—Nada de lo que intente hacer logrará cambiar mi decisión.
—Si acepta mi propuesta, amigo Francisco, puedo limpiar su legajo.
Francisco se sorprendió con las palabras del obispo. Se preguntó qué era lo que el obispo podía limpiar de su legajo y si era lo que él pensaba que era, ¿cómo había sido posible que el obispo estuviera al tanto de sus pensamientos?
Francisco exhaló una última bocanada de aire que había quedado atrapada debajo de su garganta súbitamente cerrada por la sorpresa de aquella propuesta y se sentó en una silla antes de que sus piernas terminaran de aflojarse. Miró hacia la ventana del despacho intentando encontrar una posible salida, al menos para su vista que se iba encegueciendo a medida que tomaba conciencia de aquella revelación. Unas nubes comenzaron a juntarse en el cielo todavía azul y un aire helado entró por la ventana. Ese aire cruzó por el escritorio del despacho, agitó algunos papeles que el obispo alcanzó a retener antes de que cayeran y levantó el polvo del piso para arrojarlo en los ojos de Francisco. Cuando el padre Francisco volvió a ver, la noche había entrado por la ventana y el despacho del obispo era un barco que viajaba en altamar rumbo al fin del mundo. El capitán le apoyó la mano en el hombro y lo invitó a la bodega para tomar un trago y conversar.
—¿A cuántos hombres ha matado en su vida, fraile? —preguntó el capitán apoyando una botella sobre la mesa.
—Nunca había matado a nadie, señor —contestó Francisco—. Y esta única vez me ha servido para defenderme.
—Ya lo creo, ya lo creo —dijo con una sonrisa el capitán y sirvió un vaso de vino para Francisco.
—Soy un hombre de la Fe, capitán, se me tiene prohibido matar al igual que a cualquier hijo de Dios.
El capitán escuchó las palabras de Francisco, levantó su vaso de vino y lo vació de un solo trago.
—Eso lo sé, fraile, ya se me ha informado de su condición pero sepa que lo que no tengo de fe lo tengo de experiencia y no quise ofenderlo con mi pregunta.
—No me ha ofendido, capitán —dijo Francisco con el alma destrozada por el pecado aberrante que había cometido —. ¿Usted pregunta por preguntar o sabe algo que yo no sé?
—Nunca pregunto por preguntar, si le he hecho una pregunta es porque tengo razones para creer que me está mintiendo.
—¡Yo no le estoy mintiendo, capitán! ¡Nunca he matado a nadie! —gritó Francisco.
—Hasta hoy —dijo el capitán.
—Hasta hoy —dijo Francisco y vació en su garganta el vaso de vino. Luego lo apoyó con fuerza sobre la mesa y tomó valor— ¿Por qué cree que le estoy mintiendo?
—Mire, fraile —comenzó diciendo el capitán—, en este barco únicamente viajan presos, hombres condenados por haber cometido hechos aberrantes, salvajes violaciones, homicidios de todo tipo movidos por el sadismo y el desprecio de la vida humana. En todos estos años en los que se me ha encomendado cruzar el mar he aprendido a discernir entre el hombre de bien y el criminal. Puedo dar fe de que entre mi tripulación nunca he encontrado hombres de bien pero le aseguro que sé distinguir con demasiada facilidad a un criminal. Con sólo mirarlo podría adivinar el crimen que pudo haber cometido. No lo hago por diversión o por aburrimiento a pesar de que estos viajes suelen ser largos y monótonos, sino que es para mí una obligación saber qué clase de personas están navegando en mi barco para poder atenerme a los posibles peligros con los que me pueda encontrar. No es para nada feliz saber que en esta embarcación uno se encuentra a la espera de que criminales y asesinos en cualquier momento puedan amotinarse y arrojar al mar el cuerpo de su capitán. La Corona es la que me provee el personal para la tripulación y yo no hago más que cuidarme de ellos haciéndolos trabajar día y noche para mantenerlos ocupados y dejarlos extenuados con tal que no puedan pensar en otra cosa que no sea dormir y así llegar sanos y salvos a tierra firme. Ellos también saben que la única persona que les puede garantizar la supervivencia en esta cárcel soy yo pero, como es gente que no está en su sano juicio, algunas veces ni saber esto les alcanza para reprimir su necesidad de matar. ¿Usted sabe por qué está en este barco?
—He tenido una visión espantosa durante una misa matinal —contestó Francisco.
—¿Y qué ha sido lo que esa visión le ha revelado? —preguntó el capitán.
—Creí que el obispo iba a sacrificar a un niño en el altar, estaba por cometer un sacrificio humano. Después me enteré de que eso nunca había ocurrido pero por causa de esa alucinación, que nunca debí revelarla a nadie, me hicieron creer que estaba bajo los influjos de algún hechizo, poseído por el demonio. Me quedaban dos posibilidades, vivir recluido de la civilización sin otra cosa para hacer que esperar la muerte o viajar a tierras vírgenes para llevar la palabra de Dios.
