En una superficie plana, la distancia más corta que hay entre dos puntos es una recta. Y esa recta no es igual a ninguna otra, esa recta es la que pasa por esos dos puntos y luego sigue su recorrido hasta vaya a saber dónde. Nunca lo sabremos porque a nuestro cerebro se le ha vedado el conocimiento de la infinitud. El hombre no es infinito y, por lo tanto, su mundo tampoco lo es. Todo lo que rodea al ser humano tiene que tener un principio y un fin. La vida de una planta bajo el mar, un camino de piedra, el propio sol. Todos los seres algún día desaparecerán de la faz de la tierra bajo el mismo soplo con el que misteriosamente aparecieron. Esos seres, justos e injustos, ya no serán lo que antes fueron y pasarán a ser un ingrediente más de lo que hará nacer una nueva existencia, algo que todavía no ha brotado y que espera que la muerte se convierta en abono para esa nueva vida. En un mundo llano, donde la recta es la unidad de medida, todos los puntos se unen a través de ella. Es así que para moverse de un sitio a otro la verdad deberá elegir qué dirección tomar sabiendo que esa dirección no es otra cosa que una recta encubierta. Pero esa dirección esconde una propiedad adicional que define al viaje y que está dada por el sentido, el rumbo que todo viajante toma. Desde dónde partió y hacia dónde se dirige es el sentido que define al hombre. No todos los hombres parten del mismo lugar y no todos los hombres llegan al mismo lugar. Tanto es así que esta planicie que habitamos está poblada por infinitas rectas que representan infinitas direcciones pero que sólo incluyen dos sentidos. El hombre, en cada viaje, se decide por uno de esos sentidos sabiendo que, sin importar cuál de ellos elija, le exigirá que se despoje de lo inútil para permitir la llegada de algo nuevo. Ese movimiento entre los dos puntos de una misma recta implica una pérdida irreparable, una tierra que se abandona y otra tierra, virgen para el recién llegado, de la cual debe apoderarse. Para eso el hombre viaja, para cambiar sus viejas dotes por otras nuevas, acordes a su ambición de progreso. En este mundo plano, donde nada permanece en su lugar debido a la necesidad de cambio que obedece al ser humano, todas las rectas se cruzan en un punto y luego continúan hacia el inconcebible e incalculable infinito, ese sitio remoto al que al hombre se le tiene prohibido entrar y al que todo hombre quiere llegar.
La razón no tiene límites como los tiene la fe. La razón cree que todo lo puede abarcar y aquello que no forma parte de su campo de probabilidades será falaz y desechado. El pensamiento deberá ser razonable y tan sólo se deberá justificar mediante la lógica. El hombre piensa, y mientras piensa sabe que está dando un paso más hacia ese sitio remoto e infinito al que se dirige. El cerebro humano necesita llegar hasta el final de aquella recta que une los dos puntos más importantes de su existencia y a los cuales dedica todo su tiempo y todas sus energías: el punto de la vida y el punto de la muerte. El hombre no sabe cuándo va a nacer ni sabe cuándo va a morir, pero sabe que morirá y eso lo angustia. El daño más importante que ejerce la muerte sobre él es el despojo, el hombre pasará nuevamente a no tener nada más que nada y sólo será aire estancado en el que nadie reparará y mucho menos cuestionará su existencia. En un mundo monótono y uniforme, el límite del infinito es la razón. Dentro de la razón todo tiene su lógica. Fuera de la razón nada existe, todo es un misterio imposible de sostener con las débiles fibras de la mente humana.
En el mundo plano donde la fe habita, la distancia mínima entre dos puntos también es una recta. Hacia un lado se encuentra el hombre, ese punto de partida, y hacia el otro lado se encuentra Dios, ese punto de llegada. El hombre no podrá acercarse a Dios, esa sagrada infinitud, si no transita por aquella recta que lo une con el único sentido posible, aquel que parte del hombre y que culmina en Dios, y no al revés. Es por eso que en la fe solamente hay una dirección inequívoca y un único sentido. Se parte del hombre hacia Dios y no de Dios hacia el hombre. Dios nunca dejará de ser Dios, en cambio el hombre sí deberá dejar de ser hombre. El mundo recto de la fe no admite ningún otro camino que la única dirección que une al hombre con Dios, esa distancia más corta que cualquier otra y que los hace inseparables. A Dios no se llega con rodeos, sino en una sola línea recta. Todo aquél que se separe de ese único camino equivocará el rumbo y volverá a ser nada más que polvo.
