En la otra puerta

Capítulo XVI

Ricardo Cardone

Cuando el padre Francisco puso un pie en Tres Cruces tuvo la sensación de que le iba a ser difícil escapar de ese pueblo. No sabía por qué había tenido ese presentimiento pero los presentimientos muchas veces no tienen una causa conocida, simplemente aparecen cuando uno menos quiere encontrárselos. Francisco bajó del autobús y éste continuó viaje rumbo al norte dejando sobre el camino una estela de humo y tierra que por un momento hizo del cura apenas una imagen espectral, un aparecido de los tantos que narran los mitos de la zona. Cuando Francisco recuperó la visión, al otro lado de la ruta surgieron las paredes de la antigua parroquia que aún permanecían en pie. El cura cruzó la ruta y llegó hasta lo que alguna vez había sido el atrio y la puerta de entrada del templo. Frente a Francisco, al otro lado de la edificación, se podía adivinar la pared que había servido de resguardo para la cruz y el sagrario, detrás del altar. Francisco apoyó una rodilla en la tierra, con una mano hizo la señal de la cruz sobre su pecho y entró en esa edificación sin puertas, sin ventanas y sin techo. Bajo los escombros que supieron resistir los saqueos descubrió una pequeña biblioteca desmantelada con sus estantes de madera desclavados y cubiertos de polvo y ramas silvestres que llegaron hasta allí vaya a saber desde dónde. Francisco miró al cielo, estaba por mascullar alguna recriminación pero calló a tiempo, alguien golpeó las manos frente a la puerta inexistente.

—Buenos días —saludó tímidamente desde la entrada un hombre apocado, de voz baja y de decir lento.

—Buenos días —contestó Francisco y se dirigió al marco de la puerta donde el hombre lo esperaba sin decidirse a entrar en esa ruina.

—Usted ha de ser el nuevo párroco, ¿verdad?

—Aquí me tiene —contestó Francisco—, parece haberse librado una guerra en este sitio.

—No ha de imaginarse todo lo que ha pasado en este tiempo, padre. No ha quedado nada de nada, nos hemos tenido que arreglar con lo poco que hemos ido consiguiendo para comer.

—Imagino que usted ha de ser del pueblo —indagó Francisco.

—Y claro que lo soy —dijo el hombre—. Ramiro, para servirle.

Francisco estrechó la mano que Ramiro había dejado extendida y luego preguntó:

—¿Quedó gente en el pueblo, Ramiro?

—Nosotros somos toditos lo que hemos quedado —contestó Ramiro.

—¿Y quiénes son ustedes?

—Nosotros, lo que no quisimos irnos del pueblo. Está mi familia y algunas familias más que han de vivir con lo que pueden —dijo Ramiro.

—Así que su familia decidió quedarse, muy bien —dijo Francisco. ¿Y qué le ha sucedido a esta parroquia?

—A la iglesia la azotó el vendaval. Ya le habían robado las puertas y las ventanas, no sabemos quién o quiénes pero la cuestión es que sin puertas ni ventanas el viento ha entrado con fuerza y le ha volado el techo, lo ha arrastrado al otro lado de la ruta y a partir de entonces no ha habido forma de volver a ponerlo en condiciones. Luego ha llovido con tanta malicia que el agua lo ha llevado hasta el río y ahí lo hemos perdido de vista.

—Bueno, Ramiro, con fe todo se resuelve. Ahora me van a tener a mí como cura párroco y juntos vamos a construir una nueva parroquia que será el orgullo del pueblo.

—Eso me han dicho —dijo Ramiro— y es por eso que he venido a buscarlo.

—¿Has venido a buscarme, Ramiro? ¿Qué es lo que necesitas de un pobre sacerdote?

—Es por mi hijo, padre.

—¿Y qué le sucede a tu hijo, Ramiro? —preguntó Francisco.

