En la otra puerta

Capítulo XIV

Ricardo Cardone

—Nazareno, despierta, vamos niño.

Frente a los ojos de Francisco se encontraba la Virgen vestida con su manto celeste y su mantilla blanca. Le estaba por decir que él no era Nazareno pero no quiso contradecirla. Recordó la discusión que había tenido con Ignacio la noche anterior en la parroquia y por más que él no estuviera convencido de lo que Ignacio afirmaba con demasiada convicción, fiel a su palabra de que le pediría perdón a la Virgen en cuanto la viera, una desmedida sensación de arrepentimiento le doblegó el alma y Francisco estalló en llanto ante los ojos de la Virgen. Luego tomó su mano con fuerza y le pidió que tuviera piedad de él, un pobre cura que había sido condenado a un pueblo en el que, según él, vivían más animales que personas. Le suplicó que considerara que él era tan humano como imperfecto, que su mezquina debilidad lo había llevado a descreer del poder divino de la Virgen y ahora que ella se le había presentado de improviso sabía que nada bueno vendría a decirle, que Ignacio tenía razón, que la Virgen va y viene adonde solamente ella quiere ir o venir y que por más que un cura de poca fe quisiera creer lo que quisiera creer, la verdad se encontraba en aquellos hombres fieles como Ignacio. Francisco cerró los ojos y lloró sin consuelo como un niño al que le han prohibido jugar para siempre.

—Vamos, Nazareno, vamos niño, despierta que ya ha amanecido.

Nazareno mantuvo cerrado sus ojos un breve instante más para evitar que aquella imagen de su madre llamándolo no se le esfumara tan rápido como le sucedía siempre. Él sabía que esa voz que lo despertaba todas las mañanas era la voz inconfundible de su madre. También sabía que cada vez que la oía no debía abrir los ojos porque no encontraría a nadie más que a él mismo con su cabeza hundida en la almohada y con su pequeño cuerpo ovillado bajo la gruesa manta de lana. Cuando Nazareno abrió los ojos, su madre ya no estaba.

—No duerme, Yana. 

—Duerme, Ramiro, duerme. Si hasta parece que sonriera —dijo Yana—. Me gustaría saber qué estará soñando.

—Esto ya no tiene sentido —dijo Ramiro.

—En la vida todo tiene un sentido, Ramiro, no te dejes vencer por el desánimo.

Francisco duerme desahuciado con su cuerpo atado a cuatro estacas. Ha amanecido y el rumor del arroyo parece lavarles las heridas, que sangran y que no olvidan. Aún su cuerpo guarda los golpes del indio, su único y fugaz discípulo que le había hecho sangrar la boca por resistirse inútilmente. Todavía en su cuerpo laten cada uno de los azotes con los que lo había recibido la tripulación del barco que lo había arrojado sobre esta tierra como si fuera un saco de desperdicios. Todavía en su memoria sobrevive el rostro de sus padres lamentándose por no haber tenido la sabiduría de brindarle algo mejor de lo que tuvieron que resignarse a ofrecerle a su hijo, alguna cura milagrosa, algún dios que lo rescatara del abismo. Todavía a Francisco le duelen los brazos de todas las veces que empuñó el látigo y golpeó a dos presos que navegaban en un barco por un mar del fin del mundo. Todavía le arden sus tobillos y sus muñecas cuando las sogas le rozan los huesos y lo hacen gritar y maldecir al cielo y a nadie más, porque en esa llanura no ha quedado nadie más que él y su tormento. De vez en cuando el viento le tiene compasión y mueve de lugar alguna nube para que se interponga delante del sol y así Francisco logra tener algunos minutos más de vida. Cuando el sol deja de abrirle la piel, Francisco vuelve a creer. Es por un instante, apenas un breve soplo que le dice a Francisco que aún no murió, que todavía respira, que alguien va a tener piedad de él. Pero la nube continúa su camino, el sol una vez más vuelve a hundir su daga sobre el pecho frágil de Francisco y todo se vuelve negro y estéril.

Pero Francisco no oye los pasos del niño que se le acerca descalzo. Tampoco oye la voz de su madre que le dice a su hijo, un pequeño niño con una Biblia en la mano, que se despierte, que ya es hora de levantarse, que ya ha dormido bastante. El niño apoya la mano en la frente de Francisco, le seca el sudor y le espanta una araña que sobre él teje su tela. Lo mismo hace sobre su pecho, que tiene heridas abiertas por el sol y por el filo de un cuchillo o de una lanza.

—Despierta, Nazareno, por favor, niño, despierta ya.

Francisco abre los ojos y ve a Nazareno a su lado, ambos sobre el piso de la capilla. El niño le cubre la vista con su pequeña mano. 

—No despierte, padre, todavía no es hora.

—¿Qué hago tirado en el piso de la parroquia, Nazareno?