El misterio de la fe es bastante simple, no es necesario saber elegir entre distintos caminos ni entre distintos sentidos para llegar a destino, basta con decidirse por el sendero que siguieron nuestros antepasados y no desviarse jamás de él. Pero el plano de la fe, que también se rige por el patrón de la recta y de lo recto, no desconoce la infinitud sino que la toma en cuenta para convertirla en el elemento clave del pensamiento espiritual. La fe toma como propio lo que la razón excluye y hace de esos desechos elementos vitales para la sabiduría del hombre. Es por eso que el hombre permanentemente se debate entre la lógica de la razón y la razón de la fe, esa otra lógica que la mente humana tiene vedada. Cuando el hombre no puede explicar lo absurdo en el llano de su mundo recurre a la fe para que lo complete y lo justifique mediante sus dogmas, de esa manera libera a la razón de un pesado desafío, de una tarea que le consumiría todas las energías y muy probablemente nunca alcanzaría a descifrar ese absurdo por no disponer de las herramientas naturales para hacerlo. El cerebro humano es un manojo de teorías que esperan ser demostradas. En ese mientras tanto ellas no son más que misterios de la fe bajo los cuales la razón descansa. Pero el hombre necesita vivir de respuestas urgentes, de conclusiones convincentes. Nada puede permanecer en la inestabilidad, el hombre necesita de las certezas para asumirlas y así poder avanzar. Y para eso está la fe. La fe le da al hombre verdades sin necesidad de ser justificadas, postulados dogmáticos con los cuales construye su futuro y justifica su pasado. Si la razón no puede explicar un síntoma, la fe lo esclarecerá sin que nada quede librado al azar, alcanzará únicamente con la creencia.
La sabiduría humana se debate entre la razón y la fe para entender el misterio del hombre. Una llega hasta donde la otra le permite llegar. A diferencia de la razón, que se detiene a examinar cada circunstancia y a corroborar si ésta forma parte de aquélla, la fe se alimenta únicamente de la afirmación. Para creer no se necesita más que tomar la decisión de creer, basta con bajar las barreras que la razón levanta para que ingresen los dogmas de la fe y se aferren con más fuerza que cualquier consideración lógica. Porque, en definitiva, no es la lógica de la razón lo que nos hace comprender algo, comprendemos algo cuando decidimos creer en ese algo. Creemos en el átomo sin haberlo visto y aunque la existencia del átomo forme parte de la ciencia, de esa lógica de la razón, se necesita de nuestra fe para aceptar tal idea. Creemos en Dios sin haberse revelado su presencia, nos basta con aceptar esa idea con la que la fe nos alimenta por sobre las ideas que nuestra lógica rechaza. Es por eso que por encima de la lógica de la razón se encuentra la fe y que los lazos que establece la fe con el hombre son más poderosos que los que puede forjar la razón. Esto se debe a que la materia con la que está moldeado el hombre es claramente espiritual, un terreno completamente ajeno a la lógica humana y por consiguiente a la razón. El cerebro del hombre cree tener la virtud del conocimiento sin reparar en que lo único que puede alcanzar a conocer es aquello a lo que él llega por medio de la observación o de justificados argumentos teóricos. En base a esa experimentación el ser humano crea un postulado verosímil para su razón y un poco más incierto para su espíritu, su esencia, que únicamente se rige por la convicción. Para el pensamiento más profundo del hombre, aquel que el cerebro no rige, es más importante creer que demostrar, sobre todo si una posible demostración podría llevarlo a una probable refutación. El hombre puede tomarse la libertad de no creer en tal refutación argumentando que esa nueva creencia que se convertiría en ley atentaría contra sus creencias primeras, aquellas que definitivamente ha terminado por aceptar y que lo han llevado a avanzar en línea recta hacia Dios por el único camino posible, el frío e ineludible camino de la verdad. Ya aprendió el hombre que para llegar a Dios existe una sola dirección y un solo sentido, y esa primera idea es la única que no está dispuesto a poner en discusión.
