En la otra puerta

Capítulo XV

Ricardo Cardone

El sacerdote se acercó al niño, seguido por el cacique. Detrás de ellos, algunos integrantes de la tribu contemplaban la escena bajo un silencio sepulcral. Una mujer se adelantó y entregó al sacerdote una prenda tejida con finas lanas de colores vivos. El sacerdote vistió al niño con la prenda y colgó de su cuello enormes alhajas doradas que encandilaban la vista haciendo rebotar los rayos del atardecer. El niño tomó una de ellas y al ver su cara reflejada sonrió con paz y serenidad.

—Eres bello y puro, hijo —dijo el sacerdote—, por eso serás ungido para ser hijo de nuestro dios Sol.

El cacique de la tribu se acercó al sacerdote.

—Que esta ofrenda a los dioses traiga reconciliación y proteja a nuestra gente de los salvajes que pretenden dominar nuestra voluntad y quitarnos nuestro alimento. Que nadie que pise esta tierra pueda someternos —dijo el cacique y continuó—. Quieran el dios Sol y la diosa Luna que este niño esté al lado de nuestros sabios ancestros para velar por el destino de nuestras familias.

Francisco permanecía en la tierra sujeto a las cuatro estacas que, a medida que pasaba el tiempo, parecían tensar cada vez más sus extremidades. Lo abrumaba el espantoso presentimiento de que en cualquier momento terminaría desmembrado por la tirantez de las cuerdas. Ya no sentía sus articulaciones y no podía saber de qué parte de su anatomía provenía su dolor porque éste ya le había tomado todo el cuerpo. Francisco volteó su cabeza para intentar ver algo más del ritual al que sometían al niño y alcanzó a distinguir que alguien vertía un líquido sobre el pequeño. Toda esa ceremonia tenía un carácter bautismal y no se diferenciaba mucho de las otras ceremonias que realizaban los sacerdotes de la religión del fraile. Salvo que en ese rito pagano el niño debía morir. Pero para esa gente únicamente se estaba muerto cuando el alma moría junto al cuerpo, por lo que la conciencia de Francisco entró en un sinuoso debate entre las necesidades del cuerpo y los misterios del alma, entre la muerte terrenal como el fin de todo hombre y la vida celestial como el inicio de la eternidad a la que todo hombre aspira, un debate entre la muerte y el nacimiento sin poder precisar qué cosa sucede primero y qué cosa sucede después, si el hombre nace muerto y vuelve a la vida mediante un rito bautismal o si nace vivo y después de un tiempo muere mediante un rito natural. Cosas demasiadas escabrosas para un fraile que dudaba de haber obrado siempre bajo el dogma de la fe y que tal vez por eso ahora su vida dependía de cuatro estacas.

—¿Y qué hacemos con el salvaje? —preguntó el padre del niño.

—Será tu decisión luego de que el sumo sacerdote te nombre cacique de todos los pueblos vecinos además de éste en agradecimiento por haber entregado a tu hijo en sacrificio —contestó el sacerdote y ordenó traer la bebida para la ceremonia.

Dos mujeres llegaron con grandes vasijas repletas de alcohol de maíz y todos bebieron en honor al dios Sol, un ser benevolente pero estricto y de quien dependían las cosechas, la cura de las enfermedades y la seguridad de la tribu. Luego, el sacerdote se acercó al niño y le dio de beber la primera medida de las tantas e incontables que debía ingerir durante todo el ritual. El niño mojó sus labios en el alcohol, hizo una mueca de desagrado pero insistió en beber una vez más. El segundo intento resultó ser más placentero y el niño terminó vaciando el recipiente. Uno de los ayudantes sirvió bebida en un cuenco y fue hasta donde estaba Francisco ya sin fuerzas y sediento con los labios llagados por el aire áspero y por el sol. El indio le abrió la boca y vació el cuenco de alcohol en la garganta del fraile. Francisco casi se ahoga por la gran masa líquida que ingresaba repentinamente en su boca y que parecía no poder atravesar su esófago. El fraile cerró los ojos y casi sin aire, con la respiración interrumpida por el líquido, tragó con desesperación todo cuanto pudo tragar y así el alcohol, además de entrar con fuerza en su estómago, pareció también entrar a los golpes en sus pulmones y en el rincón más oscuro de su cerebro. Francisco logró recuperar el aire pero nunca la conciencia.