—Ignacio ha bebido por demás y se ha encontrado con usted, padre. Parece haberlo atacado. ¿No siente dolor?

—No siento nada, Nazareno, me voy a levantar.

Francisco hizo un esfuerzo por ponerse de pie y sintió el ardor en sus muñecas y en sus tobillos. Sus brazos y sus piernas tironeaban de las cuerdas que no lograban liberarse de las estacas. El grito de dolor llegó hasta el arroyo y éste lo ahogó bajo el agua inquieta, luego todo volvió a ser un silencio imperturbable. Nazareno pasó nuevamente su mano sobre la frente del fraile para secarle el sudor, la araña ya no estaba pero una tela espesa y pegajosa había comenzado a cubrir la cara y a tapar la boca del fraile. Con sus dos manos, Nazareno quitó la tela del rostro de Francisco y derramó agua sobre sus labios resecos.

—Despierta niño mío, ya no duermas, Nazareno, es hora de levantarse.

Francisco oyó esa voz y Nazareno le volvió a poner la mano sobre los ojos.

—No despierte, padre, espere que Ignacio se vaya.

—Ignacio se ha ido, Nazareno, ya he hablado con él.

—Ignacio sigue aquí, padre, dentro de nosotros, aún nos está escuchando.

Los dos hicieron silencio. Un hilo de luz se animó a entrar por una ventana de la capilla y llegó hasta el altar. Otro hilo de luz se filtró detrás de éste y se estrelló contra una pared. Un último hilo de luz se asomó para ver lo que sucedía y cayó al suelo dando de lleno sobre los cuerpos de Nazareno y de Francisco. 

—Despierta Nazareno, ya ha salido el sol.

Nazareno despertó con los ojos cerrados para retener esa imagen un instante más en su memoria y luego los abrió. El día lo esperaba junto a sus llamas. 

—Vamos, Yana —dijo Ramiro—, dejémoslo descansar.

Ramiro acarició lentamente la frente de su hijo y le dio un beso. Se quedó un instante con los labios apoyados sobre la piel con la esperanza de sentir al menos una brisa tardía que le confirmara que el niño respiraba, rogando de todas las maneras posibles que ese cuerpo pequeño y tibio no terminara de enfriarse nunca. Yana lo tomó del brazo y lo apartó de Nazareno.

—Vamos, Ramiro, mañana has de volver y te prometo que ha de estar mejor.

—Me prometes lo mismo todos los días, Yana.

—¿Y tan solo eso te ha de preocupar? ¿Acaso dime si has de poder vivir sin fe, Ramiro? ¿Qué harías si te dijera que en verdad Nazareno no ha de despertar jamás, que todo esto no tiene sentido? ¿Qué sería de tu vida? ¿Cuál sería el sentido que tendría? Nuestras vidas tienen sentido porque Nazareno hace que tengan sentido. Cuando Nazareno nos diga que ya está todo terminado, que no queda nada más por hacer, tu vida y la mía dejarán de tener sentido para siempre. Pero Nazareno no nos ha dicho nada aún, así que has de mantener bien alta la fe para que puedas seguir viendo a nuestras vidas como la última batalla que nos queda por librar.

—Nazareno ha muerto, Yana, debemos asumir la realidad.

Yana se apartó de Ramiro y fue hasta la cama de Nazareno. Con su mano le acarició la mejilla y le dijo que no escuchara a su padre, que él no sabía lo que estaba diciendo. Una de sus lágrimas cayó sobre el rostro de Nazareno y Yana la secó con la yema de los dedos. Luego buscó a Ramiro para levantarlo de la silla sobre la que se había derrumbado al enfrentar una realidad en la que sólo él creía.

—Padre —dijo Nazareno—, ¿estamos muertos?

—No lo creo, niño —contestó Francisco—, creo que estamos solos, que no es lo mismo.

—Me pareció haber escuchado que estamos muertos —dijo Nazareno.

—¿Y dónde has escuchado eso? 

—Escuché que alguien se lo decía a mi madre.

—¿Y dónde está tu madre, Nazareno? No puedo ver a nadie en esta parroquia porque ni siquiera me permites abrir los ojos.

—Mi madre me habla al amanecer, padre.

—¿Y tu madre siempre te despierta diciendo que estamos muertos? —preguntó Francisco.

—No, padre, alguien le ha dicho a mi madre que estamos muertos. Será Ignacio que ha de seguir enojado porque la Virgen se ha ido.

—La Virgen ha regresado, Nazareno. Me ha despertado esta mañana llamándome por tu nombre.

—Sé que Ignacio ha salido a buscarla durante el día de ayer —dijo Nazareno.

