En la otra puerta

Capítulo XIII

Ricardo Cardone

Nuevamente se volvió a escuchar un golpe en la puerta de la parroquia. Francisco dejó de rezar y se acercó a una de las ventanas de la capilla para ver quién era el que estaba golpeando la puerta a esa hora de la noche. Alcanzó a distinguir entre las sombras una silueta que se movía hacia ambos lados luchando por mantener la estabilidad. Primero pensó que podría ser algún borracho que habría llegado hasta la parroquia con el rumbo completamente perdido. Luego escuchó la voz de Ignacio que le pedía al padre Francisco que le abriera la puerta para dejarlo entrar. Francisco abrió la puerta, Ignacio dio un paso en falso y cayó al suelo. Rápidamente se levantó y se afirmó sobre uno de los reclinatorios de la parroquia. 

—He estado caminando inútilmente todo el día, padre —dijo mientras hurgaba en su camisa y en su pantalón en busca de algún bolsillo que no estuviera vacío.

Por fin encontró dentro de uno de ellos un paquete de tabaco, unas hojas de chala dobladas celosamente y unos fósforos de cera. Con sus manos ingobernables esparció un poco de tabaco triturado sobre una de las hojas y luego la enrolló procurando sin éxito que nada de su contenido cayera al suelo pero al menos lo que quedó dentro del cigarrillo le alcanzaría para unas cuantas pitadas antes de que la cabeza le estallara por el alcohol.

—Mire, padre, yo sé lo que usted me ha de decir porque yo sé todo, padre, y si yo le digo que yo sé, le juro por mi propio tata, que Dios lo tenga en su gloria, que yo sé. Y si yo sé, padre, nada podrá hacer usted para que yo deje de saber lo que yo sé —dijo Ignacio. Luego encendió con un fósforo su cigarro y le dio la primera pitada cerrando los ojos y expulsando el humo hacia el piso de la parroquia.

—¿Y qué es lo que sabés, Ignacio?

—Yo sé lo que sé, padre. Y le digo que sé porque la Virgencita, padre, la Virgencita que nunca me ha de abandonar, ha tenido que escaparse de esta parroquia. Porque ella no ha de andar caminando así porque sí por los cerros. La Virgencita ha de estar para estar acá, en la iglesia, padre, pero yo sé que ella se ha cansado de usted y además sabe, padre, ella también ha de saber y por culpa suya nosotros pagamos las consecuencias —contestó Ignacio mientras buscaba en el suelo la botella de ginebra.

—¿Qué buscás Ignacio? —preguntó Francisco.

—Lo que busco es problema mío —dijo Ignacio—. El problema suyo es hacer que la Virgen vuelva a estar con nosotros, porque la Virgen no se ha de escapar así porque sí ni ha de tener que andar mendigando compasión entre gente desconocida. ¿O qué ha de decir ella cuando alguien le ha de preguntar de dónde ha venido y por qué la han abandonado? ¿O qué han de decir cuando se han de enterar por boca de ella que ha tenido que huir de usted, padre?

—Ignacio, yo no le hecho nada a la Virgen para que se haya tenido que ir. La Virgen no se ha de ir a ningún lado ni tampoco sabe cómo hacerlo. Ustedes la debían llevar a peregrinar y luego la debían regresar a la parroquia. Pero se quedaron dormidos y algún descarriado se las robó.

—Nadie se ha quedado dormido, padre, yo en esa noche tampoco dormía, solamente había cerrado los ojos porque la Virgen me había dicho que tenía que rezar. Yo miré al suelo, alcancé a ver sus sandalias y recé como nunca había rezado. Cuando abrí los ojos, ella ya no estaba. Luego buscamos por todo el cerro y solamente encontramos su sagrada sandalia.

Ignacio buscó un poco más en el suelo y como nada encontró, se levantó del banco y se dirigió a la puerta.

—¿Y ahora adónde vas, Ignacio? —preguntó Francisco.

—Han quedado mis cosas afuera —contestó.