El hombre se encuentra ante el dilema de la razón y la fe en una planicie que se conoce como mundo, donde la recta gobierna y las curvas no hacen otra cosa más que regresar al origen. Si el mundo es plano, todo es recto, tal como lo es la sabiduría y la fe. La mínima distancia que existe entre un hombre y otro hombre es una recta. La mínima distancia que existe entre el hombre y Dios también lo es. ¿Qué sucedería si nuestro mundo fuera curvo, tal como sostienen algunos astrónomos aunque ninguno de ellos haya podido aún demostrarlo con la experiencia? Si asumiéramos que la Tierra no es plana sino que tiene una forma esférica, la menor distancia entre dos hombres ya no sería una recta y admitiríamos que para trasladarnos de un sitio a otro tendríamos que recorrer un camino en forma de arco. Y si en vez de ser esférica, la forma de la Tierra no careciera de la imperfección de la materia a la que estamos condenados todos los seres vivos que la habitamos, tampoco ese recorrido sería un círculo perfecto, sino que deberíamos realizar un trayecto en forma de parábola para transitar ese camino. Asumiendo esta posibilidad, sería inconcebible pensar que esa curvatura del mundo exterior no se traslade al mundo interior si partimos del precepto que sostiene que en la naturaleza todo lo que se ve es fiel reflejo de todo lo que no se ve. En poco tiempo más se podría demostrar que cruzando el mar en dirección al poniente se llega al punto de partida y para que esa particularidad se tome por cierta, la línea que uniría el punto de partida y el punto de llegada no debería ser más que una curva porque de otra manera sería imposible realizar tal proeza. En definitiva, la curva se convertiría en el patrón que nos gobernaría y la línea recta quedaría como un elemento que solamente existiría en las teorías que formula la razón, tan alejadas de la naturaleza de la realidad. Si las líneas rectas no son más que una creación imposible del ser humano, también lo será el recto camino del hombre hacia Dios.
El hombre no puede llegar a Dios a través de la verdad, un camino que no tiene ni principio ni final, una delgada línea rígida que forma parte solamente del campo de la fe y no de la razón. El hombre es mucho más que esas dualidades teóricas y extremistas. Al hombre que no es capaz de comprender el absurdo, lo salva la fe pero al hombre que no es capaz de comprender la fe, ¿quién lo salva?
El ser humano es mucho más que su razón y es mucho más que su fe. A pesar de que se nutre por igual de reglas lógicas que de creencias dogmáticas para no cargar permanentemente con el peso de lo imposible sobre su cabeza, sabe que más allá de las teorías de la lógica y de la fe se encuentra la conciencia que es la que decide darle forma a las dos para que se ajusten a sus intenciones. Nada es ideal en el universo que el hombre habita, por lo que tampoco serán ideales las leyes que lo gobiernan. Entender que su mundo está regido por un cálculo matemático es lo mismo que aceptar a Dios como el fin de todo hombre. ¿A qué dios? ¿Al Dios con mayúscula o al dios con minúscula? ¿A cuál dios? ¿Al Dios al que aprendimos a serle fiel o a otro dios al que otros hombres le rinden obediencia y gratitud? ¿Cómo puede existir en el hombre, más allá del dogma religioso, más de un dios? ¿O acaso el hombre no debería saber, sin importar su erudición, que solamente hay un Dios y que ése es el Dios con mayúsculas al que nunca debe traicionar? ¿Cómo puede ser que el hombre no reconozca la materia con la que fue concebido, una materia divina que es propia de aquel que le dio la vida material y espiritual, el único Dios que veneramos?