—El niño no ha andado bien, padre, y ha enfermado de manera incurable. La desgracia se ha ensañado con mi gente y mi hijo no ha sido la excepción. Toda mi familia ha muerto, sólo me ha quedado mi niño y mi mujer. Ella no quiere ver la realidad y espera que algún día el niño despierte pero yo sé que nunca va a despertar porque así me lo han hecho saber los médicos y así se lo han hecho saber a ella también. Pero mi mujer siempre ha sido terca y ha insistido en que sí, en que ha de haber un día en que nuestro niño ha de tener que despertar. Pero el niño está infectado, así me lo han dicho, y dicen que es contagioso, padre. Hay días en que la madre no se separa de su hijo y ahora ella también ha comenzado a sentirse mal. Yo quiero creer que Dios la ha de proteger pero ella no está bien, padre, ella está enferma y mi hijo está muerto, padre, yo sé que no he de decirlo por el bien de su madre pero el niño está inmóvil y me parece que no respira desde hace tiempo.

—Ramiro, si el niño estuviera muerto, uno mismo se daría cuenta. En cuestión de horas el cuerpo se va deteriorando hasta que se desconocen sus facciones.

—Eso lo sé, padre, claro que lo sé. He enterrado a toda mi familia y he visto cómo mi tata y cómo mi mama iban dejando de ser lo que eran mientras yo los despedía. Pero con mi niño es distinto, parece ser que estuviera bajo la maldición de un hechizo que no ha de dejarlo ir en paz. Yo creo que el niño ha de tener al mismísimo diablo en el cuerpo y que éste no le permite morir tranquilo, padre, por eso he de necesitar de su ayuda y de su bendición. Le pido por favor que no abandone el alma de mi hijo, padre, haga todo lo que esté a su alcance para que mi niño pueda descansar en paz.

—Tranquilo, Ramiro, calma, hombre, que Dios siempre está de nuestro lado. ¿Dónde está el niño? —preguntó Francisco volviendo a levantar su pequeña valija en la que llevaba todas sus pertenencias. 

Los dos hombres se alejaron de las ruinas de la capilla y se dirigieron a una pequeña y antigua construcción colonial que tiempo atrás había funcionado como sala de primeros auxilios pero que ahora no era nada más que una casa abandonada. Ramiro y Francisco ingresaron a la casa y entraron a una habitación de paredes descascaradas. Sobre una cama de caños cromados que alguna vez habían sido pintados de blanco y que ahora mostraban apenas restos de ese color que ni siquiera alcanzaba a ocultar el brillo opaco y oxidado del metal, dormía un niño con los ojos abiertos. Yana, su madre, le acariciaba la cabeza, de vez en cuando le acomodaba el cabello que caía sobre su frente y le hablaba al oído. Luego le daba un beso y se quedaba en silencio. Al poco tiempo, ella volvía a acariciarle la cabeza, a acomodarle el cabello sobre la frente y a hablarle al oído. 

—¿Qué hace este niño aquí? —preguntó Francisco.

—Mi hijo duerme profundamente —dijo Yana— y no ha querido despertarse aún.

—No duerme, Yana —dijo Ramiro—, ya no duerme.

—Y si no has de creer que duerme, Ramiro, ¿qué crees que le ha de ocurrir a nuestro hijo?

—Nuestro niño ha muerto, Yana, y le han hecho alguna maldición para que su alma no pueda dejarlo descansar en paz.

—¡Nunca más digas eso, Ramiro! —gritó Yana— ¿Como no sabes qué enfermedad padece nuestro hijo entonces lo has de dar por muerto? Al que le han hecho una maldición ha sido a vos.

Francisco se dio cuenta de que esas recriminaciones no llegarían a ningún lado y que tampoco servían para aliviar aquella profunda pena que debían soportar los padres del niño.

—Dime, Ramiro —dijo Francisco—, ¿qué es lo que le ha sucedido a tu hijo?

—No lo sé, padre, un día se quedó dormido y nunca más despertó.

—Pero ¿con los ojos abiertos? —preguntó Francisco.

—Sí, padre, Yana lo encontró así a la mañana siguiente. Como no sabíamos qué hacer lo trajimos hasta la sala de guardia para que lo atendieran pero los médicos dijeron que debían trasladarlo a la capital.

—¿Y por qué no lo han tratado en algún hospital de la capital? —preguntó Francisco.

—Porque no lo podemos mover —contestó Yana.

—Pero ¿por qué no lo pueden mover? ¿Cuál sería el problema de trasladarlo en una ambulancia? Este niño necesita atención urgente, no puede estar abandonado en este lugar.

—Es que no lo podemos mover, padre, nuestro hijo no se mueve de ninguna manera —dijo Ramiro—. Puede probar usted mismo.