Francisco se sentó en el reclinatorio convenciéndose de que Ignacio no estaba bien de la cabeza. Harto ya de soportar sus incriminaciones pensó en hacerle entender que él tenía serias alteraciones mentales por las que debería hacerse tratar con urgencia. Había decidido decírselo cuando Ignacio volvió a entrar a la parroquia con una botella de ginebra en una mano y con un machete de una hoja brillante y filosa en la otra.

—¿Desde hace cuánto nos conocemos, padre? —preguntó Ignacio clavando la punta del machete en un banco de madera para no perder el equilibrio.

—¿Qué estás haciendo con ese machete, Ignacio? —preguntó Francisco— Podés lastimarte o lastimar a alguien en el estado en el que te encontrás.

—¿En qué estado he de encontrarme que yo no sepa, padre? ¿Cree que yo no he de saber lo que estoy haciendo? He traído este machete porque he buscado a la Virgen por todo el cerro pero no la he podido encontrar. He subido cuestas repletas de piedras flojas que me doblaron los tobillos, he caído más de una vez por una ladera cubierta de cardones porque no hacía más que resbalar por las piedras que se desprendían del camino. Me he golpeado fuerte, padre. Aún me ha de sangrar la cabeza por el golpe que me he dado contra el suelo. Pero aquí sigo, padre, vivito y coleando. ¿Y a que no ha de saber qué? La Virgen no ha aparecido pero entre la maleza ella me ha dejado esta otra sandalia suya, padre. De no haber sido por este machete que me ha permitido adentrarme en ese matorral, no la habría visto. Ahora tenemos dos sandalias, padre, fíjese.

Ignacio sacó de entre medio del viejo cinturón de cuero, que apenas le sostenía el pantalón de barracán, una pequeña sandalia bastante desgastada por el paso del tiempo y por las piedras del terreno. Caminando con cuidado de no caerse, apoyando el machete sobre un banco y la botella sobre otro, se la entregó al padre Francisco.

—Ahora ya tenemos las dos sandalias de la Virgen, padre. Ella ha de volver en algún momento a buscarlas y usted deberá pedirle perdón.

—Ignacio, yo no le voy a pedir perdón a la Virgen porque yo no le he hecho nada. Ustedes deberían pedirle perdón por permitir que la robaran.

—Usted me da pena, padre —dijo Ignacio sentándose sobre un reclinatorio ayudado por sus dos brazos y sin soltar el machete ni la botella—. Le he preguntado si sabía cuánto hacía que nos conocíamos y aún no me ha contestado.

—Desde que he venido a este pueblo, Ignacio —contestó el padre Francisco.

—¿Y eso cuándo ha sido, padre? A ver si se ha de acordar.

—Cuando me trasladaron de la diócesis, Ignacio, luego de la peste.

Francisco hablaba y no dejaba de mirar la mano de Ignacio que movía el machete en semicírculos golpeando el filo de la hoja contra el banco de adelante y el canto del machete sobre el reclinatorio de atrás como si estuviera abriéndose paso en medio de una vegetación salvaje. De vez en cuando tomaba un trago de la botella y se limpiaba la boca con la manga de la camisa.

—Ha visto que el que ha de estar mal de la cabeza ha de ser usted, padre. Ni siquiera se acuerda del momento en el que me ha visto por primera vez.

—Claro que me acuerdo, Ignacio, ¿cómo no me voy a acordar? Te habías presentado en la parroquia con Ramiro buscando a Nazareno, el niño había dicho que quería conocer la nueva parroquia y detrás de él llegaron ustedes.
Ignacio estalló de risa y dio unos cuantos golpes con su machete en el banco de madera, rebanándole su borde tallado. Tomó otro trago de ginebra y se puso de pie.

—¿Recuerda cuando lo encontramos con Ramiro en este mismo lugar? Nazareno había sido el que nos había avisado y ahora parece ser que no lo ha de recordar —dijo Ignacio. 