—Me he enterado por él mismo —dijo Francisco—. Por eso ha venido a la parroquia con la conciencia nublada por el alcohol y con otra sandalia. Ha dicho que es de la Virgen. No me he atrevido a contradecirlo porque con la otra mano revoleaba un machete.

—Debe ser por eso que Ignacio lo ha atacado, Padre, él sabe lo que piensan los demás.

—Ignacio no me ha atacado, Nazareno, ni siquiera sé por qué estoy tirado en el piso.

—Porque no se puede levantar, Padre, Ignacio no quiere que se levante.

—Dejate de pavadas, niño, ahora has de ver cómo me levanto yo solo —dijo Francisco y se dispuso a voltear su cuerpo para ponerse de pie.

Las sogas se tensaron y cortaron aún más la piel abierta del fraile. Luego rasparon sus huesos y Francisco lanzó un grito de dolor que llegó al corazón de Nazareno como una puñalada. 

—Padre, no se mueva más, se está lastimando y hasta a mí me duele su dolor.

—¿Por qué no me puedo levantar, Nazareno? ¿Qué es lo que está pasando?

—No lo sé, Padre, pero Ignacio me había advertido esto. Me ha dejado saber que como usted no es un buen hombre, no lo dejaría caminar más, al igual que usted lo ha hecho con la Virgen.

—Yo no he hecho nada con la Virgen, Nazareno, al contrario. Según Ignacio, ella puede caminar y así se los ha demostrado. Mientras dormían, ella se ha alejado caminando.

—No es lo que dice Ignacio, padre. Él ha encontrado la otra sandalia de la Virgen, así que no ha de poder ir muy lejos la pobre.

—Usa la cabeza, Nazareno, ¿cómo puedes creer que la Virgen necesite de sandalias para caminar?

—Porque es menos doloroso, padre, este suelo lastima los pies.

—Pero la Virgen es una Virgen, Nazareno, es la madre de Jesús, un ser divino y celestial, no camina como nosotros, vive en nosotros.

—¿Como Ignacio? —preguntó Nazareno.

—Ignacio no vive dentro de nosotros, Nazareno, la Virgen sí.

—Ignacio siempre viene acompañado de mi papá pero él es el único que habla dentro de mí. Mi papá algunas veces lo hace callar porque dice cosas que no están bien, pero cuando quiero decirle algo a alguno de ellos dos, no los encuentro y me tengo que quedar en silencio. Luego de un tiempo, Ignacio vuelve a hablar.

—Creo que Ignacio te está perturbando con todo este asunto de la Virgen, Nazareno, no prestes atención a lo que él dice.

—Yo quiero creer que lo que él dice son todas mentiras, padre, pero lo que sé es que Ignacio cumple con lo que dice. A mí me dijo que usted no iba a poder caminar más.

—Pero ¿quién se cree que es Ignacio para meterte esas ideas en la cabeza, Nazareno? No es nada más que un pobre hombre digno del perdón de Dios y de nadie más. Dios es quién decide quién puede caminar y quién no. Los hombres solamente somos su creación y le debemos obediencia a Él, no somos los dueños de las demás personas. Todos formamos parte de un gran rebaño que Dios ha de guiar y cuidar, así como las llamas forman parte de tu rebaño que has de guiar y cuidar.

—¿Y usted puede caminar, padre? 

Francisco intentó ponerse de pie y nuevamente el dolor en sus muñecas y en sus tobillos lo paralizó.

—¿Qué maldición has dejado caer sobre mí? —gritó el fraile al niño.

—Yo no he hecho nada, nuestro sacerdote ha de liberar tu alma —dijo el niño con la Biblia en la mano.

—Mi alma será libre únicamente ante Dios —dijo Francisco.

—¿No alcanzas a percibir tu alma? —preguntó el niño.

—No percibo más que perversidad sobre mi cuerpo y mi mente de parte de ustedes, salvajes descarriados del Reino de los Cielos.

—Mi alma viajará con la tuya aunque no te des cuenta —dijo el niño.

Francisco hizo silencio ante tanto dolor. Una revelación cruzó por su mente como un ave fugaz. Pensó en las alucinaciones que venía padeciendo, en los baches oscuros de su memoria que guardaban celosamente un pasado misterioso, en hechos importantes que pasaron en su vida y de los cuales él no había tomado conciencia hasta que se enteró de que por esos mismos hechos había sido condenado a estas tierras. Pensó en el anuncio de la muerte de sus padres mediante una advertencia del capitán del barco que había logrado recordar mucho tiempo después de arribar a estas tierras, cuando tomó conciencia de que estaba inmovilizado por cuatro estacas en medio del campo. Si todo eso que le sucedía no se debía a una revelación, ¿cuál era la causa natural? Demasiado frágil debía ser su memoria para no recordar hechos tan importantes y trascendentes para el destino del fraile. Decidió ahondar aún más en la conversación con el niño.