El padre Francisco se acercó a la cama. Le pareció que el niño lo miraba como si estuviera por decirle algo y esa imagen se apoderó de sus sentidos. Pasó uno de sus brazos por debajo del cuello y el otro por debajo de las rodillas para alzarlo, pero no pudo levantar al niño. Su cuerpo permanecía unido a la cama, inmóvil e inerte. Le pareció que el niño estaba atado a la cama con unas cuerdas invisibles.

—Pero ¿qué es esto que está sucediendo? —preguntó Francisco horrorizado por lo que había experimentado.

—Por eso lo he ido a buscar, padre, para que libere el alma de mi hijo —contestó Ramiro.

—Para que lo despierte, padre, para que lo despierte —aclaró Yana.

La noche llegó antes de lo esperado. Ramiro buscó unas velas e iluminó la sala. Yana volvió a besar la frente del niño. Francisco acercó una silla al lado de la cama, abrió su valija y sacó uno de sus libros sacramentales. Leyó algunas citas que bien podrían ser extractos de la Biblia y, sin que nadie se diera cuenta, le dio la extremaunción al pequeño. Muchas esperanzas de que el niño siguiera con vida no tenía, Francisco nunca se caracterizó por ser un hombre de fe avasallante.

—Usted, padre, ¿también piensa que mi hijo ha muerto? —preguntó Yana con una voz muy baja, como si no quisiera que su pequeño hijo la escuchase.

Francisco no tuvo más remedio que responder con una mentira aún sin saber la respuesta, y esa mentira sumada a otras tantas que ya había dicho en anteriores situaciones no hacían otra cosa que alejarlo cada vez más de Dios.

—No está muerto, aún respira —dijo Francisco.

—¿Has visto que no está muerto, Ramiro? ¿Has visto que el padre piensa como yo? —dijo Yana.

—¿Y los médicos dónde están? —preguntó Francisco.

—Tuvieron que irse para asistir a los enfermos de los otros pueblos. Solamente quedaron aquí las personas que ellos no pueden curar —dijo Ramiro.

—¿Y van a volver pronto? —preguntó el cura.

—Sólo Dios sabe —contestó Ramiro.

—Sólo Dios sabe —repitió Yana.

—Vamos para la casa —dijo Ramiro a Yana—, tienes que descansar.

—Yo me he de quedar aquí hasta que mi hijo despierte —afirmó Yana.

—He de acompañar al padre a su parroquia y luego he de pasar por la casa —dijo Ramiro.

—Hagan lo que quieran —contestó Yana sin dejar de mirar el rostro del niño.

De regreso a la iglesia abandonada donde Francisco debía dar misa, perdonar los pecados de los fieles y convertir a los faltos de fe, Ramiro le preguntó si tenía un lugar donde pasar la noche que no fuera a cielo abierto. Francisco miró hacia todos lados y reconoció que la capilla no tenía ni siquiera un techo que lo cubriera del frío que caía como una fina lluvia. 

—Puede pasar la noche en la casa, padre, si usted ha de querer —dijo Ramiro.

Así fue como Francisco vivió un tiempo en la casa de Ramiro hasta que la parroquia quedó terminada con su techo de paja y con sus puertas y ventanas de madera. Mientras no tuvo cama, Francisco durmió en la cama de Nazareno, apenas un humilde catre que lo separaba del piso de tierra. Una mañana escuchó una voz que le decía que despertara, que ya era tarde. Una voz tan dulce como la de Yana lo llamaba por el nombre de su hijo, aquel que ella estaba cuidando en la sala de guardia. Francisco despertó sobresaltado. Buscó a Ramiro pero no lo encontró, seguramente habría llevado las llamas a pastar. El día apareció con una ráfaga de rayos que cegaron la vista de Francisco y el flamante cura párroco se convenció de que había tenido una pesadilla tan insondable que no pudo determinar cuándo había comenzado. Alguien golpeó la puerta y Francisco se dio cuenta de que se encontraba en la parroquia recién inaugurada luego de su restauración. Al abrir la puerta descargaron una enorme encomienda y en su interior se encontró con una réplica en tamaño natural de la imagen de la Virgen de la Candelaria. Junto a ella había una nota. El obispo, su amigo, le hacía saber que no había olvidado su pedido. Esa misma tarde buscó a Ramiro para que le construyera un altar a la Virgen y a los pocos días ya pudo celebrar misa con la gente del pueblo que no eran más que un puñado de campesinos.