Francisco creyó ver que Ignacio se le abalanzaba con el machete, dio unos pasos hacia atrás y cayó al suelo. La noche agitaba una brisa que parecía el rezo de una plegaria. Todo era oscuridad y todo era silencio. Francisco oyó un leve ruido de agua, apenas un rumor que podría confundirse con cualquier otro rumor, un rumor de aire, un rumor de humo, un rumor de alcohol. Quiso levantarse pero se dio cuenta de que estaba atado de pies y manos a cuatro estacas clavadas en la tierra. El arroyo continuaba lavando la memoria de Francisco pero el fraile apenas oía lo que el agua arrastraba. Nuevamente un canto más delgado que el del aire le llegó a los oídos, apenas un rezo humedecido por el rocío de la noche. Nuevamente un niño leía en voz alta unas frases escritas en la Biblia de Francisco, aquella que el indio tenía entre sus manos al momento de escaparse. El niño leía y a Francisco esas palabras le acariciaban el alma a pesar de que intuía que de esa noche no pasaría. Unos indios lo habían capturado en medio de la nada, el mismo indio que él había salvado era ahora su verdugo. Se había comportado de la misma manera que lo había hecho su compañero del convento cuando se había aprovechado de la buena fe de Francisco para terminar condenándolo al exilio y al infierno. Uno de los indios se acercó al niño que estaba en el medio del bosque y lo llevó hasta donde se encontraba Francisco. Le exigió al pequeño que cuidara del fraile, que ese hombre invasor y despojado de todo sería su rebaño y le aseguró que si algo le pasaba al fraile, también le pasaría a él. El niño le preguntó al indio, su padre, si podía continuar leyendo. El padre se lo permitió y le advirtió que tuviera cuidado con el prisionero, que no se le acercara tanto y que no prestara atención a lo que le pudiera decir. Luego regresó junto al fuego donde los demás indios seguían reunidos.

—Oye, niño —dijo Francisco cuando se dio cuenta de que su padre estaba lo suficientemente lejos—, ¿sabes lo que estás leyendo?

—Es un libro sagrado —contestó el niño—, pero ya has escuchado a mi padre, no puedo hablar.

—No es eso a lo que se refería tu padre —dijo Francisco—, él no quiere que te enseñe secretos de ese libro que únicamente yo conozco.

El niño no contestó y continuó leyendo.

—Si sigues leyendo ese libro sin que nadie te lo explique, tu alma terminará siendo condenada como ya les pasó a tantos niños que no han hecho caso a lo que te digo. Ese libro es mágico.

—Yo sé distinguir entre lo que es mágico y lo que no lo es —dijo el niño—. Nuestro sacerdote me ha revelado sus secretos para que un día, cuando la Madre Tierra lo decida, yo pueda emplearlos para el bien de mi pueblo.

—No es sobre ese ritual de lo que te hablo. Esto es sobre algo más serio. Es sobre Dios y el infinito poder que tiene sobre nosotros.

—¿Y quién es para vos ese dios que se hace llamar Dios? —preguntó el niño.

—Nuestro Santo Padre, el creador de todas las cosas que hay en la tierra —contestó Francisco.

—La Madre Tierra es la creadora de todas las cosas que hay en la tierra —dijo el niño—, por eso hay que ser agradecido con ella.

—La tierra no es más que una de las tantas obras de Dios, niño, no lo niegues a Él porque puede terminar negándote y serás condenado al infierno. 

El niño continuó leyendo sin prestar atención a las palabras de Francisco. 

—Niño, desátame las manos, tengo llagas en mis muñecas que me producen un dolor irresistible. Mi cuerpo no soportará permanecer un instante más en esta posición, mis huesos se quebrarán y mi piel se abrirá expulsando mi alma y dejándola a merced de cualquier demonio.

—¡Ya cállate, reo! —dijo un indio que se acercaba al cura con una lanza. 

El indio apartó al niño. Llamó a unas mujeres de la tribu; ellas lavaron la cabeza y el cuerpo del niño con una esencia de olor penetrante, lo vistieron con una túnica blanca y volvieron a la toldería junto con el indio de la lanza. Francisco esperó que se alejaran y le preguntó al niño:

—¿Qué es lo que están haciendo?

—Me han de ordenar sacerdote —contestó el niño—, por eso estoy estudiando.

—Pero lo que estás leyendo no es de tu religión —dijo sorprendido Francisco.

—¿Y en dónde ha de estar escrito que se debe leer únicamente lo que es de la religión de uno? —preguntó el niño.