La noche se abalanzó sobre el fraile y le cerró los ojos. Ya había pasado por la tribu y al darse cuenta de que el alcohol no había dejado a nadie en pie, los cubrió con un manto de estrellas. Dormían tendidos en la tierra con la esperanza de que su dios supremo, el Sol, les iluminara el largo camino que debían recorrer para celebrar el ritual del sacrificio. Francisco sintió que alguien pasaba por su cuerpo, apenas una sombra que su mente alcanzó a imaginar porque a nadie vio cuando abrió los ojos. La noche oprimía el aire y el cuerpo de Francisco, esa profunda masa oscura parecía estar a punto de desplomarse por el peso de las estrellas, una al lado de otra y esa otra al lado de otra más que luchaban por conservar su lugar. Francisco oyó una débil pisada, movió su cabeza y alcanzó a ver que el niño huía tras un sendero que la noche iluminaba. El fraile volvió al sueño, mareado por el alcohol que la sangre vaciaba en su cabeza. 

Un haz de luz se abrió entre la noche y otro más se unió para ahuyentar a esa oscuridad que se había adueñado de aquel campo desértico. La noche apenas se resistió, levantó sus enceres y fue dando un paso tras otro sobre cada una de las almas que bajo su silencio reposaban. En su retirada acarició con su velo de rocío al sacerdote de la tribu. Éste pasó su mano por la cara, se tomó la cabeza como queriendo evitar que se le saliera del cuerpo y enderezó su torso apoyando los dos brazos extendidos sobre la tierra, detrás de su espalda. Sorprendido, se puso de pie y buscó al cacique que aún dormía bajo un sueño profundo con el cuerpo sudado de alcohol.

—El niño se ha ido —dijo el sacerdote mientras tiraba de uno de los brazos del cacique para que se levantara.

—¿De qué hablas?, ¿qué niño?, ¿quién se ha ido? —dijo el cacique tratando de entender la nueva realidad que nada tenía que ver con lo que estaba soñando.

—Tu hijo ha escapado —dijo el sacerdote.

—¡Cómo que ha escapado! 

El cacique se puso de pie y con un grito que llegó hasta las últimas fronteras de los cerros y que luego volvió más fuerte y más tenebroso, dio la orden a toda la tribu para que se despertara.

—El niño se ha ido, debemos encontrarlo, es un ser sagrado a quien ya no le corresponde esta tierra —dijo el sacerdote.

El cacique dirigió una fugaz mirada a su alrededor y comprobó que el niño no había dejado ningún rastro.

—El salvaje debe saber algo —dijo al sacerdote y fueron a interrogar al fraile.

—No he visto a nadie —dijo Francisco moviendo la cabeza de un lado hacia el otro.

Uno de los guerreros del cacique le hundió la lanza en el pecho sin llegar a perforarle la piel.

—Les digo que no he visto a nadie —alcanzó a balbucear Francisco, temiendo que fuera la última vez que lo dejaran hablar antes de que lo mataran.

El sacerdote levantó la vista un poco más allá del cuerpo del fraile y alcanzó a ver algo que le llamó la atención.

—Es una sandalia, no debe andar muy lejos de aquí, apenas es un niño y no podrá sobrevivir más de un día en medio del valle. Hay que evitar que llegue a los cerros. Búsquenlo en esa dirección, siguiendo ese camino que sin dudas es el que habrá tomado.

—Lo necesitamos vivo —dijo el padre—, vivo y puro.