Si el hombre aún no ha logrado reconocer a Dios y por esa causa hemos tenido que indicárselo de distintas maneras, y en algunas de ellas usando la fuerza para que lo aceptara, se debe a que la relación del hombre con Dios no es tan lineal como parece. El camino hacia Dios deja de ser recto como siempre se lo pensó y en verdad tiene una curvatura posible, se llega a él no a través de una línea recta que solamente tiene entidad en el mundo de las ideas, sino mediante una parábola, que es el verdadero patrón de medida con el que se rige la naturaleza. Todo camino hacia Dios es parabólico, así como lo es el pensamiento humano. El hombre no puede comprender la realidad directamente, necesita transitarla, tomar distancia de ella, cuestionarla y desecharla para luego poder abordarla con total integridad. El hombre dentro de la realidad no puede examinar la realidad misma, por inadmisible que parezca este postulado. Para comprender la realidad en la que vive necesita de la ficción. El concepto de ficción, esa parábola que hostiga a la realidad pero que no la daña, le permite al hombre comprender quién es en este mundo. Sin una ficción que circunscriba al hombre a ser lo que es, el hombre pierde sus límites y, por consiguiente, su sentido. La ficción define el sentido del pensamiento humano así como las estrellas definen el sentido del navegante. Un barco sin estrellas no llegará a tierra firme. Un hombre sin ficción no llegará a Dios.
El hombre alcanza a comprender lo incomprensible mediante el uso de metáforas. Y esas metáforas hacen de él un rehén, su uso le quita dramatismo y le agrega belleza a la realidad, algo a lo que el hombre no se puede resistir. Cuando una imagen, un concepto, un absurdo se le presenta al hombre sin otra cosa más que belleza, el hombre lo incorpora y jamás lo olvida. Se vuelve un defensor de esa nueva idea, antes incomprendida, y lucha por imponerla. Esa parábola que debe recorrer lo irracional para ser aceptado por el hombre es lo que desvela al hombre. Sin esa parábola, el hombre no hubiera aceptado jamás a Dios ni a sus misterios.
Tanto la fe como la razón son manifestaciones externas al hombre, simples campos de batallas imaginarios y fantásticos que no forman parte de la naturaleza humana. El hombre se detiene frente a ellas para observar su comportamiento, a la espera de resoluciones, leyes y dogmas que expliquen con fundamentos los misterios del universo, que por cierto son muchos más que los que uno imagina. La razón justifica conductas, argumenta indicios y releva pruebas para establecer leyes en un campo teórico que el hombre se encargará de poner en evidencia. La fe, en cambio, no se detendrá en justificaciones ni en consideraciones innecesarias para establecer los dogmas que el hombre deberá acatar y hacer cumplir, le bastará con un ejemplo, con una metáfora, con cualquier parábola. Tanto la razón como la fe le imponen al hombre un rumbo a seguir dentro de un plano teórico, la fe mediante la intransigencia y la razón mediante la persuasión. Pero ninguna de las dos le pertenece al hombre, son simples postulados teóricos que él necesita dilucidar a su juicio y verdad.
Nada es absoluto en el pensamiento humano, todo deberá pasar por el tamiz de la interpretación. El hombre interpreta la rigidez de cualquier postulado mediante su conciencia. La conciencia es la única manifestación humana que está más allá de la fe y de la razón. El hombre necesita interpretar para aceptar. No le alcanza con que un postulado, dogmático o lógico, sea válido, siempre necesitará de la interpretación para aclarar sus dudas. La interpretación se encuentra condicionada a la sabiduría del hombre, a su capacidad de comprender el universo que lo rodea, a su habilidad para abstraerse de la realidad y así poder examinarse como si no fuera él mismo el objeto de estudio. Los hombres sabios fueron aquellos que cuestionaron tanto a la fe como a la razón, aquellos que obedecieron únicamente a su conciencia. Los hombres ignorantes fueron aquellos que solamente obedecieron a la razón y si no hubiera sido por la fe que los mantuvo a salvo de esa barbarie, sus vidas no habrían sido más que cuatro estacas.