—¿Y hacia dónde viajaremos, niño? —preguntó Francisco.

—A las cumbres más altas —contestó el niño— para reunirnos con nuestros antepasados y para velar por nuestro pueblo. No quiero que nos separen, me hace compañía, cada vez que me despierto lo encuentro a mi lado. Lamentaré hacer el viaje solo si no quiere venir conmigo.

—Pues yo no te he visto en ningún momento de mi vida. ¿También el sacerdote te ha hecho algún maleficio como a mí?

—Sí, señor, aunque yo no lo llamo maleficio sino sanación. Nosotros dos continuamos aquí por la misma razón. Nuestras almas deben permanecer juntas en esta preparación. Debemos sacrificar nuestro cuerpo para que los dioses no nos abandonen y nos protejan de los invasores que han matado a nuestros hermanos y han saqueado nuestras tierras.

—No es mi caso, niño, yo me he sacrificado permanentemente desde que he hecho mis votos de castidad, pobreza y obediencia.

—Entonces no sé por qué está aquí conmigo. A mí me ofrecerán en sacrificio y esta noche será la noche en la que me vestirán con las alhajas más preciosas, me darán de tomar mi chicha y mi alma se unirá a mi familia. Entregaré a los dioses mi pureza y mi vitalidad para que ellos se den cuenta de que nuestra gente es de sentimientos nobles y fieles.

—¿Me estás dando a entender que te entregarán en sacrificio estos salvajes? —preguntó asombrado Francisco.

—Yo no lo llamaría así, el sacerdote me ha dicho que mi pureza les ha de agradar a los dioses y que yo no he de morir, solamente dormiré profundamente con la serenidad de saber que mi alma se unirá a mis ancestros y los dioses tendrán compasión de mi gente por todas las penurias que estamos transitando.

—¿Niño mío, te han de matar y dices que no has de morir? ¿No temes a la muerte como cualquier hijo de Dios?

—En este libro dice que no hay que temer a la muerte, que la muerte es la liberación final del hombre, que es la única manera que el hombre tiene para llegar a Dios —contestó el niño mostrándole la Biblia a Francisco.

—No tomes al pie de la letra todo lo que lees, niño. Por eso te he dicho que debes leer ese libro con alguien a tu lado que lo pueda interpretar.

—¿Temes a la muerte? —preguntó el niño.

—Mi buen Señor, mi Dios, me ha enseñado que no debo temer a nada ni a nadie más que a Él. Pero tú, niño, ni siquiera tienes la gracia del Bautismo, aún vives en pecado y no podrás entrar al Reino de los Cielos.

—Yo no pretendo entrar a ese reino, solamente deseo que los dioses nos amparen frente a tanta maldad y estaré velando junto a mi familia sacrificada por su gente y junto al dios Sol.

—Mi gente no ha comprendido la palabra de Dios pero yo no soy parte de esa gente, yo puedo salvar tu alma de las miserias de la tierra sin quitarte la vida y evitar que mueras en pecado por adorar a dioses paganos.

—¿Y cómo ha de salvar mi alma si no deja que ella viaje hasta las alturas? ¿De qué manera mi alma llegará a los dioses?

—La salvación está en tus manos, lee ese libro y piensa en lo que lees. Podría al menos bautizarte pero ni siquiera estoy en condiciones de verter agua sobre tu cabeza porque me tienen atado de pies y manos. Que Dios se apiade de tu alma.

—Ahora que te encuentras inmóvil, mi alma puede llegar al encuentro de mis antepasados. La última vez evitaste que me sacrificaran y los dioses se ofendieron con nuestra gente. Debemos pedirles perdón con este sacrificio.

—Yo no he hecho nada de eso, nunca nos conocimos —dijo sorprendido Francisco.

—Nos hemos conocido. Yo me encontraba dormido sobre una mesa de mármol y tu voz me despertó. Venías corriendo hacia mí y los dioses huyeron. El sacerdote debió esperar hasta ahora para continuar con el rito. Espero que estas ataduras te mantengan inmóvil durante la ceremonia. No pierdas la calma, en mi viaje llevaré tu alma.

Francisco recordó la secuencia completa del sacrificio en la misa del convento y quiso convencerse de que en verdad había estado alucinando. Ese niño nunca podía haber sabido lo que nunca había ocurrido, lo que solamente había sucedido en la mente de Francisco y los hechos por los cuales se encontraba en estas tierras. Realmente había enfermado con el mal de la locura y ahora su enfermedad había avanzado notoriamente, se veía mucho más grave que en el momento en que el mal se le había revelado. Quiso creer que estaba soñando y que esa alucinación no era nada más que una pesadilla pero el niño habló y Francisco supo que estaba despierto y que todo era real.

—Ya nos vienen a buscar —dijo el niño.

 

Los olvidados (2025)

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