Luego tomó la sandalia, la olfateó para saber si era la de su hijo y comprobó que aún guardaba el aroma del niño, todavía no había perdido su calor. Miró al fraile, atado de pies y manos, y dijo:

—Estás en deuda con nuestra gente. Has hecho de nuestra tierra un desierto estéril donde no crece más que la semilla de la muerte. Te has quedado con nuestra riqueza, has matado a nuestros hombres, has violado a nuestras mujeres y has sometido a nuestros hijos. Nada te hemos hecho y todo nos has robado. Esto es lo que le has dejado a nuestro pueblo —dijo el cacique mostrándole la sandalia de su hijo—. No tienes siquiera algo de pureza para ofrecerla en sacrificio y mucho menos sirves para alimentar a los pocos animales que nos han quedado. 

El cacique dio una orden, un indio se acercó a Francisco, levantó la lanza y la dejó caer con fuerza sobre el cuerpo del fraile. 

—Nazareno, despierta, niño, te lo pido por lo que más quieras.

Francisco escuchó esa voz y llevó una mano a su corazón en busca de algún resto de sangre y de una herida de lanza.

—No abra los ojos, padre —dijo Nazareno—, Ignacio todavía nos ha de estar buscando.

Francisco no quiso hacer caso a esa ridícula idea de Nazareno, estaba decidido a levantarse pero recordó que la última vez que había intentado hacer lo mismo había vuelto a las estacas con las que los indios lo mantenían inmóvil. De todas maneras decidió que el único misterio ante el cual debía claudicar era el misterio de Dios y que los demás misterios que se le cruzaban en la vida no eran nada más que falacias que él mismo debía desenmascarar.

—No abra los ojos, padre —volvió a decir Nazareno.

El padre Francisco abrió los ojos, la lanza del indio perforó su pecho y Nazareno despertó. Junto a él se encontraba algo de ropa de abrigo, unas vasijas, hojas de coca, unas figuras de llamas en miniatura tejidas a mano y una sandalia que aún permanecía calzada en su pie. Nazareno se había quedado dormido en una pequeña cavidad formada en la roca de uno de los cerros nevados de la cordillera. Aún adormecido por las grandes cantidades de chicha que había ingerido y por las innumerables hojas de coca que había masticado, el niño buscó a su padre, el cacique de la tribu, pero a nadie encontró. Tomó una de las llamas de lana y la abrigó entre sus manos, como si ese manojo de hebras tuviera vida, y quiso convencerse de que no se encontraba solo en esa montaña. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Sabía que tenía la sagrada misión de reunirse con sus ancestros pero ningún rastro de vida animal ni espiritual se podía llegar a encontrar en ese paraje deshabitado e inútil. Gritó con fuerza el nombre de su padre y tan solo la montaña le repitió el grito que lentamente la nieve fue acallando. Nazareno abrigó a su llama de lana con su cuerpo y regresó al lecho en el que había despertado. Todo era blanco allí y todo era frío. Un viento tan ancestral como helado bajaba de la cima de la montaña y arrasaba con cualquier obstáculo que se le interpusiera en su camino levantando la nieve de la ladera como si fuera la arena de una duna en el desierto. Nazareno escuchó un murmullo que no era de agua ni de piedras, sino un rumor de viento parecido a ningún otro. Un aire que soplaba endemoniado comenzaba a arremolinarse mientras descargaba su furia sobre la montaña. Lo que en un primer momento no era más que una obstinada brisa, en poco tiempo se volvió tormenta y un vendaval de nieve cubrió el cielo con un velo blanco, espeso y asfixiante. El niño se recostó con las piernas encogidas protegiendo a sus llamas con sus brazos cruzados. Les habló en silencio diciéndoles que no tuvieran miedo, que pronto vendrían sus ancestros a rescatarlo tal como le había hecho saber su padre. Nazareno suspiró y un alud de nieve cayó sobre el refugio donde el niño y sus animales de lana se cubrían a cielo abierto. La tormenta convirtió a la ladera en un invariable paisaje blanco y espectral. Al pie de ese abismo, un solitario río se alimentó de ella sin saber que bajo aquel manto de nieve que custodiaba su paso alguna vez había latido el corazón de un niño abandonado por razones que sólo comprende y justifica la porfía de la fe.

—Nazareno, despierta, vamos, niño, que ya es hora.