—Has hecho un buen trabajo, Ramiro —dijo Francisco—, eres hábil con la madera y estoy en deuda contigo.

—Quiero pedirle un favor, padre —dijo Ramiro—. Es por mi niño que se lo pido, permítanos construir un santuario para la Virgen en lo alto del cerro, cerca del antigal, y así poder honrarla con una peregrinación todos los años.

—Y vos, Ramiro, ¿has de saber construir ese santuario? —preguntó Francisco.

—Construir el santuario por ahora es lo de menos, alcanza con una cruz tallada en piedra o en madera, hundida en aquella tierra sagrada.

Luego lo iremos arreglando y embelleciendo. Lo que deseo es su bendición para esta peregrinación que ha de llevar la imagen de la Virgen durante varios días por caminos pedregosos y difíciles de transitar.

—Ramiro, la Virgen ha sido destinada a permanecer en la parroquia, no ha sido traída para andar sacándola de aquí para allá así porque sí.

—¿Y por qué no? En todos los pueblos cada año la Virgen es llevada en andas por los peregrinos hacia lugares sagrados para rendirle culto y devoción como forma de agradecimiento. ¿O acaso no deberíamos estar agradecidos de tener a nuestra propia Virgen en este pueblo tan castigado?

Francisco vio la pesadumbre de ese pobre hombre que cargaba con la inexplicable enfermedad de su hijo, esa pérdida que por lo visto parecía imposible de recuperar si no existía cura para ese niño y sintió compasión por él.

—Bueno, Ramiro, pero yo no podré ir, mi cuerpo ya no está para ese tipo de sacrificios.

—No se haga problema, padre, Ignacio y yo nos encargaremos de todo.

—¿Y quién es Ignacio, Ramiro?

—El que ha construido el altar, padre.

—Pensaba que vos lo habías construido.

—Es como si lo hubiera hecho yo mismo, padre.

Días después, en el mes de la Virgen, se presentaron en la parroquia Ramiro e Ignacio junto a unos músicos que traían consigo sikus, quenas y algunas cajas de percusión. Ramiro entró a la parroquia y junto con Ignacio se dirigieron hacia el altar donde la Virgen reposaba. El padre Francisco se interpuso en su camino.

—¿Qué están por hacer que han entrado sin permiso?

—Es que hoy comienza la peregrinación, padre.

Francisco recordó la promesa que le había hecho a Ramiro pero nunca creyó que la debería cumplir tan pronto. 

—¿Pero ya quieren salir? —preguntó sorprendido Francisco.

—Así es, padre, si no salimos hoy, no llegaremos al santuario a tiempo para el día de la aparición de la Virgen —dijo Ramiro.

Francisco pensó en un primer momento en negarse a que sacaran a la Virgen de su altar, pensó también en qué pasaría si alguien, en algún descuido, dejara caer esa imagen tan imponente como frágil y se partiera en mil pedazos, difícilmente el obispo la repondría con otra en tan poco tiempo y tal vez, quién sabe, le abrirían un sumario. Pero recordó la causa noble por la que ellos caminarían hasta esas tierras lejanas e inhóspitas y terminó cediendo ante el pedido del padre del niño.

—Cárguenla con sumo cuidado —fue lo único que atinó a decir.

Ramiro e Ignacio llamaron a los peregrinos para que ingresaran a la parroquia no sin antes hacerse la señal de la cruz, luego apoyaron a la Virgen en una fuerte base construida con cañas. Una vez asegurada la Virgen sobre la base, permanecieron en silencio.

—¿Y ahora qué esperan? —preguntó Francisco.

—Su bendición, padre, para que nos acompañe durante nuestro viaje.

El padre Francisco se recriminó por la pregunta inútil que había hecho. Fue hasta la sacristía y volvió con un pequeño frasco de vidrio que contenía agua bendita. Lo destapó y esparció algunas gotas sobre las cabezas de los peregrinos y sobre los pies de la Virgen. Rezó una oración frente a ellos y los despidió con su bendición. El sol se estaba dejando ver detrás de los cerros pero a Francisco no le importó, se había dado vuelta para contemplar el altar vacío y tuvo la firme sensación de que a partir de ese momento la Virgen lo abandonaría para siempre.

 

Los olvidados (2025)

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