—Si no lees lo que tu religión te ordena y te has de sentir tentado por otras escrituras propias del diablo, te convertirás en un hereje y deberás pagarlo con la muerte por haber ofendido a Dios. Tales actos del alma no gozan de la gracia del perdón.

—¿Acaso este libro no es de la Madre Tierra? —preguntó el niño.

—Ese libro que tienes en tus manos es algo sagrado y no debe ser tomado en vano.

—Este libro no habla de una magia tan diferente a la nuestra. Aunque tiene magos y sacerdotes que se comportan de manera incomprensible.

—No tomes el nombre de Dios en vano, niño. 

—No he querido ofenderlo, sólo quiero decir que no entiendo algunas cosas que encuentro un poco complicadas.

—La razón es que no llevas en tu alma el don de la Divina Sabiduría —dijo Francisco—, por eso te he aconsejado que ese libro debe ser leído e interpretado junto a quienes sabemos hacerlo.

—¿Y qué es lo que se necesita para tener el don de esa sabiduría?

—Antes que nada has de saber que la Divina Sabiduría le pertenece únicamente a Dios pero que Él elige a algunos de sus siervos para transmitirles una mínima parte de todo lo que Él sabe, algo del tamaño de una gota de agua que se saca del mar y que Dios ofrece por su infinita bondad a aquellos que han decidido vivir en Él por la gracia del Bautismo.

—¿Y qué es el Bautismo y qué es el mar?

—El Bautismo es el reencuentro de Dios con nosotros después de haber pecado y el mar nunca lo conocerás.

El niño supo que lo que seguía por preguntar era el significado del pecado pero se dio cuenta de que Francisco explicaba el significado de una palabra con otra desconocida y que, si continuaba preguntando, terminaría con más dudas que certezas. 

—La sabiduría de ustedes es muy confusa —dijo el niño—, no sé cómo han de hacer para que su gente los pueda comprender.

—El que está del lado de Dios no necesita comprender más que lo que ven los ojos del alma —dijo Francisco.

—¡Cierra esa boca o te la haré coser como si fuera un saco de granos de maíz! —gritó el indio que nuevamente caminaba hacia donde estaba Francisco.

El sacerdote de la tribu se acercó. La noche iluminaba la túnica blanca del niño. El sacerdote dio unos pasos hasta donde se encontraba el fraile y sobre él arrojó un líquido humeante que quemó la piel de Francisco. Luego arrojó un poco más de ese líquido alrededor del cuerpo del fraile diciendo frases que Francisco no comprendió. El niño miraba impaciente el rito del sacerdote. Alguien le ordenó que se acercara al cuerpo de Francisco. El niño permaneció de pie a la espera del ritual. El sacerdote le acercó una daga, el niño la levantó sobre sus hombros y la hundió en el cuerpo de Francisco para convertirse en sacerdote de la tribu. Ante los gritos de la gente, Francisco vio la sangre brotar de su pecho. Uno de los indios se acercó al fraile, levantó su machete y con cuatro golpes cortó las cuatro cuerdas que lo sostenían amarrado a las estacas. Ramiro e Ignacio se habían encontrado por primera vez con Francisco al pie del altar con todo su cuerpo cubierto de sudor, tal como Nazareno lo había encontrado tiempo después en el camino de la colina y tal como Ignacio lo estaba viendo ahora mismo mientras empuñaba su machete.

—Cuide de esa sandalia, padre, y colóquela junto con la otra para que cuando vuelva la Virgen no tenga que andar buscándola —dijo Ignacio.

Francisco comprendió que se encontraba a salvo en la parroquia y tomó la otra sandalia para que las dos estuvieran juntas. Una tenía el doble del tamaño de la otra. Luego agradeció el gesto de Ignacio y para calmarlo le prometió que cuando la Virgen volviera a la parroquia en busca de sus sandalias, él le pediría perdón. Ignacio vació la botella de ginebra, un poco en su garganta y otro poco sobre el cuerpo de Francisco, y salió del templo mucho más aliviado. Francisco prefirió hacer las paces con la Virgen antes que entablar una larga batalla con Ignacio que no estaba seguro de ganar.

Los olvidados (2025)

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