—Bueno, he de informarle que no son tan vírgenes las tierras que se propone evangelizar. Están repletas de salvajes dispuestos a cortarle la cabeza al primero que encuentren en su camino.
—No le temo a la muerte, capitán.
El capitán llenó nuevamente el vaso de Francisco y luego el suyo, miró al fraile a los ojos y volcó el vino en su paladar. Lo mantuvo allí un instante aguardando que el gusto tardío del alcohol le estimulara los sentidos y luego tragó con satisfacción.
—Le hablaré con franqueza, fraile —dijo el capitán al fin—. Veo que usted tiene al menos algún momento de lucidez y no es como los otros condenados a los que ni siquiera puedo sentar a esta mesa. Cuando pongamos fin a esta conversación no quiero volver a ver su sombra vagando fuera de su camarote. Yo mismo he de darle la noticia de que habremos arribado a tierra firme. Mientras tanto usted no deberá ser visto por ninguna persona de este barco. Lo digo por su bien y por el bien de los demás. Tanto usted como ellos son reos peligrosos de los que debo cuidarme. Sepa que, a diferencia de los otros, usted no me sirve para nada, es un inepto para realizar las tareas que un barco requiere. No quiero que me de más trabajo del que me está dando. Y lo digo también por su bienestar. Si alguno de los presos lo vuelve a encontrar fuera de su camarote, lo golpeará hasta quitarle la vida y yo no estaré esta vez para defenderlo. Todos saben aquí que usted también es un asesino igual o peor que ellos pero que quiere hacerse pasar por fraile para salvar su vida. A esta gente no le caen bien los cobardes ni mucho menos los farsantes.
—No me quiero hacer pasar por fraile, yo fui ordenado fraile en gracia de Dios y no soy ningún farsante. Usted me defrauda, capitán, no me queda otra alternativa que tomar estas palabras como un agravio de su parte hacia mi congregación. Pero se lo dejaré pasar, al menos no ha perdido el don de la compasión y me ha salvado la vida frente a esos criminales.
El capitán volvió a llenar su vaso.
—¿Qué fue lo que lo llevó a matar a sus padres? —preguntó de improviso el capitán sin quitar la vista de los ojos del fraile.
—¿De qué engaño me está acusando? Mis padres viven en su comarca de siempre, trabajando de sol a sol, arando la tierra por unas pocas monedas y comiendo la mayoría de las veces un pan magro y unas pocas legumbres —dijo Francisco.
—¿Será por esa vida despreciable que ellos llevaban que ha decidido liberarlos de ese padecimiento?
—¡Le digo que yo no he matado a mis padres, yo no he cometido tal crimen, ellos se encuentran bien! ¿Por qué pretende hacerme ver como quien padece un mal incurable y digno de un loco, capitán, por qué tortura mis pensamientos haciéndome creer que digo incongruencias?
—No lo digo yo, fraile, lo dice la misiva que el obispo me entregó. Cuando se presentó junto con las autoridades del convento, me hizo el pedido explícito de que tuviera mucho cuidado con usted, me advirtió que estaba por llevar en mi barco a una persona dispuesta a quitarle la vida a cualquiera que se le cruzara en su camino así como también insistió en que cualquier otro preso podría matarlo movido por la envidia o por la venganza, por lo que me recomendó que le impidiera salir de su camarote bajo toda circunstancia. Me aconsejó que durante todo el viaje lo mantuviera custodiado bajo llave. El documento que me acercó la autoridad afirma que sus padres habían sido hallados muertos por un mensajero del convento que había llegado hasta allí a entregarles una carta que usted les había escrito como despedida. Algunos testigos habrán dado prueba de ello, eso no lo sé ni me interesa saberlo. Los que viajan en este barco para mí no son otra cosa que mercancía barata, no me importa si llegan vivos o si terminan su travesía en el fondo del mar. Solamente me interesa que usted llegue a tierra con vida porque así me lo han encomendado y no se me tiene permitido desobedecer una orden del clero, usted sabe que eso se termina pagando primero con el destierro y luego con la muerte.
—¿Cómo que estaban muertos? ¡Yo no he matado a mis padres, capitán! ¡Yo no he matado a nadie! —clamó Francisco en un último grito agónico antes de derrumbarse sobre la mesa en un llanto interminable que volvía a alimentarse por las lágrimas y por el vino.
Una mano sobre su hombro lo calmó. El obispo le reiteró la promesa de que el legajo iba a quedar limpio. La luz del día volvió a entrar por la ventana del despacho y Francisco secó sus lágrimas. El obispo lo acompañó hasta la calle. La brisa de la tarde acarició con ternura de madre el cabello y el rostro del padre Francisco.
—Al menos quiero que lleven una imagen de la Virgen para poner en el altar —fue lo último que dijo el padre Francisco al obispo antes de emprender su viaje a Tres Cruces.