La nieve se cubrió de más nieve y el frío congeló los huesos de Nazareno. Mucho más abajo el río cruzaba indolente un valle que las montañas habían olvidado. Debieron pasar muchos años, cientos de ellos, para que el sol abriera un sendero entre la nieve que terminaría bajando hasta lo que antes había sido un río muerto y ahora era un arrebato de agua y piedras que alimentaba su furia gracias al deshielo de la ladera. Ese sendero por fin cruzó el río y llegó hasta un antiguo asentamiento que con el paso de los años se hizo pueblo. De allí partieron unos músicos y unos fieles devotos llevando a una Virgen en andas. A la noche hicieron un alto en el camino y decidieron descansar en la base de un cerro, con sus pies llagados y con la piel de los hombros en carne viva por el roce de las cañas que transportaban a la Virgen. Uno de ellos se dio cuenta de lo imposible y avisó a los demás. La Virgen había desaparecido y lo único que se veía era un sendero que llegaba casi hasta el mismo cielo. Buscaron un poco por los alrededores, otro poco más arriba, por aquí no porque nos hubiéramos dado cuenta, por allí tampoco porque cómo se va a ir por ahí, por este camino tal vez pero es largo y peligroso, hasta que alguien encontró una sandalia perdida entre la tierra. La búsqueda terminó y todos emprendieron el regreso, algunos sacando rápidas conclusiones por el hallazgo de algo tan incierto como un calzado y otros buscando la posibilidad de ganarse la vida con ese hallazgo. Los que prefirieron quedarse un rato más hicieron del lugar un punto de oración. Los que se fueron no terminaron de ponerse de acuerdo, uno regresó pensando que algo malo había ocurrido con la fe y el otro volvió pensando que después de eso su hijo no despertaría jamás. Mientras tanto la Virgen siguió su camino y poco tiempo después, o antes, nunca se sabe en qué tiempo cronológico se desenvuelve la Virgen, se encontró con un niño que dormía junto a unas llamas tejidas en lana y a una vasija de barro. Lo cierto es que nadie la vio y es por esa razón que nadie pudo dar fe de que había sido ella la que había llegado hasta esa montaña abandonada en el tiempo. Sin importarle esta cuestión, la Virgen le habló al niño, corrió un mechón de su larga cabellera y besó su frente. Luego le quitó la pequeña sandalia que aún permanecía calzada en su pie y la arrojó con fuerza sendero abajo. La sandalia rodó varios metros por la tierra y se desbarrancó por la ladera hasta volver a caer sobre el mismo sendero que serpenteaba en dirección al río, centenares de metros más abajo. Nadie sabe lo que la Virgen le dijo al niño pero nadie duda de que la Virgen haya hablado con él. Sobre todo porque quienes llegaron a ese sitio siguiendo el rastro de la Virgen habían encontrado una pequeña sandalia que sin dudas la Virgen había dejado allí para que no equivocaran el rumbo. 

No sabemos por qué causa la Virgen se ha ido pero lo que sí sabemos es que no ha de volver. Por eso Ignacio se siente culpable y a todo aquel que se lo haga notar le corta la cabeza con su machete. Así es Ignacio, no le gusta hablar demasiado, las cosas son como son. En cambio Ramiro, pobre Ramiro, nada puede hacer ahora que ha perdido a la Virgen y ya no le quedan lágrimas para calmar su dolor ni rezos a quien rezar.

Nazareno despertó y Yana enseguida supo que había sido por obra de la Virgen. Cuando no nos queda nadie más en quién creer, cuando nos damos cuenta de que adelante de nosotros está el abismo y hacia atrás una ladera nos empuja al vacío, cuando nos convencemos de que Dios, que nunca estuvo, ahora está, cuando nada somos ante la muerte impostergable, cuando miramos hacia adentro y el vacío crece como el fuego que devora el bosque, cuando de nosotros queda nada más que nada, alguien viene y nos despierta con una caricia y un beso en la frente.

Nazareno despertó y Yana enseguida supo que había sido por obra de la Virgen.

 

Los olvidados (2025)

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